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La Boca

A diez años de la llegada de los restos arqueológicos de un barco español a la Barraca Peña de La Boca del Riachuelo.

Marcelo Weissel

Control arqueológico del Programa Historia Bajo las Baldosas, antes de la denuncia del hallazgo de los restos del barco en la obra Zencity de dique 1 de Puerto Madero, Juana Manos y Rosario Vera Peñaloza., 2008.

Marcelo Weissel – Pepe Baldosa – José Barco – Juan Barraca – Domingo Muelle

Esta es una crónica del suspenso de las ruinas, como símbolo de lo que afecta a la vida de las personas hasta el punto del que no hay retorno. Aunque, ante la imposibilidad, se abren oportunidades para construir nuevas visiones ante los trances críticos. En esta crónica conmemoramos los diez años de la llegada de los restos arqueológicos de un barco español a la Barraca Peña de La Boca.

El día, ese día, fue el 17 de abril de 2010. Un día de excitación para quienes se enteraron y contemplaron las largas y lentas maniobras de izado, transporte, nuevo izado y descenso de la nave al galpón de una barraca en el Riachuelo. Ese día también fue un evento inédito y único en la historia de la ciudad. Fue el día en que un barco español, o los restos del mismo, llegaron sobre muchas ruedas en un camión acoplado. El recorrido se inició en Juana Manso y Lola Mora para continuar por Camila O´Gorman, Brasil, Paseo Colón, Martín García, Montes de Oca, Suárez, Regimiento de Patricios y Don Pedro de Mendoza, en un extraño cortejo no anunciado públicamente del transporte de los restos de un barco de madera por las calles del sur de la Ciudad. Había pasado más de un año de su excavación en la obra de construcción del complejo Zencity en el dique 1 de Puerto Madero, dónde me tocó denunciar su hallazgo un 29 de diciembre de 2008. Yo no estaba en la obra por casualidad, tampoco fue fortuito el hallazgo. Fue el resultado de mi actividad de arqueólogo y director del Programa Historia Bajo las Baldosas, una de las políticas de educación patrimonial de la Comisión para la Preservación de Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad de Buenos Aires.

Los restos arqueológicos de un barco, son el producto del naufragio o abandono de una nave. Son llamados relictos de una nave, o simplemente pecio, materia de debates interminables en muchas partes del mundo. Los restos del barco español llegado a Barraca Peña, forman parte del patrimonio arqueológico de la Ciudad de Buenos Aires y están afectados por la Convención UNESCO de protección del Patrimonio Cultural Subacuático. Su valor destaca en la historia científica de hallazgos arqueológicos argentinos, por constituir un contexto único de arquitectura naval y conjunto de artefactos históricos de procedencia hispánica representativos del área de captación atlántica y portuaria de la Buenos Aires colonial.

El hallazgo tomó de sorpresa a las instituciones culturales argentinas, al punto que la administración institucional del mismo generó conflictos sobre la autoría del hallazgo, sobre la conducción científica del bien y la búsqueda de agencias para hacerse responsables de la tutoría de este patrimonio a lo largo del tiempo.

El transporte de los restos del barco español a Barraca Peña, “solucionó” el problema de qué hacer, pasando a su re enterramiento como medida de recrear las condiciones en que se lo encontró y continuar su conservación en condiciones anaeróbicas de oscuridad y encharcamiento. Se susurra que se lo re enterró para que otros lo desentierren en el futuro… una vez más salir de una crisis, para saltar el problema del suspenso del no retorno, para tener otra oportunidad en el futuro.

Al mismo tiempo en que se realizó el transporte de los restos del barco al barrio de La Boca, se plantaron los cimientos para unir la gestión del Patrimonio Arqueológico al derecho ciudadano de acceso, al ambiente sano, y al patrimonio cultural establecido en el artículo 41 de la Constitución Argentina. Como se expresa, el transporte a Barraca Peña significó instalar una cuestión de acceso a los derechos colectivos sobre el patrimonio cultural, una especie de decisión de urbanismo cultural, justamente a orillas del Riachuelo, territorio afectado a la causa cuya caratula lleva el nombre de Beatriz Mendoza, por contaminación ambiental, la mejora de la calidad de vida de los habitantes, la recomposición de sus componentes ambientales, y la prevención suficiente y razonable de daños producto de la contaminación ambiental del Riachuelo (Fallo de la CSJN 2008).

