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Ciudad de Buenos Aires

“Historia y arquitectura del palacio y de la plaza del Congreso Nacional”. De sus origenes al Centenario de la Revolución de Mayo (1864-1910)

Rodrigo Leonel Salinas

Una vista panorámica espléndida pasada a color del palacio y de la plaza del Congreso de la Nación en la primera década del siglo XX., 1914. Los carruajes tirados a caballo se encuentran detenidos en la intersección de las calles Rivadavia y Rodríguez Peña. Nótese la mampostería colocada alrededor del Monumento a los Dos Congresos, obra del escultor belga Jules Lagae y del arquitecto Eugenio D´Huicque.

La nueva realidad política, económica y social que se vislumbró en la Argentina con la sanción de la Constitución en 1853, y el conflicto entre la Confederación y la Provincia de Buenos Aires, signado entre las batallas de Cepeda y Pavón (1859-1861), no fueron un obstáculo para la realización de obras de gran innovación tecnológica en el casco urbano de Buenos Aires, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Un claro ejemplo de ello lo constituye la construcción del primer edificio del Congreso Nacional. El 12 de octubre de 1862, cuando el General  Bartolomé asumió la Presidencia de la Nación, las autoridades nacionales y provinciales residían y sesionaban paralelamente en las mismas cámaras de la Legislatura bonaerense, en el predio donde actualmente se encuentra situado el Complejo Histórico y Cultural “Manzana de las Luces”, bautizado bajo esta denominación por el periódico “El Argos”[1] el 1° de septiembre de 1821, debido a las dos instituciones intelectuales que allí se encontraban instaladas: la Iglesia de San Ignacio de Loyola y  la sede fundacional de la Universidad de Buenos Aires.

 

LOS ANTECEDENTES HISTÓRICOS

Frente a los problemas de convivencia entre ambas legislaturas, el presidente Mitre inauguró, en 1864, una nueva sede para el Parlamento en la esquina sudoeste de la calle Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen) y Balcarce, frente a la Plaza 25 de Mayo, cuya obra fue dirigida por el arquitecto, ingeniero y escultor oriundo de la provincia de Córdoba, Jonás Larguía. De esta forma, el Salón de Sesiones del primer edificio legislativo quedó integrado en lo que actualmente es la sede de la Academia Nacional de la Historia[2], hasta que éste fue clausurado en 1905 durante la presidencia de Manuel Quintana, cuando las sesiones se trasladaron al actual Palacio del Congreso Nacional, construido en la manzana comprendida por las calles Entre Ríos, Rivadavia, Combate de los Pozos e Hipólito Yrigoyen, en los terrenos que habían pertenecido a David Spinetto, un comerciante genovés que había llegado a la ciudad en 1858. Dicha manzana ofrecía un punto inmejorable de vista. Esto se debía a que el sitio se hallaba cuatro metros sobre el nivel de la calle, favoreciendo su perspectiva[3]. Con tal fin se preveía la prolongación de la Plaza Lorea hasta donde culminaba la Avenida de Mayo, en dos manzanas, y la construcción de un monumental edificio que albergase las dos cámaras del Poder Legislativo Nacional.

 

DE PRESIDENTES DE LA NACIÓN E INTENDENTES MUNICIPALES

En cuanto a las cuestiones temporales, este texto comienza en 1864, con la construcción del primer edificio del Congreso, el cual se encontraba ubicado en la ex calle Victoria (actual Hipólito Yrigoyen), justo en frente a la Plaza 25 de Mayo, la que en 1884 se unificaría con la Plaza de la Victoria, mediante la demolición de la Recova Vieja y el nacimiento de la actual Plaza de Mayo; y finaliza con la celebración de la “Gran Fiesta Patria” del 25 de mayo de 1910.

La construcción del Palacio del Congreso Nacional demandó en su primera etapa unos ocho años aproximadamente. Se inició en 1898, durante la segunda presidencia del General Julio Argentino Roca y finalizó, aunque parcialmente en 1906, durante la presidencia de José Figueroa Alcorta. Si tomamos como punto de partida el llamado a concurso internacional para la confección y presentación de los planos arquitectónicos, siete Presidentes de la República se sucedieron en el poder hasta 1906: Miguel Juárez Celman (1896-1890), Carlos Pellegrini (1890-1892), Luis Sáenz Peña (1892-1895), José Evaristo Uriburu (1895-1898), Julio Argentino Roca (segundo mandato, 1898-1904), Manuel Quintana (1904-1906) y José Figueroa Alcorta (1906-1910). Al mismo tiempo, si tomamos el mismo periodo temporal, cinco Intendentes porteños se sucedieron en su cargo en la Municipalidad porteña: Francisco Alcobendas (1896-1898), Adolfo Bullrich (1898-1902), Alberto Casares (1902-1904), Carlos Roseti (1904-1906), Manuel Obarrio (1906- 1907), todos ellos pertenecientes al Partido Autonomista Nacional (PAN), creado el 15 de marzo de 1874 a partir la unión de los partidos autonomistas fundados por el Gobernador de Buenos Aires, Adolfo Alsina (1829-1877), y el ex Presidente Nicolás Avellaneda (1837-1885), cuya tendencia política se centraba en un régimen político conservador sustentado en los principios del liberalismo económico.

Vale aclarar que este recorrido se extiende hasta mayo de 1910. Desde la inauguración del edificio del nuevo Congreso Nacional hasta los festejos del Centenario de 1910, dos intendentes porteños más deben agregarse a dicha periodización: Carlos Torcuato de Alvear (1907-1908) y Manuel José Guiraldes (1908-1910), quienes fueron los encargados de embellecer y engalanar el centro de la ciudad capital de la República Argentina, la cual se preparaba para celebrar las fiestas mayas de 1910.

 

LA TRANSICIÓN DE “LA GRAN ALDEA” A LA “PARÍS DE SUDAMÉRICA” (1862-1880)

“¡Como habían cambiado en veinte años las cosas en Buenos Aires! La aldea de 1862 tenía muchos detalles de ciudad; se iba mucho a Europa; las mujeres cultivaban las letras. No era chic hablar español en el gran mundo; era necesario salpicar la conversación con algunas palabras inglesas, y muchas francesas, tratando de pronunciarlas con el mayor cuidado, para acreditar raza de gentilhombre. En fin, yo, que había conocido aquel Buenos Aires de 1862, patriota, sencillo, semitendero, semicurial y semialdea, me encontraba con un pueblo con grandes pretensiones europeas que perdía su tiempo en flanear en las calles (…)”.

Lucio Vicente López, “La Gran Aldea”, 1884.

 

Entre 1862 y 1880, la imagen física de Buenos Aires comenzó a transformarse radicalmente, a tal punto que iba en camino a convertirse, al menos en el área céntrica, en un digno par de las mejores ciudades europeas. Aquella “Gran Aldea”- metáfora acuñada por el escritor montevideano Lucio Vicente López (1848-1894)[4]  en su novela homónima publicada en formato de libro en 1884, la cual relataba las transformaciones sufridas por la ciudad y sus habitantes tras la caída del gobernador Juan Manuel de Rosas en la Batalla de Caseros en febrero de 1852- fue perdiendo sus rasgos coloniales con la incorporación de nuevos edificios gubernamentales y privados- los cuales seguían los modelos arquitectónicos y estilísticos en boga del otro lado del Atlántico a partir de la segunda mitad del siglo XIX- para adquirir a partir de la llegada del General Julio Argentino Roca al poder en octubre de 1880 los rasgos de una ciudad digna de sus pares europeas, lo que llevó al escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez (18667-1928) a catalogarla como “La París de Sudamérica[5] en su visita a la República Argentina en junio de 1909.

La mayor parte de las nuevas construcciones que se iban levantando en Buenos Aires luego de la Batalla de Caseros fueron en un principio de inspiración italiana, luego francesa y más adelante ecléctica (o historicista), dejando atrás los estilos neoclásicos tan característicos de la primera mitad del siglo XIX. Dichas construcciones testimoniaron, además, algunos de los cambios del periodo como una respuesta de la necesidad de dar un aspecto modernizado a aquella “Gran Aldea”, título utilizado posteriormente por la historiografía porteña para hacer referencia a la valoración de todo cuanto ocurrió en el pasado previamente al despliegue del proceso modernizador iniciado con la Ley de Federalización de 1880 (Ley 1.029), el cual entre recortes, podría abarcar toda la historia de la ciudad desde la fundación realizada por el lugarteniente español Juan de Garay en 1580, o bien desde la Emancipación de 1810, para diferenciar la etapa colonial de una primera etapa independiente[6]. En definitiva, y siguiendo los lineamientos de análisis del historiador Rodolfo Giunta, “Gran Aldea” fue una estrategia para desligar a la ciudad de su pasado nefasto y posibilitar que la efervescencia de la modernidad de Buenos Aires se constituyera ex-nihilo, lo cual aumentaba su prestigio por lo vertiginoso y contundente del proceso expresado en el deseo de apariencia parisina[7].

 

PARÍS EN BUENOS AIRES

Con la llegada del político conservador Torcuato Antonio de Alvear y Sáenz de la Quintanilla a la Intendencia Municipal, la ciudad de Buenos Aires comenzó a adquirir las características de una urbe cosmopolita de carácter europeizante que pareció “invadirlo todo”, participando como protagonista principal de la ola de modernización del país y como anfitriona de la organización de los festejos del Centenario de la Revolución que tendrían lugar en la semana de mayo de 1910.

Durante los cuatro años en que gobernó los destinos de la Capital Federal (desde el 10 de mayo de 1883 hasta el 10 de mayo de 1887), la actividad de Alvear como primer Intendente se tradujo en una vasta obra, múltiple por su número, variada por sus aspectos e importante por su trascendencia. Supo identificarse con la función pública con serena pasión y la encaró con firmeza de espíritu y denodado vigor, porque creía en lo que se proponía, convirtiéndose en el impulsor de la modernización “afrancesada” de la ciudad[8]. En este sentido, la administración municipal se propuso como principal objetivo llevar a cabo la “haussmannización de la ciudad”[9] mediante la aplicación de un plan sumamente modernizador del espacio urbano (tanto de índole público como privado) lo que implicaba, en primera instancia, demoler los edificios coloniales que se situaban en la tradicional cuadrícula heredada de la Segunda Fundación del siglo XVI, los cuales fueron considerados por los dirigentes políticos de la década de 1880 como símbolos de “atraso” y de la presencia hispánica en el Río de la Plata, para construir luego, en aquellos mismos sitios, suntuosos palacios que emularan los estilos arquitectónicos aplicados en las principales capitales de Europa Occidental en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente en la capital francesa. Según el historiador José Luis Romero, el ejemplo del Barón de Haussmann en París y de su impulso demoledor alentó la decisión de las nuevas burguesías que querían borrar el pasado, y algunas ciudades comenzaron a transformar su fisonomía: una suntuosa avenida, un parque, un paseo de carruajes, un lujoso teatro, una arquitectura moderna, revelaron esa decisión aun cuando no lograran siempre desvanecer el fantasma de la vieja ciudad. Pero las burguesías podían alimentar sus ilusiones encerrándose en los ambientes sofisticados de un club hermético o un restaurant de lujo[10].

