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Ciudad de Buenos Aires

211º años del primer periódico porteño

Jorge J. Horat

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“TELÉGRAFO MERCANTIL, RURAL, POLÍTICO, ECONÓMICO E HISTORIOGRAFICO DEL RIO DE LA PLATA”
(Editó: 110 números, 2 suplementos y 13 ejemplares extraordinarios)
Clausurado por el Virrey Joaquín del Pino por la publicación de una crítica primer conflicto entre el gobierno y la libertad de expresión

CONSIDERACIONES PREVIAS
Con los continuos y extraordinarios avances de la ciencia de la comunicación, se escucha a menudo que nos hallamos inmersos en la sociedad de la información. No obstante, dos siglos atrás, y sin el valioso aporte de las modernas tecnologías, la comunicación ocupó un lugar preponderante en el convulsionado territorio rioplatense.

El reconocido historiador Boleslao Lewin decía:”en la época colonial de Hispanoamérica, a medida que surgía el descontento, aparecía el pasquín, el escrito ilegal programático, reivindicatorio o simplemente insultante. No existe una producción política escrita tan expresiva y tan auténticamente popular, por su carácter intrínseco y por la rapidez de su difusión, como la de los pasquines, vehículo por medio del cual el espíritu revolucionario penetraba en las capas populares, cuyo anhelo expresaba.

Es de notar, que muchas veces, los mismos autores de las atrevidas páginas, eran parte de la administración, por lo que contaban con datos e informaciones, que hacía más creíbles sus denuncia”.

El historiador platense César “Tato” Díaz afirma: “que jugó un rol central en el proceso revolucionario del 25 de Mayo de 1810 e, incluso, remonta los orígenes del periodismo a mediados del siglo XVIII. Manuscritos en forma de gacetillas y pasquines fueron los primeros medios de comunicación que circularon en el Virreinato del Río de la Plata. Luego aparecieron textos impresos. Ya desde ese entonces el interés de los habitantes por la novedad periodística era palpable. Se leía en tertulias, cafés, reuniones masónicas y plazas, entre otros lugares”.

 Así lo confirma Díaz en su tesis doctoral: “Periodismo y Comunicación”:”La conformación del espacio público, prácticas y ámbitos de lectura en los inicios de la modernidad rioplatense 1759-1810.”

 Manuel Belgrano fue el primero que ejerció un periodismo intelectual porque trató de influir, a través de sus escritos, sobre la opinión pública. “Eso es lo que él quería hacer y es lo que yo defino como esfera pública rioplatense. Estaba encabezada por Belgrano”.

 

 EL PRIMER PERIÓDICO DE BUENOS AIRES

Esto se debió a la decisión al extremeño Francisco Antonio Cabello y Mesa, quien agregaba a su apellido, los títulos de: “Coronel del regimiento provincial fronteriza de Infantería de Aragón, en los Reynos del Perú, Protector General de los Naturales de las Fronteras de Xauxa de la Real Audiencia de Lima, e incorporado con los de su Real y Supremo Consejo de Castilla”.

Aquello que Gabriel García Márquez definió como: “el mejor oficio del mundo”, tiene en Francisco Antonio Cabello y Mesa a uno de los pioneros en América.

A Cabello le cabe el honor de haber sido quien editó, prácticamente sólo y por su cuenta, el primer diario de Hispanoamérica – cuyo primer ejemplar aparece el 1 de octubre de 1790 – y posteriormente, la primera publicación periódica regular en el Río de la Plata, cuyo inicio data del 1 de abril de 1801, ambas en plena época colonial.

Hay que agregar que además de periodista ejerció otras actividades más que diversas: abogado; militar; minero; funcionario público y profesor.

Sarmiento recordaba, en un artículo publicado en el diario Nacional, el 15 de mayo de 1841, que: “por el diarismo el secreto de los gabinetes se comunica, no de oído en oído, sino de diario en diario, transmitiéndose a los extremos del mundo; por el diarismo los pueblos mandan, la opinión pública se forma y los gobiernos la siguen mal de su grado”.

Si se tienen en cuenta las palabras de Sarmiento – y en la época que fueron dichas – y el breve perfil trazado de Cabello y Mesa, fácilmente podríamos imaginar una figura idealizada: la de un valeroso revolucionario y sabio precursor en una infinidad de cuestiones, y del cual se podría decir que su papel en la historia, dado que se trata de un personaje prácticamente desconocido, no ha sido debidamente valorado.

