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Caballito

Jesuitas en Caballito: la chacra de Nuestra Señora de Belén

Marcelo C. Olivetti

Las quintas de Caballito. Desde Cucha-Cucha (hoy F. García Lorca) hasta Donato Álvarez era el centro de la chacra de los jesuitas., C. 1830.

De las cuatro chacras coloniales que formaron el barrio de Caballito, pertenecientes desde fines del siglo XVI al denominado “pago de la Matanza”, una de las más importantes por su extensión, era propiedad de la Compañía de Jesús y se denominaba Chacarita de Nuestra Señora de Belén o de la Residencia.

En realidad, tan extensa propiedad que comenzaba por el sur en las barrancas altas del valle del Riachuelo que allí se transformaba en bañado, finalizaba en la Chacarita de los Colegiales. Para informar al lector y darle una idea aproximada de su ubicación, diremos que ocupaba nada menos que el corazón del actual barrio de Caballito y que sobre Rivadavia, se iniciaba a inmediaciones de Primera Junta y llegaba por el oeste hasta Curapaligue-Donato Álvarez.
Esta chacarita de la Compañía, era en sus orígenes mucho más pequeña, pero los jesuitas le fueron agregando con los años nuevas fracciones de la chacra lindera por el oeste, una parcela de tierras vacantes que ocuparon de hecho al no conocerse entonces sus verdaderos propietarios. Con esta incorporación, la Chacarita de Nuestra Señora de Belén, pasó a tener aproximadamente unas 700 varas o 606 metros de frente. Veamos su historia.
Hasta pocos años después de la fundación de Buenos Aires, la zona ubicada entre Avenida La Plata, donde finalizaba el ejido de la ciudad y el centro del barrio de Flores, había permanecido sin repartir por Garay a los primeros pobladores de la nueva ciudad de la Trinidad. En el centro de este extenso predio existía una fracción de chacra de 300 varas de frente, unos 280 metros y legua y media de fondo, que Hernandarias otorgó en propiedad el 4 de abril de 1609 a un poblador llamado Domingo Griveo.
Este personaje, nacido en Asunción era hijo del europeo Leonardo Griveo, natural del Franco Condado y de doña Isabel Martín. Esta última, a su vez, era hija de uno de los primitivos expedicionarios de Pedro de Mendoza.
En 1609, Griveo ocupaba el cargo de Regidor del Cabildo y a partir de ese año se le otorgó el derecho de explotar como “accionero” los ganados cimarrones que poblaban la campaña, mejorando notablemente su situación económica. En la merced de Hernandarias, se expresaba que había servido al rey en diversas oportunidades “con mucho lustre” de su persona. Y en atención a que no tenía tierras suficientes para trabajar: “en nombre de Su Magestad y por virtud de sus rreales poderes, –expresaba el gobernador criollo– os hago merced a vos el dicho Domingo Griveo, de una suerte de tierras en el pago que llaman de la Matanza que por las medidas que por mi mandado están fechas parecen no estar rrepartidas”.
En el mismo escrito notarial, se le otorgaban tierras vacantes en ambas márgenes del río de las Conchas (hoy Reconquista) y una cuadra en la ciudad que había pertenecido a su suegro, Bernabé Veneciano. A estas propiedades le agregó luego, don Domingo “los solares y cuadras que fueron repartidos a mi hermano Lázaro Gribeo en la traza de esta ciudad en el reparto de Juan de Garay”, ya que este último había fallecido sin dejar descendencia.
Años más tarde, nuestro agraciado poblador se convirtió también en “vecino encomendero” al otorgarle Gerónimo Luis de Cabrera una encomienda de indios vilachichis, que puso inmediatamente a trabajar en sus diversas propiedades de la campaña. Durante más de veinticinco años Griveo, que se proclamaba siempre en los documentos “vezino feudatario, poblador y conquistador antiguo que soy de esta ciudad”, utilizó estas 300 varas de tierras vecinas a la ciudad, en la siembra de cereales, hasta que el 29 de enero de 1638 ya anciano, decidió venderlas al entonces capitán don Juan de Tapia de Vargas.
Griveo vivió largos años en Buenos Aires y en 1647, poco antes de morir y siendo mayor de setenta años, este primer propietario de Caballito, extendió su testamento largo donde además de consignar que se encontraba totalmente ciego, afirmaba que con su esposa había tenido “hijos e hijas y todos se han muerto y solo me ha quedado una hija Doña Juana de Solórsano”, que designada como única heredera, recibió una estancia en la Cañada de la Cruz y una chacra en el Monte Grande.
El anciano poblador fue sepultado en la iglesia de la Merced con cruz alta y toque de campanas y se cantaron varias misas por sacerdotes de diversas comunidades, como correspondía en aquel Buenos Aires de familias conocidas, a un personaje de su categoría.

