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Ciudad de Buenos Aires

El catolicismo en la Gran Aldea De la Colonia a Rosas, en los relatos de viajeros y cronistas

Miguel Rufo

El Mausoleo del Gral. Manuel Belgrano y el Convento de Santo Domingo., C. 1807.

Este trabajo propone analizar los rituales católicos desde la Colonia hasta la época de Juan Manuel de Rosas, en esa “gran aldea” que fue la Buenos Aires criolla, al decir de Lucio V. López, utilizando en su mayorìa relatos de viajeros y cronistas.C

Como es bien sabido, España se había propuesto la evangelización de América y de ese objetivo resultó una fuerte presencia institucional de la Iglesia Católica. En la época colonial las fiestas o rituales del catolicismo constituían una de las formas dominantes de la sociabilidad. Con las reformas borbónicas, la expulsión de la Compañía de Jesús y la difusión de los principios del Liberalismo y la Ilustración, la influencia del catolicismo disminuyó en algunos sectores de la clase alta o elite. Tras la Revolución de 1810 se desarrollarían las Fiestas Mayas y, junto a las festividades católicas, veremos aparecer un conjunto de ritos seculares donde la ciudad se festejaba a sí misma. Si antes de la Revolución las juras reales y los rituales católicos constituían las principales ocasiones para congregar a los distintos sectores sociales en torno a una festividad, después de aquella, las fiestas civiles, se agregarían al calendario festivo.
Los relatos de viajeros, los periódicos y las memorias son una fuente ineludible para el conocimiento de la cotidianeidad del Buenos Aires de la primera mitad del siglo XIX. Teniendo por base estos testimonios nos proponemos reconstruir un aspecto tan importante de la vida diaria como era la presencia de la Iglesia Católica y el conjunto de sus rituales en la sociedad criolla.
Así, José Antonio Wilde recuerda que: “La concurrencia a la iglesia era casi constante. La verdad es que para cumplir y asistir debidamente a todas las fiestas y funciones de la iglesia, era preciso pasarse en ella gran parte del día y aún algunas horas de la noche”.1 Estas celebraciones contaban con la aprobación de la elite dominante pero, a veces, incluían formas de participación popular, que aquella trataba de impugnar y juzgaba duramente.
Es importante tener en cuenta que trabajaremos con testimonios que datan de diferentes épocas. Unos, como los de Thomas George Love con el seudónimo de “Un Inglés”, o Barber Beaumont, corresponden a la Buenos Aires rivadaviana, cuando la burguesía comercial y los intelectuales del liberalismo político y económico, se habían lanzado a la construcción de un Estado nacional, desde la provincia de Buenos Aires, afectando los intereses de las elites del interior y, consecuentemente, de las autonomías provinciales. Otros, como los de William Mac Cann o Arsenio Isabelle son de la Buenos Aires de la época de Rosas, cuando se revalorizó el catolicismo y los hacendados de la provincia, convertidos en elite dominante, habían atraído a los sectores populares de la campaña y la ciudad, quienes encontraron nuevos canales de participación, para la expresión social de sus costumbres ancestrales.
Para Love, que en 1825 publicó en Londres, sus recuerdos de la “Atenas del Plata”, en los primeros cinco años de su residencia aquí, el catolicismo era una religión de los sentidos mientras el protestantismo era una religión cerebral. Ello condiciona fuertemente su percepción de los rituales católicos. Inglaterra había realizado una reforma religiosa, desde la época de Enrique VIII y aquí, la exaltación del sentimiento sagrado a través de lo sensible: imágenes de devoción, música sacra, procesiones en las calles, le revelaría una forma distinta de religiosidad. Love, de fe protestante, sintió frente al colorido ceremonial católico, que se ha trasladado al mundo de sus lecturas juveniles sobre las instituciones monásticas, que existían en su Inglaterra natal antes de la Reforma.
Ese mundo que sólo conocía por los libros y los relatos escolares, acudía a su memoria, aportándole imágenes de sacerdotes y monjes encapuchados. “En nuestra patria –decía– conocemos esto a través de los libros; pero tener la realidad ante los ojos solicita todas nuestras facultades. Me abandoné a la fantasía, con el pensamiento embargado por el espectáculo que presenciaban mis ojos”.2 Para él, vivir en el Río de la Plata era como hacer un viaje al siglo XV; experimentar en la contemporaneidad del ochocientos la religiosidad de los tiempos anteriores a la prédica de Lutero y Calvino, que sólo se conservaba en España y sus dominios.
Diferente fue la apreciación de Arsenio Isabelle, confesadamente anticlerical, que vio la Inquisición medieval en la Buenos Aires de la época de Rosas “…vi, en 1832, una de las sentencias más ridículas y extraordinarias en un pueblo que se jacta de sus sentimientos republicanos. Es justo decir que la pandilla jesuita, que dominaba entonces en el gobierno, es la única responsable ante el mundo cultural del sacrilegio cometido en esa circunstancia. Fue con motivo de una nueva obra, cuyo título no recuerdo, una obra de principios en el sistema republicano, que un comerciante francés acababa de introducir junto con otras obras de nuestros mejores filósofos, tales como Voltaire, Diderot, Volney, Dupuis, Raynal, Courrier, etc. ¡Cosa increíble! Se apoderaron de todos los libros, encarcelaron a los introductores y se dictó una sentencia, digna de la Inquisición, por la cual se condenaba a todas las obras tomadas a ser quemadas en la plaza pública, frente al Cabildo, mientras el verdugo leería la sentencia en alta e inteligible voz…”.3 Se equivoca Arsenio Isabelle al acusar a los jesuitas de la quema de los libros porque la Compañía de Jesús regresó a Buenos Aires en 1836.
Las imágenes pictóricas y escultóricas de vírgenes y santos, las procesiones, los conventos; todo les parecía a los viajeros, reminiscencias de los pasados tiempos medievales.
¡Que difícil resultaba para Love, por ejemplo, expresar las emociones que acudían a su mente cuando observaba las iglesias, que se destacaban por la altura de sus torres en el conjunto edilicio de una ciudad baja, con casas de una o dos plantas! Y más grande aún era su emoción cuando presenciaba sus interiores, multifacéticamente decorados con imágenes sacras o cuando el paso de una procesión religiosa se convertía en motivo para relatar el esplendor de las mismas.
El catolicismo continuó siendo en el Buenos Aires criollo una conciencia de identidad para vastos sectores sociales. La “Semana Santa” o el “Corpus Christi” eran rituales que afirmaban sentimientos, actitudes y conciencias.
Como veremos, el desarrollo de fiestas seculares, no sólo no eliminó las festividades católicas sino que, además, la iglesia estaba presente en aquellas. El deísmo de la sociedad ilustrada no tuvo mayor influencia en los sectores populares y, si bien la ruptura de los lazos con España condujo al enfrentamiento con el Papado y sectores de la dirigencia eclesiástica, no por ello el catolicismo perdió fuerza como factor aglutinante. Pudo ocurrir, como veremos, que alguna festividad, en un año determinado, disminuyera o perdiera su vistosidad, en parte cuando la pompa dependía de los recursos asignados por el gobierno. Ello aconteció durante el gobierno de Rivadavia en el contexto de las reformas religiosas liberales emprendidas por este. En reacción, las montoneras federales de Facundo Quiroga, que combatieron al liberalismo rivadaviano, lo hicieron bajo la consigna de “Religión o Muerte”.
Examinaremos, primero, las descripciones que los contemporáneos y memorialistas nos dejaron de las iglesias de Buenos Aires y luego las correspondientes a las festividades católicas.

