Skip to content

Ciudad de Buenos Aires

El “Criadero Municipal de Plantas” Primer vivero de Buenos Aires

Mauro A. Fernández

Interior del invernáculo Nº 1 (A.G.N.)., C. 1884.

¿Se imagina el lector una Buenos Aires sin el verdor de sus parques y plazas, sin la policromía de sus jardines, sin la umbría arboleda de muchas de sus calles y avenidas? Pues, lo que su imaginación pueda sugerirle, así era la Gran Aldea de mediados del siglo XIX.
Esta es la historia del primer vivero con que contó el municipio porteño; multiplicados luego estos criaderos por distintos ámbitos de la ciudad, permitieron la creación de nuevos espacios verdes, la plantación de árboles y plantas de adorno y su necesaria reposición y mantenimiento. Vaya esta nota como homenaje a todos aquellos que con su ciencia y su amor contribuyeron a que Buenos Aires sea lo hermosa que viene siendo desde hace más de un siglo.

El momento de su capitalización, en 1880, Buenos Aires no poseía parques públicos –salvo el Tres de Febrero, inaugurado en 1875– y sus calles carecían de arbolado, dos cosas que los porteños de hoy vemos con naturalidad como parte del paisaje urbano. Si bien existían numerosas plazas, recién son de fines del siglo XIX los parques Florentino Ameghino, Lezama y Colón. Será a comienzos del siglo XX cuando se crearan los de mayores dimensiones: De los Patricios, Chacabuco, Avellaneda, etc.
El comienzo de la arborización de nuestros paseos se lo debemos al artista plástico Prilidiano Pueyrredón (1823-1870), quien en la segunda mitad de la década de 1850 proyectó y ejecutó importantes mejoras en la Plaza de Mayo. Entre otras obras, formó jardines en canteros y plantó paraísos en hilera circunscribiendo el perímetro de la plaza. Tomando estos trabajos como modelo, los demás paseos pronto comenzaron a ser arbolados y mejorados.1
Las terribles epidemias de cólera y fiebre amarilla que asolaron a la ciudad y el criterio higienista que imperaba por entonces hicieron evidente la necesidad de nuevos y amplios pulmones naturales o “espacios aereatorios”, como técnicamente se los designaba.
Fue a fines de la década de 1870 cuando la Municipalidad comenzó una tarea más o menos estructurada en relación con los espacios verdes de Buenos Aires. Se nombró el primer Director de Paseos y Plazas Públicas y se reglamentaron las atribuciones de la Secretaría de Obras Públicas, de la que pasaron a depender, a partir de 1880, los paseos de la ciudad.
Desde 1878 hasta 1883, el cargo de Director de Paseos lo ocuparon, en una confusa y conflictiva alternancia, el científico argentino Eduardo Holmberg y el francés Eugène Courtois, desempeñándose éste último a partir de esa fecha y hasta 1889 en forma continua.2
En 1883, al asumir la intendencia, el progresista Torcuato de Alvear3 se propuso dotar de plantas y flores a las plazas y calles de Buenos Aires. “Las plazas públicas no sólo son un solaz sino una necesidad de higiene de las ciudades (…) [y a] los gastos que ello demande no se les puede aplicar el calificativo de lujo, sino de higiene pública”, decía Alvear al dar cuenta de su gestión al Concejo Deliberante en 1884.4
Fue también durante su intendencia cuando se comenzó con el uso de jardines como marco de los edificios públicos y dentro de los hospitales. Pero la Municipalidad carecía de un vivero que pudiera suministrar el material necesario. Hasta ese momento, árboles y plantas de adorno tenían que ser comprados ya sea en nuestro país o en el extranjero.
Para solucionar este problema y poder llevar adelante su política, Alvear estableció el “Criadero Municipal de Plantas”. Al frente de la Dirección de Paseos estaba, como dijimos, Eugene Courtois5 quien ya, en 1880, había propuesto desarrollar “un criadero positivo y verdadero de plantas para las necesidades de este municipio”.6
Rastreando algo más los antecedentes de este vivero, encontramos que en el artículo segundo del mencionado Reglamento para Obras Públicas, aprobado por la Comisión Municipal en su sesión del 17 de octubre de 1878, se establecía que “la Municipalidad designará un terreno de su propiedad destinado a invernáculo para la formación de plantas y árboles de adorno por medio de almácigos a fin de reponer constantemente las plantas de estación y los árboles que se secasen, que será entregado al director general”.7
Si bien, como dice Sonia Berjman, un criadero no debe confundirse con un jardín botánico o de aclimatación, cuyos fines son otros, ante la falta de un espacio de esta naturaleza, el Criadero Municipal de Plantas cumplió algunas de sus funciones. Por esa razón, pronto comenzó a ser conocido como “Jardín del Sud” o “Botánico del Sud”.8 En este sentido, cabe destacar el nombramiento de Guillermo Schübeck –sucesor de Courtois en el cargo (1889-1891)– como “Director General del Jardín Botánico, Parques y Paseos Públicos”. Recordemos que el Jardín Botánico palermitano comenzó a formarse recién en 1892.
En 1883, la Dirección de Paseos había instalado sus oficinas en el Criadero Municipal de Plantas, cuyo acceso daba al 1676 de la avenida Caseros, en el barrio de Barracas. En 1897, se trasladó al edificio principal del nuevo Jardín Botánico donde permaneció hasta no hace muchos años.