En líneas generales, podría decirse que el “eclecticismo” fue el estilo más difundido entre las nuevas edificaciones que comenzaban a construirse en el “corazón” de la ciudad que se estaba modernizando, incluyendo desde el corte academicista- especialmente el denominado “neoborbónico francés”- aunque éste también podía presentarse individualmente o entremezclado con algunos toques decorativos del Renacimiento italiano. Por su parte, durante las primeras décadas del siglo XX surgieron nuevos estilos que se diferenciaron y se separaron de los conceptos tradicionales de la academia parisina- como el llamado Género Garnier- en alusión al arquitecto francés y constructor del emblemático edificio de la Opera de París, inaugurado en 1875- y el surgimiento de la corriente Art Nouveau, la cual instauró una línea mucho más subliminal a las edificaciones de la ciudad en las postrimerías del 1900.

 

LA AVENIDA DE MAYO- “COLUMNA VERTEBRAL” DE LA CIUDAD

La Avenida de Mayo se convirtió, a partir de su inauguración en julio de 1894, en la “columna vertebral” del desarrollo económico y político de la ciudad de Buenos Aires y en el centro de la sociabilidad porteña por excelencia, la cual brotaba ante la presencia del otro. Dicha avenida, que en un principio adquirió el aspecto de un hermoso boulevard al estilo parisino (aunque también proliferaron maravillosos palacios de corte italiano y español a su alrededor), por el cual desfilaron desde los miembros más distinguidos de la sociedad y las delegaciones de extranjeros que llegaban al país en ocasión de los festejos por la conmemoración del Centenario de la Revolución de Mayo de 1810; hasta los sectores populares que salían a las calles a divertirse durante los carnavales que se daban cita en los barrios de Balvanera y Montserrat, se transformó de algún modo en una especie de “teatro del mundo porteño”, donde surgieron los modos de vida que caracterizaron el fin del siglo pasado e impregnaron el imaginario colectivo de los argentinos en el devenir de la Historia. Indudablemente, sin ella no podría comprenderse la construcción y posterior inauguración del edificio del Congreso Nacional y de su Plaza, avenida, Congreso y plaza van de la mano, en la comprensión del proceso de modernización del casco urbano porteño en la transición del siglo XIX al siglo XX.

 

UN BOULEVARD PARISIENSE

“El contacto directo con Europa da a la sociedad argentina un giro de costumbres y gustos y aún hábitos domésticos distintos a los de nuestro país. La elegancia y los modelos son, pues, en todo, parisienses (…)”.

Benjamín Vicuña Mackenna. “La Argentina en el año 1855”, 1855.

 

“Buenos Aires es una ciudad grande. Ni yo sé porque la llamo así. Me refiero a ese vértigo que suele subir a la cabeza y produce emociones que no dejan pensar en mañana. Eso solo pasa en las ciudades grandes, especialmente allí donde se vive según el modelo francés o más bien parisiense (…)”.

José María Cantilo.La Semana”. En “El Correo del Domingo”, 1864.

 

Las reformas arquitectónicas llevadas a cabo en París en la segunda mitad del siglo XIX se basaron principalmente en la apertura de anchos y extensos bulevares que abrieron la antigua ciudad medieval al paseo público, al tráfico acelerado de carruajes y trenes, y a la proliferación de comercios, cafés, bares y teatros en el centro de la capital francesa. Estas obras, más la construcción de grandes palacios destinados a la cultura, parques, mercados, alumbrado y muchas otras obras de infraestructura, dotaron a la “ciudad luz” de una nueva capacidad para soportar y promover el incipiente desarrollo comercial e industrial del momento y, también, una vida bulliciosa y rica en diversidad social basada en el espacio público como principal elemento estructurante. A colación, Romero expresó en su libro “Latinoamérica: Las ciudades y las ideas” (1976): “El adecuado marco de lujo pareció a todos los snobs el parisiense faubourg Saint Germain y acaso la rue de la Paix y los bulevares (…)”.

Este modelo urbano se convirtió rápidamente en un ejemplo arquitectónico y se irradió hacia diferentes partes del mundo como el paradigma de la nueva forma de vida de las ciudades modernas en América Latina, del cual la ciudad de Buenos Aires no fue la excepción. Dichos cambios se vieron plasmados en la ciudad capital de la República Argentina a partir de la inauguración de la Avenida de Mayo en 1894[11]. Así lo expresó el Primer Ministro y Jefe de Gobierno de la Tercera República Francesa[12], Georges Clemenceau, en su visita a la Argentina en julio de 1910: “La Avenida de Mayo, tan ancha como nuestros mejores bulevares, se parece a Oxford Street por el aspecto de los escaparates y la decoración de los edificios (…)”.[13] Este boulevard estaba compuesto, principalmente, por un paseo central adornado con pequeños plátanos de igual altura colocados en las veredas y cercados por elegantes armazones de hierro. Se trataba de la especie arbórea predilecta del Intendente Francisco Seeber [14], ya que ésta permitía una mayor forestación de las calles y servía de sombra a los transeúntes, sobre todo en las tardes del intenso verano porteño. Al mismo tiempo, a ambos lados de la nueva arteria, fueron erigiéndose, uno tras otro, los grandes edificios que la caracterizaron y le otorgaron su fisonomía tan peculiar de “avenida europea”, algo que sin duda enorgullecía a la élite porteña y al propio Intendente Alvear.

Regidos por un código de edificación, los palacios alcanzarían unas alturas de proporciones hasta entonces desconocidas. Cada una de sus estructuras era un alarde arquitectónico, siguiendo la moda y los estilos franceses que incluían generalmente tejados de pizarra, mansarda, torrecillas, cúpulas y finas agujas. En los edificios de corte académico construidos sobre la Avenida de Mayo entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, primaron los modelos neo- borbónicos, beneficiados a su vez con los adelantos resultantes del lenguaje de la Revolución Industrial y con la introducción de nuevas maquinarias y materiales de construcción (como el hierro y el vidrio) tanto en el interior como en el exterior de las nuevas edificaciones. Cabe destacar, en este sentido, que si bien se dispusieron normas para uniformar las características de los edificios, la fragmentación de los terrenos ayudó a la aparición de casos singulares como el palacio de la “Intendencia Municipal”, ubicado en la intersección con la calle Bolívar,  y la sede central del diario “La Prensa”, en Avenida de Mayo 575.

 

LA INFLUENCIA ARQUITECTÓNICA DEL ACADEMICISMO FRANCÉS

El crecimiento edilicio y las transformaciones urbanas en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires se fueron incrementando en los primeros tramos del siglo XX. Lo que llama verdaderamente la atención, en este sentido, es que el “eclecticismo” predominante en la Capital Federal fue uno de los más vastos del mundo, recorriendo las más amplias gamas del repertorio arquitectónico europeo. Exceptuando los Estados Unidos, ningún país del continente americano pudo exhibir un muestrario tan diverso y semejante como el que se plasmó en estas latitudes, lo que le otorgó una dimensión excepcional a escala global. Esto lo dejó bien en claro Domingo Faustino Sarmiento en 1879, cuando el sanjuanino reclamaba que “Buenos Aires se colocara a la altura de su misión de hospedar y recibir al mundo que venía hacia nosotros, transformando su imagen en francesa y mercantil”.

Así, la Capital federal fue adquiriendo en los inicios del 1900 una imagen mucho más parisiense, a través de obras concretadas por arquitectos, ingenieros y decoradores europeos contratados por el Estado Nacional y Municipal, quienes se destacaron por el volumen y la alta calidad de los edificios construidos. En el caso específico de los edificios construidos sobre la Avenida de Mayo entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, podría decirse que la mayoría de ellos se ajustaron a los preceptos arquitectónicos de la corriente academicista francesa que, por aquellos años, era extremadamente fuerte en el mundo occidental, sobre todo porque venía a representar más específicamente la manera de “ser liberal[15] y porque fue la corriente que mayor vigencia tuvo en la ciudad de Buenos Aires durante su proceso de modernización y embellecimiento.

El desenvolvimiento de esta corriente arquitectónica, derivada de la corriente clasicista francesa, se llevó a cabo a través de la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes, fundada en la ciudad de Paris el 20 de abril de 1797. De ella egresaron importantes profesionales argentinos, tales como los arquitectos Carlos Agote (1866-1950) y Alberto Gainza (1899-1970), quienes en 1898 levantaron el lujoso palacio del diario “La Prensa”. Dicha arquitectura se caracterizaba particularmente por sus ajustadas proporciones, cuyo equilibrio se resolvía en el plano, una arquitectura de columnas y pilastras, de entablamento con arquitrabe, almohadillas, friso y cornisa; de frontis casi siempre triangulares, de grandes vanos y persianas de hierro, de cúpulas, balaustradas y techos con mansardas.

 

LA HIBRIDACIÓN FRANCO-ITALIANA

La arquitectura academicista fue la que gozó de mayor preferencia entre los miembros de la élite política e intelectual gobernante de 1880 y fue, además, el “manantial” del cual bebieron y se fortificaron la mayoría de los académicos decimonónicos en nuestro país. Pero, a diferencia de otras ciudades latinoamericanas, en la ciudad de Buenos Aires también se produjo, al mismo tiempo, una  mixtura o amalgama excepcional con elementos o disposiciones concebidos a la manera italiana- pero en versión grandilocuente- que dio como resultado una hibridación ecléctica denominada franco-italiana. La geometría del estilo italiano era menos barroca que la de su contraparte gálica, al estar más íntimamente relacionada con la antigüedad clásica, vinculada a ciertas visiones exaltadas del Imperio Romano y al movimiento cultural europeo del Renacimiento del siglo XVI.

El primer estilo, que dominó la escena arquitectónica porteña a lo largo de los siguientes cuarenta y cinco años, era en realidad una combinación ecléctica que oscilaba entre el gusto francés (influencia de la élite porteña) y el italiano (producto de la nacionalidad de los constructores). Las reminiscencias francesas se inspiraban en el clasicismo, ese barroco tan particular que se dio en la Francia del siglo XVII y que había sido revalorizado en los tiempos de Napoleón III.

Las reminiscencias italianas, por su parte, provenían del estilo que había prevalecido en Buenos Aires durante el período de la “Gran Aldea” (1862-1880) y que era una suerte de neo-renacentismo. La influencia del gusto francés en la arquitectura porteña borró definitivamente las terrazas de los edificios y las reemplazó por mansardas (esos techos de pizarra tan propios de los inviernos nevosos y que tan poco tienen que ver con el clima húmedo de la Región Pampeana) y remate de cúpulas en las esquinas[16].

 

LA ARQUITECTURA DE LOS LUISES

La arquitectura francesa que plasmó en los nuevos edificios que se fueron construyendo sobre la Avenida de Mayo entre 1880 y 1910, estaba caracterizada principalmente por su asombroso tamaño, la fineza de sus líneas, sus esbeltos trazos y su mesurada y refinada ornamentación, imitando el refinamiento importado de la capital francesa en la transición al siglo XX. Dentro de la arquitectura francesa, el estilo  más sobresaliente- y cuya tendencia llegó a ser casi epidémica en nuestra ciudad capital- fue el estilo borbónico, conocido también como “Segundo Imperio” o “Estilo de los Luises”, el cual tuvo su apogeo con la llegada del emperador Carlos Luis Bonaparte (1808-1873) al gobierno de Francia en 1852[17].

Mientras que los edificios más tempranos que se construyeron sobre la primera avenida porteña se acercaron al estilo Luis XV, los posteriores lo hicieron en el estilo Luis XVI, siguiendo una línea más ajustada al neoclásico. Estos ambientes caracterizados por el tono elegante eran frecuentados por la élite local y los estilos ornamentales inspiraban a los miembros de la clase dominante a convertirse en virtuales “reyes sin corona”. La novedad de las nuevas edificaciones radicaba en que por primera vez se utilizaba el uso generalizado del hierro estructural en la construcción, como quedó reflejado en los datos aportados por el Censo Municipal de la ciudad de Buenos Aires de 1904, donde se afirmaba que “El hierro es el primer elemento en las casas modernas de Buenos Aires. Elegantes y sólidas columnas de hierro sustituyen a los grandes pilares y a los anchos muros de mampostería (…) en los techos, a las vigas gruesas y dura madera reemplazan los tirantes de hierro, y desde los cimientos hasta las artísticas molduras que rematan los grandes edificios, es de hierro lo principal (…)”[18].  