Las iglesias de Buenos Aires
Los viajeros mencionan las iglesias porteñas y esto no debe extrañarnos por cuanto ellas formaban parte de las principales construcciones urbanas. Las guerras de la revolución y la política de extracción de recursos económicos que los gobiernos posteriores a Mayo desarrollaron con el objeto de sostener a los ejércitos expedicionarios disminuyeron el potencial económico de la iglesia, pero no por ello dejaron de destacarse sus construcciones en el conjunto de la ciudad. Así, el comerciante Haigh, que estuvo en América del Sur entre 1817 y 1827, señaló que las principales iglesias son “la Catedral, Santo Domingo, La Merced, San Francisco y La Recoleta; estas son muy grandes y hermosas. En tiempo de los españoles se adornaban con gran profusión de oro y plata, pero las guerras de la revolución las han despojado de sus riquezas, y los altares e imágenes están ahora adornados con oropel en vez de sustancia; prueba evidente del poder menguante de la clerecía, se vio cuando la propiedad eclesiástica se destinó al servicio del Estado, a pesar de que muchos y temibles anatemas tronaron desde el púlpito contra los que fuesen bastante sacrílegos y osados para quebrantar su santidad”.4
No habían pasado cuatro años de la presencia de Haigh en Buenos Aires, cuando Love en su obra Cinco años en Buenos Aires percibió también una disminución del poder y la influencia del clero. Se detuvo a describir la Catedral y las iglesias de San Francisco, San Ignacio, Santo Domingo y La Merced con breves pero significativas líneas. Por entonces (1820-1825), estaba construyéndose el frente de la Catedral; señalaba que “las obras son tan caras que avanzan con suma lentitud”.5 Años después Isabelle nos informa que el retraso de esta construcción se debió a los gastos ocasionados por la guerra contra el Brasil, ya que desde su comienzo los trabajos arquitectónicos se paralizaron. Sin embargo, aún después de superada la coyuntura bélica, la construcción continuó muy lentamente. Luego de un decenio, William Mac Cann apuntaba, al describir la Plaza de la Victoria que “en la parte norte se levanta la catedral, con su fachada de estilo griego no terminada aún… La Catedral es un gran edificio de ladrillos, cruciforme, originalmente de estilo morisco y todavía inacabado”.6 La lentitud de las obras de la Catedral fue corroborada por Wilde: “En lugar de la magnífica columnata, del bello y majestuoso frontis que hoy ostenta la Catedral, veíanse las desnudas y derruidas paredes de un edificio a medio hacer que parecía destinado a no terminarse jamás. El año 22 se hizo algo en sentido de reparación en el frontis, pero todo se hacía allí con tal lentitud y la obra siempre quedaba incompleta, que se hizo proverbial; así cuando alguna cosa llevaba traza de no concluirse jamás, se decía muy comúnmente: ‘¡Bah! Esa es la obra de la Catedral’”.7
El inglés Love, en la época rivadaviana, creía ver la grandeza que en otros tiempos había tenido el catolicismo, no en el exterior sino en el interior de la Catedral, donde se destacaban deslumbrando al visitante, los atavíos de la Virgen y el Niño Jesús como así también la gran cantidad de flores naturales y artificiales, las piedras preciosas que adornaban el altar mayor y el conjunto de las imágenes de santos. Cree advertir una contradicción entre los emblemas pacíficos de las imágenes religiosas y los trofeos de guerra colgados del techo de la Catedral. Eran las banderas de los regimientos españoles derrotados en las campañas libertadoras a Chile y Perú, que habían sido tomadas en Chacabuco, Maipú, Pasco. En 1821, San Martín había remitido desde Lima cinco banderas y dos estandartes, a los que el gobierno, por disposición de Rivadavia, resolvió construirles astas y fundas para su mejor conservación, destinándolas a la Catedral, pudiendo ser desplegadas sólo en los días de las funciones clásicas; es decir en las festividades patrióticas.8 Love consideraba que allí estos trofeos de guerra constituían una contradicción con el mensaje cristiano identificado con la paz y la devoción a Dios.
Pero el objetivo era exponer públicamente los emblemas de la victoria en las luchas por la independencia y en las guerras por la integridad territorial del “Estado nacional”, ya que las banderas tomadas por el Ejército republicano, en la lucha contra el Brasil, por la reincorporación de la Banda Oriental a las Provincias Unidas, también se exponían en la Catedral. Así lo registra Beaumont, cuando al describir su interior, indica: “Unas pocas banderas se hallan suspendidas de las pilastras que forman las naves laterales; entre esas banderas se encuentran las tomadas a los brasileños en la presente guerra”.9
William Mac Cann describe así el interior de la Catedral: “La belleza interior del templo deriva, en mucho, del contraste que ofrece con el exterior. El piso está formado por mármoles blancos y negros; sostiene la bóveda del techo, separando las naves, una serie de macizas columnas con capiteles dorados. Adheridos a los pilares que sostienen la cúpula, hacia el Este, hay dos púlpitos de ricas tallas doradas y lujosos doseles; puede subirse al púlpito por medio de una escalera, empotrada en el pilar. El altar mayor es también de grandes proporciones y se levanta hasta el techo de la iglesia; tiene ricas tallas doradas y pintadas, como también otros adornos y cuadros. Sobre una plataforma se levanta el trono del Obispo y, enfrente, el sillón del Gobernador. Cuando la iglesia está iluminada, el conjunto resulta esplendoroso. Al extremo de la nave hay un altar reservado que llaman de la ‘Divina Pastora’, donde puede verse la imagen de una pastora rodeada por su rebaño. Entrando, a cada uno de los lados, se encuentran pilas de agua bendita, en mármol esculpido. Próximo a la entrada está el Bautisterio; la fuente bautismal se halla cubierta por una tapadera horadada, de unos dos pies de alto; las puertas se mantienen cerradas con llave, como se hacía en la Edad Media. Hay trece altares en las naves laterales; seis de ellos son fundaciones particulares y el Capellán recibe un estipendio anual para decir misas por el alma del donante, su familia y amigos, vivos o muertos. La Sacristía, el Lavatorio y la Sala Capitular, están bien arreglados y tienen mesas de mármol. Los ornamentos de los celebrantes y los vasos sagrados son valiosos”.10
En la Catedral era importante la música sacra. “En los años que siguen a la revolución de 1810, la tradicional música litúrgica en nuestros templos sufre una desviación por influjo del romanticismo lírico y la ópera italiana. Es sorprendente observar la intromisión en la actividad musical de los templos, tanto en Buenos Aires como en el interior, de las bandas militares que interpretan aires profanos y misas ‘a toda orquesta’, con trombones, triángulo y timbales, entre otros instrumentos.”
En el libro de Love, publicado en Londres en 1825, se describe el ambiente de la ciudad en los años 1820-1825, con notable maestría. El autor, refiriéndose a la música eclesiástica, expresa: “El órgano y el coro de la Catedral son buenos; las notas del primero, vibrando a través de las naves del templo, producen una impresión muy intensa. La música que se canta en la misa es a veces hermosa; el cuerpo del coro está compuesto por las mejores voces sacerdotales y de muchachos. El padre Juan de la Catedral posee una hermosa voz de bajo. El himno religioso Adestes Fidelis, es cantado con arte. Escogen siempre música profana. Mis amigos ingleses se sentirían horrorizados al saber que en una iglesia de Buenos Aires se ha cantado la deliciosa aria inicial ‘Ved que del Océano se Eleva’, de nuestra opereta Pablo y Virginia. En la iglesia de la Merced hay un regimiento que asiste al servicio divino cuya banda suele interpretar trozos musicales…”.
El presbítero José Antonio Picasarri, quien por sus ideas realistas fue alejado de su cargo de maestro de capilla de la catedral, volvió a ocupar esa plaza en 1823, reemplazando a Fray Juan Moreno, desterrado por haber intervenido en la conspiración del 19 de mayo de 1823. Picasarri fue el último de los viejos maestros de la época colonial que actuó en nuestros templos. Se desempeñó en la Catedral y en los templos de Santo Domingo (1823), San Nicolás de Bari (1828), San Ignacio (1832), San José de Flores y otros. En los documentos de la época se invoca su inteligencia para la música y su habilidad tanto en el canto llano como en el figurado, así como su destreza para tocar el órgano.
Picasarri ocupó un lugar de primerísima importancia en la historia de la música eclesiástica argentina, debiéndose a sus inquietudes el estreno en los templos de Buenos Aires de obras maestras del género sacro, entre ellas, el Réquiem de Mozart (funeral de Dorrego en la Catedral, 21 de diciembre de 1829); la Misa Solemne de Cherubini (festividad de Nuestra Señora del Rosario, en la iglesia de Santo Domingo, en octubre de 1832); la Misa en Re Mayor de Beethoven (día de San Ignacio, 31 de julio de 1836 en la iglesia de San Ignacio); la Misa de Hummel, a 4 voces, órgano y orquesta (29 de junio de 1843, en la Catedral); etc.
Love, en el British Packet de Buenos Aires, del 28 de abril de 1832, describió las funciones del Viernes Santo en la iglesia de San Ignacio: “Allí la música desplegó sus sonidos poderosos y dulces. Los arreglos musicales estuvieron bajo la hábil dirección del Rev. Padre José Antonio Picasarri”.11
San Francisco era el templo predilecto de “Un Inglés”; se le presentaba como el más ricamente adornado, destacándose: 1) los azulejos de sus torres que tenían la apariencia del mármol; 2) las vírgenes y santos, por lo vistoso y llamativo de sus vestidos y 3) la apariencia de lámina de oro que adquiría el altar cuando estaba iluminado. Por el contrario, San Ignacio, le resultaba sombrío, juicio que tal vez no dejaba de estar influido por el altercado que había tenido con un sacerdote franciscano cuando este le “informó que los ingleses estaban de más en ese sitio (y lo tomó) del brazo para indicarle la puerta de la salida”.12
Aunque Love relativizaba este altercado, el mismo puede ser interpretado como producto de cierto resentimiento en sectores del clero, frente a las concesiones que en materia de culto se habían hecho a los ingleses, conforme el tratado de 1825. Así el artículo 12, decía: “Los súbditos de Su Majestad Británica residentes en las Provincias Unidas del Río de la Plata, no serán inquietados, perseguidos ni molestados por razón de su Religión; más gozarán de una perfecta libertad de conciencia en ellas celebrando el Oficio Divino ya dentro de sus propias casas, o en sus propias y particulares Iglesias o Capillas; las que estarán facultadas para edificar y mantener en los sitios convenientes que serán aprobados por el Gobierno de dichas Provincias Unidas; también será permitido enterrar a los súbditos de Su Majestad Británica, que murieren en los territorios de las dichas Provincias Unidas en sus propios Cementerios que podrán del mismo modo libremente establecer, y mantener….”.13
Años más tarde, en 1930, se iniciaba la construcción de la primera iglesia cristiana no católica en Buenos Aires: “El lunes 5 del corriente –escribió Love– el encargado de negocios de Su Majestad Británica colocó la piedra fundamental de la Capilla Protestante Británica en esta ciudad. Reunidos los miembros del Comité a cargo de la dirección, el capellán rezó una plegaria por el éxito de la tarea que habría de iniciarse. Al colocarse la piedra fundamental, mister Parish pronunció las siguientes palabras: ‘En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, un solo Dios, bendito por siempre, coloco esta piedra fundamental de la Capilla Protestante de los residentes británicos en Buenos Aires, que será llamada y conocida como la Capilla Británica de San Juan’”. 14
En cuanto a la iglesia de la Merced, Love sólo nos dice, que era muy concurrida y que contaba con numerosas vírgenes, madonas y cuadros sagrados, sin entrar en mayores especificaciones. Pero indudablemente la iglesia que despertaba las más enconadas pasiones era Santo Domingo. El testimonio vivo de la derrota de Beresford y Whitelocke en 1806 y 1807, se tornaba presente en las banderas inglesas ubicadas en un sector de la iglesia y le hacían pensar que “esta ciudad es casi la única del mundo que puede vanagloriarse de la posesión de estos trofeos”.15
