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Ciudad de Buenos Aires

“Buenos Aires 1776. Capital del Virreinato del Río de la Plata”

Rodrigo Leonel Salinas

" Buenos Aires desde el río". Acuarela de la primera vista panorámica de Buenos Aires hacia fines del siglo XVIII., 1794. Un perfil común a todas las ciudades americanas, donde resaltaba un conjunto de casas bajas con techos de tejas y destacándose fuertemente las cúpulas y las torres de las magnificas iglesias porteñas. Por aquellos años, Buenos Aires no era un puerto natural como Montevideo, y los barcos anclaban lejos. El desembarco era muy complicado: desde la rada, había que transbordar las mercancías y pasajeros, primero a lanchones y después a carros y carretas, como lo recrea esta pintura del madrileño Fernando Brambila (1763-1834).

“La ciudad de Buenos Aires, de acuerdo con su situación, las circunstancias y otras consideraciones expuestas, es la más adecuada para que en ella se establezca un Virreinato con una Real Audiencia, a las cuales se subordinaran las provincias de Paraguay, Tucumán y Cuyo (…)”[1]

“Por cuanto hallándome muy satisfecho de las repetidas pruebas de que tenéis dadas de vuestro amor y celo a mi Real Servicio, he venido en crearos mi virrey, gobernador y capitán general de las de Buenos Aires, Paraguay, Tucumán, Potosí, Santa Cruz de la Sierra, Charcas y de todos los corregimientos, pueblos y territorios a que se extiende la jurisdicción de aquella Audiencia (…)”[2]

En el año 1700 falleció el último de los monarcas de la gloriosa dinastía de los Austria Habsburgo- Carlos II (“El Hechizado”)- sin dejar descendencia ni sucesores directos, precipitando la llamada “Guerra de Sucesión de la Corona Española” que se mantendría en Europa por trece años. Durante el conflicto bélico, el emperador de Alemania Leopoldo I- padre de Carlos- fue apoyado por otras potencias del continente como Inglaterra, Holanda y Portugal. En virtud de ello, en su testamento, Carlos legó la corona a su sobrino nieto, Felipe V de Borbón- duque de Anjou y sobrino del rey de Francia Luis XIV- quien lo sucedió en el trono hasta su muerte en 1746, a cambio de renunciar a sus derechos sobre la corona francesa. El objetivo de su gobierno se centró principalmente en la obtención de una mayor recaudación de impuestos, una mejora sustancial sobre la administración de las colonias y la creación de nuevas instituciones colegiadas, ya que los funcionarios, en alianza con las oligarquías locales, habían alcanzado una fuerte autonomía en sus dominios americanos. Solo así podrían introducirse las reformas económicas deseadas a fin de lograr que la industria peninsular volviera a ser el eje de los intercambios con América.

Durante los últimos decenios del siglo XVIII, y como consecuencia de la aplicación de dichas reformas, la región del Río de la Plata vivió un momento de auge económico derivado de la creación, en 1776, del último de los Virreinatos en América, designando provisoriamente al mariscal gaditano Pedro Antonio de Cevallos (1715-1778) como su primer virrey el 1º de agosto de ese mismo año y consagrando a Buenos Aires como su capital. Esto le permitió a la ciudad acrecentar su capacidad para penetrar en los circuitos de intercambio interregional y captar los flujos de metálico altoperuano, mediante los cuales se integraba a los circuitos intercoloniales y transatlánticos y la llegada de numerosos comerciantes de origen español a la región, como fue el caso del vasco Martín de Álzaga (1755-1812), quien años más tarde se convertiría desde 1785 en uno de los miembros de número del Cabildo y en uno de los principales impulsores de la creación del Consulado de Comercio en 1794, cuyo primer secretario sería el flamante abogado Manuel del Corazón de Jesús (1770-1820).

 

LA CREACIÓN DE VIRREINATOS Y CAPITANÍAS GENERALES EN AMÉRICA

Para paliar las deficiencias del sistema, la dinastía de los Borbones decidió jerarquizar las regiones postergadas mediante la creación de nuevos virreinatos y de nuevas audiencias. Así, se crearon dos nuevos Virreinatos en América: el de Nueva Granada (1717-1819) y el del Río de la Plata (1776-1810); y el establecimiento de Capitanías Generales, como la de Cuba (1777-1898) y la de Venezuela (1777-1823) para operar de una manera más eficaz sobre los territorios de ultramar. De este modo, se achicaban jurisdicciones inmensas que obligaban a realizar trámites en ciudades remotas, como era el caso de Lima con respecto a Buenos Aires.

Es importante resaltar, en este sentido, que esta política organizativa ya se había iniciado a principios del siglo XVIII con la creación de la “Compañía Guipuzcoana” de Caracas (1728-1785) y continuó en 1765 con el “Decreto de Libre Comercio”, que quitó todo límite para las operaciones con las islas Canarias, Colombia y México.

En términos generales, las reformas borbónicas propiciaron la creación de nuevas instituciones y la llegada de nuevos hombres desde la Península Ibérica. El éxito de las reformas se ubicó principalmente en el plano de la recaudación. La nueva burocracia fue eficiente en este aspecto, ya que los ingresos se duplicaron. El aumento tuvo que ver con los impuestos y también con las ganancias generadas por algunos de los monopolios, como por ejemplo el del tabaco. Todas estas medidas permitieron equilibrar el tradicional saldo deficitario de las transacciones mercantiles de España por cuanto hasta 1790 los impuestos americanos representaban bastante más del 50% de los ingresos de la Hacienda Real.