“La Convalecencia”
El Criadero Municipal de Plantas estaba ubicado en una porción de los terrenos conocidos como “La Convalecencia”.
Esta zona –aproximadamente la que hoy ocupan los hospitales neuropsiquiátricos Dr. Moyano y Dr. Borda, el Hogar de Ancianos Guillermo Rawson y el parque España– tiene una larga y azarosa historia que comienza allá por 1760. No vamos a detenernos en ella más de lo necesario dentro del marco de nuestro trabajo. El interesado en el tema puede consultar, entre otros, el documentado artículo de José Juan Maroni.9
A comienzos del siglo XIX, la zona pasó a conocerse como La Convalecencia a partir de la presencia de los frailes betlemitas que administraban allí un hospital para crónicos y convalecientes, evacuado y desmantelado luego de la supresión de las órdenes religiosas durante el gobierno de Martín Rodríguez. En 1830, en el ángulo que formaba la bifurcación del camino hacia el Riachuelo –actuales avenidas Caseros y Amancio Alcorta– se estableció el Matadero del Sur, tan crudamente descrito por Esteban Echeverría en su cuento “El Matadero”. Allí funcionó hasta su traslado, en 1871, a los Corrales, actual Parque de los Patricios.
Luego de la batalla de Caseros, en los terrenos de La Convalecencia se fueron emplazando establecimientos asistenciales, antecedente de los que hoy integran la zona: el Hospicio para Mujeres Alienadas (1854); el Hospicio de San Buena Ventura (1863), destinado a dementes varones, luego conocido como de las Mercedes; el Hospicio de los Inválidos (1868), para albergar a las víctimas lisiadas de la guerra contra el Paraguay, transformado en el hospital Guillermo Rawson en 1889; y el Asilo del Buen Pastor o casa de corrección para mujeres (1873).
Tras reiterados pedidos y una dilatada serie de disposiciones gubernamentales, recién después de la epidemia de fiebre amarilla de 1871 se determinó el cierre total y traslado definitivo de las instalaciones del matadero.10
Aún en vías de desocupación del terreno, el Concejo Municipal debatió un proyecto de resolución –en su sesión del 3 de marzo de 1870– creando una plaza “en el terreno de los antiguos corrales de Abasto al sud”.11 Al nuevo paseo se lo bautizó como “Plaza de los Inválidos” por su proximidad al hospital de este nombre.
Cuando Eugène Courtois se hizo cargo de la Dirección de Paseos, el terreno de la Convalecencia se encontraba dividido en dos fracciones: el triángulo de la Plaza de los Inválidos y la extensa meseta donde se encontraban las instituciones arriba enumeradas.
En 1885, Courtois proyectó sobre este segundo sector el denominado “Parque de la Convalecencia”, con el cual se preveía rodear a los cuatro establecimientos de todos los elementos naturales y artificiales propios del paisajismo de la época. Pero el proyecto no se concretó.
Con relación a la plaza de los Inválidos –de 58.448 m2 según el Censo de 1887–, parece ser que el proyecto original la destinaba toda para el Criadero Municipal. Pero esto fue modificado pues en 1885, Eugène Courtois manifestó que “la parte de la antigua Plaza de Inválidos que queda abierta al público, ha sido también completamente transformada, por no convenir ya el plano primitivo que comprendía toda el área convertida en criadero de plantas”.12 Al vivero se le destinaron entonces 29.684 m2, quedando separado del paseo por una reja, a la altura de la continuación imaginaria de la calle San José.
A principios de 1900 se remodeló la plaza que, por Ordenanza del 3 de abril de ese año, cambió su nombre de Inválidos por el de España, en agradecimiento a los agasajos que las autoridades españolas habían brindado a los marinos de la fragata “Sarmiento” en su visita a ese país. Todo su perímetro estaba rodeado por una reja sobre una baja pared con pilares de mampostería. En 1903, el cerramiento fue retirado, manteniéndose sin embargo en torno al Jardín del Sud.

