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Boedo

Cuando Boedo era un Petit Hollywood

Jorge Miguel Couselo

Olinda Bozán y Analía Gadé en Las locas del conventillo (1966), .

Sí, amigo lector, también se hizo cine en Boedo. Es decir, se filmaron películas cuando se decía que no era cosa poco menos que de dementes y cuando en el vaticinio de la mayoría tendría fatalmente que fracasar una cinematografía argentina… aunque pudiera exteriorizar bondades.

En la vívida historia boedense hay ese capítulo que todavía reclama coloridas y bien documentadas páginas, que tendrán que leerse con fruición. Abarca diecisiete largos años, desde 1918 hasta 1935, lapso que tal vez tenga la extensión de un siglo para los directores, intérpretes y técnicos que los vivieron y la fugacidad de un meteoro para casi todos los espectadores actuales, que aplauden o desaprueban las películas argentinas pero que no tienen tiempo de recordar a los precursores… Capítulo silencioso, apartado, modesto, olvidado, fue tejiéndose improvisadamente, entre muchos sinsabores, entre inenarrables penurias económicas, con la esperanza de un mañana que traería el anhelado triunfo.

En el país se había intentado ya con cierto éxito una cinematografía nacional. Un hombre que todavía vive a pocas cuadras de Boedo, Eugenio A. Cardini, aficionado a la fotografía, trajo de París, en 1901, un equipo Lumière y filmó varios documentales breves, que alguien cita como “muy movidas y de excelente fotografía”: Escenas callejeras, En casa del fotógrafo, Salida de los obreros, Tedeum del 25 de Mayo (de 1902) y El regimiento ciclista, de las cuales algunas fueron tomadas en la casa de Rioja y Humberto 1 en que Cardini vive aún.

Desde 1900, en ocasión de la visita de Campos Salles, se rodaban noticiosos, que casi siempre tomaba Federico Valle con su cámara que salvaba mil obstáculos y desde 1908 (año de El fusilamiento de Dorrego, de Mario Gallo, con Roberto Casaux, Eliseo Gutiérrez y Salvador Rosich), se hacían películas con argumentos, reconstrucciones históricas, folletines, dramas a la usanza de la  época. Hombres de tan adquirido prestigio en la literatura y el teatro, como Belisario Roldán, García Velloso o Gustavo Caraballo, escribían argumentos, los primeros “guiones” o se lanzaban, adentrándose más en los misterios del cine, a la ambiciosa función de directores, como el mismo Caraballo con Federación o muerte, o el malogrado Felipe Deffilipis Novoa, que hizo Flor de durazno, La loba, La vendedora de Harrod’s y otros films que pusieron por vez primera ante la cámara a Berta Singerman, Carlos Gardel, Gloria Ferrandiz, Ilde Pirovano y muchos más. Otros, como el extraño Horacio Quiroga, hacían la primera crítica cinematográfica de enjundia que se leía en nuestro medio. Y los actores de más fuste no podían reprimir la natural inclinación de actuar frente a los rudimentarios aparatos, acaso con la explicable ambición del comediante de perpetuar ese arte que morirá fatalmente con el mismo.

Fue en 1918 cuando se fundó la Platense Film, que devino en Quiroga-Benoit Film y en donde comienza esta historia. El beneplácito popular que habían merecido dos films de Martínez y Gunche, Nobleza gaucha y Hasta después de muerta, decidió al conocido hombre de teatro Héctor G. Quiroga a intentar una empresa con la estabilidad económica necesaria como para sustentar una verdadera industria cinematográfica. Del vuelo de la empresa da la pauta el hecho de que en su constitución anunció un capital de quinientos mil pesos, aunque probablemente nunca llegó a integrarse. Quiroga contrató los servicios de dos reputados técnicos franceses: Marcel H. Morhangue y George Benoit. Este se le asoció entusiastamente, dejando el puesto de importancia que ocupaba en los Estudios Fox, de Hollywood. La flamante empresa decidió tener sus estudios propios, sus galerías en donde fuera factible el trabajo al menos con comodidades semejantes a las de los establecimientos de Martínez Gunche o de Glucksman. En la calle Boedo, a escasos metros de la avenida Rivadavia, al lado del mercado, en el número 51, había una casona de piezas corridas y amplio fondo, que hubo de servir transformada y equipada, de acuerdo a la ciencia y conciencia de Benoit, cuyas indicaciones se acataban pues estaban solventadas por una experiencia adquirida en medios evolucionados.