Si Love no podía sustraerse a la derrota de sus paisanos, un partícipe directo de esas invasiones, Alexander Gillespie, nos dejó en Buenos Aires y el Interior, sus recuerdos de Santo Domingo: “Cuando nuestros enfermos y nuestros heridos fueron trasladados para curarse al Convento de Santo Domingo, tuve frecuente oportunidad de presenciar el sistema, el trato suave y las habilidades médicas de algunos de la hermandad en esa comunidad. Se puede decir que combinan un aprovechamiento regular de teología, botánica y cirugía. Bajo dos padres están veinte hermanos legos que se ocupan siempre, en los espaciosos jardines anexos al edificio, de plantar, recoger y afirmar las virtudes de sus ilimitados productos, de administrar remedios a los enfermos, para los que hay algunos pupilos alegres; de menores atenciones domésticas, por turnos y, en aquellos deberes establecidos de devoción, que se observan con rigidez en este claustro bien ordenado. Se veían muy a menudo entre ellos unos lindos jóvenes aspirantes para la iglesia, novicios calificados, vestidos con manteos negros, cinturones prendidos y, por otra parte, sumamente corteses”.16
Si Tomas George Love contrastaba en sus emociones los trofeos de la victoria de criollos y españoles sobre los planes expansivos británicos; Gillespie, que sufrió la derrota, sin embargo, fue capaz de reconocer en la organización de los dominicos, su incursión en cuestiones de herboristería y sanidad y los servicios prestados a los heridos y enfermos ingleses. Y como muestra de la gratitud del Regimiento 71 “Highlanders”, hacia los sacerdotes que les suministraron las atenciones médicas necesarias, se conserva en el Museo Histórico Nacional, un interesante reloj, que le fuera obsequiado por aquellos soldados a los monjes betlehemitas.
Decimos interesante, por su simbolismo religioso. En el pedestal sobre el cual se encuentra el reloj, pueden distinguirse dos figuras de cuerpos leoninos, con las cabezas humanas mirando en dirección contraria. Esas dos esfinges pueden ser interpretadas como una representación escultórica del dios Aker, divinidad del antiguo Egipto que representaba en los mundos subterráneos, el Ayer y el Mañana, lo que fue y lo que será, era el que dispensaba la protección a Osiris, el dios- vegetación, para que volviera a levantarse (resucitar) después de ocultarse (morir). Muerte y Resurrección de la vegetación (Osiris). El simbolismo del reloj, se puede asociar con la génesis de la egiptología, a partir de las campañas napoleónicas en Egipto y la difusión en Europa de los conocimientos de esa civilización antigua. La circunstancia de que fuesen los Betlehemitas, los que recibieron el obsequio, libera al donativo de cualquier parcialidad a favor de los ingleses; ya que la orden betlemita fue la única, según Juan María Gutiérrez, que no firmó la declaración de principios elevada por las órdenes religiosas al general Beresford, en la que decían “No nos atrevemos a pronosticar el destino del nuestro, pero sí a asegurar que la suavidad del gobierno inglés, nos consolará del que acabamos de perder…”.17
Las relaciones entre los ingleses y los sacerdotes católicos fueron percibidas de distinta manera, según el momento histórico. Pero, en general, ninguno de los viajeros, podía sustraerse al describir Santo Domingo, de relatar el episodio de la lucha contra los ingleses. Isabelle decía: “Siguiendo nuevamente por Reconquista, llegamos a otra iglesia; es la de Santo Domingo, notable porque en ella se advierten todavía las balas de los ciudadanos dirigidas contra los ingleses que en ella se habían refugiado y que pronto se vieron obligados a capitular”.18
Algunos ingleses se negaban a reconocer el valor del pueblo. Uno de estos leales súbditos de John Bull escribió: “He contemplado estas banderas con las memorias más dolorosas, habiendo sido obtenidas de la forma en que lo fueron, no en batalla abierta, sino por enemigos escondidos e inaccesibles; y he sentido el sino de mis desgraciados compatriotas, asesinados, sin ninguna oportunidad de tomar represalias, por aquellos que no hubieran sido capaces de mantenerse en pie frente a ellos por más de media hora en un campo de batalla despejado. Todos los años, el aniversario de la derrota británica se celebraba con procesiones, misas mayores u otras solemnidades”.19
En las iglesias se realizaban numerosos oficios a partir de las seis de la mañana y se reiteraban numerosas veces durante el día. Las señoras de la clase alta iban acompañadas por sus sirvientas. “Las damas entonces (cuando llega la hora del oficio religioso) se ven en grupos seguidas de muchachas negras y mulatas llevando alfombras de los colores más vivos para arrodillarse, pues los templos carecen de escaños y están pavimentados con piedra o ladrillo”.20
León Pallière, nos ha dejado una litografía de la Semana Santa en Buenos Aires donde se puede apreciar una imagen de la porteña en la Catedral, que responde a la descripción indicada. Acudir a misa, era para las mujeres de la elite, una buena ocasión para lucir sus mejores vestidos. Samuel Haigh relata que “Una beldad española saca gran ventaja del vestido de misa, de seda negra perfectamente ajustado al cuerpo: mantilla blanca o negra puesta graciosamente en la cabeza, que a veces contrasta con un chal de seda de color vivo sobre los hombros; los zapatos y medias son de seda blanca porque las damas españolas nunca usan medias negras o azules y se enorgullecen mucho de sus pies, lo que no es de admirar, pues generalmente muestran pie muy pequeño y bien torneado tobillo”.21
También Beaumont llama la atención respecto de la belleza de las mujeres porteñas, en ocasión de asistir a misa “Las iglesias son grandes edificios de ladrillo, cubiertos con cúpulas y con sus interiores hermosamente adornados. En estas iglesias se celebra misa con todo el aparato acostumbrado. Sin embargo, lo que constituye el mayor atractivo para los viajeros jóvenes, son las mujeres tan bellas, arrodilladas, con sus mantillas sueltas sobre la cabeza y el cuello, las miradas suspensas y como ajenas a este mundo mientras se desarrolla el acto de la misa. Las porteñas despiertan así, tanta admiración como respeto. En el momento de entrar en la iglesia, o cuando salen de ella, abandonan un tanto ya esa actitud y se muestran llenas de vivacidad y de gracia. Hay una libertad y gracia peculiar en el porte de una bella porteña, que todos, sean quienes sean, reconocen”.22 La entrada a la iglesia era un mundo particular donde podían verse numerosas jovencitas que, junto a sus madres, concurrían al oficio; mendigos, que imploraban limosna en nombre de Dios o de la Virgen del Rosario, entre los cuales se encontraban no pocos ladroncillos, que disimulaban un impedimento físico, para luego alzarse con algún objeto valioso de un ocasional concurrente; o algunos coches en que se trasladaban las familias adineradas.
Por su parte, Emeric Essex Vidal, nos dejó en una acuarela, el mundo exterior de la iglesia de Santo Domingo, hacia la segunda década del pasado siglo. Podemos apreciar la maciza fachada del templo, con un arco central y dos laterales, presentando una sola torre, la que corresponde a su sector oriental, hacia la ribera del río. Frente al templo, a una cierta distancia de su entrada, el pintor representó tres grupos de mujeres, ricamente vestidas con mantillas negras y blancas y abanicos en las manos; dos de ellas están acompañadas por sirvientes; uno es un muchachito, que bajo sus brazos, lleva las alfombras, que se utilizaron para arrodillarse en el interior de la iglesia. Mientras en un primer plano se destaca la “conversación familiar” entre dos mujeres; una niña, al lado de una de las señoras, aguarda, con las manos en cruz sobre el pecho, el final del intercambio de las salutaciones cotidianas. Hacia el fondo, al lado del arco central, se aprecia todo un grupo de asistentes a la iglesia. Recostados en uno de los laterales de dicho arco, y en forma apiñada, sentados unos junto a otros, se pueden ver unos mendigos. Asimismo el lateral occidental de la iglesia, que da hacia la actual calle Defensa, se lo ve animado por siete transeúntes, siendo los que más se destacan, dos mujeres, una de ellas con un gran peinetón. Así, un ocasional observador, podía ver ante la entrada de un templo católico las diferencias sociales y determinados hábitos o costumbres del Buenos Aires criollo.
Dice Vidal “La iglesia de Santo Domingo, con su monasterio adjunto, ocupa una cuadra entera, o sea un área de ciento cincuenta yardas cuadradas, y es objeto de curiosidad, como lugar donde el general británico Craufurd fue acorralado, obligándolo a rendirse, cuando se llevó a cabo la infortunada tentativa de reconquistar la ciudad el 5 de junio de 1807; aunque, si él lo hubiera sabido, podría haber escapado por una salida falsa que da a la calle Agua y tal vez hubiera podido ganar la Residencia, a cubierto de los fuegos del fuerte (…) Conmemorando la rendición del general Craufurd, la bandera se iza en esta iglesia, y el aniversario de nuestra derrota se celebra en Buenos Aires con una gran función, procesiones, misas cantadas y otras solemnidades. La iglesia de Santo Domingo se encuentra en un estado de ruina y no tiene nada que valga la pena mencionar, salvo la bandera y un buen órgano. Los dominicos conservan cuidadosamente en la única torre que les queda, un número de marcas que aseguran fueron hechas por las balas de cañón y fusil de las tropas británicas. Sin duda deducen que su santo patrón la sostuvo apoyando sus hombros, porque únicamente semejante milagro la hubiera mantenido en pie, si solamente seis de los cañonazos, en lugar de los seiscientos que se ven, hubieran dado en ellos…”.
“El traje de iglesia no ha sufrido cambio alguno, sino que conserva su carácter español; está siempre hecho de seda negra y se usa con medias de seda blanca y zapatos de raso blancos. Se considera indecoroso asistir a misa con vestido de color. Algunas veces se llevan velos blancos y adornos del mismo color, en los vestidos de las jóvenes, que, como siempre van ataviadas igual que las damas y tienen un aire de exagerada formalidad”.23
Pocos años después, Tomas Love también observaría: “El vestido negro que usan las señoras para ir a la iglesia y que yo tanto admiro, es una antigua indumentaria española: la basquiña”.24 Y, en 1830, el periódico La Argentina hacía referencia al vestido de iglesia de las mujeres con las siguientes palabras: “Costumbre de iglesia de una bella a la moda de Buenos Aires, en un día de ‘gran función’: Vestido de seda negra de Pekín, cinturón plateado con hebillas de brillantes, collar, cadena de oro que cae hasta la cintura, aretes con tres pendientes. Mantón de punto negro francés, sostenido con un broche de brillantes y arreglado con muy buen gusto y de tal modo que deja ver parte del peinetón. Otro broche sobre el pecho, guantes de retrato, abanico de filigrana de oro, pañuelo de mano ricamente bordado, medias con lista ancha y algunas angostitas y zapatos de cabritilla con moños. Vestimenta del sirviente: fraque azul abotonado y pantalones del mismo color, chaleco y corbata blancos, botas lustrosas, sombrero de hule con galón de oro. Lleva, además, una rica alfombrilla o tela para el piso de la iglesia”. 25 Como vemos, la iglesia también era ocasión para exhibir una rica y lujosa vestimenta.
En otro orden de cuestiones, las iglesias servían de puntos de referencia para orientar a una persona hacia el lugar donde tenía que dirigirse. En los periódicos de la época podía leerse: “De la Merced dos cuadras para el campo y una para el Retiro, calle del Empedrado, se venden y alquilan coches y sopandas y otros carruajes de esta especie, nuevos, a precios equitativos. En la misma casa o hueco donde vive el dueño y maestro de este arte” o “Una casita en el atrio de la iglesia de Montserrat, quien quiera comprarla véase con el señor doctor Sola que vive en ella”.26