Formación y primeros años del Jardín de Sud
La más rica fuente de información que tenemos sobre el Jardín del Sud –como más comúnmente se lo denominaba– son las Memorias Municipales. Los detallados informes de los sucesivos directores de paseos nos ilustran, de año en año, sobre los más variados tópicos. Reproducimos en gran medida fragmentos textuales de los mismos por considerar más sabrosa esta redacción original. Para simplificar las notas, al final de cada cita consignamos el número de página del texto trascripto.
La primera noticia del jardín data de 1883. “El adelanto de mayor trascendencia para los paseos públicos de nuestro Municipio –dice la Memoria– es el de haber realizado este año la instalación definitiva de un criadero Municipal de plantas, conjuntamente con la instalación de la oficina para la Dirección de Paseos. Consideraciones que se comprenden fácilmente, indujeron a reunir ambas cosas en un mismo local, pues el criadero es la base de toda administración de paseos y jardines públicos.
Escuso (sic) manifestar las inmensas ventajas que la Municipalidad reportará con un establecimiento de esta clase, puesto que corrido dos años no solo no tendrá que comprar plantas, sino que las poseerá en abundancia para hacer frente a todas las plantaciones que requiera el adorno de las avenidas y paseos” (520).
Ya para el año siguiente, el criadero era “un grandioso establecimiento con todos los adelantos y perfeccionamientos modernos [que] está en aptitud de proveer de árboles y plantas a los Paseos, calles y plazas públicas, sin los considerables gastos que demanda la adquisición de unos y otras, muchas veces sin resultado alguno ya por causa de las condiciones en que llegan, ya por los trasplantes” (205-206).
Y en 1885 se decía: “El criadero de plantas de propiedad de la Corporación (…) se halla convenientemente provisto. (…). Establecimiento hoy día valiosísimo y de utilidad considerable, que ha sido formado y se halla al cuidado del Director de Paseos” (LXVII).
“Del primer golpe de vista a las plazas, puede notarse cuánto han mejorado bajo todo aspecto y particularmente por la profusión de flores que las adornan, la que es debido al Criadero Municipal de plantas, el cual, a pesar de tener tan solo un año de existencia, ya ha dado resultados bien palpables, [siendo] el primero durante el cual la Municipalidad no ha comprado ninguna planta” (283-284).
¿Cómo pudo esta repartición formarse y desarrollarse de tal manera en tan corto tiempo? El mismo Director de Paseos nos daba la respuesta el año anterior: “Autorizada la Intendencia por el H. Concejo Deliberante, adquirió por la suma de pesos 8000 m/n todas las existencias de uno de los mejores jardines dentro del Municipio.
Esta adquisición que se hizo a bajo precio, dada su importancia, en razón de que su propietario se veía forzado a la venta, ha puesto a la Corporación en situación de no serle necesario durante algunos años comprar plantas para el adorno de los paseos y plazas públicas” (205-206).
¿De qué jardín se trataba? El dato lo encontramos en las actas del Concejo Deliberante que, en su sesión del 1º de octubre de 1884, autorizó al intendente “para adquirir en compra las plantas y útiles que existen en el jardín del Sr. [Inocencio] Rissotto, calle Charcas 680”, estableciendo que “el precio de ocho mil nacionales será abonado al plazo de sesenta días, sin interés, desde el día de la entrega”.13
En su comienzo, el Criadero Municipal contaba con aproximadamente 5.300 plantas en envases y 7.000 del vivero en el suelo, sin contar el inmenso y variado almácigo puesto en su primer invernáculo concluido. La información suministrada en las Memorias sucesivas nos mostrará el enorme crecimiento que en poco tiempo tuvo este jardín. Los números son fluctuantes, según el volumen de salida de cada año. En este sentido, a los dos años de instalado, las plantas salidas con destino a los espacios públicos superaron los 24.000 ejemplares, mientras sus existencias ascendían a más de 89.000. En 1886 este número ascendía a casi 127.000.
La producción de árboles –sean éstos para las nuevas arterias y paseos que se iban creando o para su reposición en los ya existentes– siempre fue una de las prioridades. Este era el pensamiento de Eugène Courtois al respecto, volcado en las Memorias de 1887: “El principal desideratum del que firma, era desde años anteriores el poder formar un Vivero de plantas bastante capaz para surtir al Municipio de plantas y árboles adecuados como clases y tamaños para las plantaciones que se necesitasen emprender; este resultado, cuyas ventajas se han de conocer mejor en adelante, se ha plenamente obtenido en el período del que nos ocupamos, habiéndose formado un espléndido Vivero, que cuenta ya con más de veinte y cinco mil árboles de dos y tres años de un desarrollo realmente extraordinario, lo que establece para el porvenir una fuente inagotable de esos indispensables elementos” (578-579).
Para ese año, el jardín contaba, como vimos, con alrededor de 25.000 árboles, “siendo los más árboles para las calles de los cuales existe una completa colección de las clases más adecuadas para ese objeto”. En 1888 se plantaron 5.854 árboles en las distintas arterias, “los cuales se lograron en su casi totalidad”. Podemos adelantar que, al comenzar el siglo XX, la ciudad ya contaba con algo más de 1.685.000 árboles y arbustos en sus parques, plazas y avenidas.
El resumen del inventario de ese año 1888 nos da una idea de las principales instalaciones con que entonces contaba el jardín y de las formas de cultivo que se practicaban. Se habla del “invernáculo grande” –también llamado “conservatorio”–, del “de multiplicación”, del “segundo”, de las plantas “en macetas, tinas y en el suelo”, del “vivero” y de las “plantas de cabeza” y “almácigos”.
Las instalaciones fueron multiplicándose con el tiempo, ante la necesidad de responder a una demanda siempre creciente. En 1908 se construyó una vidriera de 30 m de largo por 1,5 m de ancho y al año siguiente, “tres vidrieras de 15 m cada una, con sus accesorios y, además, una pileta de inmersión para el sulfataje de los tutores” (536). Los trabajos ultimados en 1912 incluyeron: “un invernáculo de 30 metros de largo por 3,35 m de ancho, con paredes de mampostería, armazones de madera y hierro, techados con vidrios y con su correspondiente cañería y accesorios para la calefacción; una vidriera de 30 m de largo por 1,80 m ancho, con paredes de mampostería, armazones de hierro y techado de vidrios; 8 pesebres con contrapiso de hormigón y piso de madera, etc.; empedrado de 360 m superficiales con adoquín y piedra bruta de granito, para facilitar el tráfico de los carros en el interior del jardín” (404). Durante el período 1913-1916, fue “indispensable la construcción de dos invernáculos más, de 40 m de largo por 7 m de ancho, así como de otros dos amplios conservatorios, vidrieras, etc., para satisfacer las necesidades cada día más crecientes de los servicios”.14 Este crecimiento lo podemos deducir del volumen de ejemplares que se multiplicaron o cuidaron en el mismo período: 52.713 plantas y arbustos varios y 1.981.320 plantas de flores de distintas especies.
Aparte de esto, el criadero cumplió, en distintas oportunidades, algunas de las funciones propias de un jardín botánico, como la que da cuenta la Memoria de 1896. “Además de las tareas habituales –dice– se han proseguido en este establecimiento los ensayos de producción y aclimatación de vegetales interesantes, indígenas y exóticos. Entre otros resultados de menor importancia se ha conseguido obtener por vía de almacigas una cantidad de ejemplares de la planta yerba mate (Ilex paraguayensis) cuyo cultivo en varias regiones del territorio argentino se ensayará en la próxima primavera” (65).
El predio del Criadero Municipal de Plantas fue requerido en alguna ocasión para usos ajenos a los que motivaron su creación. Por ejemplo, en 1888 hubo una presentación ante el Concejo Deliberante por parte de “varios artistas argentinos, pidiendo que se les conceda, por un determinado número de años, una fracción de terreno en el que ocupa actualmente el jardín Municipal en la calle de Caseros, para construir en él un edificio destinado a taller en forma de kiosko”. En su sesión del 14 de noviembre de 1888, el Concejo Deliberante resolvió autorizar al Departamento Ejecutivo para que se les concediese a dichos artistas y en forma gratuita el permiso solicitado. Se especificaba que la superficie del terreno destinado a tal objeto sería de 50 m de frente por 50 m de fondo y que la autoridad municipal quedaba facultada para indicar la ubicación del kiosco y mandarlo levantar cuando lo creyera conveniente.15

