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Boedo

Francisco Reyes, un andalúz en Boedo

Silvia Nora Martínez

Madre y Autoretrato, C. 1966.

Un 9 de mayo, cien años atrás, Francisco María Reyes llegaba al mundo en el marinero pueblo de Garrucha, Almería. El pequeño municipio, de 4.500 habitantes a principios del siglo XX, dedicado exclusivamente a la pesca y su comercialización,  no ofrecía muchas posibilidades de progreso, lo que motivó que algunos años más tarde don Pedro Reyes y su esposa Antonia Díaz, padres de Francisco, resolvieran abandonar el terruño natal y emprender la arriesgada aventura de cruzar el Atlántico con todos sus hijos: Diego, José, Pedro, Antonio, María, Inés y Francisco, a los que habría que sumar a Paula y Antonia, nacidas en Argentina. Dejaron Andalucía en la primavera española de 1927 y arribaron aquí en nuestra primavera de ese mismo año. Francisco, ya adolescente, seguramente habrá dejado atrás amigos, compañeros de escuela y quizás algún temprano romance.

¿Qué ideas habrán cruzado por la  cabeza de ese jovencito durante las interminables horas de navegación? ¿Habrán influido en su sensibilidad las cambiantes tonalidades del  agua, coronada por nubes de espuma, rabiosas a veces y mansas como palomas en otros momentos? En algún reportaje se le escuchó decir: “El color sugestiona mi espíritu por la suavidad del matiz, tan en armonía con sus suavidades mismas, y la escultura, siendo también armonía de la línea, es manifestación de la fuerza en movimiento, lo que exige al artista el vigor del hombre para dominar la fuerza de esa vida apresada y siempre activa, en la contención del modelado, surgiendo de ahí el lógico contraste del espíritu y la materia, de la esencia y la forma, el alma y la carne, el lírico y el hombre.” Esa puede ser una consecuencia de haber absorbido en sus tempranos años la belleza, el color y la bravura del mar, primero en su Garrucha natal, y luego en la travesía atlántica.

La familia Reyes se afincó en el porteño barrio de Boedo, lugar que Francisco, al que ya comenzaban a llamar Paco, no abandonaría hasta su muerte. En vista de que debía completar su ciclo primario, su padre lo inscribió en la Escuela para Adultos “Florentino Ameghino”, en el turno noche; en ese predio se encuentra hoy la Plaza de los Vecinos, en la Avenida Independencia entre José Mármol y Muñiz. Allí, Francisco tuvo su primer contacto con el arte: el profesor Oreste Assali, fue quién primero advirtió sus dotes para el dibujo y la pintura, aconsejándole que comenzara a estudiar bellas artes. El jovencito estudiaba con ahínco y a la vez incursionaba en algunas tareas que le permitían solventar sus gastos para no afectar la comprometida economía familiar. En esa época fue aprendiz en un local de joyería y trabajó también en una casa de café de la calle México. Decidió entonces seguir el consejo del Profesor Assali y en 1935, se inscribió en la Academia Nacional de Bellas Artes.

Durante los cuatro años que estudió en la Academia no permaneció alejado de Boedo, el barrio que había adoptado como su lugar en el mundo, enamorado de sus calles, su gente, sus artistas y fue así como José González Castillo, que acababa de fundar la mítica Peña Pacha Camac en 1932, le ofreció el cargo de Secretario de Artes Plásticas en la naciente institución que funcionaba en los altos del café Biarritz, en Boedo 868, donde se ejercitaron el arte y la cultura en todas sus expresiones, además de ser lugar para conferencias, espectáculos y diversos talleres, todo gratuito.

Esos años transcurridos en Bellas Artes bajo la dirección de grandes maestros como Pío Collivadino, Raúl Mazza, Lorenzo Gigli, Domínguez Neira y Lino Enea Spilimbergo entre otros plásticos ilustres, terminaron por afirmar la decisión de Reyes de dedicarse al arte por completo. Su actuación en Pacha Camac lo había convencido de que se debía acercar el arte al pueblo, no tenerlo encerrado entre las cuatro paredes de un museo y el germen de esa idea lo llevó años después a organizar muestras de pintura callejeras junto a los integrantes de Bohemia, Agrupación de Arte, inolvidable grupo de plásticos que comenzaron en Parque de los Patricios y derramaron sus exposiciones por toda la zona sur de la ciudad.