Sin embargo, no estamos ante un caso de “injusticia” histórica, difícilmente le pueda caber a Francisco Cabello otro honor dentro del periodismo que el de haber sido: el primero, lo cual no significa ser el mejor.

Cabello y Mesa procedente del Perú, se hallaba de paso en Buenos Aires, según lo expresa al Virrey Marques de Avilés (Gabriel Miguel de Avilés y del Fierro) mediante un escrito elevado el 20 de octubre de 1800, solicitando, para que autorizara la aparición del: “Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfico del Río de la Plata”; cuyos números – “censura previa”- salieron de la Real Imprenta de los Niños Expósitos.

En la nota pidiendo autorización para la primera publicación manifiesta:“Previa la más prolija discusión sobre aquellas atenciones a que puedan dedicarse mis tareas, no he hallado otro objeto para mí más halagüeño y para todos benéfico que la publicación de un periódico de que carece esta Capital”.

Se comprometía a escribir para dar una idea del comercio del Virreinato y de las naturales producciones del suelo.

Trataría, igualmente, del comercio marítimo proponiendo remedios para fomentar su restauración: “Escribiré sobre historia, noticias de los sucesos más memorables, y el comerciante para que gire con más acierto”.

En el pliego de autorización, el Virrey le advertía: “que la daba con precauciones, meditar bien sus discursos para combinar la Religión, la Política, la Instrucción; sujetando todo a una censura previa”.

Decía Cabello que: Lectores y anunciantes: “Se venderán por suscripción”… “unos gustan más de noticias particulares; otros quisieran que “El Telégrafo” se llenase de datos científicos; el comerciante busca ideas para su giro, y desestima todo lo demás; en fin cada uno bregaba por su interés particular”.

El miércoles 1º de abril de 1801, vio la luz el primer número del: “TELÉGRAFO MERCANTIL, RURAL, POLÍTICO, ECONÓMICO E HISTORIÓGRAFO DEL RIO DE LA PLATA” impreso en Buenos Aires, en la Real Imprenta de los Niños Expósitos.

El ejemplar, que tenía la forma de un cuadernillo de veintiún centímetros por quince, constaba de ocho páginas, si bien ese número se elevó en algunas entregas.

El periódico, contó – según Sánchez Zinny – con 246 suscriptores (145 “residentes” de la Capital de Virreinato y 101 “forasteros”) Al principio fue bisemanal –aparecía los miércoles y sábados– y constaba de dos pliegos, es decir 16 páginas; hasta el 4 de octubre de 1802 en que se convirtió en semanario y hubo variación en el número de páginas.

El número correspondiente al domingo 11 de julio de 1802, el redactor en un aviso dirigido a sus 246 suscriptores comunica que: “…diversas personas a quienes se les enviaba el periódico no habían abonado la suscripción a pesar de haberles escrito “cartas preventivas” que no habían tenido contestación, pretendiendo sus destinatarios negar el pago de los números recibidos… estos mismos fueron los motivos por que cesaron en Lima el diario “El Mercurio” y el semanario “Crítico” y éste también podrá ser el único porque cese el Telégrafo Argentino…”

El primer periódico porteño sobrevivió poco más de un año y medio: del 1° de abril de 1801 al 17 de octubre de 1802, su colección consta de 110 números, dos suplementos y trece ejemplares extraordinarios.

Debe destacarse que si bien, Cabello y Mesa, Muchas cosas pudo no tener en claro… sí lo tenía a propósito de que informar es formar y de que la misión del publicista es la de ilustrar, perfeccionar y volver coherentes los anhelos del común de la gente; asimismo, de que en la opinión radica la razón de ser del periodismo”. (Editorial de “LA NACIÓN”, martes 10 de abril de 2001). “Con frecuencia se extraviaba pero es justo reconocerle que al tratar materias concretas como la política, la economía o las ciencias, era generalmente sólido y sabía elaborar panoramas coherentes a partir de unos pocos datos a mano, que además solían divergir entre sí”.

Juan María Gutiérrez apunta que “el editor contrajo un compromiso superior a sus fuerzas; propuso realizar en Buenos Aires el pensamiento concebido por los redactores del Mercurio peruano…, sin poseer las luces, la seriedad de carácter y las calidades literarias…” tal como lo demuestran sus estrofas firmadas bajo el seudónimo “Narciso Fellobio Cantón”

Sin embargo, supo rodearse de una pléyade de colaboradores que dieron prestigio al periódico.