Variado destino de las plantas
Dado su rápido crecimiento, muy pronto el Criadero Municipal de Plantas se encontró en condiciones de proveer no sólo al arbolado y ornato de los espacios públicos sino también material a instituciones oficiales y privadas –y en algunos caso a particulares– que requerían su colaboración. Estos pedidos no provenían sólo de la ciudad sino también del interior de la provincia de Buenos Aires y del resto del país.
Veamos algunas referencias que, al respecto, aparecen en las Memorias. En 1888 se hablaba de envíos al Concejo Deliberante, a los hospitales San Roque, de las Mercedes, Francés y Español, a las Municipalidades de Campana y San Fernando y a la provincia de Córdoba.
Un dato curioso lo constituye la lista detallada de plantas enviadas a particulares, seguramente a pedido de ellos. Se mencionan al general Dónovan, de Resistencia, al que se le remitieron 1000 árboles; al “Señor General Sarmiento”, en Asunción, que recibió 275 plantas varias;16 y al “Señor Doctor Yofre”, que recibió 65 árboles (T. I. 348-349).
Continuando con la política de crear jardines en los hospitales, para 1895 el del Rawson “forma ya la continuación de la plaza de los Inválidos y Jardín Municipal”. También se crearon en edificios públicos como la Casa de Expósitos, la Facultad de Medicina, el Departamento de Policía, el Arsenal de Guerra, etc. La municipalidad prestó también su concurso a varias municipalidades de provincia (43). En el período 1898-1901 se habían “repartido a Gobiernos, Municipalidades, etc., de la República, gratuitamente, un total de 84.861 árboles”. En 1908 se informa que para instituciones diversas se destinaron más de 5.300 árboles y arbustos. En 1911 salieron del Criadero Municipal, con destino a los jardines de los hospitales17 y asilos y otros establecimientos municipales y nacionales, más de 38.000 ejemplares.
Ya entrado el siglo XX y habiéndose multiplicado el número de viveros proveedores principalmente de ejemplares para el arbolado público, el Jardín del Sud se especializó en la multiplicación y cuidado de plantas anuales, florales y arbustos para adorno de plazas, parques y paseos, con especial atención a los de la zona sur de la ciudad. Explícitamente se afirmaba en 1917 que el Jardín “se destina exclusivamente para el cultivo y multiplicación de arbustos ornamentales y plantas de flores anuales y bianuales para atender las decoraciones de los parques y paseos”.18 Esto ya se venía dando desde años atrás y continuaría en los siguientes.
Por su parte, los servicios de la Sección Florería eran requeridos para los más variados destinos y circunstancias. “Los adornos y decoraciones con plantas y guirnaldas –se decía en 1917– realizados por este Jardín, en las fiestas que esta Dirección [de Paseos] ha prestado su ayuda, así como las coronas, ramos de flores, etc., facilitados a asociaciones patrióticas para depositar al pie de monumentos, tumbas de próceres, etc., son numerosos”.
Este servicio de adornos para escuelas, teatros y fiestas de carácter patriótico o de beneficencia movía un volumen importante de ejemplares. Durante ese año 1917, por tomar un ejemplo, salieron del jardín 6.675 plantas en macetas y 3.458 en tinas para fiestas y decoraciones, 4.789 m de guirnaldas, 586 hojas de palma, 208 canastos de flores, 3.285 ramos de flores confeccionados y 99 coronas (414-415).
A este inventario “para el ornato de distintos teatros, escuelas, sociedades, etc., en donde se han realizado fiestas con la cooperación de la Repartición”, se agregaron, al año siguiente, diez árboles de Navidad y treinta coronas de flores para entierros de hombres públicos, empleados, etc., además de haberse procedido en distintas oportunidades al arreglo de sepulcros y monumentos (422).

Se multiplican los viveros
Como ya hemos dicho, la plantación de árboles era la que más preocupaba. En este sentido, pronto quedó chico el Criadero Municipal para el volumen de producción forestal que requería una ciudad en constante crecimiento. “El vivero de árboles se efectúa en un terreno estrecho –se afirmaba ya en 1889– y convendría adquirir una isla en el Paraná por poco precio para ahorrar las cantidades que anualmente se gastan en la compra de ellos” (189).
Para el período 1890/2 ya se había suspendido la compra de ejemplares y existían en el jardín 42.035 árboles para calles y avenidas. “La superficie del criadero no ha permitido aumentar esta multiplicación, pues además de estos árboles se han formado todas las plantas distribuidas en las plazas” (179).
A fines del siglo XIX, en distintos puntos de la ciudad estaban instalados varios viveros. “Las necesidades cada vez más importantes del Municipio –se decía en 1897–, en lo que se refiere a la salubrificación (sic) y al ornato realizados por medio de los árboles, y a la formación de nuevos parques y paseos, hacen indispensables los grandes viveros de plantas, donde puedan multiplicarse por centenares de miles las especies utilizables.
Los actuales viveros son insuficientes, a pesar de que la Dirección de Paseos ha utilizado en varios puntos de la Capital todos los terrenos cuya naturaleza y ubicación permiten este género de cultivo” (76).
El informe de la Dirección de Paseos de 1917 es muy amplio sobre este tema. “Para suplir el agotamiento de árboles producidos en los viveros en años anteriores así como para satisfacer las necesidades crecientes siempre como una consecuencia lógica del aumento del número de las plazas y paseos, fueron ampliadas las reservas de árboles en una forma bastante apreciable.
A los viveros que ya existían deben agregarse los que se han creado en aquellos parques que, por su especial disposición, permitían su formación. Así, hoy se cuenta con plantaciones de esa naturaleza en los parques Tres de Febrero, del Centenario, Avellaneda, Chacabuco, Rivadavia [anteriormente Cementerio del Sud, actual parque Florentino Ameghino], de los Patricios y Jardín Botánico. De esta manera, distribuidos convenientemente, cada vivero atiende a una zona determinada de plazas, avenidas y calles lo que, a la par de facilitar la plantación en la época propicia, economiza trabajo del personal, transporte, etc.”.19
Para entonces, los viveros mencionados más el del Jardín del Sud sumaban una superficie de 28 has y poseían más de 150.000 árboles mayores de 2 años, más de 600.000 cultivados en almácigos y cerca de 27.000 arbustos.
En los tres lustros que van de 1912 a 1927, fueron creados nuevos viveros y ampliados los existentes : en 1912, parque Chacabuco (22.876 m2); en 1914, parques Uriburu (35.200 m2) y Avellaneda (32.688 m2); en 1920, parque Centenario (37.020 m2). En 1922, se ampliaron los viveros del parque Avellaneda (107.200 m2), el de Balbastro y Castañón –donde hoy está el barrio Dr. Mariano Castex– (55.732,37 m2) y el vivero de Flores, en Balbastro y Varela, actual plaza F. Sicardi (16.560 m2). En 1925 se mencionan los de los parques De los Patricios –donde está el actual parque J. E. Uriburu– (42.065,04 m2) y Saavedra. Dentro del Tres de Febrero estaban los viveros Scherrer, Dorrego y Fernández. En 1927, se hizo el vivero de coníferas en el parque Avellaneda (60.000 m2). En 1936, se localiza otro en Mataderos, sobre parte del actual barrio Manuel Dorrego –entre Francisco Bilbao y Gregorio de Laferrere– (31.017 m2).
Digamos, para terminar, que entre fines de la década de 1940 y la de 1950 se fue concretando el proyecto de reunir todos los viveros de la ciudad en el Vivero Único Saavedra. Era un enorme predio, de 601.849 m2, convertido luego en el Parque Presidente Sarmiento, en el que también se proyectó instalar un zoológico. En la actualidad, sólo queda el vivero del parque Avellaneda –que siempre fue considerado el más importante–, aunque reducido a la porción que está sobre la avenida Directorio, frente al barrio Marcelo T. de Alvear, con un anexo forestal en Ituzaingó, provincia de Buenos Aires.