Egresó de la Academia Nacional de Bellas Artes en 1935, con el título de Profesor Nacional de Dibujo, lo que le aseguraba de alguna manera el sustento, pudiendo dedicarse plenamente al arte en la rama docente. Ese mismo año, adopta la ciudadanía argentina.

En los años siguientes, Reyes se dedicó principalmente a la pintura, comenzando a exponer en el Salón Nacional en 1944 y nos ha dejado obras como “Una calle de Santiago”, “Capilla serrana”, “Calle de Valparaíso”, “Paseo Colón e Independencia”, “Isla Maciel”, “Calle Boedo”, “Barrio Obrero”, “Rancho Serrano” , “Lugano”, “Tren de carga”, “El arroyo”, “Canchita de Soldati”, “Techos de Boedo”, “Tarde gris”, “Mancha de La Boca”, “La iglesia”, “Día lluvioso” y “Salida de misa” entre muchas otras donde se destaca su amor por lo rural y la naturaleza, especialmente en aquellas obras en que los cielos y las corrientes de agua se destacan por una  particular forma de representarlos, como si tratase de ensamblar figuras geométricas con los tonos. Una de estas obras, “Callecita Serrana”, fue adquirida en 1957 por la Lotería Nacional de Beneficencia y Casinos para ilustrar los billetes de lotería. Muchas de esas pinturas son fruto de sus viajes al interior, especialmente a la serranía cordobesa, a  Uruguay, Chile y también al Delta del Tigre, lugar donde elegía pasar largas temporadas. Allí disfrutaba de la naturaleza, encendiendo fuego y amasando el pan diario con sus propias manos.

 

En esa época, Reyes suplía lo que no ganaba con su producción artística, trabajando en publicidad, dibujando marquillas comerciales y dedicando muchas horas a la docencia,  dictando clases en las Escuelas Nacionales de Bellas Artes “Manuel Belgrano”, “Prilidiano Pueyrredón” y “Fernando Fader” así como también en la Mutualidad de Egresados y Estudiantes de Bellas Artes, donde lo hacía en forma gratuita, sin claudicar ni renunciar por ello a sus convicciones ni a su vocación.  Fueron años dedicados principalmente a la pintura, de allí su extensa producción de telas, pero es indudable que ya comenzaba a incursionar en la escultura, ese arte que lo atraparía hasta llevarlo a lo más alto tanto en el respeto académico como en el cariño popular.

Entre todo ese fragor creativo, aparece una figura femenina que marcaría su vida para siempre: En 1947 conoce a Ana Leccadito y concretan su amor el 10 de septiembre de ese mismo año en la iglesia del Sagrado Corazón de María, en el barrio de Constitución. Anita y Francisco conformaron un hogar sólidamente basado en el amor y el respeto mutuo, apoyándose en las buenas y en las malas a través de largos años de convivencia. La familia creció con la llegada primero de Rodolfo, en 1951 y más tarde de Osvaldo, en 1956.

Durante esos años desarrolló su actividad, sucesivamente, en talleres ubicados en Av. Entre Ríos y Estados Unidos, luego en Estados Unidos 3475, lugar donde estuviera también el taller de los  escultores Antonio Sassone y Emilio Andino, para recalar finalmente en Castro Barros 1560, lugar que sus colegas admiraban por la limpieza y prolijidad que se respiraba en el ambiente, cosa poco común entre los artistas, que parecen encontrar inspiración en el caos de sus estudios.

Desde aquella primera exposición en el Salón Nacional de 1944, Reyes continuó participando con sus obras todos los años, hasta que en 1947, año más que importante en su vida personal, le otorgan el Premio Estímulo del Salón Nacional de Artes Plásticas por su obra  “Estibador”, seguido en 1949 por el Premio Adquisición de la Comisión Nacional de Cultura y la obtención en 1950, del Tercer Premio Salón Nacional Bellas Artes por su obra “Niño en la playa”.