Sin embargo, los problemas de comunicaciones entre las instituciones en América y en España se siguieron manteniendo. La nueva organización no logró mejorar la articulación entre la metrópoli y el mundo colonial, ni frenar el poder que adquirían los funcionarios una vez que llegaban a los cargos. Para buscar apoyo de los poderes locales, en muchos casos, se vendían puestos que acercaron a los criollos a las magistraturas y al control de los cabildos. Pero es indudable que dichas reformas consolidaron y aceleraron el ascenso comercial de Buenos Aires y facilitaron el establecimiento de un núcleo de grandes comerciantes que adquirieron bien pronto una posición hegemónica en la economía del Río de la Plata a partir de la creación del Virreinato en 1776.

 

EL REINADO DE CARLOS III (1759-1788)

Durante la primera mitad del siglo XVIII, España estuvo inmersa en una batalla desesperada por recobrar el control del comercio en sus posesiones ultramarinas. El contrabando era moneda corriente, mientras que las grandes casas importadoras de México y Lima seguían buscando el restringir de la afluencia de mercancías de la península para salvaguardar sus beneficios monopolísticos. Si España quería obtener beneficios de sus posesiones americanas, primero era necesario desbancar a las manufacturas extranjeras y al contrabando de su papel preeminente en el comercio atlántico, y después desalojar a la alianza mercantil de su posición dominante.

Con la llegada de Carlos III al trono de España en 1759, esta nación dispuso, por fin, de un monarca comprometido activamente con un completo programa de reformas, el cual estuvo marcado por un notable aumento de la prosperidad, tanto en la península como en las colonias de ultramar. Durante una breve “etapa de oro”, y en consonancia con la decisión de afianzar las fronteras de su imperio, la metrópoli volvió a ser considerada una verdadera potencia europea y colonial en expansión. Podría decirse, en este sentido, que el “renacimiento” del poder español fue, en gran medida, una consecuencia del florecimiento del comercio con las Indias y del aumento de las rentas que este producía.

Las reformas carloterceristas crearon un verdadero cuerpo de ministros y funcionarios para las Indias. Entre ellos, la parte correspondiente a los oriundos de la metrópoli era preponderante, todos ellos hombres cultos, ilustrados y muy eficaces, tales como Gálvez, Campomanes, Floridablanca, Aranda y Jovellanos. Al respecto, el historiador británico John Lynch (1927-2018), consideraba que la calidad de los altos funcionarios enviados al Río de la Plata en este periodo era un claro indicio de que el Virreinato se había transformado en la principal preocupación en asuntos coloniales del gobierno central y observaba que en tan solo dos años esta región obtuvo todo lo que le fuera negado por dos siglos[3].

Al mismo tiempo, el resurgimiento económico de España- limitado pero indudable- tenía como eco ultramarino el establecimiento de nuevos grupos comerciales rápidamente enriquecidos, muy ligados en sus intereses al mantenimiento del lazo colonial y ubicados a poco tiempo de su llegada en situaciones económicamente hegemónicas, adquiridas y consolidadas en mas de un caso gracias a los apoyos recibidos de funcionarios de origen igualmente peninsular. Así, los representantes de esa “España renovada” se hicieron presentes en la ciudad capital. Ejemplo de ello fueron los catalanes Larrea y Matheu, los vasconavarros Anchorena[4], Santa Coloma, Lezica, Beláustegui, Azcuénaga; y los gallegos Lavallol y Rivadavia, quienes ascendieron a su fortuna rápidamente a partir de la segunda mitad del siglo XVIII.

 

LA CREACIÓN DEL VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA

La principal preocupación de la elite administrativa de la metrópoli era el gran problema del progreso económico del Imperio. El antiguo sistema comercial de flotas y galeones, instaurado a mediados del siglo XVI había fracasado y el contrabando solamente traía perjuicios para España. La preocupación por asegurar la defensa contra el avance portugués, incrementar la recaudación tributaria y captar de un modo más directo y rápido los metales preciosos que provenían del Alto Perú, era cada vez mayor. Para lograr dicho objetivo se decidió liberar el puerto de Buenos Aires y crear un nuevo gobierno que lo articulara con la Región Norte del nuevo Virreinato. De este modo, la Corona se aseguraba que la nueva capital pudiera controlar mejor las cajas reales del Alto Perú, incluyendo el valioso cerro de Potosí, centro extractivo de plata por excelencia en América del Sur y una de las ciudades mayores del mundo colonial, comprendiendo una superficie aproximada de 5 millones de kilómetros cuadrados[5].

El resultado directo de la creación del nuevo virreinato fue un cambio trascendental del equilibrio geopolítico del continente, puesto que Lima, que ya había visto roto su monopolio comercial por la apertura de la nueva ruta comercial con el Cabo de Hornos y que había sido la antigua capital de todo el Imperio de Sudamérica, sufrió una severa perdida de categoría. Así, mediante la aplicación de una Real Cédula fechada el día 1º de agosto de 1776, la corona Española creaba el Virreinato del Río de la Plata, consagrando a Buenos Aires como capital del territorio e Intendencia General de Ejército y Provincia, cuya jurisdicción se extendió- bajo el sistema de Intendencias[6] creado posteriormente en 1783- sobre las gobernaciones del Paraguay, Tucumán ( Salta y Córdoba), Cuyo (Mendoza y San Juan) y la Banda Oriental ( aunque Montevideo permaneció como gobernación militar pero con algo de la autonomía que tenían las anteriores gobernaciones), con el firme propósito de operar de una manera más eficiente sobre sus territorios de ultramar. La inclusión del Alto Perú en el nuevo Virreinato, con el fin de proveer a Buenos Aires con los beneficios fiscales de Potosí, preparó el camino de la dislocación permanente de la zona andina.