 

CONFITERÍA “LA MAISON LABOURDETTE”

Gracias a las nuevas técnicas que utilizaban el hormigón armado y las vigas de hierro, las construcciones eran más altas y macizas, y cambiaron de modo decisivo la apariencia del centro de la ciudad. Un ejemplo de la aplicación de la arquitectura de los Luises se encontraba en el edificio de la confitería “La Maison Labourdette”, cuya propiedad pertenecía a don Bartolomé Labourdette, un reconocido confitero nacido en Burdeos que proveyó los capitales para la instalación del negocio.

Esta confitería, ubicada en la intersección de la Avenida de Mayo con la calle Perú, contaba con ambientes modernos y lujosos que respondían a los criterios que hacían furor en Buenos Aires a principios del siglo XX, como al confort y la comodidad que debía caracterizar la vida moderna. Los espacios interiores de sus locales empleaban un lenguaje decorativo de gusto plenamente europeo, sumamente aristocrático y en consecuencia dirigido a una selecta clientela. El salón de entrada era de estilo Luis XV, su techo estaba decorado con pinturas. Una armonía general reinaba en su equipamiento compuesto de diversos muebles, espejos, mostradores, anaqueles y columnillas. El salón de las damas era una pequeña maravilla del género Pompadour. Las ricas alfombras y las paredes tapizadas de seda resaltaban la presencia de este salón adornado con un enorme espejo, en tanto que el salón de los caballeros poseía unas cincuenta mesas de madera de cedro con adornos de plata y cristales importados del exterior.

 

EL CONGRESO Y EL LLAMADO A CONCURSO INTERNACIONAL

Uno de los edificios más significativos planteados por la elite política dirigente de 1880 fue el Palacio del Congreso de la Nación. En 1884, se preveía instalarlo en la manzana comprendida entre las calles Callao, Paraguay, Charcas (hoy Marcelo T. de Alvear) y Rodríguez Peña, en terrenos que fueron adquiridos por el gobierno nacional[19]. Un año más tarde, el arquitecto italiano Francesco Tamburini (1848-1891) presentó al Departamento Nacional de Ingenieros un proyecto para la construcción del nuevo recinto legislativo. De este modo, la Avenida de Mayo vendría a cumplir con las “premisas haussmannianas” partiendo del núcleo formado por la Casa de Gobierno y la Plaza de Mayo para cerrar su visual con un edificio monumental[20].

Pero fue recién en 1887 cuando comenzó a evaluarse el emplazamiento del futuro palacio como remate de la primera avenida porteña. El 21 de septiembre de ese año, siendo Miguel Juárez Celman (1844-1909) el Presidente la Nación, se decidió la mudanza de la sede del Poder Legislativo a través del llamado a concurso internacional (por medio de la sanción de la Ley Nacional Nº 2.204) para la confección de los planos y de los presupuestos para la construcción del nuevo palacio que se ubicaría en el extremo oeste de la Avenida de Mayo. Así lo dejaba en claro un ejemplar de la revista “Caras y Caretas”, publicado el 13 de octubre de 1900, cuando en una nota aseveraba que “en un principio, al ser aprobados los planos de la edificación, encargóse de inspeccionarla una comisión parlamentaria nombrada al efecto, la que luego delegó sus poderes en el departamento de obras públicas (…)”. Mediante este ambicioso proyecto el gobierno pretendía asumir la imagen arquitectónica del más representativo de los poderes que integran un sistema democrático. Por otro lado, este tipo de edificio aspiraba a ser, en el momento de su concepción y su construcción, el monumento arquitectónico consagratorio de la cultura arquitectónica de un país. En muchos casos, además, se transformaría en símbolo de unidad política, exaltación patriótica y participación cívica y en emblema de una ciudad capital, e inclusive de una Nación[21].

 

EL ARQUITECTO  VITTORIO  MEANO Y EL PROYECTO GANADOR

Entre 1895 y 1896 se presentaron 29 trabajos de distintos países para la ejecución del plan de obras del Congreso Nacional, dentro de los cuales los más relevantes pertenecían al arquitecto vienés Turner, quien se había establecido en el país tras haber sido llamado por Carlos Pellegrini para dirigir la obra del Jockey Club (1897) en la calle Florida, entre Lavalle y Tucumán.

El jurado estaba compuesto por prominentes hombres de la política argentina, entre quienes pueden mencionarse al abogado Francisco Alcobendas, el senador por la Provincia de Córdoba, Rafael Segundo Igarzábal, y el Diputado sanjuanino Rosauro Doncel Martínez, actuando este último como asesor del arquitecto suizo Jacques Dunant. El proyector ganador del certamen correspondió al arquitecto-ingeniero piamontés Vittorio Meano (1860-1904)- que había llegado a nuestro país convocado por su compatriota y colega, el arquitecto Francesco Tamburini- quien dirigió su ejecución, hasta que el 1° de junio de 1904 fue asesinado inesperadamente por su mayordomo y presunto amante de su esposa Luisa Meano, el italiano Juan Passera,

Una vez adjudicado el proyecto, el contrato para la dirección de la obra fue firmado el 31 de julio de 1896. El 10 de octubre de ese año, se abrieron los sobres de las doce propuestas presentadas a licitación, que finalmente fue ganada por la empresa de Pablo y Soave Besana. Bautizado por algunos periodistas de la época como “el palacio de oro[22], la firma del contrato se llevó a cabo en agosto de 1897 y el monto estimado de la obra fue de 5.776.545 Pesos Moneda Nacional, cifra que se fue incrementando  en los años subsiguientes.

 

EL CONGRESO- UNA OBRA MONUMENTALISTA

El Palacio del Congreso de la Nación fue y es, sin duda, “la obra más colosal” y costosa que se haya realizado en el país, considerado como un ejemplo típico de ese afán monumentalista de la arquitectura académica europea decimonónica, lo que se logró tanto por su composición grandilocuente como por su adecuadísimo emplazamiento. Su construcción se inició en agosto de 1897 en la manzana comprendida por las calles Victoria (actual calle Hipólito Yrigoyen), Entre Ríos, Rivadavia y Combate de los Pozos, y fue uno de los proyectos arquitectónicos más ambiciosos entre los destinados a uno de los mayores Poderes del Estado Argentino. Para la elevación de los muros del edificio se emplearon varias clases de mampostería, según la resistencia requerida en cada situación: bloques de granito labrados en todas sus caras, o bien trabajados sólo en las caras de apoyo; ladrillos comunes, ladrillos de máquina, y de las dos clases alternados con hileras de sillares de granito importado de Colonia, cuya calidad estructural era considerada superior a la de los italianos. “A su vez, se decidió que los frentes serían de corte grecorromano, clasicistas y de carácter triunfal, con grandes acentos de decoración, a través del emplazamiento de estatuas, emblemas y bajorrelieves”. En este sentido, el propio Meano argumentaba que “acudiremos pues a la magnificencia romana, a aquella Roma que heredó de la libre Grecia la más hermosa de todas las arquitecturas y supo aprovecharla modificándola, enriqueciéndola y ampliándola, hasta llevarla al más alto grado de esplendor (…)”. Para justificar este estilo, similar al empleado en el monumento al Rey de Italia Vittorio Emanuele situado en la ciudad de Roma, el arquitecto italiano aludió en su defensa del proyecto al propósito de “acoplar la pompa y la ostentación romana con la pureza de las líneas griegas, pero no combinando los dos estilos, sino tomando de cada uno de ellos lo bastante para aprovechar sus caracteres más sobresalientes, más típicos, más aptos para amoldarse a las actuales exigencias y expresar más sinceramente el pensamiento moderno (…)”. Y continuó explicando: “Al clima concederemos techos con reglares pendientes, y no mansardas que son una inútil defensa contra las nieves que no nos visitan, ni tampoco amplias azoteas de difícil y peligroso desagüe de las aguas pluviales. Asimismo, numerosas y grandes aberturas, abundante luz y mucho aire; al clima y también a las costumbres nacionales concederemos anchos corredores y abiertas galerías, distribuidas de modo que queden convenientemente independizadas las varias reparticiones del edificio”.

Exteriormente, la planta baja constituye un basamento de granito gris, de 6.50 metros de altura, sobre el que se apoya el desarrollo de dos plantas de orden corintio, de 12.60 metros, y una tercera planta que corresponde al ático de remate del edificio, con 5 metros de altura. En la fachada principal, sobre el eje del frontón triangular del pórtico de acceso, se destaca el conjunto de bronce, obra del escultor ítalo-argentino Víctor de Pol. Al respecto, Meano consideraba imprescindible además  “la necesidad de combinar, en la nueva fachada hacia el boulevard, un cuerpo central que constituya un motivo independiente, cuyo ancho no supere la desembocadura de aquel y que sobresalga en lo posible del suelo, mediante gradas y zócalos apropiados. La cúpula podrá adquirir de conformidad con el estilo arquitectónico que se adopte, y teniendo en cuenta las condiciones indicadas de ubicación del edificio, creemos que la forma general más adecuada para el caso actual es la piramidal de fases curvas y de base cuadrada, dejando a un lado las demás formas más conocidas (….) La forma circular, es sin duda, la más perfecta, desde que ha dado lugar a las mejore concepciones arquitectónicas; pero por varios motivos no la consideramos apta para el caso actual” (…)”[23].

Lamentablemente, Meano no pudo ver concluida su obra, debido a que fue asesinado por su mayordomo en 1904 en un episodio poco esclarecido. Tras ocho años de obras continuas, el edificio fue finalmente inaugurado- aunque de forma parcial, ya que la totalidad del edificio se completó hacia 1946- durante la presidencia de José Figueroa Alcorta (1860-1931) al iniciarse las sesiones legislativas del día 12 de octubre de 1906.

 

LA INAUGURACIÓN OFICIAL DEL PALACIO

El Palacio del Congreso de la Nación fue y es, sin duda, “la obra más colosal” y costosa que se haya realizado en el país, considerado como un ejemplo típico de ese afán monumentalista de la arquitectura académica europea decimonónica, lo que se logró tanto por su composición grandilocuente como por su adecuadísimo emplazamiento.

Entre los modelos arquitectónicos que inspiraron la construcción de este edificio pueden mencionarse al Capitolio de Washington (del cual se tomó como ejemplo la arquitectura de su templete), el Reichstag de Berlín y la Mole Antonelliana de la ciudad de Turín, para que allí “se reúnan los padres de la patria, será de vastas proporciones, ofreciendo a la mirada un aspecto de severa magnificencia (…)”[24]. Con la construcción del nuevo edificio se terminaban los incómodos traslados de los diputados, quienes debían turnarse con los senadores para efectuar las sesiones legislativas, hasta la construcción de las dos salas en 1895 y, como destacó el arquitecto e historiador urbano, Adrián Gorelik, la Avenida de Mayo- “espina dorsal de Buenos Aires[25]– se imponga a partir de 1894 como el eje cívico y un camino simbólico de la ciudad capital uniendo, frente a frente, dos de los tres poderes del Estado republicano: la Casa de Gobierno y el Palacio Legislativo respectivamente[26].