Se comenzó a trabajar y hasta el nuevo estudio de Boedo 51 llegaron no pocos artistas de fama en el teatro o nuevos intérpretes que se formaban junto a las cámaras. El más notorio de ellos fue Paul Capellán, actor que había figurado en la Comedia Francesa y en el elenco de la Pathé, y que Benoit trajo desde los EEUU en donde trabajaba para la World. No podríamos asegurar si ¿Hasta dónde?, primera película que filmara Capellán con Camila Quiroga, con una adaptación que él mismo hiciera de Veinte años o la vida de un jugador se hizo en Boedo, pero sí Juan sin ropa. Un hombre popular y querido en el barrio de Boedo, ya para entonces probado en las luchas de la farándula, José González Castillo, escribió su tema policíaco sentimental y en él asomó como intérprete Héctor Quiroga, secundando a su esposa Camila y a Julio Scarcella, los protagonistas. Juan sin ropa fue estrenada con gran pompa en el “Grand Splendid” y “Palace Theatre”, simultáneamente, el 3 de julio de 1919, y al parecer colmó las aspiraciones de quienes la hicieron, pues recorrió venturosamente varios países americanos, Francia y España, en donde fue exhibida ante Alfonso XIII y su corte.

Luego se hace difícil seguir ordenadamente una trayectoria de las actividades cinematográficas cumplidas en la casona-estudio de Boedo hasta su desaparición en 1935, pero es probable que los sucesores de Quiroga-Benoit fueran los hermanos Luis y Vicente Scaglione, productores y expertos fotógrafos que fundaron la Colón Films, cuyos primeros afiches dan cuenta del “Estudios Artístico Cinematográfico Argentino” de Boedo 51.

Hemos conversado con Julio Irigoyen, veterano de cuarenta años de actuación que filmó allí muchas veces, pero sus recuerdos no son suficientemente fieles como para hilvanar disciplinadamente cuanto se hizo por aquellos años, así sucede con casi todo lo concerniente a la era heroica de nuestra cinematografía, que la prensa seria no documentó, indiferentemente. Pero, no obstante, se pueden hacer no pocas citas interesantes que tienen aquí un inestimable valor evocativo, como un vínculo más a ese pasado que se vivió afanosamente en el viejo Boedo.

Acuden en primer término los nombres de José A. Ferreyra (foto) y Nelo Cossimi, de decisiva gravitación en la década que va de 1920 a 1930. El “Negro” Ferreyra, a quien se llamara el Evaristo Carriego de nuestra pantalla. Sus películas con casitas de suburbio, callejuelas de barro, con guapos y muchachas fabriqueras, su cine sencillo y netamente popular, en donde laten siempre buenos sentimientos y moralejas simples, es todo un capítulo. El fue el hombre que urdió muchas empresas riesgosas, monetariamente fracasadas casi todas ellas, pero que en el transcurrir de los años acercaron a sectores cada vez más nutridos de público hacia los films hechos en el país. Sus películas, casi todas rodadas en Boedo y necesariamente apegadas a una especie de estilo semidocumental o neorrealista por la pobreza franciscana de elementos, son: Devuelta al pago, Campo afuera, Palomas rubias, La gaucha, La chica de la calle Florida, Mientras la ciudad duerme, La muchacha de arrabal, Melenita de oro, El arriero de Yacanto, Mi último tango, Organillo de la tarde, inspirado en el tango de González Castillo, La costurerita que dio aquél mal paso, La muchachita de Chiclana, Perdón, viejita…

Nelo Cossimi fue primeramente actor, argumentista y director más tarde, cuyo vigor de comediante alcanzamos a apreciar hace unos diez años en La maestrita de los obreros y Malambo, poco antes de su muerte. Cossimi, que había sido camarada y colaborador de Ferreyra en El tango de la muerte (1917), realizó El remanso, La ley del hombre, Mi alazán tostao, El lobo de la ribera, Federales y unitarios, La mujer y la bestia. El tono histórico y fantástico, respectivamente, de estos dos últimos films, no alcanzó a desdibujar lo esencial de su aporte al cine criollo: un honesto sentido de lo popular, ya en el tema ciudadano, ya en el campestre, con reminiscencias del mejor sainete criollo, cual era también en Ferreyra.