Es también para esa época que Francisco comienza a incursionar en la escultura en forma cada vez más comprometida. Un periodista que visitó su estudio en aquellos años de febril producción y de quien no conocemos su nombre, dijo en un artículo: “Cuando Francisco Reyes tomó por primera vez un trozo de arcilla y comenzó a darle forma, sintió una sensación indefinible: la sensación del que crea, del que da vida, aunque inanimada, a un ser humano y ve surgir de sus manos una criatura. Así quedó cautivado por la escultura, pues cayó en la cuenta que lograba marmolizar sentimientos con espacios y volúmenes bien definidos. Se dio cuenta también de que la materia, tanto la que contemplaba como hombre, como la que esculpía o modelaba como artista, tenía bajo su forma externa un cúmulo de fuerzas expresivas, según se le mire y según se le vaya modelando. En todo ello hay mucho de poesía o de cierta visión poética.”

La gran producción de Reyes y por ende, el tiempo que invertía en su estudio y en las clases de dibujo que dictaba, no lo apartó de sus amigos, junto a los que trataban de materializar las inquietudes artísticas propias de intelectuales jóvenes como eran la mayoría de ellos. Fue así que a principios de 1953 se reúne con José Rombolá, Paulino Onorati y Héctor Fernández en el boliche de Lavardén y Patagones y entre los cuatro dejan sentadas las bases de lo que pronto se convertiría en Bohemia, Agrupación de Arte. El 8 de julio inauguran la primera muestra en el bar que los viera nacer, con gran éxito de público, que veía, por primera vez, que el arte venía hacia ellos, hacia el barrio y que no tenían necesidad de visitar importantes museos que cohibían a la mayoría de los sencillos habitantes de Parque de los Patricios. Reyes participó de aquella primera muestra y también de las posteriores, incluso la realizada en 1954 en el club Huracán donde se exhibieron las manchas realizadas por la noche, en un caso quizás inédito en el mundo en ese momento, cuando los pintores habían invadido las calles con sus telas, pinceles y colores y la ayuda de faroles para iluminar las obras. En 1958 fue elegido por sus pares para presidir la agrupación, la que alcanzó su época de esplendor bajo la dirección del que ya era “el Maestro Reyes”. Siendo tal su prestigio en el medio, que Bohemia obtuvo el derecho a enviar expositores a los Salones Nacionales y al de Bellas Artes.

Hombre inquieto, a la vez que se ocupaba de los asuntos de Bohemia, fundó en 1956 la Asociación  Argentina de Artistas Escultores y años después presidió brillantemente la Asociación Estímulo de Bellas Artes durante dos períodos. Pero no sólo se ocupó de las sociedades relacionadas con las artes, integró diferentes comisiones en sociedades de fomento, Rotary Club, Asociaciones Amigas del Barrio de Boedo, Junta Representativa Vecinal, etc. Es decir, a Reyes le importaba el arte, pero también se ocupaba de su entorno cívico, trabajando sin descanso por ese Boedo que había reemplazado a su Garrucha natal.

En medio de esta vorágine cultural y social, Francisco Reyes obtiene el Primer Premio del Salón Nacional de Bellas Artes con su escultura “Joven Atleta” en 1956, seguido por el Primer Premio en el XXII Salón de La Plata por su óleo “Callecita Serrana” en 1957; el Primer Premio de Honor del Ministerio de Educación, Salón Nacional de Artes Plásticas, por su obra “Mujer sentada” en 1958 y en 1959 el Gran Premio de Honor por su talla en granito “La Espera”.

En 1962 obtiene el Premio Adquisición en el Salón Mar del Plata; en 1963 el Primer Premio Apartado Medallas; en 1964 otro Premio Adquisición en el Salón Mar del Plata; en el mismo año el Premio Correa Morales del Salón Municipal; en 1966 el Primer Premio Sesquicentenario de la Independencia Argentina por su medalla Congreso de Tucumán; en 1968 el Tercer Premio Municipal; en 1970 el Segundo Premio Salón de Esculturas de Morón y en 1985 el Premio Medalla de Oro otorgado por el Museo y Escuela de Bellas Artes “Quinquela Martín” de Rosario de la Frontera, provincia de Salta.

