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La Boca

Benito Quinquela Martín – Un nacimiento,…un misterio indescifrable…y un destino pleno de colores

Walter Caporicci Miraglia

Cumpleaños 86 de Quinquela Martín - Restaurant La barca de bachicha - La Boca, 1976.

“Este niño ha sido bautizado y se llama Benito Juan Martín”.
La breve frase se encontraba escrita con lápiz, con caligrafía femenina, en un papel rectangular de buena calidad y envuelto en un pañuelo de hilo con una flor bordada, cortado en su mitad al sesgo.
El bebé, pequeño y de escaso peso, fue dejado abandonado en el orfanato Casa de Expósitos, situada en la Avenida Santa Lucía, también conocida como Calle Larga (actualmente Av. Montes de Oca 40), en el barrio porteño de Barracas al Norte, a las 8 de la noche del jueves 20 de marzo de 1890. Se lo colocó en el torno, un tipo de rueda giratoria de madera con su base acolchada situada en la entrada del lugar, donde se ubicaban a los niños y se giraba para que sean retirados por las Hermanas de la Caridad, haciendo sonar una campanilla adosada a la pared. Una inscripción ubicada arriba del mencionado torno rezaba lo siguiente: “Mi padre y mi madre me arrojan de sí. La Caridad Divina me recoge aquí”.
El acta de la institución, indica que se le da ingreso con el número 447. En la misma se describe en detalle las prendas que traía puestas: “Camisa, pañal y ombliguero de madrás, faja blanca de algodón, gorrito y tres mantillas de bombasí y un trapo grueso de algodón”.
El viernes 21, al día siguiente de su llegada, se lo bautizó en la Parroquia de Santa Lucía, en Barracas.
La fecha de su nacimiento, el 1º de marzo, fue estimada por Las Hermanas de la Caridad, al calcular que el bebé tenía unos 20 días de vida. Es así que nunca se pudo establecer con absoluta precisión la fecha de su advenimiento.
Como su ropa estaba confeccionada con finísimas telas, se hacía fácil inferir que sus padres eran personas adineradas. Tal presunción hizo pensar a las Hermanas que iba a permanecer solo un breve tiempo en el establecimiento. En aquellos años era muy común el abandono de chicos en la Casa de Expósitos. Debido a esto, la experiencia de las buenas samaritanas hacía suponer cierta esa conjetura de que el niño sería retirado en breve del establecimiento por su madre. Al ser ésta una mujer de holgada posición económica no habría de tener inconvenientes para recuperar a su criatura superado ya el probable conflicto de pareja o familiar que había afrontado con su nacimiento. Se sabía también por estadística que los niños a los que nadie reclamaría eran los desheredados, que eran dejados en el torno con ropa muy precaria o incluso desnudos. Pero como este no fue el caso de aquel lactante vestido en forma esmerada, todo hacía suponer que su estancia en el orfanato tenía sus días contados. Incluso la calidad del pañuelo que estaba cortado en diagonal con sumo cuidado reforzaba la opinión de las Hermanas de la Caridad. Pero estaban equivocadas, el tiempo pasó y el chico que había sido dejado en el torno y bautizado permaneció en la Casa de Expósitos algo más de siete largos y lánguidos años. Si la madre, utilizando la otra mitad del pañuelo, había tenido verdaderamente el propósito de recuperar algún día a su hijo, algún impensado designio impidió que lo concretara.
Los pequeños internados, muy bien cuidados y uniformados con guardapolvos grises, vivían esperanzados por hechos que tenían oportunidad de comprobar a diario. Todos los días llegaban al hospicio personas extrañas, en general matrimonios, que conversaban con las Hermanas de la Caridad y luego eran llevados a recorrer el lugar y observaban con atención a todos los chicos, para finalmente decidir a quien elegir. Eran matrimonios que al no tener hijos deseaban volcar su ternura en uno ajeno, adoptándolo. La criatura encontraba así el calor de un hogar. Los que no tenían la fortuna de ser elegidos en esa oportunidad, se consolaban mutuamente y seguían soñando con el día que sus desangeladas vidas fueran bendecidas con el mismo prodigio. Y para Benito Juan Martín ese tan ansiado momento un día al fin llegó.
Un matrimonio, Justina Ramona Molina, nacida en Gualeguaychú, Entre Ríos, y Manuel Chinchella, italiano, del pueblo costero de Nervi, en la comuna de Génova, casados en 1892, que poseían una carbonería y almacén en la calle Irala 1159, en La Boca, deseaban, y a la vez necesitaban, tener el hijo que la naturaleza les negaba. Conversando Justina con una vecina amiga una mañana de principios de noviembre de 1897, ésta le sugirió que adoptara un niño del orfanato Casa de Expósitos, donde ella ya había retirado tres chicos. Justina lo conversó con su esposo Manuel quien, sin demostrarle la satisfacción que sentía por la idea, le dio vía libre para que ella decidiera. Fue entonces que el jueves 18 de noviembre concurrió a la hora indicada previamente por la secretaría del orfanato, acompañada de su amiga, donde le fue entregado un nene de 7 años y ocho meses de edad, delgado, de ojos pequeños y orejas en pantalla. Finalizado el trámite de rigor luego de firmar el documento de entrega del chico con su impresión digito pulgar por ser analfabeta, es que de pronto Justina comprendió con profunda emoción que ahora no solo tenía la ayuda que buscaban para el negocio, sino que tenía un hijo.
La ahora madre adoptiva, caminaba con felicidad de regreso a la carbonería de su querido y pintoresco barrio, llevando a su hijo de la mano hacia una nueva vida, lejos de imaginarse que, tras recorrer un largo y sinuoso camino, a este niño de mirada melancólica le aguardarían, en este nuevo mundo por descubrir, el clamor popular, todos los honores, toda la gloria, y un auténtico nombre de leyenda.
El “elegido” había finalmente arribado a la Ribera para hacer historia… Una historia y un destino pleno de colores.

Información adicional

CULTURA Y EDUCACION, PERSONALIDADES, Artistas plásticos y escultores, Arte, Biografías, Historia, Popular / Quinquela, Casa Cuna, Casa de Expósitos, Arte, La Boca, Artista, Pintor
1890 /

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Walter Caporicci Miraglia

Casa de Expósitos - Fotografía del archivo documental del MBQM Torno donde dejaban a los niños en la Casa de Expósitos - Fotografía archivo WCM Quinquela Martín con sus padres adoptivos - Abril de 1940 - Fotografía del archivo documental del MBQM

La columna de Walter Caporicci Miraglia

 

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