El transporte tenía el destino de una barraca en el Riachuelo, no cualquier barraca. Una barraca, es un edificio utilitario. Por barraca se entiende a un depósito comercial para acopiadores, gente de maestranza y de mar, un alojamiento militar, o incluso se lo encuentra mencionado para alojar esclavos en cuarentena en su arribo al Riachuelo en historiografías flojas de fuentes. No obstante, la palabra barraca tiene esas acepciones en muchas partes del mundo, aunque en España son renombradas las peñas que se organizan en algunas barracas patrimonializadas por la comunidad. La cuestión a destacar es que hoy estamos en un momento de la historia del patrimonio de la Ciudad: la de esta barraca, la de los restos de un barco y la historia de nosotros.

Entendemos que la voz Barraca pasó por el italiano baracca, antes de llegar al francés baraque a finales del siglo XV. En francés baraque es la voz usada para designar genéricamente “casa” y la expresión sauver la baraque (salvar la barraca), muy corriente en Francia, indica que gracias a alguien o algo se pudo salir a flote tras un trance crítico (Diccionario Chileno de Etimología). Salvar el techo, las papas o las castañas, es salvar la barraca para nosotros. Al decir nosotros, destella el reflejo tenue de la historia de varios grupos de interés que impulsaron la conservación de la Barraca Peña como Patrimonio Urbano de Buenos Aires. Hoy, la Barraca Peña integra un conjunto de instalaciones y edificaciones en la orilla norte del Riachuelo, barrio de La Boca, declarado área de protección histórica 54 por el Código Urbanístico en el año 2018.

Volvamos a la historia ahora unida del barco y la barraca. Unos meses más tarde del traslado del pecio a la Barraca Peña, el 29 de marzo de 2011, el juez federal de Quilmes, a cargo de la ejecución del fallo por el saneamiento del Riachuelo, Luis Armella, declaró como “zona crítica de protección especial con servidumbre de paso ambiental”(CIJ 2011) al  curso hídrico, prohibiendo la navegación comercial de cualquier embarcación sobre la cuenca. Medida que continúa hasta hoy. La formalidad tornó la imagen del Riachuelo en un símbolo de la especulación simbólica. Un puerto negro, oscuro y lleno de expectativas inactivas sobre márgenes, muelles y chimeneas sin humo. Un puerto para la contemplación especular e inactividad del transporte multi modal. Víctor Fernández director del Museo Quinquela Martín, cuenta que el maestro Quinquela  distinguía en el puerto del Riachuelo tres secciones: el puerto vivo en el sector de cuatro bocas, que incluye a la dársena sur, el dock sud y el río de la Plata; el hospital de las naves, con sectores de producción y reparación naval con astilleros en las vueltas de Rocha y Badaracco; y el cementerio de barcos, junto a los muelles de las barracas que se ubican aguas arriba luego de la vuelta de Rocha. Allí donde se encontraban las barracas Merlo, Espada, Peña, Cory, Balcarce y otras. Quinquela tiene una serie de trabajos pintados in situ que refieren al cementerio de barcos: la serie de los barcos muertos. En ella “…el artista explora metafóricamente la relación entre los ciclos de la vida humana y el uso útil de las naves. Denota en ambos casos, cómo se nace, vive y trabaja para luego abandonar el plano físico de la existencia y dar lugar a nuevos procesos vitales” (MBQM https://www.buenosaires.gob.ar/museoquinquelamartin/colecciones/quinquela. En la serie fechada en la década de 1960, los títulos hablan de “Ternura espiritual”, “Clavado en el Riachuelo”, “Reencarnación”. En las tres obras, los restos abandonados de embarcaciones de madera se encuentran, junto o abrazando, el crecimiento de árboles que acompañan a esa especie de flota fantasma. Lo cierto es que la ribera portuaria siempre fue un lugar de restos de cascos de madera de diversos tamaños y usos, incluso algunos confusamente famosos como la goleta “La Argentina”, fotografiado hacia fines de siglo XIX abarloado a la bajante del río en la ribera sud del cementerio de barcos. Con esto destacamos las referencias vitales de las historias de las cosas en su relación con las personas. Cuestiones que afectan cualquier abordaje científico de la conservación patrimonial. Se trata precisamente de los aspectos patrimoniales afectivos entre las personas que atestiguan y relacionan la ciencia con la localidad.