A mediados de la década del ’70, Reyes se vinculó con el Ministerio de Educación Provincial de Resistencia, en la provincia de Chaco cuando esa repartición creó el Profesorado de Escultura. Para referirme a este tema, citaré aquí parte de las palabras que dijese el Profesor Norberto Pagano, gran amigo de Reyes, en ocasión de un homenaje realizado en la Academia Porteña del Lunfardo al cumplirse dieciséis años de la muerte del escultor. “Al crearse dicho profesorado en Resistencia, hacia allí fue Francisco Reyes junto a Enrique Gaimari, colega y amigo. La presencia de estos dos maestros dio un impulso definitivo a esa expresión artística. Formaron profesores y escultores que hoy figuran entre los más representativos, no sólo a nivel nacional sino también internacional. La necesidad de viajes continuos a Resistencia y su alojamiento en el Fogón de los Arrieros hizo que Reyes atara sólidas amistades y compromisos del alma. Es decir, adhirió fervientemente a la cruzada cultural de esa institución. Fue una labor titánica que Francisco Reyes asumió como propia. Él contactaba artistas en Buenos Aires, movilizaba camiones de traslado de pesadísimas esculturas que irían luego a ser exhibidas en calles y paseos de Resistencia”.  Pagano nos pinta aquí a grandes rasgos el fervor de Reyes por la obra magnífica que desarrolló  en el mítico Fogón de los Arrieros su creador, Aldo Boglietti, y relata una pequeña anécdota que muestra la humildad de Francisco: “Reyes había ido a una vieja carpintería de Boedo y a la espera de que lo atendieran, mirando por los rincones, descubre un montículo de aserrín que escondía un pie de piedra. Sorprendido, apartó dificultosamente el material de desecho y puso al descubierto “La flor del Indígena”, del Maestro Leguizamón Pondal. Es decir, una versión idéntica a la que se encuentra en el Jardín Botánico de Buenos Aires y que estaba “perdida”. Hablamos de una magnífica escultura en piedra blanca que personifica la leyenda de la flor de Irupé en forma de una mujer desnuda que surge del centro mismo de la flor. El carpintero, viejo amigo, se la regaló a su pedido. A partir de entonces, vino el trabajo de traslado a su taller, el ímprobo de su limpieza y el posterior traslado a Resistencia. Hoy está ubicada a la entrada principal de Resistencia, en el Boulevard Sarmiento. Y sólo por amor al arte. Te imagino, viejo amigo, hurgando entre virutas y retazos inservibles, inclinado, con los ojos abiertos por el asombro, ante esa pieza olvidada por todos, como un pescador de perlas, como el buscador de oro entre el fango, vos, que eras desde hacía ya mucho tiempo un Gran Premio de Honor del Salón Nacional, rescatando del olvido cierto y la destrucción segura, la obra de otro. Pocos han sido como vos”.

En ese remolino  de actividades que era su vida, Francisco encontraba siempre un momento para dedicarlo a sus amigos, a aquellos que compartían con él los atardeceres en el patio del estudio, entre virutas y malvones, charlando sobre arte, política o las virtudes de un buen salamín. Porque Reyes adoraba los salamines y el buen queso, infaltables en su casa y siempre a punto para compartir con los amigos, acompañados por un buen vino tinto. En esas reuniones comenzó la costumbre de premiar a alguno de los presentes con el cintillo de papel que abraza el cuerpo de los salamines y poco a poco, la distinción fue cobrando importancia hasta que en 1986, precisamente  el cinco de mayo, Reyes instituyó lo que se conocería en el futuro como la Cofradía de los Caballeros de la Orden del Lengue, título que parece pretencioso, pero no lo es, ya que Reyes escogió como símbolo, una de las más humildes prendas de vestir del hombre del arrabal, que era a la vez, un orgullo masculino: el pañuelo anudado al cuello, conocido como lengue.