 

LA CENTRALIZACIÓN DEL PODER POLÍTICO

La creación del Virreinato del Río de la Plata logró una mayor centralización del poder por parte de la Corona ampliando notablemente el aparato estatal, a la vez que propició un cambio sustantivo en el entramado institucional y en el desarrollo de actividades tales como el periodismo. En efecto, tras la instalación de la autoridad virreinal, se produjo la creación de la Real Aduana en 1778 (ubicada en la esquina de Balcarce y Belgrano, donde se encontraba la casa de la familia Azcuénaga), la Casa Real de Tabacos, la Audiencia en 1785 (que funcionaba en el Fuerte, donde se hallaba también la “Residencia de los Virreyes”). Cuatro años mas tarde, en 1789, el Tribunal de la Real Audiencia se asentó en la ciudad capital- con jurisdicción en el Paraguay, Tucumán y Cuyo, independizándose de este modo de la prestigiosa Audiencia de Charcas, la cual cubría un distrito demasiado extenso para poder administrar justicia con eficacia y proteger al indígena. Entre sus principales atribuciones, la Audiencia de Buenos Aires fijó provisoriamente las atribuciones de los alcaldes, las cuales consistían en “celar los pecados públicos, andar de los vagos y prender  en las causas graves de heridas, muertes o semejantes y formando sumaria instructiva dentro de las 24 horas o a mas tardar de tres días (…)”[7].  Sumado a esto, la sanción del Reglamento de Libre Comercio a fines de la década de 1780 también generó el desplazamiento de comerciantes y estancieros hacia una burocracia de origen español y de comerciantes peninsulares que vinieron a instalarse a Buenos Aires como consecuencia de las oportunidades comerciales que posibilitaba la nueva legislación. Esta situación tensó las relaciones entre criollos y españoles, que habría de estallar recién en mayo de 1810.

 

BREVE BIOGRAFÍA DEL MARISCAL PEDRO ANTONIO DE CEVALLOS

Pedro Antonio de Cevallos Cortés y Calderón nació el 21 de junio de 1715 en la ciudad de Cádiz. Era hijo de un funcionario de aduanas de su ciudad natal, se educó en el “Seminario de Nobles” de Madrid para cursar la carrera de las armas y luchó en Italia con tropas que él mismo había adiestrado, y en 1730 fue designado como subteniente, aunque dedicado a la política. En 1739 fue designado Capitán de Infantería del Regimiento de Órdenes de Cataluña. De su peculio reorganizó, instruyó y adiestró al regimiento, por lo cual el rey lo nombró en 1741 Coronel del Regimiento y Caballero de la Orden de Santiago. Actuó con gran valor en las guerras por la sucesión de los tronos de Polonia y de Austria, libradas ambas, en lo que a España concierne, en campos de Italia. En 1744 fue ascendido en el campo de batalla a Brigadier. En 1747, por comportamiento de extremo valor fue nombrado Mariscal de Campo a los 32 años. En 1756 fue designado gobernador del Río de la Plata, donde debió depurar la demarcación de límites con Portugal y hacer cumplir el Convenio de Permuta firmado en 1750, del cual luego tomó una postura critica. A partir de allí colaboró con los jesuitas para organizar la mudanza de los indígenas desplazados a sus nuevos pueblos. Mas tarde tuvo la satisfacción de que una parte de estos desplazados pudieran regresar a sus tierras cuando Carlos III (1761) anuló finalmente el desventajoso convenio. Además, reprimió el contrabando que tenía base en Colonia del Sacramento- la cual se rindió finalmente en 1762- y cómplices entre los altos funcionarios de Buenos Aires y Montevideo. Convencido de que el pleito con Portugal sería resuelto por las armas, se aplicó a disciplinar y fortalecer al Ejército. Este se hallaba compuesto por tropas veteranas (profesionales) y por milicias de infantería y de caballería de escaso poder combativo, sus oficiales eran acaudalados vecinos de la ciudad y de la Campaña que compraban el rango por razones de prestigio. El gobernador porteño le propuso al rey un plan ofensivo: llevar la guerra contra Portugal al Río Grande del Sur y a Río de Janeiro. En prosecución de la primera parte del plan, fundó la ciudad de San Carlos, cerca de Maldonado (hoy República del Uruguay) y San Pedro de Río Grande (Brasil). Con este avance se cortaba de cuajo el tráfico clandestino de ganado del que vivían los gauderíos con la complicidad de los indios minuanos. El mandato de Cevallos culminó en 1766,  la Corte sabía sobre su posición pro- jesuita cuando le había encargado a la Compañía el cuidado de una importante suma que acumuló en el curso de casi diez años de gobierno. Ya de regreso a Europa, Cevallos cumplió gestiones diplomáticas en Italia en 1772, por cuyo éxito el rey lo premió nombrándolo Capitán General de la Provincia de Extremadura. En 1776, fue nombrado Gobernador y Comandante General Militar de Madrid y su distrito. Ese mismo año fue designado al frente de una expedición de 8.000 hombres enviada contra las colonias portuguesas de América del Sur. Dos años mas tarde, en 1778, retornó a España enfermo, y camino a la Corte, se debió detener en el Convento de los Capuchinos, cerca de la ciudad de Córdoba, donde murió después de una larga agonía el 26 de diciembre de 1778, sin conocer al hijo criollo que había engendrado y del cual tuvo larga descendencia. Fue enterrado con pompas de Obispo, vistiendo el sayal de los capuchinos y encima el hábito de la Orden de Santiago, donde el rey Carlos IV lo esperaba para otorgarle el título de Marqués de la Colonia, título que pasaría a una de sus hermanas. Se lo llamó con justicia “El último resplandor de la gloria de España en América”[8].