Cabe destacar, llegados hasta aquí, que lamentablemente el arquitecto Meano no pudo ver su obra concluida, ya que el 1º de junio de 1904 éste fue asesinado en su casa de la calle Rodríguez Peña Nº 30, en un caso aun sin esclarecerse de manera cabal por la historiografía nacional. El asesino resultó ser su ex mucamo, a quien Meano había despedido unos meses antes, quedando la obra a cargo del arquitecto de origen belga Jules Dormal (1846-1924), quien respetó el proyecto original.  Así, lo describía el diario “La Nación”, el día 13 de mayo, “Puede decirse que en los alrededores del palacio del Congreso fue el de ayer día feriado. En todas partes, en las aceras, ventanas, balcones y azoteas, se había aglomerado numeroso público para presenciar el desfile de las damas, caballeros, militares y, por último, la llegada y salida del presidente de la república. La entrada por la calle Rivadavia era la que más llamaba la atención, pues por allí tenía acceso el mundo oficial. A la 1.30 de la tarde formaron en línea de parada las tropas de la primera región militar, designadas para este acto por el ministerio de guerra”. Luego de detallar como se ubicaron por la calle Rivadavia el Regimiento 8° de Caballería al mando de su jefe, el Teniente Coronel José Uriburu, y los Batallones 1 y 10 de Infantería por la Avenida de Mayo, mientras “mandaba la línea” el jefe de la región, el General de Brigada Carlos O´Donnell. La lectura del mensaje inaugural por parte del Presidente Alcorta duró más de cuarenta minutos e impresionó profundamente al auditorio con las sentidas frases consagradas a la memoria del General Bartolomé Mitre y al ex Primer Mandatario Manuel Quintana, quien había fallecido en su finca particular del barrio de Belgrano en marzo de 1906 tras un delicado estado de salud.

 

LA CÚPULA Y LAS CÁMARAS LEGISLATIVAS

Durante los primeros años del siglo XX se comenzó a trabajar en la construcción de un nuevo edificio para la sede del Poder legislativo de la República Argentina. El actual edificio fue  proyectado por el arquitecto piamontés Vittorio Meano (1860-1904). Se trata de una edificación de estilo neoclásico, de líneas monumentales, en los que se aprovechan de la manera más saliente todos los elementos del arte clásico: frontis, cornisas, tímpanos y columnas.

Como la principal característica del edificio tenía que ver con su condición de remate de la Avenida de Mayo, éste debía quedar acentuado por una torre esbelta que finalizaría en una enorme cúpula “miguelangelesca[27], de 85 metros de altura, diseñada especialmente para verse desde la Plaza de Mayo en el extremo Este de la arteria. Luego de una serie de estudios, se optó por utilizar un sistema que exigiera el hincamiento de mil quinientos pilotes de madera dura, formando un emparrillado, rellenando luego los claros de hormigón de pedregullo y Portland. A esta consolidación del terreno se agregó luego la construcción de una bóveda invertida y bloques de granito para neutralizar los empujes que produciría la mampostería de la cúpula, cuyo peso era de unas treinta mil toneladas aproximadamente. Ésta se construyó sobre un tambor cilíndrico apoyado en un basamento de planta cuadrada de 22.50 metros por lado. El total de la altura de la cúpula desde la línea de la calle hasta su punto más alto era de 85 metros, lo que la constituyó en la altura máxima de la ciudad de Buenos Aires al momento de su construcción. Además, de los casi 9.000 m2 que ocupaban entre la Cámara de Diputados y la Cámara de Senadores de la República, los salones, las galerías, el vestíbulos, los comedores y las oficinas anexas, el edificio contaba con 7.000m2 de oficinas y 430 m2 de patios. Ambas cámaras  se proyectaron en el primer piso. La primera, de forma semicircular, se ubicó en torno al eje principal del edificio como motivo posterior de la fachada de la calle Combate de los Pozos y poseía un diámetro de 26 metros; mientras que la segunda- de dimensiones mucho más reducidas- se situó dentro de los patios interiores, formando una composición centrada sobre el eje que unía las calles Hipólito Yrigoyen y Rivadavia. Debajo de la cúpula, a 65 metros de la misma, se dispuso el “Salón Azul”, el más monumental de todos los espacios ceremoniales del palacio.

 

DELEGACIONES EXTRANJERAS Y VISITANTES ILUSTRES

Las noticias que llegaban de Europa, así como la importancia de los personajes y viajeros célebres que habían decidido visitar la Argentina en las primeras décadas del siglo XX, quienes se lanzaban a una travesía de más de veinte días en barco para conocernos, demostraban en sus escritos que el país comenzaba a abandonar su característica de exclusivo proveedor de granos y carnes, para transformarse en un foco de interés múltiple por las potencias de ultramar. Esto quedó demostrado en una nota del diario “El Imparcial” de Madrid, en una nota publicada el 1º de marzo de 1910, la cual sostenía que era preciso apoyar enfáticamente la presencia española en las celebraciones del Centenario de la Revolución de Mayo porque “aparte  del amor a aquel pueblo existen razones de índole mercantil. La Argentina, siguiendo su progresivo desarrollo, llegará al final de este siglo a tener setenta millones de habitantes y entonces aquel pueblo será el contrapeso que la raza latina oponga a la anglosajona (…)”[28]. Así, entre las figuras políticas de mayor renombre que visitaron Buenos Aires en la semana mayo de 1910 pueden mencionarse al chileno Pedro Montt, quien había viajado en tren desde el país trasandino a la Capital Federal para hospedarse en una residencia ubicada en la intersección de las calles Cangallo (actual calle Teniente Coronel Juan Domingo Perón) y Paseo de Julio (hoy Avenida Leandro N. Alem), su par brasileño Manuel Ferraz de Campos Salles y el Vicepresidente del Perú, Manuel Eugenio Larraburu y Unanue.

 

EL CONGRESO SEGÚN EL ESCRITOR FRANCÉS ANATOLE FRANCE

Es de destacar, en este sentido, que entre 1909 y 1911 llegaron a la ciudad de Buenos Aires importantes personalidades del mundo académico y científico, quienes realizaron breves visitas a la ciudad durante dos o tres meses para ofrecer múltiples charlas y conferencias. La capital argentina era casi siempre reconocida por los visitantes que, para satisfacción de los sectores sociales porteños acomodados, muchas veces la comparaban con la ciudad de París. Entre los visitantes ilustres que llegaron al país entorno al Centenario pueden mencionarse al urbanista Joseph Bouvard, el periodista Jules Huret, el dirigente italiano Enrico Ferri, el socialista Jean Jaurés, el historiador español Rafael Altamira, el jurista Adolfo Posada (de militancia socialista); y escritores de talla como Ramón del Valle Inclán y el poeta y novelista Anatole France (1844-1924).

Este último, arribó al puerto de Buenos Aires el 5 de mayo de 1909 en el vapor “Amazone”, acompañado por un pequeño grupo de “distinguidos caballeros argentinos y de la colonia francesa”, presidido por el estanciero de origen vasco-francés, Pedro Luro, el doctor Jaime Lavallol y las autoridades del diario madrileño “El País”. Durante su estadía en la ciudad, el día 13 de junio, France tuvo una recepción y un banquete muy sencillo en las instalaciones del “Club Francés”, sito en la calle Rodríguez Peña 1832, en el barrio porteño de La Recoleta, donde fue agasajado por numerosos admiradores y estudiantes que le solicitaban conferencias, las cuales tuvieron lugar en su mayoría en el Teatro Odeón de Buenos Aires, el cual se ubicaba en la intersección de la Avenida Corrientes con la calle Esmeralda. Allí, el escritor francés describió al Palacio del Congreso Nacional como “Una mezcla, conteniendo ensalada italiana e ingredientes griegos, romanos y franceses. Se tomó la columnata del Louvre. Encima le colocaron el Partenón. Sobre el Partenón lograron ubicar el Panteón y finalmente espolvorearon la torta con alegorías, estatuas, balaustradas y terraza. Eso recuerda la confusión en la construcción de la Torre de Babel (…)”.

 

DEL PALACIO A LA PLAZA

“Es evidente que la plaza se deberá hacer al frente del palacio del Congreso, de manera que la fachada principal se destaque en perspectiva sobre la plaza misma. En su sentido longitudinal, cuanto más larga sea la plaza tanto mejor; mientras que su ancho deberá ser proporcionado a la longitud (…)[29]

Revista “La Ingeniería”, 1900.

 

La cuestión del cuidado del medio ambiente fue considerado de suma importancia para los médicos higienistas de la época, quienes tuvieron una participación directa en los gobiernos y en el diseño de las políticas públicas finiseculares. La necesidad de construir plazas, parques y paseos al aire libre en el centro de la ciudad respondía a la vocación estetizante y a las aspiraciones sanitarias de los hombres de la “Generación de 1880”, pues estos espacios verdes nuevos que se creaban ofrecían aire prístino y menguaban el peligro latente en una ciudad asediada por epidemias. Con ese objetivo se comenzó a trabajar en las grandes obras públicas. En tiempo record se abrió así la Plaza del Congreso Nacional. Dicha plaza constituyó un complemento estilístico posterior al Palacio Legislativo, ya que su apertura se inició a partir de la sanción de la Ley Nº 6.286, sancionada el 20 de septiembre de 1909. En este sector de la Avenida de Mayo, comprendido entre la Plaza Lorea y la calle Entre Ríos, las construcciones se mantenían bajas sin respetar la legislación establecida. Estas dos manzanas fueron finalmente expropiadas para la formación de la Plaza del Congreso, que recibió su nombre del edificio al que debía brindar su perspectiva[30].

 

EL PROYECTO PAISAJÍSTICO DE CHARLES THAYS

“Por dondequiera que él descubre un lugar propicio, el buen maestro jardinero aparece para plantar algún vástago que más tarde será la alegría de los ojos. Ha creado y poblado grandes parques. ¡Gracias le sean dadas! (…)”.

Georges Clemeanceau, “Notas de Viaje por América del Sur”, 1911.

 

Para llevar a cabo la remodelación de la Plaza del Congreso de la Nación, la administración de la Intendencia de Manuel Guiraldes[31] adhirió al proyecto higienista del estudio de Charles Thays (1849-1934), un reconocido arquitecto, urbanista y paisajista francés de la época, a quien el gobierno municipal había asignado como Director de Paseos y encargado, entre muchas obras realizadas en el país, la remodelación de la Plaza de Mayo y la creación del Parque Tres de Febrero en el barrio porteño de Palermo. Así lo expresaba el ministro francés Georges Clemeanceau en su visita a la Argentina en 1911: “Bien conocido de todos sus colegas de Europa, es el que tiene la dirección soberana de las plantaciones y de los parques de Buenos Aires, Thays, que sobresale en el arte francés del jardín, se complace en poner todos sus pensamientos y toda su vida al servicio de sus árboles, de sus plantas y de sus flores, dispuesto siempre a defender contra todo detractor, lo cual es superfluo, la población de Buenos Aires, no dejando escapar una ocasión de atestiguarle su reconocimiento. (…)”[32].

El primer paso antes de su construcción fue realizar un rellenado de los terrenos del antiguo “Solar de Lorea”, ya que este lugar estaba ocupado por una lagunilla que formaba el “Arroyo de Matorras” o “Tercero del Medio”, cuyas fuentes freáticas se encontraban en el “Hueco de los Olivos”– al cual “le cruzó el pecho la urbanística banda que le significó la ancha cinta de la Avenida de Mayo” – donde un tiempo después, en 1906, se levantaría el monumental edificio del Poder Legislativo Nacional.