Los primeros Caballeros recibieron el lengue con sus iniciales pintadas por el propio Reyes  que fue quien les anudó el pañuelo al cuello en su carácter de Gran Maestre de la Orden, cargo que desempeñó hasta el momento de su muerte. Los fines de la Orden, que continúa hasta nuestros días, son los de promover las expresiones culturales, colaborar con instituciones dedicadas a esos fines y destacar a personalidades que acrediten merecimientos por trabajar para esos fines. Actualmente, los Caballeros continúan con el rito de reunirse anualmente y elegir un nuevo miembro de la Cofradía, que por sobre todo honra la amistad, como era la idea primitiva de Francisco Reyes.

Los años transcurrían y Reyes continuaba recibiendo distinciones por sus trabajos, algunas poco conocidas, como por ejemplo la Plaqueta Anual que le otorgó la Federación Argentina de Instituciones Folclóricas correspondiente al Personaje Destacado por su labor de difusión del acervo nativo tradicional en 1979. Basta con contemplar las esculturas del maestro para comprender el valor intrínseco de la distinción.

A partir de 1980 organizó varias exposiciones de escultura en la cortada  San Ignacio, en el barrio de Boedo, a las que tituló “A cielo abierto”. En ellas participaron más de cincuenta artistas de primera línea, siendo de las exposiciones más visitadas de Buenos Aires. En un reportaje de esos años, comentaba que él, junto a los miembros de la Cofradía, tenían el proyecto de que San Ignacio se convirtiera en una calle peatonal, dedicada a exposiciones escultóricas, para deleite de vecinos y paseantes y anunciaba también orgullosamente que acababan de editar el libro “Ayer y hoy de Boedo” del Profesor  Diego A. del Pino.

Este sueño suyo de tener una callecita que fuese un lugar de exposiciones permanentes, fue llevado a la realidad años más tarde, con la diferencia de que la “callecita” se cambió por la pujante Av. Boedo, en su tramo entre las avenidas San Juan e Independencia, con diecisiete esculturas emplazadas en sus veredas para deleite del paseante. Pero de esto hablaremos un poquito más adelante.

En octubre de 1986, reunido Reyes con su grupo más íntimo de amigos, varios de ellos integrantes de la flamante Cofradía del Lengue, deciden crear una Junta de Estudios Históricos del barrio de Boedo. Existían ya varias Juntas barriales: Flores, Almagro, Barracas, Balvanera, todas ellas nucleadas por la Junta Central de Estudios Históricos de la Ciudad de Buenos Aires y dedicadas a salvaguardar la pequeña historia de los barrios que, en definitiva, es lo que hace la historia grande de una ciudad.

Reyes, con su fino olfato, se dio cuenta de que ese era el camino para trabajar en la guarda de los recuerdos de Boedo y sus amigos lo secundaron con entusiasmo. La nueva institución fijó como su fecha de fundación el 7 de octubre de 1986, se conformó la Comisión Directiva y pese al deseo de sus amigos, Reyes declinó la Presidencia de la Junta, ocupando el lugar de Primer Vocal en una muestra más de su inclaudicable modestia. El grupo puso manos a la obra de inmediato, siendo una de sus primeras realizaciones, junto a la Cofradía, la edición del mencionado libro de Diego del Pino, “Boedo de Ayer y de hoy”, agotado hace muchos años y que refleja como ninguno los orígenes e historia de Boedo.

Pero, volviendo a ese prolífico año 1986 para Francisco, lo encontramos recibiendo el 1° de noviembre, el cargo de Miembro de Número de la Academia Porteña del Lunfardo, donde ocupó el sillón Enrique Muiño, quien fuera uno de sus grandes amigos en la época de Bohemia. La Academia tenía como secretario en ese momento, a José Gobello, que formaba parte también de la Cofradía y de la Junta de Boedo.

Había también en Reyes una gran sensibilidad por la niñez, que lo llevó a colaborar con el recordado Oscar Schiariti en su programa de canal 7 “Juega con nosotros”. Participó durante años en ese espacio, regalando su importante obra a escuelas y alumnos. Durante sus actuaciones, terminaba importantes obras en cámara, y luego las obsequiaba a las escuelas participantes, sin pedir nada a cambio.