 

PRIMER VIRREY DEL PLATA

La creación del nuevo Virreinato en 1776 surgió como parte de las medidas político- administrativas de la monarquía española para lograr un control más efectivo sobre las colonias productivas que, a su vez, acrecentaron los beneficios de la metrópoli. Su creación modificó, además, la organización tradicional de la región y reorganizó el espacio en función de la nueva capital. La transformación de Buenos Aires se consolidó con la llegada de un cuerpo de funcionarios de origen peninsular, que incluía la presencia efectiva de una corte virreinal. Pedro Cevallos- quien había llegado a Buenos Aires en 1756 a la edad de 42 años- fue designado provisoriamente como virrey el 1º de agosto de ese mismo año, quedando bajo la tutela de aquel extenso conjunto territorial.

En calidad de capitán general, Cevallos ejercía la jefatura militar de todo el distrito y, como gobernador, tenía a su cargo el mando político de su provincia. Tradicionalmente se lo consideraba un “alter ego” de la persona del rey (era “su representante e imagen en aquellos dominios”) y su rango social correspondía a la nobleza de su función[9].

Como virrey, Cevallos fue un gobernante “valiente, sagaz y progresista”; habilitó el puerto para el comercio libre; ordenó la fundación de la Aduana; se ocupó de las industrias rurales y combatió la corrupción. Puede decirse con verdad que durante su gestión echó las bases para la emancipación económica y política del Plata con respecto al Perú. Tuvo además una iniciativa económica fundamental: autorizó la libre internación de las mercaderías entradas por Buenos Aires a las provincias y el comercio con Perú y Chile y suprimió ciertos impuestos que recaudaban las ciudades por su cuenta a fin de favorecer el comercio interprovincial y la exportación de metales.

 

EL SÉQUITO DE LOS VIRREYES

En su totalidad, hubo doce virreyes en el Río de la Plata desde su creación en agosto de 1776 hasta mayo de 1810[10]. En general, estos llegaban al cargo tras haber realizado carreras nutridas en España, tanto en el Ejército como en la administración imperial. Pertenecían a los estratos intermedios de los grupos superiores, a donde habían accedido gracias a estas mismas carreras. Al mismo tiempo, arribaban a la capital rodeados de un séquito[11] que no superaba las veinte personas, entre secretarios personales, parientes y criados, gentilhombres, mayordomos, ayudas de cámara, caballerizos y sirvientes, además de esposa e hijos. Los casos excepcionales, en este aspecto, fueron los virreyes Antonio Olaguer Feliú (mayo de 1797- mayo de 1799), Joaquín del Pino ( 20 de mayo de 1801-11 de abril de 1804), Rafael de Sobremonte (abril de 1804-10 de febrero de 1807) y Santiago de Liniers (10 de febrero de 1807-julio de 1809), quienes se casaron con herederas de poderosas familias locales y, en ese sentido, eran ellos mismos quienes podían ostentar las carreras mas próximas al “ideal borbónico”, aquellos en que el nombramiento de virrey recompensaba el talento y la conformidad con el modelo del alto funcionario. Según el historiador Zacarías Moutoukias, las condiciones de sus carreras plagadas de éxitos y de su poca autonomía en relación a las máximas jerarquías metropolitanas eran las mismas circunstancias que favorecían esa clase de matrimonios[12]. De este modo, Buenos Aires logró por primera vez contar con los símbolos de la administración y el gobierno que habían caracterizado a otras capitales virreinales, como México y Lima. Así, por ejemplo, en 1788 la figura del virrey recibió las funciones de Superintendente, quedando bajo su jurisdicción las cuentas de todo el Virreinato, a la vez que ejercía el cargo de juez en todas las causas que concernían a los derechos de Su Majestad.

 

ARQUITECTURA DEL CENTRO DE LA CIUDAD

En los últimos decenios del siglo XVIII, Buenos Aires ya era comparable a una ciudad española de segunda orden, muy distinta por lo tanto de la aldea de paja y adobe de medio siglo antes[13]. En definitiva, y como argumentó el historiador Leonel Contreras, durante los años del gobierno de Vértiz la capital del Virreinato del Río de la Plata pasó a convertirse progresivamente en una urbe próspera con una agitada actividad comercial y cultural, es decir, el embrión de lo que en la segunda mitad del siglo XIX llegaría a ser la “Gran Aldea”, descripta en 1882 por el escritor uruguayo Lucio Vicente López (1848-1894). Este crecimiento- acompañado de una rápida expansión demográfica fue consecuencia, según Tulio Halperín Donghi, de la elevación de la región del Litoral a centro principal del comercio ultramarino para el extremo sur del imperio español.

El centro de la ciudad estaba organizado alrededor de la Plaza de Armas bordeada, desde su fundación, por el Cabildo al oeste, la Iglesia Catedral y la Casa Episcopal al noroeste y el Fuerte al este, donde vivía el gobernador y luego residirían los sucesivos virreyes, y estaban instaladas las oficinas de la Real Hacienda. Allí se encontraban también los principales edificios religiosos, que aun se conservan en la actualidad como los ejemplos más relevantes de la arquitectura colonial, proyectados por los jesuitas Blanqui, Krauss, Prímoli y Wolff.  Junto con la Plaza Mayor (actual Plaza de Mayo)- y el “Hueco de las Animas” que se encontraba frente a ella- y la del Alto de San Pedro fueron surgiendo nuevas plazas ( De la Concepción, Monserrat, Plaza Nueva) , que por los general eran utilizadas por los vecinos de los nuevos arrabales como mercados generales al menudeo. Los servicios de la ciudad eran muy precarios. A pesar del evidente progreso material y arquitectónico, la capital solo contó con un servicio de correos con la provincia de Tucumán a partir de 1747.