En febrero del año 2012, con el barco español trasladado y ya completamente cubierto de sedimentos en Barraca Peña, inicia la página Museo Arqueológico de La Boca, en Facebook como medio de comunicar la existencia de los trabajos arqueológicos iniciados en 1995, cuando comenzaron los relevamientos en medio de la obra de Control de Inundaciones de La Boca y Barracas, al mismo tiempo que permitieron el salvataje de la Plaza de los Suspiros de su destrucción. Pero el “calmo” Riachuelo no da respiro. En abril de 2012, una tormenta de grandes dimensiones tumba el muro sin arriostre del edificio donde se encuentra el barco generando un meta impacto (los restos del barco son enterrados por tercera vez por error humano y fuerza de la naturaleza con su viento Pampero). Al tiempo expone graves fallas en la seguridad patrimonial del sitio y de las colecciones allí resguardadas, aconteciendo la destrucción y abandono del sistema de monitoreo de la conductividad eléctrica de la estructura naval inhumada. En noviembre del mismo año 2012, la Legislatura de la Ciudad sanciona la ley del Distrito de las Artes, incluye a todo el barrio de La Boca y a la Barraca Peña. La ley, descripta como una herramienta económico – urbanística inédita, deja sin inventario y por lo tanto sin procedimientos para la protección al patrimonio cultural de la ciudad en el distrito.

Luego siguieron tiempos varios, de caminatas arqueológicas, audiencias públicas por el Riachuelo (los expositores siempre los mismos, los funcionarios-audiencia, siempre de paso), el impedimento de acceso a la Barraca Peña, e incluso una escaramuza de Realpolitik sobre docentes en plena sesión del programa la Legislatura y la Escuela. Los años 2014 y 2015 significaron tiempos de obra en el edificio del depósito lanero en la Barraca Peña, a cargo de Gonzalo Etchegorry y Silvia Rickert. En 2017, dos ponencias destacan la situación del barco en Barraca Peña. Una, la presentación en el mes de agosto en el I Encuentro de Historia de Barracas al Norte y al Sud; y dos, la ponencia sobre heurística y arqueología de la polución en el 18º Congreso Internacional de Museos Marítimos realizado en Valparaíso, Chile. Allí, se lanzó la iniciativa mundial para recordar los cumpleaños del descubrimiento y de la inhumación del pecio de Zencity – barco español de Buenos Aires.

Los días pasaron hasta el 27 de abril de 2018 en que se inaugura la primera sede física del Museo Arqueológico de La Boca con la colaboración de muchas personas que trabajaron para su alojamiento en el Museo Conventillo Marjan Grum, un sitio multi distinguido como patrimonio cultural. El museo se inicia a todo vapor, cuando a mediados de 2018 por varias razones, se desplaza a la conducción del proyecto Zencity y se me ofrece hacerme cargo.

Por todo esto estas palabras dedicadas a los 10 años del transporte de los restos del barco español a Barraca Peña no son un réquiem ni un epitafio. Tampoco son palabras de recuerdo sobre una persona querida que ya no está. Más bien son palabras para los oídos de los afectos. Palabras que trascienden el suspenso para recordar a aquellos con quienes compartimos la experiencia y algo más en estos diez años.