El general Tapia de Vargas
El comprador de las 300 varas de la merced de Griveo, don Juan de Tapia de Vargas, por su parte, era uno de los más importantes personajes de la ciudad. Había prestado servicios en el Alto Perú y aquí desempeñó diversos cargos de responsabilidad. Así, en el mismo año en que adquirió esta propiedad, fue designado alcalde de Primer Voto y luego se distinguió viajando al norte para luchar contra los indios chiriguanos, lo que con este y otros servicios prestados, le valió ser ascendido al grado de general.
Tapia contrajo matrimonio dos veces, la primera con doña Leonor de Cervantes, una viuda que le aportó varios hijos de su primer matrimonio y la segunda, con la joven Isabel de Frías Martel, hija del gobernador Manuel de Frías.
Con esta última procreó cuatro hijas mujeres; Isabel casada con Felipe de Herrera y Guzmán, Josefa, Leonor y Juana de Tapia Rangel, esposa esta última del contador Agustín de Lavayén.
El general Tapia de Vargas era riquísimo; poseía una decena de estancias en Arrecifes, Areco, las Conchas y Cañada Honda, pobladas con numerosos ganados mayores y menores, y cincuenta y cinco negros esclavos que trabajaban sus tierras, lo que nos da una idea de su poderío y encumbramiento.
Hizo testamento el 27 de febrero de 1645 y entre otros bienes, mencionó dos chacras en el pago de la Matanza, una de 800 varas (entre La Floresta y Liniers) y la otra: “a una legua desta ciudad una suerte de tierra que compré de Domingo Gribeo que por la parte de la ciudad linda con chacara del capitán Juan de Vergara y por la parte de tierra dentro con chacara de Cristóbal Ximénez.”
Habiendo fallecido el 5 de marzo de 1645 en su casa frente a la Plaza Mayor, entre las hoy calles Defensa y Bolívar, fue enterrado con “cruz alta”, acorde con su rango, en el convento de San Francisco como hermano mayor de la Cofradía de Nuestra Señora del Carmen.
Los bienes del general fueron inventariados por el sargento mayor Juan de Miranda, quien encontró su chacarilla de Matanza, en el corazón del barrio de Caballito, en un estado de total abandono, con unos tapiales grandes con rejas de hierro y una choza semiderruída con paredes muy viejas.
Todo ello quedó a cargo de un negro llamado Pedro Orro, esclavo del difunto, hasta que el 12 de septiembre de 1648, su viuda doña Isabel de Frías Martel, se deshizo de esta pequeña propiedad otorgándola en dote a la joven Petronila de la Roca que iba a contraer enlace con don Francisco de Fonseca.
Este matrimonio convirtió las tierras en dinero muy poco tiempo después, adquiriéndolas el 20 de julio de 1649 al capitán Cristóbal Ximénez, quien no sólo les pagó 100 pesos de plata sino que ocho días después, adquirió la chacra lindera en 200 pesos de plata. En 1664 fue censado, consignándose en este documento que Ximenes era regidor y alcalde de hermandad, nacido en Buenos Aires y casado dos veces, la primera con Beatriz González con la que tuvo dos hijos y la segunda con doña Justina Aguilar de Ayala, con la que procreó tres hijas.
Doña Justina era hija del general Mateo Leal de Ayala y de Magdalena de Aguilar y al casar en 1639 le aportó como dote 500 varas de tierra linderas con las suyas en la zona, que habían pertenecido a su famoso suegro y que, como el resto de sus propiedades, aún se hallaban indivisas entre sus herederos.