 

EL “CAMINO REAL DEL OESTE”  Y OTROS CAMINOS

Los antiguos caminos de Buenos Aires, que partían de la Plaza Mayor y se desarrollaban a lo largo de las tierras altas, badeando ríos y arroyos, constituyeron los primeros ejes de crecimiento de la ciudad y de conexión entre la capital y los asentamientos del interior del Virreinato. Así, y a modo de ejemplo, Merlo (una villa de españoles que tuvo una finalidad económica exclusivamente local) se ubicó sobre el Camino Real a Chile; Avellaneda, por su parte, tuvo como origen un asentamiento en el Camino Real del Sur, y San Martín (que creció alrededor de una primitiva ermita construida por algún devoto, laico o religioso) se ubicaba en el camino que, dirigiéndose a Luján, seguía hacia Córdoba y la Gobernación del Tucumán y de allí hacia el Perú. Otro camino fue el llamado “Camino de la Magdalena”. Su recorrido iba por la esquina de la Tapia Verde (Cochabamba y Bernardo de Irigoyen), y desde allí continuaba su recorrido por  la Calle Larga de Barracas hasta el Riachuelo en el punto o vado llamado el Paso de las Canoas. Este paso fue sustituido en 1791 por el Puente de Gálvez, que en 1806 se incendió para impedir el avance de las tropas británicas invasoras sobre la ciudad. Hacia el sur, por su parte, se hallaba el Camino de La Boca, que recorría la actual Avenida Almirante Brown, que entonces atravesaba las tierras llamadas Tragaleguas. También existían pasos secundarios utilizados tanto por los pobladores como para el comercio, como por ejemplo, el paso de Ensenada de Frías que ofrecía un servicio de canoas.

Este sistema radial de caminos fue el que caracterizó también la conformación territorial de la Argentina hasta nuestros días. Pero hubo, quizás, un camino que se distinguió por su relativa importancia en el área urbana porteña en la segunda mitad del siglo XVIII: el llamado “Camino Real del Oeste”. Se trataba de la arteria más importante de Buenos Aires, la cual partía de la calle de Las Torres (hoy Rivadavia) hacia el oeste y llegaba hasta los Corrales de Miserere, que por entonces era un paraje de carretas limitado por las actuales calles Sarmiento, Paso-Saavedra, Hipólito Yrigoyen y 24 de Noviembre, que a partir de 1757 fue el asiento del Matadero del Oeste. Casi todos los autores coinciden en que luego seguía su trayecto por Rivadavia, establecida por el gobernador Martínez de Salazar en 1633 como “único y preciso para las caravanas que vienen de los reinos de arriba”, ya que por esa ruta se iba al norte, pasando por las provincias de Córdoba, Salta y Mendoza. Según el historiador Julio Mario Luqui Lagleyze, sin embargo, desde los Corrales de Miserere se seguía por las actuales Avenida Díaz Vélez y Gaona bordeando el arroyo Maldonado. Así tenemos que en un punto (donde hoy se encuentra el monumento al “Cid Campeador”) este otro “Camino Real del Oeste” se cruzaba con el Camino del Fondo de la Legua (Ángel Gallardo, San Martín), confluencia que con el correr del tiempo se fue desdibujando por la presencia cada vez mayor de cinturones de quintas en el lugar, la mayoría de las cuales conformaban viviendas aisladas cercadas con tunas.

Dicha zona comenzaba en las tierras del Ejido, extendiéndose una legua más allá de la actual Avenida Pueyrredón. Algunas quintas eran utilizadas por sus propietarios como sitios de descanso durante los calurosos meses de verano, quienes se trasladaban anualmente a ellas desde sus residencias permanentes ubicadas en la zona céntrica. Sólo residían de forma permanente en ellas el grupo de capataces, los peones asalariados y los esclavos.

 

LOS MATADEROS DEL NORTE Y DEL SUR

Los mataderos eran utilizados a fines del siglo XVIII para el abastecimiento de carnes de la población porteña. El primer de estos mataderos se instaló en la llamada Chacarita de los Dominicos (ubicado en la actual manzana comprendida entre las calles Caseros, Irigoyen, Brasil y Hornos). El segundo matadero se encontraba en la actual Plaza Once, llamada entonces Corrales de Miserere. Un tercer matadero se ubicaba en los Corrales de Carricaburo (Anchorena, Yrigoyen, Saavedra-Paso y Sarmiento). El llamado “Matadero Norte” se encontraba en pleno barrio de La Recoleta (delimitado por las calles Las Heras, Peña, Junín y Pueyrredón, para cruzar luego el arroyo Manso- calle Austria- y seguir por las futuras Avenida Santa Fe y Luis María Campos) y era conocido también como el Camino de Santa Fe. Se trataba de uno de los cuatro caminos más importantes de la ciudad colonial, conjuntamente con el Camino del Oeste, el Del Sur y el Fondo de la Legua. Esta última era la vía preferida por las familias que iban a veranear a sus quintas y de regreso traían frutas cosechadas en las islas del Tigre.