Se contaron entre estos a: Domingo de Azcuénaga; José Joaquín Araujo; el Deán Gregorio Funes; Pedro Antonio Cerviño; el Dr. Manuel Belgrano; el Dr., Juan José Castelli; Manuel Medrano; el Dr. Cosme Argerich; Luis José Chorroarín; Julián de Leiva y Juan M. Lavardén.

Aparecieron publicadas en sus páginas la: “ODA AL RIO PARANÁ” de Labarden; “LAS FÁBULAS” de Domingo de Azcuénaga y los primeros trabajos del Dr. Manuel Belgrano, entre otros.

En este número inicial, aparece un artículo en el cual su editor se lamenta que: “…algunos espíritus pusilánimes, ilusos y destemplados hayan intentado por todos los medios retrasar o malograr posiblemente la publicación del periódico…”

Así como las notas propias, y de otros colaboradores, se informaba desde precios de mercaderías hasta otras “transacciones comerciales” acordes a la época – “abismalmente” alejadas de nuestra concepción de libertad -:

 “Nodrizas. Hay varías de primera y segunda leche, esclavas y libres. Quien las necesite concurra a este despacho, se le enseñarán sus apuntes.”, o también:

“Doña Juana Petrona Cueli vende un negro en 350 pesos, sin asegurarle de vicios.”;

El l 18 de julio de 1802, pudo leerse:

“Don Francisco Valdés, vende negro llamado Cayetano de 18 o 20 años en 300 pesos; y una negra 25 años en 320 pesos, sabe lavar y cocinar. También se vende un negrito que sabe cocinar y para todo servicio a 350 pesos”.

En el ejemplar del 11 de octubre de 1801, puede leerse que: en la “zona del bañado de Quilmes se podían cazar los siguientes productos para la obtención de cueros: vizcachas, venados, zorros, zorrillos, nutrias muy abundantes en las costas y arroyos del Riachuelo, perros cimarrones, cuyos cueros sirven para botas, cisnes, perdices y gaviotas por sus plumas”.

Y en el del 3 de septiembre de 1802 que dan cuenta del negocio del “tasajo” que ya venía desarrollándose desde finales del siglo XVIII

Juan María Gutiérrez, al valorar al primer periódico escribió: “…es preciso confesar que su aparición señala una época de progreso, y que despertando la curiosidad por la lectura y la ambición natural de producir para la prensa dio un impulso visible a los espíritus y a las ideas. En sus páginas aparecieron, por primera vez. La oda de Labarden al rio Paraná, fábulas de. Azcuénaga y composiciones de Prego de Oliver y de Medrano, que no son despreciables y honran por el contrario los primeros ensayos de la musa patria. Allí se encuentra también la descripción de algunas ciudades argentinas y de varias provincias de su territorio; diversos trabajos del naturalista Haenke; las primeras observaciones meteorológicas que se hayan dado a luz en Buenos Aires e importantes y curiosos datos aislados acerca de las prácticas comerciales y del precio de los objetos de producción y de consumo en toda la extensión del Virreinato…”

Al evaluar el impacto de aquella primera publicación periodística en el Buenos Aires Colonial, Cora Cañé – de la Academia Argentina de Periodismo – escribe: “La obstinación de don Francisco le había ganado muchas simpatías. No faltó un cura que en misa dominguera desde el pulpito lo pusiera como ejemplo de valor y de patriotismo, e invitó a orar por el éxito del periódico, diciendo: y el milagro se hizo…”

En las páginas del periódico dio comienzo la primera polémica histórica, registrada en el país, sobre los orígenes de Buenos Aires, entre Enio Tullio Grope (Eugenio del Portillo) y el Editor del “Almanaque de Buenos Aires”: Juan de Alsina.

Lo realmente notable es que Enio Tullio Grope inicia su presentación de la siguiente forma: “…en nombre de la muy noble y leal capital de la Argentina…” un vaticinio feliz que el tiempo y el destino han ratificado totalmente.

De las páginas del El Telégrafo Mercantil se expandió en Buenos Aires el uso del adjetivo “argentino” para referirse a todo lo relacionado con el Rio de la Plata o la ciudad de Buenos Aires, de modo que el periódico es considerado uno de los impulsores del nombre: “Argentina”.

 el Telégrafo – dice Sánchez Zinny – fue un misceláneo estimulante de pasiones y de apetitos. Bueno o malo, alcanzó a poseer cierta identidad indiscutible y el sólo hecho de aparecer constituyó un sacudón notable para el sopor colonial. No era, en modo alguno, una hoja anodina y, en rigor, las adherencias y colgajos del antiguo régimen que aún la acompañaban estaban ya muy diluidos. Su mundo, mezquino y mal diseñado, corresponde, empero, ya a los tiempos nuevos, a los tiempos de comerciantes y de propietarios, de soldados y de docentes, de empleados y de viajeros, no ya al de los oidores y los obispos”. 