Servicios de Transporte y de Maestranza
Si el fin de los trabajos realizados en el Criadero Municipal era la provisión de árboles y plantas para toda la ciudad, la Sección Transporte era de fundamental importancia.
Recién a partir de 1909 encontramos referencias sobre este servicio que se realizaba en carros y chatas. La actividad era casi diaria; se transportaba desde plantas, macetas, tierra, pedregullo o cascotes, hasta leña, estiércol, césped, etc. Anualmente se informa sobre la cantidad de viajes realizados. Estos números eran fluctuantes; así, mientras ese año se realizaron más de 8.000 viajes, en 1910 superaron los 19.000, para descender, en 1911, a alrededor de 15.500, dato que prácticamente se mantiene el año siguiente.
Por otra parte, la multiplicidad de tareas que se realizaba en el criadero de plantas requería de un eficiente servicio de maestranza. Esta sección tenía talleres de carpintería, herrería, vidriería, pintura, etc. Aparte de cubrir las necesidades del jardín, sus servicios se extendían a todos los espacios que estaban al cuidado de la Dirección de Paseos.
Volvemos a detenernos en el año 1917, cuyo informe es uno de los más detallados e ilustrativos sobre la variedad y volumen de las tareas que se realizaban. Se habla de la construcción de un invernáculo de 29,50 por 2,45 m, de un conservatorio de idénticas medidas, de varios semilleros y vidrieras, de un galpón para macetas de 21 m de largo por 3 m de ancho, además de la confección y reparación de puertas, marcos, ventanas, persianas, escaleras, armarios, mesas, cajones, zarandas, caballetes, zorras, jardineras, ¡94 cajones para canillas!, gradas, barandas, tablones, tutores, casillas, “bancos artísticos curvados” y un largo etcétera sin olvidar… ¡una tribuna para cancha de “football” en el parque Los Andes! Podemos agregar que los carpinteros de esta sección debieron armar y desarmar –en diferentes paseos de la ciudad– quince veces el Teatro Infantil Municipal y efectuar la compostura de 40 hamacas, 194 carretillas, 9 carros y 8 chatas, levantar alambrados, etc.
Los pintores, por su parte, además de los trabajos específicos en las instalaciones y vehículos, construían persianas de juncos, alquitranaban cajones y preparaban miles de kilos de pintura y de masilla, entre otras cosas.
La Sección Herrería tenía a su cargo la confección y mantenimiento de elementos como herraduras –¡más de dos mil entre confeccionadas y arregladas ese año!–, maquinarias, armazones, llaves, canillas, clavos, centenares de herramientas, etc. (415-419)
En 1918, los trabajos de carpintería, pintura, albañilería y herrería incluyeron “la construcción de dos invernáculos de 10 m de largo por 3 m de ancho cada uno, hechos con madera vieja (…); 160 cajones para el herbario del Jardín Botánico (…); una prensa y dos caballetes para prensar olivas (…[y]…) 10.000 etiquetas de madera para nomenclatura de las plantas”. Se incluyen en la lista la casa habitación del capataz del jardín y la del inspector de guardianes, la pieza de baño para caballos, la caballeriza, el cuarto de herramientas y “la fundición (sic) de un mil quinientas sesenta y siete herraduras y la colocación de un mil seiscientas diez y nueve a los caballos del servicio”(422-423).