Desde allí partía el “Camino del Bajo”, conocido en su primer tramo como Calle del Chavango (hoy Avenida Las Heras), debido a que en este sitio se hallaban numerosos ejemplares de guanacos, llamas y vicuñas. Este lugar de mala fama, era evitado por los transeúntes y hasta por los jinetes debido a la constante presencia de perros y roedores. Con posteridad, el lugar fue ocupado por un horno de ladrillos, por lo que el nivel del terreno bajó considerablemente, formándose en los días de lluvias una lagunilla, charco o pantano, al cual acudían las “chinas del rancherío” cercano para lavar o proveerse de agua.

Finalmente, hacia el sur de la ciudad, se hallaba otro matadero, que desde 1790 se ubicaba en lo que hoy es el Parque España (en la manzana comprendida por las calles Baigorri, Caseros, Ramón Carrillo y Amancio Alcorta). Este era conocido también como Corrales del Alto o Matadero de la Convalecencia, ya que cercanamente a él se encontraban las instalaciones de un hospital fundado por los padres Betlemitas a fines del siglo XVIII (donde actualmente se encuentran los hospitales Borda, Moyano y el hogar de ancianos Rawson). El mismo crecería en importancia superando incluso a los del Oeste y del Norte, llegado a ser el principal matadero de la ciudad, el cual seria descripto en la primera mitad del siglo XIX en el libro “El Matadero”, obra cumbre de la literatura gauchesca argentina escrita por Esteban Echeverría entre 1838 y 1840.

 

LA EXPANSIÓN FÍSICA Y EL AUMENTO DE LA POBLACIÓN PORTEÑA

A Mediados del siglo XVIII, comenzó a crecer la población de Buenos Aires hasta convertirse en la ciudad más poblada de todas las existentes a lo largo y ancho del territorio virreinal, al mismo tiempo que comenzaba a extenderse la superficie construída. Los limites de la edificación porteña eran aproximadamente las calles San Cristóbal (San Juan), Santísima Trinidad (Bolívar), Concepción (Independencia), San Cosme y San Damián ( Bernardo de Irigoyen), San Francisco (Moreno) y San Pablo ( Salta-Libertad) hasta el “Zanjón de Matorras”. El área urbana constaba de tres partes: el centro, los arrabales (San Pedro, Concepción, Monserrat, San Nicolás, La Piedad) y las quintas que empezaban a surgir en las afueras de la ciudad. La Parroquia del Socorro todavía era zona de quintas. Es a partir de este momento que la urbe empieza a expandirse hacia el oeste y se constata un notable aumento de la población colonial, debido principalmente a la inmigración de españoles peninsulares hacia la región.

De 10.053 habitantes que la ciudad poseía en 1744 pasó a tener unos 22.007 en 1770. De esta ultima cifra 3639 eran hombres españoles, categoría que incluía a los nacidos en España y en otros puntos de Europa y a 1785 criollos; 4508 eran mujeres españolas, 3985 eran niños de ambos sexos descendientes de famitas europeas y criollas; 5712 oficiales y soldados, clérigos, frailes, monjas y dependientes de ellos, indios, negros y mulatos libres de ambos sexos y de diferentes edades, y presos y presidiarios; y 4163 eran esclavos negros y mulatos de ambos sexos y diferentes edades. En ese año se registraron en la ciudad, según los libros parroquiales, 1520 nacimientos y 931 muertes[14]. Según el censo de 1778, Buenos aires pasó a tener 24.205 habitantes y doce años mas tarde, en 1790, la cifra ya ascendía a 32.000 almas.

 

LA SANCIÓN DEL REGLAMENTO DE LIBRE COMERCIO

Como parte integral de las Reformas Borbónicas llevadas a cabo en América a fines del siglo XVIII destinadas a recuperar el poder de España en el concierto internacional y, ante todo, en sus propias colonias, el 12 de octubre de 1778 se promulgó el “Reglamento de Libre Comercio”, el cual autorizaba una relación mucho más estrecha y directa de varios puertos americanos- entre ellos Buenos Aires y Montevideo- con los puertos peninsulares, aboliendo de esta forma el embudo que significaba Cádiz y el sistema de flotas. Desde entonces, el comercio ultramarino comenzó a efectuarse por medio de buques mercantes aislados, quedando sometido al control de la Corona y sujeto al pago de impuestos. La medida, cuyo objetivo era reforzar el control español sobre el comercio americano, permitió el despegue económico del Río de la Plata, obteniendo resultados positivos, región que supo adaptarse mejor a la economía centrada en los intercambios por el Atlántico. Gracias a esta medida, los productos llegaban más rápidamente a la metrópoli y se lograba evitar así el contrabando a gran escala.

Por su parte, Buenos Aires no sólo se convirtió en la capital política del naciente Virreinato sino además en el puerto principal de una vasta extensión geográfica, que llegaba hasta el Alto Perú, convirtiéndose en el centro comercial por excelencia del Cono Sur. De este modo, a fines del siglo XVIII, el comercio porteño se benefició notablemente al poder utilizar legalmente una vía más segura y rápida para sus actividades económicas. Las exportaciones de cueros (y sus derivados, como sebo y grasa), provenientes de la Campaña vecina, crecieron hasta alcanzar los 800.000 cueros anuales de promedio (446.750, según otras estimaciones)[15]. Estos provenían, sobre  todo, de las llanuras de la Banda Oriental y de la provincia de Entre Ríos, cuyo crecimiento notable y desordenado fue impulsado por los comerciantes porteños y de Montevideo. En la zona rural de Buenos Aires, donde ya se había agotado el ganado cimarrón por razones de superexplotación, se desarrolló la explotación más ordenada de las “grandes estancias”. Estas circunstancias favorecieron a su vez la concentración de la tierra y permitió un mejor aprovechamiento de la carne (especialmente en manos de militares, funcionarios y comerciantes enriquecidos), que en la época de las rudimentarias condiciones de las vaquerías quedaba abandonada en los campos.