Mirándolo, hoy, con ojos ajenos a aquel espacio y tiempo en que transcurrió “la vida” del Telégrafo, podríamos considerarlo un periódico “independiente”, “audaz” y hasta – por el carácter de su Editor – “vanidoso”, pero seguro de haber “abierto camino”. El mismo Cabello y Mesa escribe en sus páginas, en agosto de 1802 sobre el inminente “cierre” de su periódico: “Pero si por esto, al fin, llegase á morir de hambre este periódico, en su infancia, entre los brazos de sus patronos y en su misma patria, [ni] ésta, [ni] aquellos, ni la historia no podrán omitir que su editor fue el primero y quien más ha trabajado sobre las márgenes del Paraná y del Rimac para transplantar en estos países el buen gusto y los conocimientos de Europa”.

Cabello y Mesa era un hombre obstinado pero pronto a desalentase, “pedigüeño” al extremo y con fama de “chocarrero, de tornadizo, de voluble, de logrero a ratos y de adulón en otros, de “majadero”en demasiadas ocasiones”.

Eugenio Gómez de Mier señala, en la esclarecedora introducción de la nueva edición facsimilar del Telégrafo, publicada por la Editorial Docencia, perteneciente a la “Fundación Hernandarias”, que: “al intentar explicaciones de tan prematura declinación (la del periódico), es necesario explorar la personalidad de su inspirador… Puede asegurarse que a la fecha de su clausura ya había perdido la confianza de sus suscriptores y que la empresa se había ido vaciando de su entusiasmo fundador”

Fernando Sánchez Zinny, corrobora diciendo: “Había un exceso de aclaraciones y quejas, había suscriptores que desistían de serlo y un creciente malestar que hacía previsible el enojo del Virrey. Pero el jactancioso Cabello no deseaba enterarse: “últimamente –escribía-, la guerra se ha de hacer en el campo del Telégrafo, no con la lengua, ni la espada, sino con pluma bien cortada; no con injurias, ni sangre, sino con tinta que aunque negra por esencia, ni afee el espejo hermoso y cándido del honor, ni obscurezca la luz que se solicita”. Dicho con palabras llanas: a gatas era un periodista, pero no un empresario periodístico”

 

EDITORIAL CUESTIONADO
Entretanto, el Virrey Avilés había sido sustituido, el 20 de mayo de 1801, por el Virrey del Pino (Joaquín del Pino Sánchez de Rozas Romero y Negrete).

La Dra. Mónica P. Martini, expone que para comienzos de 1802, Cabello, sumido en desaliento, como le sucedía con reiteración, pensaba dejar la dirección de El Telégrafo, igual a como había hecho con la del Diario de Lima.

Desde el dos de mayo de 1802 y por una información que daba cuenta del mal desempeño y cobardía a un capitán de navío. Ante las críticas de allegados al marino, para escaparse de ellas, endosa el acto de cobardía al Contramaestre, esperando que ninguno protestase por su honor. Otros casos es la crítica hacia los médicos, a los influyentes traficantes de esclavos, al clero, y otra muy dura hacia los españoles residentes. Es que en dicho editorial, el periódico se encargó de dar a conocer algunos pormenores de las corrupciones ocurridas en el poder; indudablemente una actitud políticamente incorrecta, que motivo la pérdida de dos barcos españoles en combate con otro inglés.

Cabello y Mesa se enfrentó a una queja del gobernador militar de Montevideo, quien dio datos muy elogiosos sobre el capitán de uno de aquéllos y añadió el detalle faltante de que había muerto en la acción.

Hubo un sumario y el 18 de julio el Telégrafo se vio obligado a publicar la correspondiente rectificación usando para ello una excusa “pueril”: se había cometido “el yerro de imprenta de poner Comandante en lugar de Contramaestre, porque la enfermedad del editor no le permitió corregir por sí mismo las pruebas de la prensa”.