Las festividades católicas
“Durante los años virreinales (…) (las celebraciones de la iglesia): Semana Santa, Festividad del Santo Patrono, Procesiones rogatorias, eran acontecimientos que la población vivía como propios. Su presencia en definitiva era la dominante cuando, con algún signo de su pertenencia, o en ejercicio de algunas de sus funciones (la iglesia) salía a la calle. Desde luego existía consenso general en atribuirle poderes sobrenaturales y a ella se recurría, sin distinción de clases, en búsqueda de soluciones en períodos de crisis o catástrofes”.27
Es frecuente leer en las Actas del Cabildo acuerdos donde los regidores resolvían encargar misas y rogativas para salvaguardar a la ciudad de las diversas calamidades naturales que podían abatirla: pestes o contagio, sequías y otras. Siempre el Cabildo era la institución que comisionaba la organización de las rogativas religiosas: “Se hizo presente por el Señor Síndico Procurador General la necesidad en que nos hallamos de implorar el divino auxilio por medio de nuestro Patrón San Martín haciéndosele un Novenario para ello a fin de que nos socorra con el agua que necesitan las Campañas, y la Salud del pueblo aquejado con muchas enfermedades: y siendo manifiesto a este I. C. Acordaron se dirija oficio al Señor Gobernador para que dé su servicio y licencia para hazer este gasto señalándose para que empiece el día veinte y uno de este mes, y a fin de que haya el concurso que exige la presente necesidad, suplicar se promulgue por bando para que llegue a noticia de todos, y se cierren a las nueve de la mañana las Puertas de Tiendas y Pulperías durante ellas. Y mediante que en un asunto tan importante a todos se espera de los Prelados de las Religiones contribuirán gustosos al logro de este particular se acordó que por los señores Don Manuel de Arana y Síndico Procurador General se les pida contribuyan por su parte al mismo tiempo que en la Catedral el hazer las plegarias y rogativas a Dios Nuestro Señor diputándose igualmente para ver al Señor Deán y hazer las demás diligencias conducentes al logro del fin, con lo cual se concluyó este Acuerdo que firmaron dichos Señores de que doy Fe”.28
Con posterioridad a la Revolución de Mayo, decayó la influencia social de la iglesia, lo que se manifiesta en la disminución del número de clérigos. Así, mientras en 1778, había 549 religiosos para una población de 24.500 habitantes, para 1854 había 534, cuando la población había aumentado a 91.500.
Al decir de Tulio Halperín Donghi la ciudad comenzó a desarrollar una liturgia revolucionaria, concretamente las Fiestas Mayas donde celebraba sus glorias y su ascenso social y político. Pero no menos valedero es que, a pesar del desarrollo de las fiestas cívicas (25 de Mayo y 9 de Julio) las festividades religiosas continuaron siendo un factor de aglutinamiento social que conservaba su consenso y poder de convocatoria. Podían, en algunos casos, haber perdido brillantez, pero continuaron celebrándose y los viajeros las registraron en sus crónicas y relatos, aunque también mostraron la contraposición de sentimientos.
“Bajo el régimen español –decía Love– la cuaresma era la época más triste del año; hoy es la más alegre: óperas y ballets hacen las delicias del auditorio; dos o tres veces por semana se interpretan selecciones del Barbero de Sevilla, Fígaro, Enrique IV, etc.”.29
El mismo Love nos dice que la primera procesión que vio en su vida fue la de la Virgen del Rosario. La iglesia de Santo Domingo era el eje de esta festividad cuya procesión recorría varias calles de Buenos Aires. Ese día, la ciudad se engalanaba, se colocaban pequeños altares en las puertas de las casas, sus fachadas eran especialmente decoradas con imágenes religiosas y los balcones se convertían en otros tantos lugares para observar el paso de los feligreses que acompañaban por las calles el paso de la imagen de la Virgen. Esta, lujosamente ataviada, era conducida por un grupo de soldados, tras un sacerdote que, con una larga cruz, encabezaba la procesión. Los fieles, portando cirios, efectuaban cánticos y rezos mientras el oficiante, junto a sus servidores, quemaba incienso frente a la imagen. Una banda militar era la encargada de tocar la música religiosa al son de la cual se entonaban los cánticos. Los soldados desempeñaban un papel importante en esta procesión: eran ellos los encargados de llevar la imagen de la Virgen, abrían y cerraban la marcha en apretados grupos y su banda militar aportaba los compases musicales.
Recordemos que Liniers, había reconquistado Buenos Aires en agosto de 1806, bajo la advocación de la Virgen del Rosario, y que se había juramentado a depositar en la iglesia de Santo Domingo, las banderas que le fueran arrebatadas a las fuerzas invasoras. No nos debe, por ende, resultar extraño el importante papel desempeñado por los soldados en la procesión de la Virgen del Rosario.
Como contradiciendo a Love se ha conservado una litografía coloreada de Carlos E. Pellegrini, de 1841, donde podemos ver los momentos iniciales de la procesión de la Virgen del Rosario. La imagen es llevada en andas por un grupo de civiles, alrededor de los cuales se destacan integrantes de la banda musical y el portador de un cirio. Más atrás en la fila, saliendo de la iglesia, un nutrido grupo de hombres y mujeres se dispone a participar de la procesión. El paso de la misma es recibido con recogimiento por los transeúntes, en actitud devota, mientras dirigen sus miradas y rezos hacia la procesión. El día es soleado, un conjunto de pájaros revolotea en torno a la torre del templo de Santo Domingo; todo transmite, en la composición litográfica, clima de festividad.
Tal como dice The British Packet la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, que se realizaba en el mes de octubre, tenía la particularidad de ser una fiesta de primavera. La “rosa nueva” florecida, hermosa antes de marchitarse, era ofrecida al santo favorito de los devotos. Una vez más el color, las luces de la iglesia, el flamear de banderas de diversas naciones, resaltaban el nivel de las emociones y sentimientos de la religiosidad católica en un acto procesional, que generaba una gran concurrencia entre las mujeres.
“Los días en que se realizaba alguna celebración religiosa, una o más bandas de músicos se ubicaban en el atrio, y acompañaban con música el paso de las procesiones. Históricamente famoso (por las Invasiones Inglesas) Santo Domingo fue cerrado en tiempos de Rivadavia y, recién en 1835, Rosas dispuso el retorno de los dominicos, con frailes ‘adictos, fieles y pronunciados decididamente por la causa nacional de la Federación Argentina’”.30
El 6 de diciembre era el día de otra festividad importante: San Nicolás de Bari. La iglesia de este santo estaba especialmente iluminada. Nuevamente las calles y fachadas de las casas eran decoradas y en los atrios de las iglesias se colocaban pequeños cañones para anunciar, con sus detonaciones, el momento en que la imagen del santo era sacada de la iglesia para ser paseada por la ciudad. Nos indica Love que en 1824 “debió realizarse una procesión, pero el gobierno, no quiso pagar los gastos y la iglesia, en su actual situación, no puede costear estos lujos. Los devotos murmuraban sus aves marías entremezclándolas con juramentos poco católicos; pero como San Nicolás no intervino para ayudarles, el día transcurrió con tranquilidad”.31
Esta situación pone de manifiesto no sólo las penurias económicas sino también las tensiones políticas derivadas de las reformas religiosas de Rivadavia. Entre el gobierno y algunos sectores del catolicismo se habían producido picos de enfrentamiento, que llevaron a aquellos que se consideraban firmes defensores de la tradición católica a hablar de la apostasía de Rivadavia y Agüero. Arsenio Isabelle nos comenta las luchas entre Rivadavia y el clero, como una manifestación de la renovación económica y social, promovida por el Presidente. “La iglesia de Santo Domingo dependía de un convento de dominicos, suprimido por Rivadavia. Ese legislador ha logrado más provecho del convento destinando la planta alta a cursos de física y química y los altos a un museo de historia natural”.32
Otra festividad importante era la de Corpus Christi. Así, en 1786, el Cabildo de Buenos Aires había dispuesto: “La fiesta del Santísimo Cuerpo de Christo está recomendada por el Rey nuestro Señor, y tiene prevenido como es justo que se haga con la mayor ostentación y aunque para el efecto sería mui poca cosa que se insumiesen muchos caudales, no obstante atemperando este M. I. C. A las muchas necesidades, que padece el público, y haciendo la Cuenta de lo que por ahora ha conceptuado por mui preciso le parece que podrá hacerze con la suma de seiscientos pesos”.33
Después de la Revolución de Mayo, el Cabildo continuó preocupándose de esa festividad. “Se vieron las Cuentas que presentó el Señor Alcalde de Segundo voto comisionado del costo, que tuvieron las funciones de la Santísima Trinidad y Corpus Christi importantes la primera setenta y cinco pesos y la segunda doscientos ochenta y ocho pesos sin inclusión de la Cera. Y los SS acordaron pase a la Contaduría, y que fecho de cuenta con el resultado de su examen”.34
Love en The British Packet informaba en julio de 1828: “El 5 del corriente se celebró el día de Corpus Christi con las solemnidades habituales. El gobernador marchó en procesión desde el fuerte a la catedral, flanqueado por fuerzas de infantería. El capitán Posolo, edecán del general Fructuoso Rivera, figuraba en el cortejo. La bandera brasileña que trajo de Misiones fue colocada cerca del altar mayor de la catedral, la que estaba colmada de gente. La hermosura del día atrajo a numerosos espectadores a la plaza. Las casas de los alrededores estaban decoradas con sedas y muchas damas elegantes contemplaban la escena desde los balcones. A las 12.30 los cañones del fuerte anunciaron la conclusión de la misa mayor; entonces, la procesión abandonó la catedral, acompañada por las autoridades eclesiásticas y por 26 frailes franciscanos, los únicos que actualmente quedan de la otrora numerosa comunidad; el aspecto que presentaban con sus vestimentas de épocas pasadas, la remembranza de otros tiempos, el hecho de que el sistema monástico probablemente terminará con ellos, despertó más que simple curiosidad. Son casi todos hombres viejos, que deberán muy pronto, siguiendo el curso inexorable de la naturaleza, abandonar este mundo cambiante. “La vida no es más que un largo, misterioso sueño”.
“Entre los frailes observamos a uno de mediana edad; su interesante aspecto y hermosa cabeza rasurada y una larga barba negra podrían servir de modelo para un pintor. Se nos dijo que es la misma persona que fue capturada en una presa, tomada por el corsario Sin Par en la costa brasileña, y que es italiano de nacimiento”.35
Alcides D’Orbigny también menciona esta festividad: “Noté, con motivo de la fiesta del Santísimo Sacramento, que el clero había cambiado por completo de posición, como en la época de Rivadavia; marchaba con la cabeza alta y era fácil comprobar que su reino había llegado con el gobierno federal.”36