 

LA EXPORTACIÓN DE PLATA ALTOPERUANA

El rubro económico principal de exportación del Río de la Plata entre fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX era la plata altoperuana- la cual se evaluaba en millones- extraída del cerro Rico de Potosí, que salía en forma de monedas (en general piezas de medio real y, a partir de 1794, de un cuarto de real), piñas o lingotes desde la casa de la moneda hacia Buenos Aires y, a su paso, activaba el comercio y la producción regional, para alimentar finalmente el gran comercio de importación. Según Halperín Donghi, de la capital salían anualmente un caudal de plata ubicado al mismo nivel que el total de acuñaciones de la ceca de Potosí. Sin duda, buena parte de la plata escapaba al camino de la casa de la moneda, pero aun así el papel de Buenos Aires como extremo sudamericano de un mecanismo de succión del metálico de las Indias resultaba ineludible para el mantenimiento del orden colonial[16].

A su vez, una buena parte de la plata potosina fluía hacia Buenos Aires para concentrarse en las manos de sus comerciantes, que la enviaban hacia Europa, a cambio de los “efectos de Castilla”, que luego introducían a lo largo y ancho del territorio. Estos comerciantes actuaban como intermediarios en el tráfico activo entre ambos centros y también manejaban un comercio local, que incluía todo tipo de productos regionales y artesanías. Igualmente prosperaron los fabricantes cordobeses de textiles, carretas, muebles o monturas. Algo similar, aunque en menor escala, sucedió con los vinos de  Mendoza y el aguardiente de San Juan, en la ruta a Chile.

Finalmente, una diferencia sensible, sobre todo en la capital, con respecto a las ciudades del Interior estaba dada por la presencia de un sector medio independiente formado por artesanos, quienes pudieron subsistir mediante el contacto directo con su público consumidor. Este hecho se debía principalmente a la existencia de un mercado local más vasto y de exigencias mayormente diferenciadas.

 

MARTÍN DE ÁLZAGA Y EL DESARROLLO DE LA ECONOMÍA MERCANTIL PORTEÑA

En las ultimas décadas del siglo XVIII, en la ciudad de Buenos Aires, el comercio era la actividad económica por excelencia y su ejercicio se consideraba compatible con la “gente principal” (es decir, asociada a los “vecinos” que tenían asiento permanente en la ciudad y “casa poblada”, los cuales se autodenominaban como “gente decente”). Claramente, su poderío económico, la educación recibida- a menudo a nivel universitario- y su refinamiento social superaban largamente a los de los anteriores. Así, de los 2759 jefes de familia censados en 1778, el 24% se identificaba como comerciante, conformando un grupo social bastante compacto. Según la historiadora norteamericana Susan Socolow (1941-2023), ser intermediario entre los mercaderes europeos y los del Virreinato dejaba un alto margen de ganancia[17].

La importancia de las manufacturas europeas y la exportación de cueros- que será por tres cuarto de siglo el principal rubro que representará al Río de la Plata en el mercado mundial- se incrementaron a partir de la apertura comercial borbónica. Las firmas porteñas mas importantes tenían conexión en Cádiz (el único puerto habilitado para el comercio americano) y se asociaban con algún pariente de confianza para que controlara sus negocios en el Interior, donde el Alto Perú (Potosí- Charcas) seguía siendo el mejor mercado. Es por eso que durante este tiempo, Buenos Aires llegó a tener su propia flota mercantil, gracias a la presencia de astilleros que eran construidos en Corrientes y Paraguay. Con ella, los porteños alcanzaron sus nuevos mercados de Europa, América del Norte, África y las islas azucareras del Índico. Para la ciudad, acostumbrada a verse en el más extremo rincón del imperio, ésta era una “experiencia embriagadora” y hasta algunos observadores la proclamaron situada en el “centro del mundo comercial”[18].

En la transición del siglo XVIII al siglo XIX, Buenos Aires incrementó notablemente su importancia mercantil y burocrática, lo que posibilitó que una gran cantidad de casas comerciales españolas se instalaran en la capital. Estos agentes recibían las mercaderías y las distribuían a todo el Virreinato a través de una red de comerciantes asociados. De allí arrancó la exitosa historia de personajes como Martín de Alzaga ( importador, abastecedor del comercio del Interior, armador de barcos y tratante de esclavos) y de la familia Anchorena, quienes tenían, por una parte, corresponsales establecidos en ciudades del Interior como Santa Fe hasta el Perú y,  por otra parte, comisionistas itinerantes que partían con una flota de carretas a vender por cuenta de la casa porteña, lo que establecía una mayor laxitud de las transacciones comerciales.

En materia de inversiones, estos mercaderes compraban propiedades urbanas y campos y prestaban dinero a interés. Hacia 1800 comenzó la apropiación de tierras a gran escala por parte de unas pocas familias del alto comercio porteño que vieron en el negocio rural un reaseguro para su economía. Quienes eran dueños de simples pulperías o de grandes almacenes y barracas para acopiar cueros vivían en casas de patios, de techos de azotea o de teja, en habitaciones adornadas con muebles traídos de contrabando y pasaban largas temporadas de verano en sus quintas situadas en las afueras de la ciudad, como en la costa de San Isidro y en la Cañada de Morón.