A estas alturas nadie daba mucho por el periódico, arrinconado por la pérdida de suscriptores, envuelto en un enfrentamiento con el gobierno y con Hipólito Vieytes quien preparaba la salida del “Semanario de Agricultura”, según da cuenta el 22 de junio una carta particular de Araujo al Deán Funes, en la que menciona la necesidad de estimular a la futura publicación “para que no le suceda lo que al Telégrafo que ya se halla con todos los sacramentos esperando por horas su fallecimiento”

Dice Martini que la nota “Circunstancias en que se halla la provincia de Buenos-Ayres, é Islas Malvinas, y modo de repararse”, publicada el 8 de octubre de 1802 agotó la paciencia de las autoridades.

Concuerdan con ello, varios historiadores, quienes señalan que el título induce a que, la nota, tenía alcance político y que por esa razón significó el “acta de defunción” del periódico.

Sin embargo, concuerdo con Sánchez Zinny: “se trata, meramente, de la trascripción de un texto redactado en 1778 por Juan de la Piedra y que Cabello vino a utilizar como cauce para que circulara el veneno de su disgusto contra un medio en el que se sentía incomprendido, lo que no es óbice para que las observaciones consignadas puedan entenderse, históricamente, como una visión parcial, apasionada y exagerada de la realidad, pero no por eso falsa de manera absoluta, siendo el tono lo en verdad rechazable, sobre todo a la luz de los condicionantes éticos que deben custodiar la labor de un publicista, convocado para hacerla por un gobernante y una comunidad”.

Esta circunstancia alarmó al Virrey quien dispuso su clausura el 17 de octubre de 1802, La orden expresa de Joaquín Del Pino expresaba que “le había anulado las licencias al ver el abuso de ellas y poca pericia en la elección de materias para el desempeño de las atenciones que había ofrecido al público, según el texto de la carta dirigida por el Consulado al Secretario de Estado el 11 de diciembre de 1802.

En medio de aquellas situaciones, el 19 de septiembre de 1802, un mes y medio antes de la desaparición del Telégrafo, apareció en Buenos Aires el primer número del titulado: “Semanario de Agricultura, Industria y Comercio”, fundado por Juan Hipólito Vieytes y con pie de imprenta de los Niños Expósitos. Si bien la publicación tenía por principal fin tratar los problemas del país, en ella, no se dejó de lado la información correspondiente a los sucesos del exterior, de los que se dieron noticias amplias.

 

BELGRANO PRECURSOR DEL PERIODISMO COLONIAL

En el marco del Bicentenario de la creación de la Bandera Nacional por orden del Dr. Manuel Belgrano – nombrado General por el Gobierno Patrio – y enarbolada por primera vez en las barrancas del Río Paraná, en la población denominada “Rosario de Santa Fe” y en el 211º aniversario de la creación del “TELEGRAFO MERCANTIL, RURAL, POLÍTICO, ECONÓMICO E HISTORIOGRAFICO”, de la cual tuvo fundante participación como Secretario del Consulado de Buenos Aires y donde participó como “periodista” firmando varios artículos.

Y también al conmemorar los 210 años de la creación del “SEMANARIO DE AGRICULTURA, INDUSTRIA Y COMERCIO” fundado por Juan Hipólito Vieytes, periódico que, como al primero, Belgrano apoyó y contribuyó con sus escritos.

Al celebrar este año 2012 los Bicentenarios de: el Éxodo Jujeño, el 23 de agosto y de la Batalla de Tucumán, el 24 de septiembre y “caminando” a los Bicentenarios: del Juramento de la Bandera Nacional el 13 de febrero y del triunfo del Ejercito del Norte en la Batalla de Salta del 20 de Febrero de 1813. Siendo el General Belgrano el artífice de estos acontecimientos y reconociendo en Él, junto al Libertador General San Martin, los únicos que comparten, para los argentinos, el Título de: “Padre de la Patria”

Quisiera terminar este breve trabajo, sobre el “TELEGRAFO MERCANTIL, RURAL, POLÍTICO, ECONÓMICO E HISTORIOGRAFICO”, del que como queda dicho “ut supra” tuvo acción concreta para su fundación y del cual participó periodísticamente; con sus palabras, publicadas el sábado 11 de agosto de 1810 en el “CORREO DEL COMERCIO” – por él fundado, el 3 de marzo de 1810 –

“…NECESIDAD DE LA LIBERTAD DE PRENSA”

“La libertad de la prensa es la principal base de la ilustración pública.

La libertad de la prensa no es otra cosa que una facultad de escribir y publicar lo que cada ciudadano piensa y puede decir con la lengua.