También el día de San Francisco daba oportunidad para nuevas celebraciones. “El sábado pasado fue la víspera de la festividad de San Francisco; como el tiempo se mostró bueno, las calles y los negocios estuvieron llenos, en especial estos últimos, de mujeres y de muchos paisanos a los que los acontecimientos recientes trajeron a la ciudad. La iglesia de San Francisco fue el punto de atracción, para escuchar la música de las vísperas y admirar el esplendor que el interior del templo presentaba, la profusión de luces, los brillantes altares, las flores naturales y artificiales y los frailes deslizándose por aquí y por allá. Entre ellos reconocimos al fraile italiano capturado durante la última guerra, en su viaje hacia el Brasil, por el corsario Sin Par. La concurrencia de damas devotas del santo, era también muy grandes y algunas de ellas poseían ‘la juventud, la lozanía, la belleza, que se combina en muchos seres anónimos que buscamos, cuyo curso y origen no sabemos, ni sabremos’. Hubo un tiempo en que estas escenas tenían para nosotros ‘pleno encanto’, pero aún ahora mantienen su atractivo, a pesar de nuestra larga residencia aquí. Verdaderamente en ellas había mucho como para interesar al extranjero protestante. Por otra parte faltar al respeto de la religión establecida en un país y a sus ceremonias es tan reñido con lo prudente como con lo correcto. A las 10, las vísperas terminaron y ‘los seglares se retiraron a descansar’. El domingo, día de San Francisco, se celebró misa mayor en dicha iglesia. La concurrencia fue numerosa en extremo, particularmente de damas ataviadas con negras ropas de iglesia, con ‘velo y abanico’. En la tarde tuvo lugar la usual procesión, por las calles cercanas a la plaza de la Victoria; las casas estaban decoradas con sedas y otros ornamentos y se dispararon cohetes. El tiempo calmo aumentó el buen efecto y las ceremonias de este año parecen haber sido de mayor calidad de algunas de años anteriores. Por la noche, el exterior de la iglesia estuvo iluminado por unas pocas lámparas, pero en número suficiente para volver ‘la oscuridad visible’. Durante el día, de acuerdo con una vieja costumbre, se ejecutó música junto a las casas de unos cuantos Franciscos y Franciscas, los Franks y Fannys de nuestra lengua”.37
Se repite un conjunto de costumbres generalizadas: el vestido negro de las mujeres, la iluminación especial, el asombro del protestante frente al ritual católico; presentándose la particularidad de cantar canciones ante las casas cuyos moradores tuviesen el nombre de Francisco.
Respecto de la festividad de Nuestra Señora de las Mercedes dice Love en el diario inglés: “Esta festividad, que se conmemora el 25 de septiembre se celebró este año en Buenos Aires con más esplendor del acostumbrado. Por la tarde del 23 se celebró un servicio religioso en la iglesia de la Merced, cuyos altares fueron iluminados y ornamentados con gran brillo en esta ocasión, pero, a causa de la lluvia, la concurrencia fue escasa. Esta circunstancia nos brindó una excelente oportunidad para observar con más detenimiento la soberbia decoración. En la tarde del 24, la iglesia se vio totalmente colmada, especialmente por mujeres; el altar mayor, la imagen de Nuestra Señora de las Mercedes, los altares dedicados a los distintos santos y la sacristía, estaban adornados con flores ratifícales e iluminados con muy buen gusto; el espectáculo era de una belleza tan deslumbrante, que supera nuestro poder de descripción. Terminada la ceremonia, la iglesia permaneció abierta, y mucha gente acudió a visitarla, observando cada altar, los claustros y la sacristía. Todos los concurrentes, incluidos nosotros nos mostrábamos renuentes a abandonar el lugar. En la semana del 25 se hicieron los preparativos para la procesión. Las casas de los alrededores fueron adornadas con sedas, así como el teatro y el Banco, donde la bandera nacional flameaba en lo alto. En distintas calles se levantaron cuatro altares. Por la tarde, la procesión salió de la iglesia, llevando la imagen de Nuestra Señora de las Mercedes en una plataforma; se hallaban presentes los concurrentes habituales a esta ceremonia, miembros del clero, la tropa, varios individuos que llevaban cirios, etc. Se desplazaron a paso lento, mientras la banda de los cívicos ejecutaba la marcha de la ópera Otelo. Cientos, o más bien miles de mujeres integraban la procesión, con la vestimenta acostumbrada para concurrir a la iglesia. La multitud marchó por las calles Cangallo, Catedral, Piedad y La Paz; al llegar a esta, cayó un chaparrón que causo la confusión imaginable. Las damas, preocupadas por cuidar sus famosos peinetones y velos, buscaron amparo de la “impía tormenta” y la procesión se desplazó con mayor rapidez. En las tardes de los días 23, 24, y 25, la iglesia de la Merced fue iluminada, se dispararon fuegos artificiales y también un pequeño cañón ubicado frente al templo. Nunca habíamos visto celebrar esta festividad con tanta magnificencia”.38
Esta crónica periodística corresponde al año 1832, durante el primer gobierno de Rosas, que representaba una revalorización del pasado hispánico y católico.
También se festejaba el día de Santa Catalina: “El 20 del mes pasado, día de Santa Catalina, se celebró una misa mayor en el templo a ella dedicado. Las monjas del convento de esta iglesia asistieron desde el coro y se escuchó excelente música. Las religiosas, sin embargo, no eran visibles pues una cortina las separaba de la concurrencia y, así, no se podía descubrir si alguna de ellas correspondía a la descripción de la ‘bonita monja de ojos celestes, de Santa Catalina’ en cuyo honor el padre Paul y sus hermanos brindaban en la ópera de Sheridan La Dueña. Las monjas de este convento son, en su mayoría, de edad avanzada, aunque hemos oído que últimamente algunas jóvenes han terminado su noviciado y han sido admitidas en la comunidad. Cuando se produjo el ataque del general Whitelocke a esta ciudad, el regimiento británico N° 38 ocupó la iglesia de Santa Catalina, en cuya torre la bandera de la Gran Bretaña flameó durante un tiempo y en una de cuyas puertas se ven las palabras 38th Regiment, grabadas, probablemente en aquella época, por uno de los soldados”.39
Pero, sin lugar a dudas, la festividad religiosa más importante era la Semana Santa. Contamos con dos descripciones minuciosas de la misma; una es la de Thomas Love, la otra la de William Mac Cann. La primera corresponde a la época de Rivadavia, la segunda a la de Rosas. Tanto en 1825 como en 1845, desde la mañana del jueves hasta el mediodía del sábado, la ciudad se encontraba en un absoluto recogimiento; no se observaba ninguna actividad en sus calles, parecía como si el mundo se hubiese detenido. Las iglesias rivalizaban entre sí procurando cada una tener la mejor ornamentación, organizar los más bellos oficios y congregar la mayor cantidad de devotos. Los vestidos de las imágenes religiosas, la iluminación de los altares de las iglesias, como así también, la decoración del conjunto de sus interiores, eran de especial cuidado por parte de sus sacerdotes. Ellos mismos competían en su ornato.
Mac Cann comentaba: “Debe ser un tiempo de fatiga para los eclesiásticos. Yo visité con bastante frecuencia las iglesias y pude observar que andaban siempre ocupados en algún nuevo arreglo; las cortinas que cubren los altares, las mesas, las sillas, los candelabros, los atriles y, en general, todo el mobiliario del templo, se cambiaba de continuo, como para atraer la mirada de los fieles, y todas las iglesias permanecían abiertas desde hora muy temprana hasta muy tarde de la noche”.40
Jean León Pallière, nacido en Río de Janeiro e hijo de padres franceses, estuvo en dos oportunidades en Buenos Aires, la primera vez en 1848 y la segunda entre 1855 y 1866. Su formación artística lo impulsó a desarrollar la pintura costumbrista, dejando numerosas acuarelas y litografías del Buenos Aires de la época. Entre estas últimas encontramos una llamada: La Semana Santa. Catedral de Buenos Aires, donde podemos apreciar el interior del templo durante uno de los oficios realizados en esa celebración católica. Resultan fácilmente distinguibles la imagen de la Dolorosa, con numerosas velas encendidas, y uno de los púlpitos descriptos por Mac Cann; al pie de los mismos un abigarrado conjunto de mujeres, llevando pañuelos o mantillas en sus cabezas, en actitud devocional, dirigen la mirada hacia el altar mayor. La mayoría de ellas están arrodilladas sobre alfombras. No muy distinto debía ser el interior de las otras iglesias de Buenos Aires durante la Semana Santa.
La quema del Judas Iscariote en la noche del sábado señalaba un momento culminante en la vida de esa Buenos Aires que recobraba su actividad a partir de las 12 de ese día. Precisamente en ese momento, la ciudad recobraba su vitalidad con el sonido de las campanas, el estruendo de los petardos y los sones de las bandas musicales. Por la noche, la quema del Judas congregaba a los sectores populares de la ciudad criolla. No era, al respecto, la misma situación la de 1825 que la de 1845. Love apuntaba “la quema del Judas es un espectáculo grotesco. En el medio de la calle se cuelgan muñecos de trapo rellenos de cohetes y de combustible. En la noche del sábado se les prende fuego y don Judas estalla entre los gritos de la multitud”.41
Esta diversión de los sectores populares le parecía una muestra de barbarie, que se prestaba a la sátira política, en la que a veces resultaba ridiculizado un súbdito de Su Majestad Británica. Era como si el Judas fuera la imagen de uno de los tantos representantes de esa comunidad mercantil que se afianzaba, económica y socialmente en el Plata, favorecida por la política librecambista. Pero también podía ser una manifestación del odio del mulataje a los ingleses desde la época de las invasiones de 1806 y 1807.
Así, Love nos cuenta que las “diversiones de la plebe ofendían la decencia” cuando relata lo acontecido al capitán O’Brien: “Se observó que uno de los Judas llevaba un traje semejante al de un oficial de marina inglés. Cuando se dijo que representaba al capitán O’ Brien, la policía ordenó su retiro. El pueblo no tomó interés en la disputa. Cuando ella estaba en su punto álgido el capitán pasó frente a una multitud que se hallaba frente a la iglesia del Colegio y se le trató con gran respeto, haciendo espacio para que pasara el comandante ingles.
“Todos sufrimos por este incidente –dijo el capitán a uno de sus compatriotas– y si el asunto se repite vamos a vengarnos con honor”.42 De esta manera, la quema del Judas bien podía estar expresando una repulsa a la presencia británica. La burguesía comercial y profesional se mostraba reacia a este evento y lo consideraba como una antigua costumbre que progresivamente estaba cayendo en desuso. Esta visión despectiva de las costumbres populares, expresada por el periodista inglés era similar a la que manifestaban los intelectuales ilustrados de la burguesía mercantil cuando se referían a las formas en que el Carnaval o la Semana Santa eran vividos por los sectores populares.
Así, El Centinela en 1822, criticaba incisivamente aquella festividad donde el uso de los huevos y el del “agua va”, prohibidos por la policía, eran ciertamente ocasión para la expresión popular, en una sociedad de acentuado divorcio entre los ilustrados doctores y los trabajadores urbanos o rurales. El Centinela daba sus páginas a respetables ciudadanos para criticar el Carnaval al que se consideraba una costumbre vieja y grosera que rápidamente debía caer en desuso en la ciudad reformada. Se invocaba a la autoridad bíblica, para ser más concretos al Génesis IX, 15 y su sentencia “no habrá más aguas” para impugnar esa costumbre; la policía premiaba al sacerdote mercedario que desde el púlpito fuese capaz de pronunciar el mejor sermón condenatorio de aquella costumbre con esa frase bíblica.