 

*BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA:           

[1] La frase fue extraída de Tomas Álvarez de Acevedo, fiscal de la Audiencia de Charcas, 1771.

[2] Fragmento de la Real Cédula del 1º de agosto de 1776, por la cual el rey de España, Carlos III, nombra a Pedro de Cevallos como primer virrey del Río de la Plata.

[3] Lynch, John; “Administración colonial española”, Eudeba, Buenos Aires, 1967, p.45.

[4] El papel de Juan Esteban Anchorena se limitará al de un intermediario entre la Península y el Hinterland cada vez más amplio de Buenos Aires. A fines del siglo XVIII, la fortuna de este comerciante será fabulosa, en parte por la cautela con que su dueño la escondía. Esa fortuna fue ganada aplicando un arte de comerciar muy poco renovado y enemigo de toda audacia: la mayoría de los mercaderes porteños eran consignatarios de casas españolas y, en más de un  caso, parientes de los comerciantes peninsulares de los que dependían, o con los que permanecían íntimamente ligados, lo cual les rendía altas ganancias y un importante enriquecimiento a los agentes locales. En Halperin Donghi, Tulio; “Revolución y Guerra”. Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla. Siglo Veintiuno, 1994,  p. 42.

[5] En el mapa de América del Sur, el Virreinato del Río de la Plata, creado en 1776, era una maciza, compacta figura que desde la Cuenca Amazónica hasta la Tierra del Fuego, desde el Pacífico y los Andes hasta el Plata y el Atlántico, encerraba a las tierras españolas en este rincón austral del continente. Sería inútil buscar en la realidad de la tierra americana esa estructura coherente y compacta. Por el contrario, si trazásemos el perfil de las tierras realmente dominadas y pobladas en esa avanzada meridional del imperio español, tendríamos una imagen frágil y quebrada, en la que se reflejaban las vicisitudes de dos siglos y medio de colonización. Este núcleo permaneció, sin embargo, despoblado por largo tiempo: de él controlaban los españoles tan solo el terreno preciso para mantener las comunicaciones entre el Paraguay, el Interior y el Atlántico. En Halperín Donghi, Tulio; ídem, p. 15.

[6]El sistema de Intendencias sancionado en 1782 dividió al Virreinato en 8 subregiones a las que se les asignó “un intendente con facultades cuidadosamente definidas en los cuatro departamentos de justicia, hacienda, guerra y administración general. Dicha ley había nacido de la tradición administrativa francesa. Se trataba de una suerte de jueces comisionados, quienes residían en la capital de las provincias creadas y estaban al frente de su jurisdicción, recibían amplios poderes para orientar el funcionamiento de la justicia, el gobierno y una mayor racionalización y centralización en el ámbito de las finanzas y de la guerra. En Moutoukias, Zacarías; “Gobierno y sociedad en el Tucumán y el Río de la Plata, 1550-1800”. En Nueva Historia Argentina. Tomo II, Buenos Aires, 2000, p. 399.

[7] De Lázaro, Juan y Marfany, Roberto; “Autoridades coloniales de la ciudad”. En Historia de la Provincia de Buenos Aires y la formación de sus pueblos”. Tomo I, dirigida por Ricardo Levene. Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1941, p. 154.

[8] Sáenz Quesada, María; “La Argentina. Historia del país y de su gente”, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2001,  pp. 134-135.

[9] Moutoukias, Zacarías; ídem, p. 403.

[10] Pese a la resolución del Cabildo abierto del 25 de mayo de dar por concluidas las funciones del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, el Consejo de Regencia de Cádiz nombró virrey del Río de la Plata a Javier de Elío, quien llegó a Montevideo a principios de 1811, declaró a esa ciudad capital del virreinato y a Buenos Aires, ciudad rebelde, y bloqueó su puerto.

[11] Estos eran los instrumentos con los que construían- gracias a un nombramiento en el aparato político-militar o a las alianzas matrimoniales de sus allegados- cadenas informales de mando político que les permitían hacer efectiva su autoridad. En ese sentido, el séquito aparece como una trama de intermediarios, de modo que las mismas condiciones que favorecían su autonomía respecto del poder central eran las que le otorgaban una mayor independencia en relación a los grupos locales y los medios para una mayor capacidad de acción y manipulación.  En  Moutoukias, Zacarías;  ídem, p. 10.

[12] Moutoukias, Zacarías; “Redes personales y autoridad colonial”. Los comerciantes de Buenos Aires en el siglo XVIII. Traducido de la revista ANNALES. Historie, Sciences Sociales, mai-juin, París, 1992.

[13] Halperin Donghi, Tulio, ídem, p. 41.

[14] Hardoy, Jorge Enrique y Gutman, Margarita; “Buenos Aires. 1536-2006. Historia urbana del Área Metropolitana”. Ediciones Infinito, Buenos Aires, 2007, p. 49.

[15] Levene, Ricardo; “Investigaciones sobre la historia económica del Virreinato”. En Academia Nacional de la Historia. Obras, Buenos Aires, 1962, t.2. Garavaglia, Juan Carlos; “Economía, sociedad y región”, passim.

[16] Halperin Donghi, ibídem, pp. 48-49.

[17] Socolow, Susan; “Los mercaderes del Buenos Aires virreinal: familia y comercio”. De la Flor, Buenos Aires, 1991, p. 24.

[18] En Hipólito Vieytes en el número 1 del “Semanario de Agricultura”, 1º de septiembre de 1802, ahora en H. Vieytes, “Antecedentes Económicos”, cit., Buenos Aires, 1954, p. 204.

Información adicional

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2023 /

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