La Chacarita de Nuestra Señora de Belén
Doña Justina falleció en agosto de 1643 dejando dos pequeñas hijas, Mariana y María, además de las tierras del pago de la Matanza, que el 8 de octubre de 1666 se vendieron al Sargento Mayor Don Mateo de Aliende. En la venta quedó incluida una fracción de tierras que había pertenecido a Mateo Leal, linderas con su cuñada Inés de Ayala. La transacción se hizo en 400 pesos de plata en monedas de 8 reales y comprendía un total de 500 varas, señalándose en la escritura, que se extendió ante Juan de Reluz y Huerta cuñado del comprador, que la chacarilla de la Matanza estaba a una legua “poco más o menos” de esta ciudad y que lindaba con tierras de Inés de Ayala.
Mateo de Aliende cedió esta chacra a su esposa doña Ana de Reluz y Huerta, por intermedio de un personero, don Agustín Gayoso, ya que las transacciones entre esposos estaban prohibidas y al fallecer, su viuda puso en venta las tierras. Así fue como un regidor del Cabildo, don Miguel Rodríguez de Sosa se interesó en la adquisición de la chacarilla cerrando trato en la suma de 350 pesos, equivalentes a unas veinte onzas de oro.
El 9 de abril de 1718 se firmó la escritura y el nuevo propietario recibió la propiedad con una sala “de tres tirantes cubierta de teja” con 500 varas de frente y legua y media legua de fondo, ubicada “como una legua desta ciudad en el pago de la Matanza.” Eran sus límites, por el poniente las tierras del deán Rodríguez de Armas que “aora son de don Francisco del Rincón y Andújar”, señalaba la escritura, y por el este, los herederos de Antonio Veroiz.
Aunque Rodríguez de Sosa había casado con Margarita Jofre de la Barrera y tenía dos hijos naturales, no tuvo con ella descendencia alguna y a su fallecimiento quedó su esposa como única heredera. Doña Margarita contrajo segundas nupcias en 1727 con Juan José Falcón, quien continuó trabajando la chacra con negros esclavos, instalando tres hornos para fabricar adobes y edificando allí una nueva casa con techos de teja y un galpón.
Años después, ambos esposos que tampoco tenían descendientes, decidieron vender las tierras con todo su contenido, incluyendo los esclavos, a la Compañía de Jesús. Los jesuitas tomaron posesión del predio en 1740, aunque recién lo escrituraron el 8 de noviembre de 1746. En esa oportunidad, firmó este documento el padre Alfonso Fernández, Superior de la Residencia de Nuestra Señora de Belén, quien abonó por esta chacra 1050 pesos de plata. Para dar una idea de valores, diremos que esta suma equivalía a unas 60 onzas de oro de 8 escudos. Cada onza tenía 27 gramos, aproximadamente, algo más de un kilo y medio de oro de 875 milésimos de fino.
Los padres de la Compañía continuaron con el trabajo de los hornos y la labranza de la tierra y en 1744 en un censo de la campaña y el censista que llegó al lugar, señaló que: “En chacra que fue de don Juan Joseph Falcón y oy es del cargo de los Reverendos Padres de la Compañía de Jesús… hallé un mulato llamado Juan Miguel Alvarado, de hedad de 40 años, quien me dio rrazón estar en ella de maiordomo y tener a su cargo los esclavos siguientes: Thomas Falcón, de 35 años, Antonio de 28; Joseph de 20 años; Francisco de 22 años; Pedro 25; Bernardo de 23, Juan de 28, Antonio de 30 años. Estos son todos los negros de dichos padres, que ellos mantienen.”
Desde entonces y hasta después de la expulsión de los jesuitas en 1767, año en que la propiedad pasó a depender de la Oficina de Temporalidades, se conoció indistintamente con el nombre de “Chacarita de Nuestra Señora de Belén”, “Chacarita de Belén” o “Chacarita de la Residencia”.
La Oficina de Temporalidades la dividió en pequeñas quintas y la fue entregando en arrendamiento a los numerosos quinteros ocupantes, que las explotaban en la siembra de trigo, alfalfares, montes de durazneros salvajes para leña y hornos de ladrillos y tejas. La chacra de los jesuitas conocida como dijimos por Chacarita de Belén o de La Residencia, se componía de las fracciones que compraron legalmente y de otra chacra lindera por el oeste, que al parecer había quedado vacante y que los padres de la Compañía poseyeron sin oposición de persona alguna. Ellas fueron reclamadas por unos supuestos antiguos propietarios, los Pesoa, lo que dio lugar a un dilatado pleito del que nos ocuparemos al tratar los orígenes del Polvorín de Flores y el barrio de Parque Chacabuco.
Con la Independencia, se disolvió la Oficina de Temporalidades y las tierras de los jesuitas pasaron a poder del estado. En la época de Rosas, septiembre de 1836, se hizo un censo y se levantó un plano de las quintas y a partir de entonces fueron en su mayoría vendidas a sus ocupantes, previa demostración de su filiación federal.
Allí en los antiguos terrenos jesuíticos se afincaron varias familias de origen genovés, como los Naón o Navone, Montarcé o Montarceli, Escato o Scatto, Capanegra y Cáneva que dedicaron estas tierras a la agricultura. También se estableció sobre Rivadavia un famoso colegio regenteado por los educadores Negrotto, el Seminario Anglo-Argentino del Caballito, con un extenso parque, que albergaba una gran cantidad de estudiantes externos y pupilos.
Una pequeña fracción de la Chacarita de Belén, sobre Rivadavia esquina Emilio Mitre, fue adquirida por don Nicolás Vila, quien erigió allí su famosa “Pulpería del Caballito” que terminó dando el nombre al paraje, hoy barrio de la capital y de la que nos ocuparemos en detalle en otro capítulo de esta revista.

Información adicional

HISTORIAS DE LA CIUDAD. Una revista de Buenos Aires
Declarada de “Interés de la Ciudad de Buenos Aires” por la Legislatura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Año VIII – N° 42 – agosto de 2007
I.S.S.N.: 1514-8793
Registro de la Propiedad Intelectual N° 100.991

Categorías: Palacios, Quintas, Casas, PERSONALIDADES, Vecinos y personajes, Cosas que ya no están
Palabras claves: jesuitas

Año de referencia del artículo: 1830

Historias de la Ciudad. Año 8 Nro42

Firma del poblador Domingo Griveo. Firma del general Juan de Tapia de Vargas.

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