El Carnaval y la quema del Judas despertaban los regocijos populares, mientras la burguesía mercantil, de la misma manera que Love, esperaban la pronta desaparición de esos festejos. Sin embargo, veinte años después el Judas continuaba siendo quemado en las calles de la ciudad, tal como lo atestigua William Mac Cann, dado que por la noche del Sábado Santo la urbe adquiría una particular fisonomía: “la gente se divierte quemando la imagen del Judas Iscariote. En ‘La Alameda’ levantan una gran horca, de la que cuelga una figura colosal del traidor; barricas de alquitrán arden alrededor y, como el muñeco está relleno de petardos, estos explotan a cada momento mientras los cohetes voladores iluminan la escena y son recibidos por gritos por la multitud. Los negros y mulatos eran quienes tomaban parte principal en esta ceremonia. Las clases más respetables no mostraban mucho interés por ellas”.43
Este momento de la Semana Santa marcaba una neta diferenciación entre los sectores populares y la elite. No se trataba de un solo Judas, sino de numerosos de estos muñecos, que se quemaban en distintas partes de la ciudad. “Eran figuras grotescas, rellenas y presentadas a la manera de Guy Vaux y algunas tenían carteles con nombres de individuos; se disparaban cohetes y las calles estaban llenas de gente”.44
No podía el periódico de los residentes ingleses escapar a las adjetivizaciones despectivas de la costumbre popular. Amadeo Moure nos dejó vivos relatos de la quema de los Judas en la época de Rosas: “Los jefes de gobierno, dueños absolutos del culto como de las creencias, se han servido de este uso para vengarse de aquellos, sus enemigos, a los que no habían podido combatir o alcanzar de otro modo. Queriendo al menos inspirar el odio o el desprecio de sus adversarios, los declaraban ‘Judas’. Era también un medio de adueñarse de la opinión pública, ya que la multitud resultaba así a los resentimientos y a la política de los gobernantes. En muchas plazas públicas se alzan horcas y, desde la mañana, se cuelgan muñecos que representan a quien se quiere librar de la excepción general. Están arrebujados con trajes grotescos y cubiertos de inscripciones demasiado ridículas para ser insultantes. Cuando haya llegado la hora, la autoridad no desdeñará poner fuego a estos ‘Judas’, al son de una música estrepitosa y de las vociferaciones del populacho.
Siendo el azul el color unitario era, pues, antes del año 1852, el color reservado a los ‘Judas’. En cada horca se fija un enorme rótulo: se leen allí inscripciones más o menos curiosas. He aquí una que copié en 1848 y que traduzco literalmente: ‘Soy el cabezón, loco, salvaje, inmundo unitario. Tal desertor de la Santa Causa de la Libertad Americana. Soy un objeto de asco y de vergüenza para los hombres, que me desprecian y me odian, esperando que vaya al fondo de los infiernos, a arder con los demonios y recibir el justo castigo de mis crímenes y de mis infamias’. Estas leyendas varían en cuanto a la forma, pero el fondo reza siempre lo mismo. Los ‘Judas’ abundan no solamente en Buenos Aires sino en todas las provincias de la Confederación Argentina y aún más lejos. Estos ‘Judas’ son antiguos gobernantes, son los generales que han combatido por la libertad y la independencia, son personajes ilustres que han tenido el coraje de oponerse a todos los actos arbitrarios de un dictador que los ha diezmado con la proscripción y la muerte. He visto quemar, en calidad de ‘Judas’, al general Flores, Presidente de la República del Ecuador, al general Santa Cruz, al General Paz, a los generales Lavalle y Rivadavia (sic) de Buenos Aires, y a los generales Rivera y Pacheco de Montevideo. ¿Se creerá que en esta época, el Rey de los Franceses, Luis Felipe I, la Reina de Inglaterra, Victoria, los señores Deffaudis, Thiers, Guizot y tantos otros han sido quemados como ‘Judas’? En la larga lista que pudiéramos ofrecer, se vería figurar a todos los personajes destacados del momento”.45
Más allá del juicio despectivo de Moure, lo cierto es que en la quema del Judas se manifestaba el odio de las comunidades negras y mulatas, del conjunto de los sectores populares del Buenos Aires criollo, hacia los franceses e ingleses que habían agredido a la nación bloqueando el Río de la Plata en 1838-1840 y 1845-1848. Por eso, cuando se quemaba a un Judas que representaba a Luis Felipe o a la reina Victoria, se expresaba la repulsión a las potencias extranjeras que atacaron a la Confederación Argentina. Cuando se quemaba a un “Lavalle” no se quemaba al guerrero de la independencia sino a aquél que, con el apoyo de los franceses, organizó una campaña contra el gobierno de la Confederación.
La quema del Judas también había llamado la atención del viajero Arsenio Isabelle en 1830. En él encontramos los mismos juicios despectivos respecto de esta costumbre popular. Decía que “Durante la Semana Santa se expone bajo el pórtico del Cabildo un Cristo en la posición de un cuadrúpedo, cargado con una inmensa cruz, con un cordón al cuello que las devotas vienen a besar depositando, se entiende, su meritoria ofrenda. Cerca de allí un púlpito en el que un laico reza la Pasión a su manera y además, en la esquina de una de las calles adyacentes, el populacho quema un enorme Judas del modo más inocente, gritando: ‘¡Viva la Federación!’”.46
Ya hemos dicho que la quema del Judas marcaba una neta diferenciación entre las costumbres populares y las de la clase alta durante la Semana Santa. Si el “Judas” era algo grotesco, una costumbre que debía extinguirse, conforme la juzgaban sus críticos ilustrados, era porque su quema aglutinaba en una “ceremonia colectiva” a los sectores populares. Más allá de los manejos que el propio poder hacía de esa costumbre, en función de sus propios intereses políticos, lo cierto es que la misma aunaba en la festividad, el “imaginario político” de las clases trabajadoras, que expresaban a través del apelativo del Judas, su odio u oposición a determinados individuos, que representaban proyectos o intereses que sentían como ajenos.
De alguna manera la quema del Judas puede ser interpretada como una manifestación festiva de la soberanía, de la defensa de lo nacional, frente a lo extranjero. De la misma forma que en los candombes y carnavales de negros se manifestaban danzas y cantos de tiempos ancestrales, en la quema del Judas, se reflejaban costumbres y ritos antiquísimos, vinculados a la participación colectiva, en torno al fuego, la quema y su múltiple simbolismo. Por su carácter polivalente no se puede expresar en significados acotados el simbolismo del fuego; este se asocia a lo espiritual, lo sexual, lo purificatorio, lo ascensional, las emociones internas (el fuego o ardor pasional interior), lo infernal, lo punible (el castigo) y tantas pasiones más.
El muñeco, el grotesco Judas, era el traidor, condenado a sufrir el suplicio del fuego. En el acto de la quema se expresaba la condena de determinadas posiciones políticas e individuos por parte de los sectores populares. Viajeros y burguesía coincidían en que la costumbre debía desaparecer y que era una muestra de barbarie.
Otro aspecto no conflictivo de la Semana Santa consistía en la visita a los templos. Estaba muy difundida la práctica de visitar siete iglesias durante el Jueves Santo. Por eso era común ver por las calles grupos de mujeres, hombres y niños dirigirse hacia cada uno de ellos. Mac Cann habla de “ríos de gente que se dirigían a las iglesias y salían de ellas”47 Jueves Santo. Y nuevamente Love recordaba que la regla de las siete iglesias era religiosamente obedecida y los fieles se detenían unos pocos minutos en cada iglesia para rezar una plegaria.48
Un juicio similar es el de John Murray Forbes que registró la siguiente situación: “Siendo hoy Viernes Santo, las calles están llenas de hombres y mujeres que van ‘a la agonía’ como se llama, y en las esquinas se ven toda clase de imágenes sagradas”.49 No faltaban durante la celebración diversas procesiones con el colorido que le daban las imágenes devocionales, las bandas militares, los cirios encendidos, el especial decorado de las calles por donde avanzaban los feligreses. Ni tampoco estaban ausentes los pedidos de limosna y de ofrendas para las iglesias.
“El Jueves Santo, las banderas del fuerte y de la Oficina de Marina fueron izadas a media asta; lo mismo ocurrió con la de los navíos nacionales, en el puerto, mientras las campanas de las iglesias enmudecieron. Llovió ligeramente por la mañana, pero la tarde fue hermosa y el aire deliciosamente tibio. El gobernador de la provincia, D. Juan Manuel de Rosas, acompañado por un espléndido séquito de oficiales y otras personas, alrededor de doscientas, visitó por la tarde siete iglesias, de acuerdo con lo acostumbrado. El gobernador vestía uniforme de gala, de brigadier, como también el general Enrique Martínez. Una cantidad de oficiales lucía sus medallas y, como era procesión a pie, el espectáculo en su conjunto era realmente brillante. Por la noche, las calles estuvieron atestadas, en especial por mujeres vestidas de negro, que visitaban las siete iglesias. Todas estas estuvieron colmadas y presentaban un espectáculo centellante de luces y decoraciones que supera toda descripción posible. La del Colegio y las de San Francisco y La Merced presentaban un hermoso aspecto, pero la primera superaba a las demás en suntuosidad; el altar mayor parecía una llamarada de luces, a lo que se agregaba una excelente música. Los clérigos, acompañados por otras personas, entonaron un canto fúnebre y, entre los cantantes, pudimos descubrir el profundo y sepulcral tono de voz de la persona que representó en el teatro el papel del espectro, en la ópera Don Giovanni. Nos deleitamos escuchando la música durante cerca de dos horas, hasta las diez de la noche, y lamentamos mucho cuando la ‘matraca’ indicó que todo había concluido. Esa noche se colocaron púlpitos en las calles; hubo uno en la calle de La Paz (hoy Reconquista) y otro cerca de la iglesia del Colegio, y en este último predicó un fraile. Nosotros integramos su auditorio hasta las once de la noche, hora en que seguía todavía desempeñado su ministerio. La imagen de Nuestro Salvador llevando una gran cruz fue colocada bajo la arcada próxima a la puerta que conduce a la prisión. Un sermón de circunstancias se pronunció en ese lugar. En varias calles se colocaron imágenes de distintos santos, adornadas con luces y flores. La imagen de San Benito fue colocada en el atrio del templo de San Francisco y las ofrendas y devociones a sus pies, de los morenos hijos de Adán, fueron fervientes y prolongadas. Por la mañana y la tarde del jueves se pronunciaron sermones en las diferentes iglesias.