En 1960 había donado al club “Mariano Boedo”, sito en Av. San Juan 3545, ya desaparecido, un busto del prócer que da nombre al barrio.  Años más tarde, el club cerró sus puertas y el busto fue adquirido en remate público por el Lic. Aníbal Lomba, en nombre de la Junta de Estudios Históricos de Boedo, la que luego la donó al Jardín de Infantes Común N° 4 DE 6° que lleva el nombre de “Mariano Boedo” en Castro Barros 965. Seguramente el alma de Reyes debe sentirse muy feliz al estar rodeado día a día por niños de su amado Boedo.  Una réplica de ese busto, volcada al bronce, se encuentra desde 1966 en el hall central de la estación “Boedo” del subterráneo de la línea “E”.

Otro hito en la historia de Boedo respecto a las esculturas, fue el emplazamiento de “Homenaje a La Madre” el 18 de diciembre de 1982, a instancias del Rotary Club de Boedo, con el auspicio del Banco Supervielle-Societé Generale en Boedo 735. Esta bella “Madre”, que custodia a todos los habitantes del barrio con su mirada amorosa como si fuésemos realmente sus hijos, fue la que impulsó a la Junta de Estudios Históricos a bregar por tener en Boedo un Paseo de las Esculturas. El impulsor fue Aníbal Lomba, quien acompañara a Reyes en la creación de la Junta, siendo su Presidente durante 22 años. Tras varios años de trámites y expedientes, el Paseo fue inaugurado en dos etapas, con un emplazamiento actual de diecisiete obras, todas donaciones de eximios artistas, todos ellos  deseosos de colaborar en el proyecto. Francisco Reyes es el único artista del que se exhiben tres obras, ya que a “La Madre” primitiva, se sumó “La Cholita”, por la generosa donación de la familia Reyes, y últimamente la nieta del escultor, Laura Reyes, hizo entrega a la Junta de Estudios Históricos de Boedo de un autorretrato del Maestro, realizado en cemento, para ser incorporado al Paseo.

Es realmente un “museo a cielo abierto”, como le gustaba denominarlo a Lomba, en recuerdo de aquél anhelo de su amigo Reyes de tener un lugar abierto para exhibir esculturas que embellecieran el barrio. Otro homenaje que le rinde la Junta de Boedo, es la realización de Bienales de Escultura que llevan su nombre, donde se le da la oportunidad de exponer  tanto a artistas consagrados como a noveles escultores de todo el país. Se han organizado ya doce Bienales, las últimas cuatro en el hermoso ámbito de la Academia Nacional del Tango, con gran éxito de público.

Reyes falleció el 16 de abril de 1988 y al cumplirse el primer aniversario de su desaparición, la Cofradía de la Orden del Lengue y la Junta de Estudios Históricos de Boedo le rindieron homenaje imponiendo el nombre de “Esquina Francisco Reyes” a la intersección de Av. Boedo y el Pasaje San Ignacio y colocando una placa de bronce que lo recuerda. Citaré algunos de los conceptos vertidos en la ocasión por el Dr. Enrique Erusalimsky, que había sucedido a Francisco Reyes como Gran Maestre de la Cofradía.

“Lo recuerdo en su taller de la calle Castro Barros. Al entrar, al cruzar la puerta de acceso, un cencerro tintineante advertía al maestro. Salía a recibir al visitante, enfundado en su guardapolvo de trabajo con alguna de las modeladoras herramientas en su mano. Su cordial bienvenida era invitación a introducirnos en su mundo. Varias obras siempre en proyecto, esperaban de su inspiración creadora, envueltas en los lienzos que las protegían de ojos profanos. Una siempre estaba a la vista, en ciernes o avanzada. Algunas palabras amables y volvía a su trabajo. Y mientras modelaba con sus dedos o atacaba un trozo de madera o de mármol con gubias, buriles y martillos, de entre sus labios emergía un tarareo o entonaba entre dientes alguna melodía. Así era su entorno. Me quedaba en silencio, viendo al maestro creando su obra, envidiando sus emociones y su felicidad interior. Es un taller con toques de bohemia de principios de siglo, que contiene un verdadero museo de arte.”