El suspenso continua, especialmente ahora con las restricciones de circulación impuestas por la Pandemia del COVID 19. “Barraca Peña sigue ahí…”, como reza el blues de Jorge Senno. Sigue ahí en una parte vacía de la ciudad, un paisaje sin personas. Ruinas ladrilleras, muros volcados. Desde entre los ladrillos, desde la argamasa de cal y fina arena de rio, se ven los muros que dan paso a nuevas raíces: raíces del Riachuelo. Se depositan allí nuevos estratos de diez años. Gracias a los aires polinizados y plantas cuyas semillas germinan entre las ruinas, los fresnos, cortaderas y alcanfores se arriman al pecio. Eso no es de interés de los Palán Palán, que aman los muros verticales, tampoco llegó el ombú o el ceibo. Si interesa a la flora arbórea espontánea de baldíos, con muchos brotes y brotes de árboles del cielo. Cunden los pastitos de invierno, sin competidores alrededor. Ricino o tutiá, son admirados por los pájaros que vuelan La Boca, miran, toman agua, se posan. Parece que al trinar o mirar hacia abajo, olvidaron un ala de maderas: biguás, garzas, horneros, burritos enanos, gorriones, zorzales, calandrias y tordos visitan el entierro. Entierro de una nave, de una cosa. Olvidados del descuido, no hay lechuzas, ni benteveos, tampoco gavilanes o caranchos. Es una nave inhumada a orillas del Riachuelo de Barracas, una nave enterrada en el cementerio de los barcos de Quinquela, una nave que se suma a la Flota Fantasma del Riachuelo. Y las venas abiertas del Riachuelo exhibiendo muelles vacíos, paralizados de cemento y hormigón armado ofrecen con eso su homenaje al recuerdo.

¿Qué es lo que deberíamos hacer con los restos sepultados de una nave española de empresa colonial? ¿Realmente deberíamos homenajear sus restos? El entorno de la Barraca Peña propicia el desarrollo de una atmósfera de suspenso, de cielos claros y amplios, de vientos fuertes y de neblinas presentes. Es un espacio ideal para el suspenso de diez años, con salvavidas meteorizados que desparraman su interior de telgopores, demostrando que ni siquiera los salvavidas sobreviven al Riachuelo. Bolitas de telgopores que vuelan sobre las piedras de lastre olvidadas por la nave enterrada. Piedras que podían llamarse de la muerte, ahora son lo que queda visible del uso activo de la nave. Grandes granos de arena rodada y volcánica. Hasta del tamaño de una pelota. Contar con estas piedras de lastre facilitó la realización de varias ceremonias “del granito de arena”. Durante un año (2018-2019), cada visitante de la Barraca ayudó a mover una parte de los doce mil kilos, de piedras y de corales. Sí corales, aquellos esqueletos blancos calcáreos de colonias de antozoos de aguas cálidas. Las rocas rodadas fueron acomodadas junto al pecio para birlar el lema “Enterrar una nave – Inhumar el pecio, olvidarse del cuidado”.

En estos años me crucé con muchos naufragios y manejos de la cultura náutica en el mundo y en nuestro barrio de La Boca. Sirenas en conventillos prendidos de color, hierros, puentes y barcos de acero cortados en miles de pedazos, barrenos de tonelero coleccionados. Como metaforiza una publicación, la nave estuvo y está ahí, amarrada al recuerdo de las venas abiertas del Riachuelo. En contra posición, sincrónicamente se juntaron un barco para la Boca y una ballena para Avellaneda. Los grupos de interés por la cultura local continuaron con la sirga del arte, zarpando y atracando. Pensar que hubo una instancia en que se inauguró en Barraca Peña un museo invisible… bajo el lema de que “toda nave es un naufragio”. Cuando el lema llegó a los oídos de una esposa de capitán de ultramar, la reacción fue el furioso enojo propio de la vital consorte. Suponer el síndrome del suicido como metáfora de la navegación fue ridículo, pero aun es reflejo pleno de indicar a la ciencia como destino de la ilusión y el nihilismo institucionalizado del ser porteño. Debemos tener cuidado de las naves conducidas por los necios, y de las películas no dirigidas por Fellini. Las velocidades de las heurísticas, me mostraron que no hay sirenas encantadoras, sino conciencias de descubrimientos – coherencias vitales que se buscan corporizar y protagonizar; y por tanto compiten por el Riachuelo.