La concreción del proyecto de Thays se desarrolló en tres tramos: la Plaza Lorea permanecería con su nombre original, mientras que en frente a ella se crearía la Plaza Mariano Moreno, emplazando en el medio de la misma una escultura de bronce al ilustre Secretario de la Primera Junta de Gobierno de 1810- “custodio eminente de la libertad sin servidumbre y de la razón sin idolatría”[33]realizada por el artista español Miguel Blay y Fábrega, la cual se emplazó sobre una base de mampostería que imitaba una montaña y, por detrás de ella, un condor abría sus alas por debajo, simbolizando la altura del pensamiento del estadista; una plaza intermedia con un estanque y, finalmente, la Plaza Cívica, con una gran pileta, ajardinados canteros y ondulados perímetros, rematando con borde retirado hacia el este, en la línea de calzada sobre la Avenida Entre Ríos.

Al respecto, unos tres meses antes de finalizar el año 1909, el escritor y periodista francés Jules Huret comentaba al respecto que “Saliendo de Buenos Aires para uno de mis viajes al interior, había dejado la Plaza del Congreso pequeñita, formada por una simple avenida y  bordeada por cuatro calles. Enfrente había un teatro, un cuartel, un  mercado, algunas calles donde se elevaban casas de varios pisos. Cuando volví, tres meses después, el Intendente municipal, el simpático señor Guiraldes, me volvió a llevar allí. En lugar de las calles, las casas, el teatro, el mercado, ¡había jardines! La plaza había sido diseñada por nuestro compatriota, el arquitecto paisajista Sr. Thays. Mientras se demolía y se nivelaba, había traído abono, arboles, césped y flores. Y se podía ver, al lado de un trozo de muro que caía bajo la piqueta y de un pozo que se estaban rellenando, arremolinándose las cestas floridas y nacer el césped lustroso mientras se maniobraba con poleas para depositar sobre un pedestal una reproducción en bronce del Pensador de Rodin (…)”[34].

 

LA OBRA DE JUAN ANTONIO BUSCHIAZZO

“La impresión de la ciudad no puede ser más desastrosa: cuadras enteras removidas, pilones de adoquines sobre las aceras, todo recién empezado, todo por hacer, y completando el cuadro la pachorra de los empleados municipales que contemplan impasibles, sonriendo plácidamente, el vergonzoso espectáculo (…)”.

 

Delfina Bunge de Gálvez,  “Diario Inédito”, 1910.

 

Uno de los arquitectos de mayor renombre en Europa y un gran entusiasta admirador de los proyectos de remodelación de la capital francesa y de otros proyectos urbanísticos en la segunda mitad del siglo XIX fue Juan Antonio Buschiazzo (1845-1917), quien en 1880 asumió el cargo de Director de Obras Públicas de la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires, quedando a cargo del proyecto de apertura de la Avenida de Mayo. Los deseos de Buschiazzo se basaban en la idea de “demoler todo” lo que se consideraba atrasado en el tiempo, sustituyendo las edificaciones coloniales por modelos importados del Viejo Continente. Construir la nueva avenida y vender los sobrantes pagando con la plusvalía el costo de las obras, fue acusada de constituir una acción especulativa del Estado, lo cual originó multiplicidad de pleitos con los propietarios, muchos de los cuales llevaron sus reclamos ante los tribunales de la Corte Suprema de Justicia, obteniendo en algunos casos fuertes indemnizaciones a través de juicios de expropiación.

El proyecto de construcción de la Avenida de Mayo porteña se sustentaba en los preceptos del positivismo comteano, el cual planteaba la necesidad imperiosa de llevar a las sociedades del mundo occidental hacia la “civilización” y el “progreso indefinido”, estableciendo una clara distinción con el universo de la “barbarie”. Pero para una ciudad que pretendía “borrar el atraso”, la Historia era casi un lastre porque se estaba imponiendo la ideología del movimiento y la dinámica del cambio como valor esencialmente positivo. Así comenzó a formarse, según el arquitecto Ramón Gutiérrez, la imagen de una “Buenos  Aires sin memoria”[35], predispuesta a recibir enfervorecida todas las modas que vinieran de afuera y a despreciar y negar- hasta borrar- con la misma fuerza su propio pasado colonial o las modestas expresiones de la “Gran Aldea”. Es decir que, al promediar el siglo XIX, lo que se produce es una ruptura definitiva de la influencia hispánica y colonialista dominante hasta entonces, para darle lugar a las nuevas aspiraciones advenedizas que la desgajaban de su rudo tronco original. En otras palabras, quebrar la tradición arquitectónica anterior implicó apelar entusiastamente a las formas europeas, como una manera ostensible de romper con lo pretérito y mostrar la europeización de la ciudad frente al pasado bárbaro y rural. De este modo, la ciudad aceptó que la demolición era el paso necesario para llegar al “progreso” que la euforia liberal vaticinaba como creciente. Esto se vio reflejado en el ímpetu que los hombres de la “Generación del ´80” le otorgaron a la ciudad de Buenos Aires, demoliendo las edificaciones que databan del periodo colonial- aquellas que ellos mismos consideraban como anticuadas y atrasadas en el tiempo (y por lo tanto carentes de Historia), para darle paso a la modernidad, mientras que las provincias del Interior quedaban relegadas de este proceso, a las cuales se les asignó el papel de alimentar a la “Gran Ciudad”.

 

LAS TRECE MANZANAS CONDENADAS

Las demoliciones comenzaron en mayo de 1888[36], durante los últimos meses del gobierno de Antonio Crespo [37] y continuaron luego bajo el interinato de Guillermo Cranwell[38], en un radio de  trece manzanas, que se hallaban comprendidas entre Plaza de Mayo y Plaza Lorea[39]. Los juicios de expropiación habían comenzado en 1885 y la primera casa demolida fue la de Saturnino Unzué-  un conspicuo miembro de la alta sociedad porteña- que se hallaba sobre la calle Salta. Bajo la piqueta se derribó el Departamento de Policía, que en 1888 se había trasladado a la manzana comprendida por las calles Moreno, Cevallos, Belgrano y Lorea (hoy Sáenz Peña) y tres arcadas del ala izquierda del edificio del Cabildo porteño[40].

Según consta en el Censo General de Población de la ciudad de Buenos Aires de 1906, para llevar a cabo dichas obras la Intendencia Municipal porteña dispuso que unos 400 empleados municipales demolieran con toda la fuerza de las picotas los edificios que se hallaban en el espacio público por donde se abriría la futura  Avenida de Mayo.

Las manzanas que se encontraban en los distritos censales más céntricos (I a VIII) y que habían experimentado un fuerte crecimiento poblacional entre 1869 y 1887 fueron las que sufrieron el rudo embate de la juvenil arteria, que de modo tan contundente, se hacía un lugar en el centro de Buenos Aires y que fueron aprovechadas en un principio para la especulación inmobiliaria, debido a la creciente demanda habitacional. Así, En la Zona I se agrupaban, según el escritor Juan Carlos Vedoya, unas 104.000 habitaciones (las cuales representaban la mitad del conjunto de la ciudad),  prestando un 43 % de posibilidades de alojamiento. El sector poseía comercios, talleres, los mejores servicios de obras sanitarias, cloacas y aguas corrientes, sistema de alumbrado y recolección de residuos así como la comunicación brindada por los tranvías. Además, dicho sector les posibilitaba a los inmigrantes recién arribados al país estar más cerca de los sitios donde había mayor demanda laboral.

Las casas que se estaban demoliendo eran fundamentalmente las casonas coloniales constituidas por una sola planta, con sucesivos patios rodeados de habitaciones, heredadas de la arquitectura española e italiana del Mediterráneo. Esto puede leerse en un pasaje de una nota periodística publicada por “El Nacional” el 24 de octubre de 1885, donde el diario comentaba al respecto que “La presencia de los peones municipales en las cercanías de la calle Perú causó una gran alarma en el vecindario, lo que se expresó en un “jabón de primer orden” y, dirigidos por un ingeniero, comenzaron a colocar los jalones que servirían para la traza de la avenida. Para ello clavaron cuatro barras de hierro junto a la “Peluquería de Eduardo y Martín”, a la segunda vidriera de la primitiva tienda “A la Ciudad de Londres” y a las casas de Bernasconi y Zuberbhuler (…)”[41].

A mediados del siglo XIX, estas casas, que en algunos casos presentaban rasgos del estilo italianizante, mantenían el patio como centro de la vida familiar y su número definía la categoría de la vivienda. Al primer patio daba la sala y el comedor; al segundo patio, los dormitorios; y al tercer patio (si lo había), los servicios, aunque también podía ser utilizado como huerto. Algunas de estas grandes casonas fueron abandonadas, otras alquiladas por piezas. En ambos casos, su destino fue el mismo: el conventillo, casi la única opción disponible para la creciente masa migratoria. Gracias a las ganancias obtenidas del alquiler de cada pieza, sumado a las posibilidades de acceso a las nuevas cédulas hipotecarias emitidas por los bancos, la élite rentista pudo construir sus modernas casas, lo que sin dudas favoreció la pronta urbanización de la popularmente llamada “Zona Norte” (denominación que hace referencia al corredor que une los barrios de La Recoleta y Palermo) de la Capital Federal.

 

LAS DEMOLICIONES EN PLAZA LOREA

A partir de 1909, la Intendencia Municipal a cargo de Manuel Guiraldes comenzó a trabajar en las demoliciones que darían origen a la actual Plaza del Congreso Nacional. Las edificaciones demolidas por las patrullas de los empleados públicos fueron, principalmente, aquellas que se ubicaban en las inmediaciones de la Plaza Lorea, tales como el Departamento de Detenidos, el Escuadrón de Vigilantes de Policía a Caballo (creado por la Mazorca rosista en junio de 1840), el Cuartel de Bomberos (ubicado en la intersección de las actuales calles Hipólito Yrigoyen y Virrey Cevallos) y el llamado “Cine Buckingham Palace” (una sala que estaba situada en la esquina sudoeste de la calle Solís).

 

EL TANQUE DE AGUAS CORRIENTES

En las últimas décadas del siglo XIX, la problemática del aprovisionamiento de agua potable hacia los barrios y la población de la ciudad se fue convirtiendo en una necesidad acuciante, no sólo debido a su aumento exponencial derivado del aluvión inmigratorio europeo finisecular sino además por la creciente contaminación de las napas subterráneas. En efecto, los pozos surgentes ya mostraban síntomas de agotamiento y contaminación y los tradicionales aljibes heredados de la colonia, así como también las cisternas, apenas podían servir para atender la demanda doméstica en reducidas áreas del centro porteño.

Es por ello que, en 1869, la Comisión Municipal porteña le encomendó al ingeniero irlandés John Coghlan (1824-1890)- un destacado funcionario del Ferrocarril del Oeste- la concreción de un vasto proyecto de higiene y sanidad que se implementaría facilitando el movimiento comercial, el cual incluía la colocación de cloacas en los domicilios, nuevos desagües pluviales, adoquinado en las calles y la construcción de un flamante tanque de aguas corrientes de unos 43 metros de altura en el medio de la Plaza Lorea, el cual se convirtió en el primer depósito de agua corriente, superando en creces a todos los edificios de la ciudad en su época, con capacidad para llenar 1.100.000 litros, conectado directamente a la toma localizada en el barrio de La Recoleta- frente a la actual Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires- que permitía el suministro a través de dos caños que se internaban 600 metros por debajo del Río de la Plata para captar y transportar el agua que era enviada por máquinas de impulsión y filtros de purificación a gran parte de la población de la zona, saneando de alguna forma los perjuicios heredados del brote de fiebre amarilla ocurrido ese mismo año.