Es tan justa dicha facultad, como lo es la de pensar y de hablar, y es tan injusto oprimirla, como lo sería el tener atados los entendimientos, las lenguas, las manos o los pies a todos los ciudadanos.

Es necesaria para la Instrucción pública, para el mejor gobierno de la Nación, y para su libertad civil, es decir, para evitar la tiranía de cualquier gobierno que establezca; de lo cual son buenas pruebas, que ningún tirano puede haber donde ella esté establecida, y que ningún tirano ha dejado de quitarla con todo cuidado a sus súbditos, porque son incompatibles entre sí.

Para la Instrucción pública, porque con ella se extienden y comunican las luces de los hombres estudiosos y sabios a los que no lo son, los cuales con más facilidad y menos trabajo aprenden lo que otros han inventado, han pensado o han leído.

Con ella se disipan los errores que en la primera educación, o en alguna mala escuela, o en los perversos libros que en España, por desgracia, han cundido tanto, se pueden haber tomado, se controvierten las cuestiones más importantes a la sociedad, todos pueden juzgar de las razones, y se aclara la verdad; se uniforman el modo de pensar de la nación, y las inclinaciones de sus individuos; y así se establece una voluntad general que hace una fuerza equivalente a la de muchos ejércitos.

Y finalmente, y omitiendo otras muchas ventajas que pudieran añadirse, con la libertad, se estimula el amor propio de los hombres capaces de escribir y su aplicación.

Si hay muchos que escriban, habrá más que lean y más que hablen y se ocupen de lo que se escribe y se lee.

Todos se van instruyendo y aficionando a las ciencias y a las artes, según sus inclinaciones, y después de algún tiempo de libertad, saldrán a luz talentos superiores que hasta ahora estarán enmohecidos por la falta de hábito y costumbre de discurrir, de hablar con libertad, de leer y de escribir, por el abatimiento en que los han tenido la falta de los libros excelentes, y el despotismo que ha tenido oprimidos hasta los pensamientos.

Para el mejor gobierno, porque los que mandan y mandaren, no sólo procurarán mandar bien, sino que aspirarán a la perfección en lo posible, sabiendo que cualquiera tiene facultad de hablar y de escribir, si prefieren el bien público al suyo a otro particular, y si gobernaren bien, no tienen que temer que uno u otro ignorante hable o escriba mal, de lo que sea bueno, pues prescindiendo de que el gobierno puede y debe tener las mejores plumas para que ilustren y defiendan las buenas providencias, saldrán cien hombres sensatos, y confundirán al atrevido ignorante, y le quitarán las tentaciones de ser escritor.

Es necesaria finalmente, para la libertad civil de la Nación, porque con ella no hay que temer, que el poder arbitrario haga progresos, ni que echen raíces los abusos, de que es buena prueba la experiencia que tenemos en Inglaterra.

Con ella se dan a conocer los hombres de más talentos para el mando, se pone al soberano en precisión de que los elija, y a ellos de que cumplan con sus obligaciones, porque si no se habla, sé escribe y se Íes desacredita, y por medio de la opinión pública tienen que hacer lo mejor.

Es bien claro y demostrado por la experiencia, que todos los hombres queremos parecer buenos, aunque seamos muy malos, justos aunque hagamos injusticias, hábiles aun que seamos ignorantes; pero con la libertad de escribir tendremos que dejar las apariencias, y procurar tener las realidades.

Sólo pueden oponerse a la libertad de la prensa los que gusten mandar despóticamente que aunque se conozca no se les pueda decir; o los que sean tontos, que no conociendo los males del gobierno, no sufren los tormentos de los que los conocen no los pueden remediar por falta de autoridad; o los muy tímidos que se asustan con el cuco de la libertad, porque es una cosa nueva, que hasta ahora no han visto en fuerza, y no están fijos y seguros en los principios que la deben hacer tan amable y tan útil.

Sin esta libertad no pensemos haber conseguido ningún bien después de tanta sangre vertida, y de tantos trabajos.

¿Qué podrá prometer una nueva Constitución, sin su mayor y más fuerte apoyo? ¿Quién la conservará en su fuerza sin la opinión pública, ilustrada con esa santa, justa y natural libertad?

No perdamos por miedo lo que debemos ganar perdiéndole una vez, no suceda que cuando queramos oír las voces de la naturaleza y de la justicia no sea ya tiempo.”

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

 

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Información adicional

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Año de referencia del artículo: 1801

11mo Congreso

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