Las actividades del Museo Arqueológico, Portuario y Marítimo de La Boca del Riachuelo continuaron a la sirga, con suspiros, cargas y sirenas de profundidad, sueños de ribera, el David bajo el agua, el regreso de los muertos vivos en colores y carnavales, tornillos y balizas, semáforos destellantes para barcos, monolitos y remos del club de regatas Almirante Brown, procesiones náuticas de la virgen del Carmen, saludos desde una tabla en el agua y desde el muelle para los turistas del Riachuelo, y remadas entre la Vuelta de Rocha, la Barraca de Peña y las cuatro Bocas. Las historias de prácticos y nautas, o las locuras de los museos marítimos, indican que la preservación por registro (arqueología de rescate), no alcanza como estrategia de preservación del patrimonio arqueológico náutico y porteño. En estos diez años, participamos de las experiencias de patrimonio portuario, náutico y marítimo; nutrimos y apoyamos las actividades de preservación. Desarrollamos estrategias para garantizar la conciencia pública a largo plazo y la apreciación de la importancia de la conservación de la cultura náutica del estuario, y de sus alcances económicos, fluviales y marítimos.

Volvemos a preguntarnos si hace falta un homenaje a los restos arqueológicos. No se homenajean, sino que se aprende de ellos. En suma, si colocáramos una frase escrita, una inscripción conmemorativa ubicada entre los “granitos de arena” junto a los restos inhumados del barco, podría leerse así: “A diez años del entierro de la nave, aquí estamos para testificar que se mandó a hundir un barco, ésta vez de manera consciente y, al menos, por segunda vez: Amigos, observad cómo está inhumado este barco…, cuando regresemos a casa lo haremos de la única forma posible, a pie o sobre ruedas… recordando el tiempo y las experiencias que compartimos”.

El suspenso no se detiene, como la historia continúa. Continuamos desarmando la escena del crimen del Riachuelo, no muy lejos de dónde hicieron sus primeras prácticas los integrantes del Equipo Argentino de Antropología Forense. Ahora destacamos que hay una arqueología portuaria, ética, estética y antropológica, que incluye al tango y a los tangueros del Riachuelo.

 

Agradecimientos

A Daniel Vitale, Luis Serrano y Jorge Novello. A la Gerencia Operativa de Patrimonio de la Dirección General de Patrimonio, Museos y Casco Histórico, a la antigua REDEP, Red de Estudios Portuarios, al Núcleo de Ciudades Portuarias Regionales, la Asociación de Directores de Museos de la República Argentina, a la Comisión de Museos, de Monumentos y de Bienes Históricos, a la Universidad Nacional de Lanús, a la Fundación Azara, al Museo Conventillo Marjan Grum, al Museo de Bellas Artes de La Boca “Benito Quinquela Martin”, a la Asociación Civil “Arte Aquí y Ahora”, a los Bomberos Voluntarios de La Boca y Bomberos Voluntarios Vuelta de Rocha.

Secuencia: Campaña 1995-1997 Arqueología en la Obra de Control de Inundaciones de La Boca y Barracas. Campaña 1998. Almirante Brown y Paseo Colón. Campaña 1999-2000. Arqueología y conventillos de La Boca. Campaña 2007 Turismo en el Riachuelo, ¿cuál es el rescate por 14 desguaces navales? Campaña 2008. Mesa Arqueológica de La Boca. Obras hidráulicas cuenca C. Defensa tesis doctoral UBA “Arqueología de La Boca del Riachuelo”. Hallazgo del pecio de Zencity en la antigua boca del Riachuelo. Campaña 2009 Voluntarios de Barraca Peña. Campaña 2011 Respuesta Pendiente. Campaña 2014. SOS Barraca Peña. Campaña 2017 Cumpleaños del descubrimiento. Campaña 2018. MusA Boca. Campaña 2019. Sueños de Ribera. Campaña 2020. Suspenso en el Riachuelo.

Información adicional

ACONTECIMIENTOS Y EFEMERIDES, CULTURA Y EDUCACION, Actividad-Acción / Arqueología, puerto, barraca Peña, bajo las baldosas
2020 / 17/04/2020

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2- El transporte del barco doblando desde Montes de Oca por Suárez hacia Regimiento de Patricios.

3- El día de las narices frías… la gente esperando y observando desde el muelle del Riachuelo, la maniobra aérea del barco.

4- Carmen Ramos de Balcarce y Lucía Gálvez, se acercan para observar el sitio de la inhumación con el barco en pleno izado en Barraca Peña.

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