Este tanque poseía una característica particular: acumulaba el agua en horas de baja demanda y la entregaba en horas de gasto máximo (en general, el horario era de 7 AM a 14 PM). Además, las instalaciones para la distribución tenían surtidores públicos en todos los hospitales, edificios públicos, hoteles, teatros, mercados, plazas y en las principales calles y llaves de incendio en cada bocacalle. Sin embargo, este primer servicio no era suficiente y solo alcanzó al 8% de una población que por ese entonces alcanzaba las 195.000 almas[42].

A comienzos de diciembre de 1883, la Municipalidad resolvió sacar a licitación el desarme del tanque, el cual debió ser quitado del lugar para concretar el último tramo de la Avenida de Mayo y de la construcción del complejo de la Plaza del Congreso Nacional, siendo trasladado este al Palacio de Aguas Corrientes, ubicado en la Avenida Córdoba 1950, en el barrio porteño de Balvanera. Al mismo tiempo, con la construcción de la Plaza del Poder Legislativo, desapareció también el molino harinero instalado por C. Halbach, el hijo del Primer Ministro de Prusia, el cual habría de dar su nombre a la emblemática confitería construida entre 1912 y 1917 en la esquina de Callao y Rivadavia, obra del arquitecto ítalo-argentino Francisco Gianotti (1881-1967) e inaugurada el 9 de julio de 1916.

 

EL MERCADO MODELO

En 1883, el empresario Teófilo Lanús le encargó al arquitecto alemán  Ferdinand Moog (1837-1905) el diseño del Mercado Modelo de Buenos Aires, inaugurado el 23 de marzo de 1884 sobre el lado este de la Plaza Lorea. Se trataba de un formidable edificio de estilo morisco y de tres plantas, con un gran patio central y locales perimetrales ubicados sobre la actual calle Luis Sáenz Peña, entre  Rivadavia y Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen). Con una superficie total de 5.952 m2, se erigió como el mejor de los establecimientos en su género, sobre todo por su constitución distributiva e higiénica. Albergaba excelentes puestos de venta de carnes, verduras, frutas y pescados. A pesar de ello, el 21 de septiembre de 1885, el mercado pasó a la órbita municipal con destino de demolición para iniciar los trabajos en el último tramo de la Avenida de Mayo, para lo cual se recomendó trasladar los sólidos pabellones de hierro hacia el barrio del “Abasto[43], donde años más tarde se construiría el Mercado Proveedor de Buenos Aires, en la manzana de Corrientes, Laprida (Agüero), Lavalle y Anchorena. Se trató del complejo de compras de más efímera duración dentro de la ciudad, ya que dejó de funcionar en 1893.

 

EL PIRINGUNDIN DE CARMEN VARELA

Frente a la vereda sur de la Plaza Lorea, en la calle Victoria -actual Hipólito Yrigoyen- entre San José y Luis Sáenz Peña, funcionaba la Casa de Carmen Varela. Se trataba de un “piringundín”, voz lunfarda con la que se conocía a los bares de aquellos tiempos, en los cuales se entremezclaban los salones de juego, los salones de baile y los prostíbulos. En estos lugares, administrados usualmente por inmigrantes italianos, nació el tango alrededor de 1870. Y se llamaban, con cierta ironía, “academias” porque allí se aprendían los placeres de Venus, la timba, los dados y la nostalgia de los puertos. Allí fue probablemente donde el afamado cantante y compositor, Carlos Gardel, escuchó por primera vez la música de un tango. Apodado como “El Zorzal Criollo”, Gardel había crecido en un inquilinato de la calle Uruguay Nº 162 -a dos cuadras de la “academia”- y trabajó de tramoyista en el Teatro de la Victoria, que estaba en la esquina actual de Hipólito Yrigoyen y San José.

El piringundín fue demolido con pretextos de higiene y sanidad hacia fines del siglo XIX para dar paso a la apertura de la Avenida de Mayo y la posterior construcción del edificio La Inmobiliaria, un edificio de estilo neo-renacentista inaugurado en 1910 y construido para la compañía de seguros fundada por el empresario y banquero italiano Antonio Devoto.

 

EL TEATRO LICEO

En la esquina noreste de Rivadavia y Paraná, bordeando la Plaza Lorea, se construyó entre 1872 y 1876 el más antiguo de los teatros porteños que se tenga registro, el famoso Teatro Liceo, nombre que le fue concedido por iniciativa del empresario Héctor Quiroga. Este teatro fue obra del arquitecto italiano Juan Bautista Arnaldi por iniciativa de su primer dueño, el empresario francés Tourneville, cuyo nombre original fue “El Dorado”. En 1877 era llamado “Goldoni” (haciendo referencia al apellido del dramaturgo de la Serenísima República de Venecia) y luego se le dio otros nombres, tales como “Progreso”, “Rivadavia” y “Moderno”.

A partir de 1918, a raíz de un grupo de jóvenes intelectuales que se reunían en una confitería ubicada al lado del teatro, este establecimiento pasó a llamarse finalmente “Liceo”. El edificio contaba en sus principios con 575 sillas dispuestas en su platea central, en cuya sala se exhibieron dos importantes piezas del teatro universal: el sainete lírico español “La Verbena de la Paloma”[44] en 1894, presentado la actriz y cantante de zarzuelas, Clotilde Perales, y el actor Eliseo San Juan; y el grotesco “Las de Barranco”, escrito por el dramaturgo argentino Gregorio de Laferrere en 1908. Por el escenario de este teatro, que continúa ostentando orgullosamente sus formas y decoración originales, transitaron además figuras destacadas del espectáculo nacional tales como Jerónimo, Blanca y Pablo Podestá (una ilustre familia de actores y comediantes impulsores del teatro criollo), Camila Quiroga, Luis Arata, César Ratti, Eva Franco y Paulina Singerman, entre otros.

 

TRANSFORMACIONES ARQUITECTÓNICAS FINISECULARES

“Semejante pieza no podía permanecer solitaria, los impulsores del Buenos Aires Europeo querían integrarla como un broche de oro al paseo de la Avenida de Mayo (…)”.

Gabriel Luna, Periódico VAS, 2013.

 

La Plaza del Congreso Nacional y la Plaza Lorea sufrieron importantes transformaciones entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. En primer lugar, en 1884, comenzó la tala de los paraísos en Plaza Lorea, lo que promovió la protesta de los vecinos de Montserrat. La caída de estos apreciados árboles, que servían de sombra y adorno, señalaba su pronta desaparición en toda la ciudad. Hacia la misma fecha, comenzaron a plantarse en este suelo ejemplares de plátanos traídos de Europa, que tendían a ser más frondosos, de mayor altura y bien conocidos en la Rambla de Barcelona. En segundo lugar, fue dividida en dos partes tras la inauguración de la Avenida de Mayo a mediados de 1894 (al convertirse en el sitio donde se “detenía” el primer boulevard moderno de la ciudad de Buenos Aires) y luego al ser adosada a la construcción del complejo de la Plaza de los Dos Congresos (cuyo nombre hace honor a la Asamblea General Constituyente y Soberana del Año 1813 y al Congreso de Tucumán, donde se firmó el Acta de Declaración de la Independencia el 9 de julio de 1816). Este monumento, obra de los belgas Eugenio Dhuicque (arquitecto que diseñó su basamento construido con piedra proveniente de la ciudad francesa de Nancy) y Julio Lagae (escultor de las figuras) fue inaugurado en 1914.

A partir de ese momento, la Avenida de Mayo, que nacía en la Plaza de Mayo, llegaba hasta la Plaza Lorea y la atravesaba para empalmar con Rivadavia, continuación de la calle céntrica. A su vez, la Plaza Lorea, que ahora se continuaba con la Plaza del Congreso, terminaba en el edificio del Congreso Nacional, conectando de esta manera en la perspectiva de la nueva avenida, la Casa Rosada (sede del Poder Ejecutivo) con el Congreso Nacional (sede del Poder Legislativo de la República Argentina). Por su parte, en 1884, comenzó la tala de los paraísos, lo que promovió la protesta de los vecinos de Montserrat. La caída de estos apreciados árboles, que servían de sombra y adorno, señalaba su pronta desaparición en toda la ciudad. Hacia la misma fecha, comenzaron a plantarse en este suelo ejemplares de plátanos traídos de Europa, que tendían a ser más frondosos, de mayor altura y bien conocidos en la Rambla de Barcelona. .

Las obras de la Plaza del Congreso Nacional y la Plaza Lorea finalizaron a principios de 1910 y su inauguración- uno de los primeros actos de homenaje a la Revolución de Mayo- tuvo lugar en el mes de mayo de ese mismo año, organizada por el Intendente Manuel Guiraldes (acompañado por miembros de la Comisión del Centenario), la cual contó además con el honorable discurso del Presidente José Figueroa Alcorta y la presencia del Ministro del Interior de Francia, Georges Clemenceau, quien entrevistado ese mismo año por la Revista “Caras y Caretas” sostuvo que “Hace mucho tiempo que tenía la intención de visitar la América del Sud. Sobre todo, Buenos Aires me sedujo siempre por el extraño soplo moderno que viene desde allá. Imagínese usted que uno piensa en una América que hace doscientos años estaba poblada de indios, y que de pronto, en menos del tiempo del que se necesita en París para cambiar la faz de un boulevard, nos llega la noticia de que América tiene ciudades maravillosas. Ciudades parisienses como Buenos Aires, cuya estadística no sólo asombra por su progreso, sino que también asusta (…)”[45].

 

EL EMPLAZAMIENTO DE LAS ESTATUAS

Una vez culminados los trabajos de construcción y parquización, la Plaza del Congreso Nacional fue adornada con dos hermosas estatuas importadas de Europa Occidental, las cuales cumplieron la función de embellecer la ciudad capital que se estaba preparando para ser la anfitriona de los festejos del Centenario de 1910. Una de esas estatuas fue la obra titulada “El Perdón[46], confeccionada en 1896 en mármol puro por el escultor francés Juan Eugenio Boverie. La misma se encontraba emplazada en el cuadro central del jardín de la plaza, tenía 1.90 metros de altura y 1.50 metros de ancho y en ella se podía observar a un anciano que estaba perdonando a una niña arrodillada a sus pies.

La otra reconocida estatua fue “El Pensador”. La particularidad de la misma es que se trataba de uno de los dos ejemplares elaborados en bronce por el famoso escultor francés Auguste Rodin (1840-1917) e importada desde la ciudad de Paris en 1904 por encargo del Director del Museo de Bellas Artes de Buenos Aires, el pintor Eduardo Schiaffino. Dicha obra escultórica formaba parte, además, de un monumental portal basado en el poema “La Divina Comedia” escrito por Dante Alighieri en la primera mitad del siglo XIV y buscaba representar a su autor frente a las puertas del infierno, ponderando así su gran poema. Rodin argumentaba que ese hombre no sólo pensaba con el cerebro sino con todo el cuerpo. La obra venía a representar un desnudo masculino en actitud pensante teniendo su mano derecha cerrada apoyada en su mentón, mientras que su brazo izquierdo descansaba sobre la pierna izquierda. Las piernas estaban tensas –en ellas se notaban sus nervaduras- tal cual como ocurre con alguien que está pensando algo con gran emotividad e intensidad.