Vivencias personales
Dejemos ahora este relato, obligadamente impersonal, para sumergirnos en lo que era la vida propiamente dicha dentro del Jardín. Para eso, debemos pegar un salto en el tiempo y ubicarnos en los tres últimos lustros de existencia del Criadero Municipal. Son los dorados años del final de la niñez, la adolescencia y el comienzo de la juventud de quien será nuestro cronista y cicerone, don Salvador Arnaldo Dabrescia.
Don Salvador llegó a Caseros 1676 con sólo nueve años de edad, de la mano de su papá, Santiago Arnaldo Dabrescia, recién designado capataz del Jardín del Sud.
Don Santiago había entrado al servicio de dicha repartición, como simple carrero, en 1929. Al quedar vacante, en 1946, el cargo de capataz –que detentaba el Negro Soto hasta entonces–, fue designado para desempeñar ese puesto y autorizado a ocupar la casa de la calle Caseros.
Toda la familia se trasladó entonces allí. La componían el papá Santiago, la mamá Silvestra, la hermana Ángela y nuestro cronista, Salvador, que no olvida mencionar también a su prima Elena Fasetto y a sus perritas Pati y Cholita, que dormían entre los troncos y tenían allí sus cachorros.
Don Santiago llegó a ser Capataz General de la División Maestranza y Transporte del Vivero Jardín del Sud. Cuando, en 1962, cerró este criadero, pasó al Vivero Único Saavedra como fiscal; allí se jubiló en 1967.
Del relato de don Salvador –vecino de Boedo, apasionado y ecléctico coleccionista–, de sus documentos y apuntes, rescatamos dos aspectos: por una parte, la vida familiar y por otra, la descripción de los lugares, las actividades y las personas del jardín, su “hogar”.
“Mi papá –es uno de sus primeros recuerdos–, en el año 1946 y 1947, me llevaba al colegio de los Hermanos Maristas, de Caseros y Lavardén, en la americana. Era un vehículo de dos ruedas delanteras medianas y dos traseras más grandes. Poseía capota que cubría al que manejaba y a los pasajeros. Tenía un solo caballo, el Niño, de color blanco.”
De su casa, ubicada sobre Baigorri, recuerda que tenía una habitación, comedor, baño, cocina con su leñera y un pequeño patio. Si bien la vivienda y las oficinas contaban con luz eléctrica, don Salvador conoció tres faroles a gas: uno colocado casi a la entrada del jardín, otro en la caballeriza y el tercero junto a la caldera horizontal.
Imaginemos lo que sería para los dos hermanos vivir en un sitio así. “Entre dos pinos gigantes –cuenta– hicimos una casilla cuando éramos chicos; ahí también tomábamos mate. Teníamos un carrito pesado, pequeño, con ruedas de hierro, sobre el que habíamos puesto una gomera gigante y con mi hermana hacíamos guerrillas contra otros chicos”.
Como no podía ser de otra manera, también se jugaba al fútbol, participando, junto a Salvador, su hermana, sus primos y muchachos amigos y vecinos.
Como en toda vida, hay momentos memorables. Salvador recuerda algunos. “Cuando mi hermana cumplió los quince años, se hizo una gran fiesta donde estaban las oficinas. Yo le regalé una medalla de oro, que compré en una joyería llamada Raspeño, y las fotos de la fiesta.” “Frente al galpón había un triángulo de tierra grande. Ahí, en 1955, se me hizo el cumpleaños de los 18. Vinieron más de cincuenta personas. Fue un asado gigante. También en ese triángulo de tierra, para san Pedro y san Pablo se hacían fogatas enormes con las coronas que traían de los cementerios.”
Ya de mozo, evoca: “En 1958 tenía una amiga llamada Celia que vino a comer asado con otra amiga llamada Benita; y yo traje otro amigo llamado Amaro. Lo comimos al lado de la casilla del chino; se trajo también mi vitrola”. “Mi primer coloquio amoroso fue al lado del árbol de moras.” Y al margen de la hoja figuran dos nombres: Salvador y Elena.
En todo grupo de trabajo, sus integrantes hacen algo más que la función que habitualmente le conocemos. Don Salvador recuerda que en el Jardín del Sud trabajaban, por ejemplo, un tal Dagneletto, que tocaba el violoncelo en el Teatro Colón; Ricardo Pedevila, director de orquesta típica; Guido Bono, un jugador de fútbol que después se fue a Cuba; Ditifese, arquero del Deportivo Italiano. La grafía de estos nombres tal vez falle en la memoria de don Salvador, pero no el recuerdo de quienes los llevaban. Como tampoco olvida aquella vez –antes de 1950– en que Pedro Maffía fue a tocar en el jardín.
Algunos fragmentos de las notas que venimos siguiendo se detienen en el período del gobierno penonista: “Mi papá en esa época fue muy combatido por ser radical y no peronista. (…) Varios [de los delegados] después se arrepintieron de lo que le habían hecho”. “En una de las oficinas del frente se encontraba un comité peronista femenino. Eran buena gente.” “En el galpón del fondo, donde se zarandeaba la tierra, reunían al personal y les leían La Razón de mi vida.” “Frente a las oficinas había un mástil con verde alrededor y piedras. En la época peronista habían puesto un busto de Eva Perón. Cuando cayó el régimen, el busto lo tiraron.”
Con relación a este tópico, cabe recordar que poco tiempo después del fallecimiento de Eva Perón, y como “una prueba más del entrañable cariño e imperecedera admiración que el pueblo todo guarda por su Abanderada y Jefa Espiritual”, el decreto 8466, del 7 de noviembre de 1952, estableció: “Desígnase “Vivero Jardín Evita” al actual “Vivero Jardín del Sud”, dependiente de la Dirección de Paseos…”.

Un recorrido por el jardín
Oficiando don Salvador de cicerone, hagamos ahora una caminata imaginaria por el Jardín Municipal del Sud. Antes de ingresar, circundando su perímetro, observemos que el sector izquierdo del predio, sobre la calle Caseros, está cerrado por un alambrado tipo gallinero. Sobre la calle Baigorri corre una pared hasta la avenida Alcorta. Allí comienza la vieja verja de hierros con punta de lanza, adosada sobre un pequeño paredón con pilares, que originariamente circundaba toda la plaza España. Sobre la parte que da a ésta, al llegar a la altura del invernadero grande y de las oficinas que dan sobre Caseros, los hierros del enrejado son más altos.
Ingresamos al jardín. El portón es de dos hojas, pintado de verde. Levantando la vista hacia la izquierda vemos, adosada sobre la medianera de la florería con cuatro grandes clavos de cabeza piramidal, una placa de mármol blanco de regular tamaño. Pulcramente tallada en florida epigrafía coloreadas en negro, nos indica dónde estamos, la fecha de creación del jardín y el nombre de su fundador.21
Junto a la florería está la oficina del jefe del jardín, el señor Jorge Dresco; le sigue la oficina general y, a continuación, la del jefe de inspectores, el señor Pena. Frente a estas construcciones se levanta el mástil. Vemos también una campana: un toque de ella sirve para llamar al jefe del jardín, dos, al capataz de viveros, y tres, al capataz de transporte.
A nuestra derecha se extiende la medianera de algunas viviendas particulares. A su final, nos recibe una hermosa glorieta con glicinas.
Podemos deambular ahora por una intrincada serie de caminos de tierra o cubiertos de adoquines, flanqueados unos de jacarandaes, otros de tipas o ligustro. Junto al invernadero de ciclámenes, una serie de cercos de ligustrina parejamente recortada forman una especie de laberinto. Todos los caminos tienen, cada trecho, canillas para el riego que un tal Greco realiza por la tarde. Pasamos junto a magnolias, ceibos, rosales, ficus, palos borracho, eucaliptos…
Llegando al fondo del jardín, en el ángulo formado por las calles Baigorri y Alcorta, encontramos un pequeño cañaveral y a su izquierda, sobre la avenida Alcorta, un monte de laureles y un conjunto de palmeras. Los primeros, recuerda don Salvador, fueron diezmados para la confección de coronas durante los funerales de Eva Perón. Aparte de las plantaciones “oficiales”, podemos toparnos en nuestro recorrido con árboles frutales de nueces, uvas, duraznos, moras, granadas, higos, nísperos, mandarinas, damascos, castañas, etc.
Nuestro guía va desgranando los nombres de la gente que trabaja allí. No concibe –con lógica razón– una historia con lugares y fechas sin tener en cuenta a la gente que vive esas dimensiones. Cada espacio, cada actividad, tiene su encargado. Una serie de casillas, donde se realizan los almácigos, se encuentran diseminadas por el predio. Están numeradas: la Nº 1, de Gómez, la 2, de Mea, la 3, del Chino, la 4, de Moreno, la 5, de Gorga…
Rompen la imagen rural que muestra el conjunto las simétricas construcciones de los invernaderos. Cuatro son totalmente vidriados; uno de ellos, a cargo del viejito Vicente, es de grandes dimensiones, con una escalera al costado y una gruta y peces en su interior. Hay otros de madera, para especies de media sombra: dos más reducidos y un mediomundo gigantesco, para plantas como bananos y cafetos y hasta con una pileta con peces. Dos invernáculos grandes, dedicados al cultivo de ciclámenes, están a cargo de un japonés de nombre Asiguchi. Casi al ras del suelo, se destacan varias vidrieras de distintos tamaños.
Otra serie de construcciones del más variado aspecto –y destino– se deja ver entre las plantas: las destinadas a vidriería, herrería, pinturería, carpintería, caballeriza, almacén de materiales, etc.
La florería –para la confección de los adornos para los paseos y actos varios–, ubicada como vimos junto a la entrada, cuenta con un depósito de flores. La semillería ocupa dos piezas que dan sobre Caseros. Otro rincón importante es el de la herrería con su depósito de carbón. Enfrente está el palenque, donde se hierra a los caballos.
Al lado de la carpintería hay un lugar para guardar los vehículos a motor: una camioneta cerrada para el reparto del material salido de la florería, tarea a cargo de Pablo y de Felipe; un camión amarillo, modelo 1947 y el jeep del jefe de inspectores. Este sector cuenta con un foso y un banco de trabajo.
Y hablando de vehículos, don Salvador nos ilustra que el servicio del jardín se realiza principalmente por medio de chatas. Hay una chata grande, una chica y otras cinco o seis más, tiradas por tres o cuatro caballos cada una. La chata playa, la número 1, la más grande, es manejada por su papá y tirada por el Lindo, el Noble y Baratieri. Cada caballo, por supuesto, tiene su nombre –y son más de treinta los que pueblan los establos. El único carro corto del jardín lo maneja el Vasco.
Para subir la cuesta del camino principal que lleva a la caballeriza donde son descargadas, las chatas traen, además de los tronqueros, un caballo cadenero. Por indicación del capataz, don Santiago, antes de iniciar la cuesta se hace un alto para descanso de los animales, ya que el camino de adoquines es muy resbaloso.
En la caballeriza vemos un guinche manual para levantar los fardos de pasto y una báscula; en el centro, una gran bebedero para los caballos, que muchas veces usan los Dabrescia para darse un chapuzón en verano. Arriba de la cuadra están los depósitos de forraje y alimento para los animales y los arneses. Para los caballos enfermos hay un revolcadero con arena.
Siguiendo nuestro recorrido, vemos miles de macetas prolijamente apiladas y clasificadas por número. En un playón de cemento hay bambúes, tuyas y brezos en tinas, cuya construcción está en manos del tonelero Luis Oliva. Nuestro guía no olvida señalarnos el sitio donde Nuncio Tinendi encontró una bala de cañón y un trozo de bayoneta. ¿Restos de la Revolución del 80?
Nos cuenta Salvador que todos los árboles secos que son retirados de las calles se traen al jardín. Aquí, una trozadora –ubicada sobre la calle Baigorri y a cargo de Fiorucho– los reduce al tamaño adecuado para alimentar las calderas que proveen de calor a los invernáculos. Hay dos calderas verticales y una grande horizontal.
En el jardín, dos serenos –Sosa y el gordo Plascenti– se turnan noche por medio.