Viernes Santo. Los solemnes templos, tan brillantes el día anterior, aparecieron ahora vestidos de luto; un gran paño verde ocultaba el esplendor de los altares y solo unos pocos cirios brillaban, difundiendo una leve claridad. En la iglesia de San Francisco y en otras se pronunciaron sermones ante numerosa concurrencia, especialmente de mujeres, que son siempre más devotas que los hombres. Por la tarde comenzamos nuestra recorrida por la iglesia del Colegio; allí, la música derramaba sus dulces y solemnes melodías. Entre los interpretes locales notamos de nuevo los tonos sepulcrales del artista que representa al espectro, en el Don Giovanni de Mozart. Creemos que los arreglos musicales, tanto los de esta tarde como los de los días precedentes, fueron obra de la hábil dirección del reverendo José Antonio Picazzarri. Alrededor de las 2, la ‘matraca’ anunció la conclusión de la música. Entonces nos dirigimos hacia la Plaza de la Victoria, en momentos en que la banda del regimiento de cívicos dejaba el fuerte, uniformado a la turca, precedida por el farol del regimiento y escoltada por dos líneas de infantería, sin bayonetas caladas y flanqueada por otros soldados que conducían lámparas encendidas, sobre soportes. Marchaba a paso lento y se detuvo en la esquina de la calle de la Victoria cerca del Cabildo, en la calle del Perú y frente a sus cuarteles en la plaza del mercado, donde ejecutó las solemnes marchas compuestas por los señores Rosquellas y Lafort. El espectáculo atrajo mucho la atención de la inmensa concurrencia. A las diez y media concluyó esta parte de las ceremonias del Viernes Santo. En la tarde del Jueves Santo vimos al obispo Medrano, en la iglesia del Colegio, encabezando al clero. Los ritos y ceremonias de la Cuaresma y de la Semana Santa fueron este año muy semejantes a los que se efectuaban antes del año 1822 y los de mayor magnitud de los que hemos sido testigos desde que residimos en este país. Nunca presenciamos estas ceremonias sin experimentar sentimientos difíciles de expresar. No es debido esto a la novedad, dado que hace tiempo que las venimos viendo, ni a su esplendor, ni a los encantos de la música, sino a que la mente se vuelve a los años idos y, también, al recuerdo del que fue el credo profesado por nuestros ascendientes. Entonces, cuando contemplamos una graciosa mujer arrodillada ante algún santo, rememoramos todo el romanticismo vinculado a la historia española y las lecturas juveniles afluyen de golpe a nuestra imaginación, desplazando momentáneamente todo otro sentimiento.
Sábado. Al mediodía, los cañones del fuerte y los del navío de guardia ‘Cacique’, fondeado en la rada exterior, anunciaron que el período de duelo había concluido; la bandera fue izada al tope del mástil y las campanas de las iglesias repicaron alegremente; se reabrieron las casas de comercio y recomenzó la baraúnda de los negocios y las damas aparecieron de nuevo luciendo vestimenta de ‘brillantes colores’. Por la tarde, la banda de los cívicos se estacionó frente a la casa del señor Pueyrredón, en la calle de la Paz, para anunciar la quema del Judas que estaba colgado en la esquina de esta calle con la de la Piedad. Esta ceremonia de Guy Vaux tuvo lugar a las 7 y media y la efigie, debido a los fuegos artificiales con que estaba cubierta, se consumió rápidamente en medio de los gritos del sector juvenil del público y también de los ‘niños grandes’”.50
Nos parece interesante en esta descripción de la Semana Santa la diferencia, en cuanto a la majestuosidad del festejo, entre la celebración en la época de Rosas y lo que había acontecido en 1822 cuando las reformas religiosas del liberalismo rivadaviano habían afectado la fiesta eclesiástica. El gobierno de Rosas afirmó el catolicismo como un componente ineludible de la nacionalidad. Asimismo, el periódico de la comunidad británica tiende a ver en las prácticas religiosas locales las costumbres de sus ancestros, de los ingleses anteriores a las reformas de Enrique VIII.
La otra gran festividad del catolicismo era la Navidad. “Aunque no vamos a describir escenas como las que tienen lugar en los salones de abolengo de nuestro propio país, durante las fiestas de Navidad, sin embargo, a Buenos Aires no le faltan sus alegrías y, en la nochebuena, hasta una hora tardía, notamos varios grupos de paisanos y otras personas disfrutando de la música de las guitarras en diferentes endroits de la ciudad. La noche era deliciosamente fresca para esta época del año y, a decir verdad, atraídos por el encantador tiempo y por la música, vagamos por la ciudad hasta la una de la mañana siguiente. Hemos oído a menudo que los gauchos del país poseen considerable talento como improvisadores y esa noche comprobamos la verdad del aserto. Dos gauchos, acompañándose de la guitarra, cantaban una especie de diálogo o pregunta y respuesta, cuyo argumento era el siguiente: uno de ellos, en la primera visita a Buenos Aires, fue recomendado a doña Rosa, como matrona discreta que cuidaría de la moral del joven gaucho e impediría que cayera en malas compañías en esta ciudad tan disipada, pero doña Rosa le había robado sus ropas y dinero y huido. A raíz de esto, pensaba recurrir al gobernador, quien siempre se ocupa de ayudar a los gauchos pobres e invitó a unírsele en el grito de ¡Viva don Juan Manuel de Rosas! Que encontró eco entusiasta en la concurrencia. Una función espléndida, con motivo de la Navidad tuvo lugar en la plaza de la Libertad, anteriormente el hueco de doña Engracia, a cargo de los habitantes de ese distrito. Duró tres noches o sea el 25, 26 y 27 y hubo algunos fuegos artificiales muy buenos, particularmente los cohetes. La plaza y las calles vecinas estaban iluminadas y una profusión de banderas de todas las naciones desplegadas junto con flores, ramas de laurel, etc. Observamos algunos transparentes con las palabras ¡Viva el Restaurador de las Leyes! ¡Viva Juan Manuel de Rosas!, etc. Una banda de música militar tocaba en la plaza y varios jóvenes muy elegantes, a caballo y a pie, la recorrieron y durante el día los jinetes se divirtieron con deportes nacionales y proezas a caballo. El lunes por la noche esta extensa plaza estuvo atestada y se vieron algunas bellezas morenas con grandes peinetones, aunque no tan finos como los que usan las damas elegantes. Después de los fuegos artificiales, un grupo de muchachos y muchachas ocuparon los kioscos que habían sido levantados en la plaza y tres grupos de ellos bailaron el cielito a la perfección. Nosotros nos mezclamos con la multitud como espectadores y continuamos entre ellos hasta muy tarde”.51
El mismo periódico nos informa al año siguiente “La navidad de este año ha sido mucho más alegre en Buenos Aires que la de años anteriores. Los pueblos de San Fernando y Las Conchas se vieron colmados de visitantes de la ciudad. Bailar fue la orden del día – o mejor de la noche- en estos felices endroits. El encantador pueblo de San Isidro, según se nos dijo, no estuvo tan concurrido, como en el pasado y por eso, algo triste. El gobernador realizó un paseo con su carruaje, el día de Navidad, por los alrededores de la ciudad, acompañado por varios oficiales y una guardia de caballería. En la noche de este día se efectuaron corridas de toros en barracas; todo el mundo estuvo allí, pero el espectáculo no fue muy bueno. El 26 por la noche se repitió la función, con más éxito: se mataron cuatro o cinco toros y lo más divertido fue lo realizado por un gaucho, montado sobre el lomo de un toro, que, enfurecido trataba, de liberarse de su jinete sin éxito. La masa de espectadores era inmensa, incluyendo una gran proporción de mujeres. Nosotros no concurrimos a ninguna de estas exhibiciones, pues no experimentamos ningún gusto por estos espectáculos. Las corridas de toros españoles son menos crueles, quizás, que los Bull bates ingleses, porque en las primeras el pobre animal es sacrificado inmediatamente, mientras que en las últimas son reservados para nuevas torturas”.52
“Nochebuena y Navidad no incitaban a organizar reuniones. Menos aún Fin de Año y Año Nuevo, que pasaban sin pena para los afortunados y sin gloria para todos (…) La última semana del año, conocida como las ‘vacaciones de Navidad’, era feriado corrido. Según los periódicos había mucho movimiento en las calles por las noches: las damas hacían compras y los caballeros las admiraban. La buena sociedad salía de excursión a San José de Flores, a San Isidro o a Las Conchas, desde la mañana temprano hasta las primeras horas del día siguiente”.53
Las festividades católicas durante la época de Rosas nos permiten señalar que su gobierno se caracterizó por el catolicismo, el hispanismo y el paternalismo.
José Antonio Wilde recuerda “Hemos hablado ya de ceremonias de la iglesia católica; de la inmensa concurrencia que a ellas asistía, pero hemos omitido algunas de las prácticas observadas por el pueblo, con escrupulosa exactitud, hasta hace algunos años, habiéndose borrado aún el recuerdo de algunas de ellas, en la época presente. Por ejemplo: Al ir a la mesa, antes de empezar a comer, la persona de más respetabilidad, decía: ‘Dadnos, Señor Dios mío, vuestra santa bendición, y bendecid también el alimento que vamos a tomar, para mantenernos en vuestro divino servicio. Padre nuestro, etc.’ Y después de haber comido: ‘Os damos gracias por el manjar que nos habéis dado; esperando que, así como nos habéis concedido el sustento corporal, os dignaréis también concedernos un día la eterna bienaventuranza. Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri’. Rarísima era la casa en que dejaba de reunirse de noche la familia, a una hora fija, para rezar el Rosario; a este acto concurría todo el personal de la casa, inclusive la servidumbre de ambos sexos. Las visitas de confianza solían también asistir.
Al primer toque de campana que anunciaba la Oración, todo movimiento cesaba como por encanto, en un instante. Esto no solo sucedía en las casas; todos los hombres, a quienes la primer campanada sorprendía en la calle, se paraban en el acto, se sacaban el sombrero, rezaban el ‘Ángelus Domini’, se persignaban, volvían a cubrirse, y seguían su camino. Desde ese momento daban ya las ‘buenas noches’. Los españoles, y más tarde algunos de sus descendientes, jamás dejaban de persignarse en la puerta, al ir a efectuar su primera salida a la calle. Los nacimientos eran otro motivo de atracción y devoción. Los niños jamás dejaban de pedir su bendición a sus padres, al levantarse y al acostarse; otro tanto hacían con sus abuelos, tíos, etc. en su primer encuentro, a cualquiera hora que fuera. Aun los adultos pedían la bendición a sus padres al separarse de ellos. Los criados hacían lo mismo con sus amos. Esta señal de respetuosa sumisión ha desaparecido casi por completo, como otras muchas costumbres de tiempos pasados…”.54
Unas pocas palabras como conclusión. Las crónicas de los viajeros son fundamentalmente descriptivas, pero no están exentas de juicios valorativos e interpretativos acerca de la situación de la Iglesia. Algunos consideraron que su influencia disminuyó después de la Revolución de Mayo. Sin embargo, los artículos del periódico inglés The British Packet señalan una franca recuperación de las fiestas católicas a partir del gobierno de Rosas. “La jerarquía eclesiástica respaldaba a Rosas, porque había puesto fin al odiado liberalismo de Rivadavia, persiguiendo y condenando a quienes consideraba masones, heréticos, impíos, todos salvajes y asquerosos unitarios”.55 El espacio público como ámbito de la fiesta que antes de la Revolución tenía a la Iglesia casi como actor excluyente, después de las jornadas de Mayo hubo de compartirlo con las Fiestas Mayas y las Fiestas Julias; pero en ellas también estaba presente la iglesia a través del Te Deum.