 

MARCO AURELIO AVELLANEDA- VECINO DE CONGRESO

Las calles aledañas a la Plaza del Congreso de la Nación (Balvanera) se convirtieron en los lugares de residencia predilectos de las figuras políticas más relevantes de “La Argentina Moderna[47], quienes supieron con gran genio interpretar el sentimiento de la “consideración nacional”. Entre dichas propiedades, se encontraba la del legislador y funcionario Marco Aurelio Avellaneda (1835-1911)- hermano del ex Presidente de la Nación oriundo de la ciudad de San Miguel de Tucumán y su esposa, Clorinda Garmendia[48]– sita en la calle Rivadavia 1467, donde “el sagrado culto de lo argentino palpitaba en alto”. En este hogar, Avellaneda vivió desde el año 1884 hasta unos pocos días antes de su fallecimiento, el 29 de enero de 1911, a los 73 años de edad[49]. Marco Aurelio Avellaneda era hijo de Marco Manuel de Avellaneda, quien ejerció el cargo de gobernador de la provincia de Tucumán y encabezó a los 27 años de edad la llamada  “Liga del Norte” contra el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Vencido por las fuerzas del general Manuel Oribe (militar uruguayo a las órdenes del gobernador de Buenos Aires) fue degollado en la ciudad salteña de San José de Metán, y su cabeza puesta en una pica que fue levantada en la plaza central de aquella ciudad norteña.

Marco Aurelio Avellaneda se destacó por ser un político multifacético, ocupando importantes cargos públicos tanto a nivel provincial como a nivel nacional. Fue Presidente del Banco Nación, puesto al que renunció en 1890 durante el gobierno del Presidente Miguel Juárez Celman. También ocupó una banca como Diputado Nacional por la Provincia de Tucumán a intervalos en cuatro ocasiones, entre 1876 y 1893, puesto al que renunció en junio de 1901. Durante once años fue Presidente de la Cámara de Diputados e interventor de las Provincias de Corrientes y Buenos Aires en dos oportunidades. Ese mismo año fue nombrado Ministro de Hacienda del segundo mandato del Presidente Julio Argentino Roca, luego Ministro del Interior de José Figueroa Alcorta y, en 1909, fue nombrado Senador Nacional, cargo que ocupó hasta el día de deceso.

 

EL CENTENARIO  DE LA REVOLUCIÓN DE MAYO

El Centenario de la Revolución (1910) marcó profundamente los inicios del siglo XX en la República Argentina y, especialmente, en la ciudad de Buenos Aires. Precisamente, la Plaza de Mayo, la Avenida de Mayo, la Plaza del Congreso Nacional y las calles de sus alrededores fueron los espacios públicos utilizados por el gobierno nacional presidido por José Figueroa Alcorta (1860-1931) para llevar a cabo los festejos centrales durante la semana patria de mayo de 1910 [50] quien, en su discurso central del día 25, elogió a la Nación indicando que se trataba del hecho “más grande entre los producidos en uno de los siglos más grandes de la historia”. Podría decirse, en este sentido, que el rasgo fundamental de las celebraciones consistía en la impresión que los presidentes y los  visitantes ilustres de los diversos países extranjeros habrían de llevarse de nuestra Capital que, más allá de ser el único centro del poder político y, a pesar del declamado federalismo de la Constitución (1853), monopolizaba la actividad pública y privada y, por lo tanto, la imagen de la República.

El año 1910 fue, además, un “parteaguas” en la Historia de la Nación Argentina. En este sentido, y tomando una frase del ensayista Horacio Salas (1938-2020), 1910 fue “la hora más gloriosa del proyecto del ochenta”. Pero también fue un año trascendental, no sólo por la euforia patriótica del cual estaba teñido, sino que sirvió para que en distintos ámbitos, y con el motivo aparente de las celebraciones, las más diversas actividades públicas y privadas se vieran signadas por la ola de modernización que caracterizaba al país en el naciente siglo.

 

LOS FESTEJOS DE LA SEMANA DE MAYO DE 1910

Millares de familias estacionadas en las aceras y en los balcones aplaudían y arrojaban flores a la cabeza de la columna, donde marchaban el General Álvarez y el doctor Zeballos. Las aclamaciones y la lluvia de flores arreciaron frente al Club del Progreso, que se hallaba repleto de damas. Hasta un cochero que se hallaba en ese lugar, entusiasmado, trepó al pescante del vehículo y aclamó con grandes voces a la patria y a la juventud (…)”.

“Manifestación Patriótica de Ayer”. Diario “La Prensa”, 24 de mayo de 1910.

 

Tanto en los días previos al 25 de mayo de 1910 como en los días posteriores a él se desató una “actividad febril” sin precedentes en el centro neurálgico de Buenos Aires y la Avenida de Mayo, particularmente, alcanzó un nivel protagónico jamás presenciado por los habitantes de la ciudad, convirtiéndose en “el gran escenario” donde se volcaron todas las manifestaciones patrióticas que tuvieron lugar en las calles de la ciudad durante todas las jornadas que comprendieron a la conmemoración centenaria, las cuales tuvieron al menos dos vías de expresión registrables: una vía de expresión popular, consagrada al reparto de ropas y víveres, a funciones de teatro gratuitas, al lanzamiento de fuegos de artificios y la colocación de cinematógrafos en diversos barrios porteños, la cual procuraba sobre todo “limar las asperezas con los sectores sociales desposeídos”; mientras que, la expresión oficial, se centró en la llegada de renombradas figuras políticas internacionales, entre quienes se destacó la robusta figura de la Infanta Isabel de Borbón- tía del joven rey Alfonso XIII de España- además del arribo de las escuadras y divisiones militares de los países extranjeros que llegaron en los días previos para participar del gran desfile militar organizado sobre la Avenida de Mayo. Así lo demostraba el Diario “La Prensa” del día 16 de mayo cuando, en una de sus notas periodísticas, aseveraba que en dicha avenida había “Brillantes iluminaciones”  y “profusión de banderas competían en el comercio para presentar los frentes más vistosos[51].  Ese mismo día, una entusiasta demostración congregó cerca de unos ocho mil jóvenes, quienes marcharon cantando la letra del Himno Nacional Argentino y “vivando a la patria y a la bandera” como respuesta a las manifestaciones sociales extranjerizantes y “frente a la Municipalidad la cabeza de la columna se detuvo y escuchó algunas palabras de aliento que le dirigió el Intendente Guiraldes”[52].

 

EL 25 DE MAYO Y EL GRAN DESFILE MILITAR

“Alquilo balcón” o “Alquílanse ventanas para ver el desfile”, “Astas para banderas de toda medida”, “Bandera de lana desde $3”, “Se alquila una terraza frente a la Plaza del Congreso”, “Se necesitan señoritas que tengan buena letra, para la venta de diplomas en las exposiciones, entre otros”. Y más adelante contaba que “La Plaza de Mayo era una sola y rumorosa mancha negra. Las tropas entraban por Victoria y desfilaban por Balcarce ante la tribuna oficial, seguían por Rivadavia y Bolívar, entre espesos cordones de público que las aclamaba incesantemente (…)”.

Delfina Bunge de Gálvez, “Diario Inédito”, mayo de 1910.

 

Los festejos centrales por el Centenario de la Revolución de Mayo que tuvieron lugar el día 25 de mayo comenzaron alrededor de las nueve de la mañana con la formación de los llamados “batallones escolares”- compuestos por unos treinta mil alumnos de las escuelas públicas de la Capital Federal- los cuales formaron filas en la Plaza del Congreso y sus alrededores, luego cantaron la letra del Himno Nacional y seguidamente el Himno a la Bandera[53]. Al respecto, la Revista “La Ilustración Sud Americana” hizo referencia a este momento particular de la celebración cuando argumentaba que “La fiesta preparada por los alumnos no sólo fue la más simpática de todas, porque la infancia y la adolescencia le dieron vida, sino porque sintetizó mejor los anhelos purísimos del pueblo(…) Porque aquella multitud de niños con la fe virgen de sus almitas blancas, postrados de hinojos ante el altar de la patria, simbolizan algo excelso que no existe en el entusiasmo de una manifestación cualquiera, ni en cualquiera de las emociones colectivas. Quién sabe si aquella reunión pública, llena de encantos, preludió el valor y la felicidad de esas generaciones nuevas que, en la lucha de la civilización total por la gloria de la patria, infunden en las evoluciones de la vida moderna. Seguramente sí (…)”. Luego, los festejos continuaron con el tradicional “Tedeum” en la Catedral Metropolitana y, posteriormente, con la colocación de la piedra fundamental del Monumento a la Carta Magna y las Cuatro Regiones Argentinas (conocido popularmente como“Monumento a los Españoles”), obra de los escultores Agustín Querol y Cipriano Folguerola y emplazado en la intersección de las Avenidas Sarmiento y Libertador (en el barrio porteño de Palermo), como símbolo del progreso del país; y el tradicional “Tedeum” en la Catedral Metropolitana.

En horas del mediodía, se llevó a cabo un gran desfile militar en el centro de la ciudad que partió desde la Plaza del Congreso hacia la Plaza de Mayo, el cual contó con unos 20.000 hombres uniformados del Ejército Argentino y de las tropas de las delegaciones europeas visitantes, entre quienes se contaban franceses, austríacos, holandeses, italianos, japoneses, alemanes y portugueses. Los palcos de los edificios que se encontraban sobre la Avenida de Mayo, “columna vertebral” de Buenos Aires, por donde pasaría el desfile, habían sido adornados con hermosas flores y guirnaldas, especialmente aquellos que habían sido destinados a las autoridades del Ministerio del Interior, las jerarquías del Ejército Argentino, los familiares de los guerreros de la Independencia y de la Guerra del Paraguay.

 

EL “BROCHE” DE CIERRE

En la noche del día 25 de mayo, y como “broche de cierre”, se iluminaron las fachadas, las ventanas, las puertas y las molduras de los principales edificios que se habían construido sobre la primera avenida porteña en la transición del siglo XIX al siglo XX. Aquel día, la población porteña se volcó sobre las calles del centro de la ciudad, impidiendo la circulación de los medios de transportes. La República Argentina y particularmente Buenos Aires nunca habían asistido a un evento de tal magnitud, por lo menos hasta bien entrado el siglo XX, lo cual aumentaba su orgullo y su prestigio ante los ojos del mundo. Historias particulares de una gran ciudad que hacen a la “Gran Historia” de un país y la identidad de su gente.

[1] El “Argos de Buenos Aires” fue un periódico de Buenos Aires fundado por el inmigrante inglés Santiago Spencer Wilde el 12 de mayo de 1821.

[2] Giunta, Rodolfo; “¿Buenos Aires fue una “Gran Aldea”? En Revista “Todo es Historia”, n° 630, mayo de 2020, pp. 61-62.

[3] Radovanovic, Elisa; “Buenos Aires. Ciudad  Moderna” (1880-1910). Ediciones Turísticas de Mario Banchik. Buenos Aires, 2002, p. 101.

[4] Lucio Vicente López fue hijo del historiador Vicente Fidel López y nieto de Vicente López y Planes, autor del Himno Nacional. Abogado, escritor y periodista, perteneció al Partido Autonomista Nacional, fue Ministro del Interior en el gobierno de Luis Sáenz Peña e interventor federal de la Provincia de Buenos Aires entre 1893 y 1894.

[5] “La París de Sudamérica” es una expresión- metáfora que hace referencia a los cambios que se dieron en la ciudad de Buenos Aires entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX durante su proceso de modernización. Téngase en cuenta que entre 1880 y 1914, la Capital Federal se constituyó en uno de los grandes centros metropolitanos del mundo- pues según el Censo Nacional efectuado en 1914 la población del país ascendía a 1.575.814 habitantes, cuadriplicando la cifra de 1887- y en primera ciudad en categoría de América del Sur a principios del siglo XX.