Las obras de Reyes se encuentran diseminadas a lo largo y ancho de nuestro país y también del extranjero. Se las encuentra tanto en humildes escuelitas como en la Casa de Gobierno argentina; en ministerios, museos, plazas y colecciones privadas; en el Fogón de los Arrieros y en varias calles de Resistencia, donde las esculturas parecen brotar de la tierra misma. Su enumeración sería larga y fatigosa, por lo que prefiero dejar en manos de quienes estén interesados una búsqueda que seguramente los gratificará, utilizando este espacio para que escuchen las palabras de quienes lo conocieron y supieron apreciarlo en su justa medida.

A escasos tres meses de su desaparición, el Museo y Escuela de Bellas Artes “Quinquela Martín” de Rosario de la Frontera, Salta, impuso el nombre de Escultor Francisco Reyes a una Sala del Museo dirigido por don Amelio Ronco Ceruti quien se expresaba así sobre quien fuera su amigo: “Las esculturas de Francisco Reyes son las esculturas de ayer, pero también son las esculturas de hoy y serán las de mañana, porque utilizó el idioma universal del Arte. En sus obras podemos admirar su oficio de realizador, que plantea y resuelve hábilmente los problemas plásticos de composición, forma y volumen. Sus maternidades son prueba de suficiencia, amor y ternura, donde el artista plasma con reverencia la sublime misión femenina. Francisco Reyes hizo mucho y en distintos aspectos pero siempre que hizo algo lo hizo con altura, con honradez, con sinceridad de propósitos y con innegable idoneidad. Mi homenaje al artista, al hombre y al amigo.”

Para cerrar este  pequeño trabajo elijo transcribir parte de lo que escribió nuestro querido amigo Norberto Pagano, en ocasión de inaugurarse una exposición homenaje a Francisco, en la Asociación Estímulo de Bellas Artes, el 28 de abril de 1998.

“Había en Reyes una hidalguía que se traducía en la elegancia de su porte, en el gesto mesurado y en su palabra y silencio cordiales. Por debajo  de su marcado ceño se abría una amplia, franca sonrisa. Aunque nos separaran veinticinco años, distintos orígenes y diferentes formaciones, nos unían algunas similitudes del alma.  Los invito a recorrer las esculturas de Reyes una por una. Sumerjámonos en ese mundo silente de contundencias y ternuras, de abstracciones y palpitante vida. Deslicémonos por las tersuras de sus superficies, desgarrémonos en sus anfractuosidades. Ellas tienen la solidez impávida del Ande y son, sin embargo, el corazón mismo de la piedra convertido en humana carne. Difícil cosa esta.  Es la dulzura de Madre y Niño, la gracia que aletea en La Espera. Recuerdo que, cuando lo visitaba en su taller de Castro Barros, me mostraba sus esculturas y al hacerlo, impensadamente las acariciaba, sus dedos recorrían morosamente una vez más y cada vez sus sinuosidades, penetraban sus cóncavos, se deslizaban por sus aristas. Sus manos fuertes se transformaban en palomas de gracia infinita. La bella escultura de Francisco Reyes será siempre un puente de plata tendido, que salvando el abismo, nos invita a transitar un mundo superior. En sus esculturas está presente su imaginación creadora. El magnífico pájaro de su imaginación que despliega sus esplendentes alas y se eleva y nos eleva en un vuelo raudo por un cielo luminoso de espacios y formas.”

Imagen: Martín Fierro.

 

BIBLIOGRAFÍA

Archivo de la Junta de Estudios Históricos de Boedo

 

Información adicional

Archivo de la Junta de Estudios Históricos de Boedo

Categorías: Estatuas, monumentos y placas, Artistas plásticos y escultores, Arte, Biografías
Palabras claves: escultura, pintura, monumentos

Año de referencia del artículo: 2020

 

Francisco Reyes trabajando en su taller

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