Y Julio Irigoyen, que está dedicado aún al negocio cinematográfico en la misma empresa que fundara en 1913, la Buenos Aires Film, y que quedó rezagado entre los directores de la era parlante, filmó en Boedo Sombras de Buenos Aires, El guapo del arrabal, De nuestra pampa, El último gaucho, La cieguita de la avenida Alvear (que tuvo un cuarto de hora de popularidad, protagonizada por la adolescente Eva Franco, en 1924), Los misterios del turf argentino, La modelo de la calle Florida.

Los nombres de las productoras que desfilaron por la casona de Boedo aparecen borrados por el tiempo: la Cia. Cinematográfica Argentina Mayo, que iniciara Ferreyra y que tuvo fugaz vida; la Colón Film de los hermanos Scaglione; La Porteña Film, la Fattori y muchas, muchas más. Con lo imaginable: triunfos, fracasos, descalabros financieros, deserciones. Y nombres, muchos nombres de actores, de directores, de colaboradores técnicos. Los de algunos que truncaron voluntariamente su carrera respondiendo al imperativo de una distinta vocación. Los de otros que se retiraron modestamente o encontraron el inevitable epílogo de la muerte. Los de los menos que siguen ocupando un puesto en la ensanchada actividad de la cinematografía argentina. Nombres que integrarían tal vez una nómina de docenas y que ahora ceñimos a unos pocos, junto a los ya evocados: Chita Foras, la compañera de Cossimi y actriz de sus películas; Álvaro Escobar, que componía la nota cómica de casi todos los films; José Gola, que tiempo antes de iniciar su breve y brillante carrera asomó fugazmente en una escenita tomada en Boedo; Florentino Delbene, Edmo Cominetti, Alberto Sorianello, Emilio Peruzzi, María Turgenova, Carlos Rinaldi, Totón Podestá, Ada Cornaro, Gumer Barreiros, Olinda Bozán, Rodolfo Vismara, Ricardo Passano (padre), María Esther Podestá, Carmen Valdés, Azucena Maizani, Segundo Pomar, Lidia Lys…

Alrededor de todos ellos está hecha la historia de la casa que aún subsiste, como mudo testigo envejecido y olvidado de un instante de la vida de Boedo que es un capítulo heroico de la cinematografía argentina. Capítulo que se cerró en 1935, tras un lustro de inseguros ensayos de cine sonoro y parlante, no sin antes albergar alguna filmación de la nueva etapa, como Amalia, la segunda versión de la novela de Mármol, dirigida por Luis Moglia Barth, el mismo que años antes se turnaba con los hermanos Torres Ríos en la tarea de hacer títulos de tantos rollos silenciosos tomados en aquella casa.

El último arrendatario fue Ángel Luis Mentasti, que en seguida montara una nueva galería, a escasos cien metros, en Bulnes, iniciando una nueva época, con aguda intuición comercial. Nueva época tras la cual quedaba ese capítulo que alguna vez tendrá que hurgarse y escribirse con paciencia de detalle y que hemos recorrido panorámicamente, sin intento de valoración crítica.

Ese capítulo está también vinculado a otros probables enfoques cinematográficos de Boedo: el de la contribución de sus hombres, desde González Castillo y Carlos de la Púa hasta Homero Manzi, Hugo Mac Dougall y Ernesto Castro, y el del posible precioso aporte boedense a una futura temática vigorosa y popular del nuevo cine argentino….

 

 

Información adicional

Fascículo Nª 28 de la Colección Pliegos de Boedo, publicación de la Junta de Estudios Históricos de Boedo, año 2003

Categorías: Artistas escénicos, Escritores y periodistas, Músicos, compositores y cantantes, Cines, Cosas que ya no están
Palabras claves: Estudios de cine, actores, directores, filmaciones,

Año de referencia del artículo: 2003

 

Olinda Bozan

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