Notas
1.- Wilde, José Antonio, Buenos Aires desde Setenta Años Atrás, Biblioteca de La Nación, Buenos Aires, 1908, págs. 274-275.
2.- Un Inglés, Cinco Años en Buenos Aires 1820-1825, Hyspamérica, Buenos Aires, 1986, pág. 28.
3.- Isabelle, Arsenio, Viaje a Argentina, Uruguay y Brasil en 1830, Americana, Buenos Aires, 1943, pág. 121.
4.- Haigh, Samuel, Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú, Hyspamérica, Buenos Aires, 1988, págs. 22-23.
5.- Un Inglés, Ob. Cit., pág. 29.
6.- Mac Cann, William, Viaje a Caballo por las Provincias Argentinas, Hyspamérica, Buenos Aires, 1986, pág. 127.
7.- Wilde, José Antonio, Ob. Cit., pág. 44.
8.- El Argos, marzo de 1822.
9.- Beaumont, J. A. E., Viaje por Buenos Aires, Entre Ríos y la Banda Oriental, Hachete, Buenos Aires, 1957, pág. 108.
10.- Un Inglés, Ob. Cit., pág. 127.
11.- Gesualdo, Vicente, Historia de la Música en la Argentina, pág. 680-682.
12.- Un Inglés, Ob. Cit., pág. 31.
13.- Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda y las Provincias Unidas del Río de la Plata, 2 de febrero de 1825.
14.- The British Packet, 10 de abril de 1830.
15.- Un Inglés, Ob. Cit., pág. 127.
16.- Gillespie, Alexander, Buenos Aires y el Interior, Hyspamérica, Buenos Aires, 1986, pág. 63.
17.- Gutiérrez, Leandro, “La Estructura Social de la Iglesia Porteña” en Primera Historia Integral Argentina, CEAL, Buenos Aires, pág. 101.
18.- Trifilo, Samuel, La Argentina Vista por Viajeros Ingleses 1810-1860, Ediciones Gure, Buenos Aires, 1959, pág. 61.
19.- Isabelle, Arsenio, Ob. Cit., pág. 126.
20.- Haigh, Samuel, Ob. Cit., pág 23.
21.- Haigh, Samuel, Ob. Cit., pág 23.
22.- Vidal, Emeric Essex, Ilustraciones Pintorescas de Buenos Aires y Montevideo, Londres, pág. 11.
23.- Un Inglés, Ob. Cit., pág. 92.
24.- The British Packet, 27 de noviembre de 1830.
25.- La Gazeta de Buenos Aires.
26.- Gutiérrez, Leandro, Ob. Cit., pág. 104.2
27.- Actas de Acuerdos del Cabildo de la Ciudad de Buenos Aires.
28.- Un Inglés, Ob. Cit, pág. 42.
29.- The British Packet, 9 de octubre de 1830.
30.- Un Inglés, Ob. Cit, pág. 122.
31.- Isabelle, Arsenio, Ob. Cit.
32.- Acuerdos del Cabildo de Buenos Aires. 8 de noviembre de 1786, pág. 204.
33.- Acuerdos del Cabildo de Buenos Aires, octubre de 1816, pág. 326.
34.- The British Packet, 14 de junio de 1828.
35.- D’Orbigny, Alcides, Viajes a la América Meridional.
36.- The British Packet, 10 de octubre de 1829.
37.- The British Packet,, 29 de septiembre de 1832.
38.- The British Packet, 5 de mayo de 1832.
39.- Mac Cann, William, Ob. Cit, pág.140.
40.- Un Inglés, Ob. Cit., pág 129.
41.- Un Inglés, Ob. Cit., pág. 129.
42.- Mac Cann, William, Ob. Cit, pág.181.
43.- Mac Cann, William, Ob. Cit, pág.178.
44.- Moure, Amadeo, “Miscelánea” de la revista Historia, Buenos Aires, 1957.
45.- Isabelle, Arsenio, Ob. Cit., pág 121.
46.- Mac Cann, William, Ob. Cit, pág.121.
47.- Un Inglés, Ob. Cit, pág.122.
48.- Forbes, John Murray. Once Años en Buenos Aires, págs. 111-112
49.- The British Packet, 28 de abril de 1832.
50.- The British Packet, 31 de diciembre de 1831.
51.- The British Packet, 29 de diciembre de 1832.
52.- Rosasco, Eugenio, Vida Cotidiana. Color de Rosas, Buenos Aires, 1962, pág. 197.
53.- Wilde, José Antonio, Ob. Cit., págs. 361-362.
54.- Wilde, José Antonio, Ob. Cit, pág. 362.
55.- Rosasco, Eugenio, Ob. Cit., pág. 195.

Información adicional

HISTORIAS DE LA CIUDAD. Una revista de Buenos Aires
Declarada de “Interés de la Ciudad de Buenos Aires” por la Legislatura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Año VIII – N° 43 – octubre de 2007
I.S.S.N.: 1514-8793
Registro de la Propiedad Intelectual N° 100.991

Categorías: Procesiones y fiestas, Iglesias y afines, TEMA SOCIAL, Vida cívica, Colectividades
Palabras claves: Catolicismo, evangelización, Rosas, criollos, catolicas

Año de referencia del artículo: 1810

Historias de la Ciudad. Año 8 Nro43

Iglesia de la Merced.

Iglesia de San Ignacio.

Iglesia de Santo Domingo. Procesión de la Virgen del Rosario (detalle), de Carlos Pellegrini. Litografía coloreada, 1841.

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