El final
Tenemos a la vista un pequeño cuaderno ajado, registro oficial de asistencia del personal de la Sección Transporte del Jardín del Sud. La hoja correspondiente al mes de abril de 1961 es la última que aparece escrita. Allí figura un total de trece empleados, incluido el capataz Santiago Dabrescia. La planta ya venía disminuyendo su personal desde hacía tiempo con el pase de algunos de sus integrantes a otros viveros. A partir del día 10 de ese mes, siete aparecen con la leyenda “Cesó, Avellaneda” –con lo que se quería indicar que pasaban al vivero del parque Avellaneda– mientras que un par más lo hizo al terminar el mes. Ese viernes 28, sólo dos empleados aparecen marcados con el signo de presente… El resto está de licencia… El Criadero Municipal de Plantas había cesado de funcionar…
El desmantelamiento y demolición de las instalaciones habían comenzado el año anterior. Ahora se derribaron las rejas que lo separaban de la plaza. En un sector se instalaron juegos infantiles, canchas de bochas, calesita y un jaulón con loros, palomas y otras aves. Pero todo esto tuvo muy corta vida.22
Por su parte, en la esquina de Caseros y Baigorri se estableció el Mesón Español, ocupando alguna de las dependencias municipales con un restaurante y espacio cultural para los amantes del flamenco.
Por Ordenanza 38.078 del 24 de agosto de 1982, la plaza España pasó a denominarse parque España, ya que su superficie, con la anexión de las tierras del desaparecido vivero, se había más que duplicado, alcanzando los 55.100 m2.
Hoy, parte del espacio del Jardín lo ocupa el Centro Cultural del Sur, dependiente del Gobierno de la Ciudad, donde se ofrecen recitales de música popular, muestras de artes plásticas, espectáculos de circo, cursos y talleres. Allí también se instaló la cooperativa “La calle de los títeres”, integrada por titiriteros que los fines de semana brindan funciones gratuitas.
A mediados de 1983, con motivo de cumplirse el centenario de la creación del Criadero Municipal de Plantas, la entonces Dirección General de Paseos proyectó erigir un nuevo espacio verde –que se llamaría “Plaza de los Viveros”– en un predio ubicado entre las calles Ferré, Timoteo Gordillo, Tellier –actual Lisandro de la Torre– y la avenida coronel Roca, frente al Autódromo Municipal. En ella se proponía plantar distintos ejemplares cultivados en los viveros municipales y emplazar una placa recordatoria. En su informe, el Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires consideró más apropiado que la placa de homenaje se colocara en la plaza España, lugar donde estuvo ubicado el vivero. La Ordenanza 39.570, del 18 de octubre de 1983, impuso el nombre propuesto al espacio en cuestión y dispuso la colocación de la placa con la leyenda:

“PLAZA DE LOS VIVEROS // CREADA AL
CUMPLIRSE EL CENTENARIO DEL //
«PRIMER CRIADERO DE PLANTAS» DE LA //
MUNICIPALIDAD DE LA CIUDAD DE //
BUENOS AIRES // 1883 – 1983”.