 

[6] El periodo registrado en la novela coincide con el denominado proceso de la Organización Nacional signado por las presidencias de Mitre, Sarmiento y Avellaneda entre 1862 y 1880. Desde una perspectiva institucional, fue la época que se debatió sobre la localización de la Capital Federal. Su inicio está marcado por la “Ley de Compromiso” por la cual las autoridades nacionales podrían residir en la ciudad de Buenos Aires (capital de la provincia homónima) desde la aceptación de la Constitución Nacional por parte de la Provincia de Buenos Aires y culminó con la federalización de la ciudad  por Ley N° 1.209, sancionada el 20 de septiembre de 1880.

[7] Giunta, Rodolfo, Op. Cit, p. 66.

[8] Torcuato Antonio de Alvear nació en Montevideo, Provincia Cisplatina, el 21 de abril de 1822, siendo el quinto hijo del general independentista Carlos María de Alvear. En 1823, justo antes que cumpliera su primer año de edad, se estableció definitivamente con su familia en Buenos Aires. Torcuato, además, fue un destacado hacendado y dueño de importantes estancias de la Provincia de Buenos Aires, uno de los primeros miembros de la Sociedad Rural Argentina y Presidente de la Comisión Municipal de la ciudad de Buenos Aires a partir de 1880. Para mayor información diríjase a Radovanovic, Elisa, op. Cit, 2002.

 

[9] Relativo a Georges- Eugéne Haussmann (1809-1891). Politico francés que recibió el título de Barón y ocupó el cargo de Prefecto del Departamento del Sena durante el Imperio de Napoleon IIII entre 1852 y 1870. Fue autor del proyecto de renovación de la ciudad de París que, posteriormente, habría de adoptar la élite política e intelectual reunida entorno a los hombres de la llamada “Generación del ´80” para la Capital  Federal de la República Argentina.

 

[10] Romero, José Luis; “Latinoamérica.  Las ciudades y las ideas, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2010, p. 249.

[11] Barreto, Miguel Ángel; Informe “El espacio urbano y la vida urbana en la ciudad  moderna”. Cátedra de Sociología Urbana- Facultad de Arquitectura y Urbanismo- UNNE, Resistencia, Chaco, 2001.

[12] El término hace referencia al régimen republicano en vigor en Francia desde 1870 hasta 1940.  Tras la caída del  Segundo Imperio y la supresión de la Comuna de París, se aprobaron las nuevas Leyes Constitucionales de 1875, que instauraban un régimen basado en la supremacía parlamentaria.

[13] Clemenceau, Georges; “Notas de Viajes por América del Sur”, Biblioteca Argentina de Historia y Política; Hyspamérica Ediciones, Buenos Aires, 1986, p. 26.

[14] El militar, político y empresario argentino Francisco Seeber (1845-1921)  ocupó el cargo de Intendente de la ciudad de Buenos Aires por un periodo muy breve desde el 10 de mayo de 1889 hasta el 4 de junio de 1890, cuando fue reemplazado por el arquitecto  Francisco Bollini.

[15] Ortiz, Federico; “La arquitectura del liberalismo en la Argentina”; Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1968.

[16] Contreras, Leonel; “Buenos Aires. La ciudad. Breve Historia”. Ediciones Turísticas de Mario Banchik, Buenos Aires, 2004, pp. 183-184.

[17] El llamado estilo de los Luises o “Segundo Imperio” dominó la escena de la arquitectura europea occidental en la segunda mitad del siglo XIX como símbolo del modernismo cosmopolita, mezclando un fondo clasicista, compuesto por cuerpos salientes en el centro y, en los extremos de las fachadas,  provistos de los mismos coronamientos, con un marcado neobarroquismo, lo cual le confirió una gran riqueza exterior e interior, en una exhibición espectacular y aparatosa.

 

[18] Censo de la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires, septiembre de 1904.

[19] “El nuevo edificio para el Congreso”. En “El Nacional”. 16 de septiembre de 1885.

[20] “Avenida de Mayo (Buenos Aires)”. En el Sud Americano. Agosto 188. P. 34. Puede verse además “Memoria de la Intendencia Municipal de la Capital de la República” correspondiente a 1887, presentada al Honorable Concejo Deliberante. Tomo I. Impr. La Universidad. 1888, p. 113.

[21] Grementieri, Fabio; “Días del patrimonio de la ciudad de Buenos Aires”, Secretaría de Cultura de la ciudad de Buenos Aires, 2000, p. 66.

[22] La frase fue extraída de Korn, Francis y Sigal, Silvia; “Buenos Aires antes del Centenario. 1904-1909”. Editorial Sudamericana,  Buenos Aires, 2010, p. 133.

[23] Solsona, Justo y Hunter, Carlos; “La Avenida de Mayo. Un proyecto inconcluso”. Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, Universidad de Buenos Aires, 1990.

[24] Revista “Caras y Caretas”,  n° 106, Buenos Aires, 13 de octubre de 1900.

[25] La frase fue extraída de Sigal, Silvia; “La Plaza de Mayo. Una crónica”. Siglo Veintiuno Editores Argentina, Buenos Aires, 2006, pp. 196 y 212.

[26] Radovanovic, Elisa; op.cit, p. 103.

[27] La frase fue extraída de Contreras, Leonel; op. cit,  p. 236.

[28] “El Imparcial”, 1º de marzo de 1910, Madrid, España.

[29] “El Palacio para el Congreso Nacional”. En Revista “La Ingeniería”,  N° 50 y 51, 30 de junio (1900), p. 677. La discutida visita en 1907 del arquitecto francés Joseph Bouvard quien proyectó, a pedido del Intendente Carlos Torcuato Diego de Alvear y Pacheco, un plan de transformación de toda la ciudad de Buenos Aires, proveyó ideas para rodear el edificio de la Legislatura porteña de una vasta plaza, calles y edificios de altura uniforme para la cual debían expropiarse ocho manzanas. Se intentaba de este modo realzar la arquitectura del edificio.

[30] Radovanovic, Elisa; op cit, p. 102.

[31] El hacendado y funcionario público argentino Manuel Guiraldes (1857-1941), se desempeñó como Intendente de la ciudad de Buenos Aires entre el 25 de enero de 1908 y el 12 de octubre de 1910,  realizándose durante su gestión los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo en 1910.

[32] Clemenceau, Georges; op. Cit, pp. 31-32.

[33] Llanes, Ricardo; “La Avenida de Mayo”, Editorial Guillermo Kraft-Limitada, Buenos Aires, 1955.

[34] Huret, Jules; “En Argentine: De Buenos Aires au Gran Chaco”, Eugéne Fasquelle, p. 38.

[35] Gutiérrez, Ramón; “Buenos Aires. Evolución Histórica. Editorial Escala, Buenos Aires, 1992.

[36] Vale aclarar que aquí se toma la fecha de inicio presentada por el historiador Ricardo Llanes en su trabajo sobre la Avenida de Mayo titulado “Media centuria entre recuerdos y evocaciones”, publicado por la Editorial Guillermo Kraft- Limitada en 1955. Con respecto al tema de las demoliciones, la historiadora Elisa Radovanovic aclara en su libro sobre la Avenida de Mayo que, si bien el Intendente Alvear las había previsto para el 1º de enero de 1886, según “El Sud Americano” los trabajos de apertura habrían empezado unos meses más tarde, en octubre de ese mismo año.

[37]  El político argentino Antonio Crespo (1851-1893) era oriundo de la ciudad de Paraná, se graduó de médico en la ciudad de Buenos Aires y viajó algunos años por Europa. A su regreso al país se dedicó al ejercicio de su  profesión. Fue presidente del Circulo Médico Argentino y profesor de la materia Higiene en la Universidad de Buenos Aires. En 1855, la provincia de Entre Ríos lo eligió como diputado nacional, llegando a presidir la Cámara Alta del Congreso Nacional y luego fue nombrado senador nacional, cargo que ostentó  hasta su fallecimiento en julio de 1893.

[38] El industrial Guillermo Cranwell (1841-1909) se desempeñó en el cargo de Intendente de la ciudad de Buenos Aires durante un periodo muy breve, entre el 14 de agosto de 1888 y el 10 de mayo de 1889.

[39] Ejemplos de ellas fueron la casona del Coronel FranciscoBosch- destinada luego a la construcción del Colegio Condorcet; las residencias de Pedro Anchorena, Justa Atucha de Lima y Vicente Orteaga, entre otras.

[40] Contreras, Leonel; op.cit, p. 201.

[41] Radovanovic, Elisa; op. cit, pp. 13-14.

[42] Contreras, Leonel; op. cit, p. 167.

[43] El Abasto es una zona de la ciudad de Buenos Aires que se encuentra repartida entre los barrios porteños de Balvanera y Almagro. Toma su nombre del antiguo Mercado de Abasto de Buenos Aires y es el centro de este barrio no oficial.

[44] “La Verbena de la Paloma” es un sainete lírico escrito en prosa, con libreto del dramaturgo Ricardo de la Vega y música del compositor, violinista y director de orquesta salamantino, Tomás Bretón, que se estrenó el 17 de febrero de 1894 en el “Teatro Apolo” de la ciudad de Madrid. Su título hace referencia a las fiestas madrileñas en torno al 15 de agosto, cuando se celebra la procesión de la Virgen de la Paloma.

[45] Revista “Caras y Caretas”, 19 de marzo de 1910, p. 83.

[46] Téngase en cuenta que esta estatua fue removida de su sitio original cuando fueron rediseñados los jardines de la Plaza de los Dos Congresos en  1991.  Actualmente  se encuentra emplazada en el Barrio Parque Avellaneda de la Capital Federal.

 

[47] El término “La Argentina Moderna”  hace referencia al periodo histórico comprendido entre los años 1880 y 1916, desde la llegada de Julio Argentino Roca a la Presidencia de la Nación (momento en el cual se produce la consolidación del Estado Nacional, la expansión del modelo agro-exportador y la federalización de la ciudad de Buenos Aires a través de la sanción de la Ley N° 1.029), hasta el ascenso de Hipólito Yrigoyen al poder en la primeras décadas del siglo XX.

[48] Clorinda Garmendia nació en la ciudad de San Miguel de Tucumán en 1849 y falleció en la ciudad de Buenos Aires en 1920. Era hija del General de División del Ejército Argentino José Ignacio Garmendia Suárez, a quien se le debe una extensa obra pictórica sobre numerosas crónicas de campaña y obras técnicas sobre arte militar. Fue un notable historiador y numismático en los años de su retiro, dejando un amplio muestrario, buena parte del cual aún permanece inédito.

[49] Marco Aurelio Avellaneda falleció, en el Partido de Tigre (Provincia de Buenos Aires), el dia 29 de enero de 1911.

[50] Buena parte de las disposiciones de la Ley Nacional sancionada por ambas cámaras el 8 de febrero de 1909 que establecía la conmemoración patria se referían a Buenos Aires. En el artículo 1º se disponía “La erección en la Plaza de Mayo de un monumento conmemorativo, la apertura, el ornato de una plaza frente al edificio del Congreso Nacional con dos monumentos conmemorativos, la erección en varios lugares y plazas de la ciudad de monumentos dedicados a España, a Mariano Moreno, a Bernardino Rivadavia, al Almirante Brown, al General Alvear, a Pueyrredón y a los ejércitos de la Independencia (…)”. Citado en “Centenario Argentino. Álbum historiográfico de Ciencias, Artes, Industria, Comercio, Ganadería y Agricultura. 1810-1910”. Ediciones Cabral, Font y Cía, Buenos Aires, s/f.

 

[51] “Los adornos de la ciudad”. En “La Prensa”. 16 de mayo de 1910.

[52] “Patriótica actitud de la juventud”. En “La Prensa”. 16 de mayo de 1910.

[53] Contreras, Leonel; op. Cit, p. 243.

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