Hoy, totalmente remodelada y enrejada, ningún vestigio ilustra al paseante –como pasa con casi todos los paseos de nuestra ciudad– sobre la razón de su nombre.
A los nostálgicos y curiosos que quieran ver vestigios de los tiempos que hemos transitado, los invitamos a darse una vuelta por el predio de la avenida Caseros 1750. El pequeño paredón del frente, toda la pared que da sobre la calle Baigorri, un bebedero para caballos, un invernáculo, parte de las caballerizas, el gastado palenque y el piso de adoquines –entre otras cosas que despiertan hondas emociones en el alma de don Salvador Dabrescia–, le permitirán imaginar al visitante el espacio que hemos rememorado. s

Notas
1.- BERJMAN, Sonia, Plazas y parques de Buenos Aires: la obra de los paisajistas franceses (1860-1930), Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires – Fondo de Cultura Económica de Argentina, Buenos Aires, 1998, p. 36.
2.- BERJMAN, Sonia, Los espacios verdes de Buenos Aires entre 1880 y 1925, Tesis de doctorado, Universidad de Buenos Aires, 1987.
3.- Torcuato de Alvear (1822-1890) fue presidente de la Comisión Municipal desde 1880 –fecha de la federalización de Buenos Aires– hasta 1883. Ese año se sancionó la Ley Orgánica Municipal y el presidente Julio A. Roca lo designó primer intendente municipal, desempeñándose como tal hasta 1887.
4.- Citado por BÉCCAR VARELA, Adrián, Torcuato de Alvear: primer intendente municipal de la Ciudad de Buenos Aires, su acción edilicia, Buenos Aires, Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, 1926, pp. 206-207.
5.- La principal contribución de Courtois fue el proyecto, construcción y mantenimiento de las plazas, parques y paseos de la ciudad, como jardinero municipal primero y como Director de Paseos después. En su desempeño, representó cabalmente la jardinería pública francesa en conjunción con el proyecto impulsado por la generación del 80, que llevó a Buenos Aires de la “gran aldea” a la “urbe cosmopolita”. (BERJMAN, Sonia, Plazas y parques…, op. cit., p. 74.)
6.- Archivo del Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, caja 10, documento del 5 de enero de 1880.
7.- Actas de la Comisión Municipal de la Ciudad de Buenos Aires correspondientes al año 1878, Buenos Aires, Talleres Gráficos “Optimus”, 1912, p. 415.
8.- Recordemos que el Jardín Botánico palermitano comenzó a formarse recién en 1892.
9.- MARONI, José Juan, “La Convalecencia: olvidado topónimo porteño”, en Boletín del Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, Año V, Vol. 8, Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, 1983, pp. 77-84.
10.- PUCCIA, Enrique H., “Barracas en la historia y en la tradición”, en Cuadernos de Buenos Aires, Nº XXV, Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, 1964, pp. 108-110.
11.- Actas del Concejo Municipal de la Ciudad de Buenos Aires correspondientes al año 1870, s/d, p. 48.
12.- “Memoria de la Intendencia Municipal de la Ciudad de Buenos Aires,…”, 1885, p. 283.
13.- MUNICIPALIDAD DE LA CAPITAL, Actas del Concejo Deliberante correspondientes al año 1884, Buenos Aires, Imprenta La Universidad, 1886, p. 211.
14.- DIRECCIÓN GENERAL DE PASEOS, Memoria de los trabajos realizados en los parques y paseos públicos de la ciudad de Buenos Aires: años 1914, 1915 y 1916, Buenos Aires, Imp. J. Weiss y Preusche, 1917, p. 30.
15.- MUNICIPALIDAD DE LA CAPITAL, Actas del Concejo Deliberante correspondientes al año 1888, Buenos Aires, Imprenta del «Courrier de la Plata», 1888, pp. 440-441.
16.- No podemos dejar de relacionar este año 1888 con el fallecimiento de Domingo F. Sarmiento, ocurrido el 11 de septiembre, en Asunción del Paraguay.
17.- Según el censo de la ciudad de Buenos Aires de 1910, los jardines de los hospitales municipales cubrían una superficie de 189.555 m2.
18.- DIRECCIÓN GENERAL DE PASEOS, Memoria…, op. cit., p. 29.
19.- DIRECCIÓN GENERAL DE PASEOS, Memoria…”, op. cit., pp. 30-31.
20.- Datos extraídos de: DIRECCIÓN GENERAL DE PASEOS PÚBLICOS, Reseña estadística de la labor realizada por la Dirección de Paseos durante el período comprendido entre los años 1932-1933, Buenos Aires, 1933.
21.- Recuerdan esta placa: SCHIAFFINO, Eduardo, Urbanización de Buenos Aires, M Gleizer, Buenos Aires, 1928, pp. 85/86; CAPACCIOLI, Nora y CORTESE, Luis O., “Algunos recuerdos sobre dos parques de Barracas: España y Fray Luis Beltrán”, en Historias de la Ciudad – Una revista de Buenos Aires, año VI, Nº 31, Buenos Aires, junio de 2005, p. 49, nota Nº 21.
22.- Ya en 1932, casi treinta años antes, un proyecto de resolución del Concejo Deliberante solicitaba al Departamento Ejecutivo el traslado del Vivero del Sud, colindante con la plaza España, para ampliar y ensanchar esta última, colocar en ella juegos infantiles y mejorar su alumbrado eléctrico (Boletín Municipal Nº 2914, 18 de mayo de 1932, p. 1110). De enero del año siguiente son los planos que guarda el Área Planificación y Archivo de la Dirección de Espacios Verdes del G.C.A.B.A., con el proyecto de ampliación de la plaza España.

Información adicional

HISTORIAS DE LA CIUDAD. Una revista de Buenos Aires
Declarada de “Interés de la Ciudad de Buenos Aires” por la Legislatura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Año VIII – N° 45 – marzo de 2008
I.S.S.N.: 1514-8793
Registro de la Propiedad Intelectual N° 100.991

Categorías: Comercios, Plazas, Parques y espacios verdes, Cosas que ya no están, Medio Ambiente
Palabras claves: vivero, primer, Dabrescia

Año de referencia del artículo: 1880

Historias de la Ciudad. Año 8 Nro45

Don Salvador –ya de mozo– con un grupo de amigos, frente al cañaveral y las palmeras en los fondos del jardín (Col. Salvador Dabrescia).

Santiago Arnaldo Dabrescia (izq.), Capataz General de la División Maestranza y Transporte del Vivero Jardín del Sud (Col. Salvador Dabrescia).

Una perspectiva del interior del vivero; marzo de 1959. Juego de chicos en el camino principal (Col. Salvador Dabrescia).

Back To Top