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Ciudad de Buenos Aires

La casa chorizo

Aquilino González Podestá

Antigua casa de la familia Ezeiza, en la calle Defensa nº 1179, . Luego fue escuela de sordomudos, y en 1980 galería comercial. Construida hacia 1876, hoy es el Pasaje de la Defensa.

Satírico, vulgar, popular o hasta casi diríamos… un poco peyorativo, el adjetivo que se ha dado en aplicar a este tipo de vivienda que a pesar de todos ellos, ha sido y en buena parte de la ciudad sigue siendo, el modelo constructivo que por décadas reinó en el ámbito urbano  porteño, al punto que casi me atrevería a decir que para una buena mayoría fue nuestra casa.

Sin embargo, para ser sinceros, la verdad es que el nombre le cae al pelo. Más larga o más corta, respondía a las necesidades (o posibilidades) de su dueño, al igual que su homónimo embutido; cuyo tamaño varía según la frecuencia del lazo con que se los va atando a la salida de la picadora, aunque su contenido siempre es el mismo.

Pero, amén de estas comparaciones gastronómicas, a las que la casa se aviene; cabe destacar que uno de los motivos que la llevó a alcanzar semejante popularidad, ha sido su adaptabilidad al nuevo habitante que, a partir del último cuarto del siglo XIX, comenzó a integrarse a nuestra ciudad: el inmigrante. Parecerá tal vez un tanto fuera de contexto, atribuirle a él la condición de “propulsor” de este tipo de vivienda, puesto que ya desde la época virreinal existían y con uno, dos o tres patios. Sin embargo veremos que, a pesar de ello, no resulta tan errada esta afirmación.

EL INMIGRANTE

En primer lugar, el sólo hecho de haber migrado, da a este individuo una mentalidad distinta a la del radicado. Dejar su tierra es algo que tal vez sólo los que somos sus hijos, entendemos lo que es y sobre todo… por qué fue. Deseos de cambiar, abandonar esa postración casi ancestral y buscar otro lugar donde alcanzar lo que, por generaciones, le había sido poco menos que imposible conseguir y, sobre todo, dejar de andar al compás del tambor que permanentemente le redoblaba en el estómago.  Aquí encontró esas posibilidades, duras de alcanzar en muchos casos, pero las había y donde valdrá la pena tener hijos, pues su porvenir será muy distinto a aquel que  había quedado al otro lado del mar.

Hubo de recluirse en sus comienzos en la pieza de un conventillo, tema suficientemente y muy bien tratado en un trabajo que el arq. Ramos hizo sobre el tema. Personalmente, al igual que él reivindico esa “institución” a la que ha descrito de manera tan exacta (a mi entender) que me tomo el atrevimiento de transcribir sus palabras, pues no he encontrado mejores al respecto. Entre otras consideraciones dice que a pesar de sus: “, malas condiciones de higiene y alquileres abusivos; se constituía en un espacio cultural integrativo, de alta sociabilidad,  donde convivían polacos, italianos y españoles con criollos del interior, compartiendo fiestas, comidas y luchas reivindicativas, generando nuevas expresiones estéticas, musicales y de lenguaje (como el sainete, el tango y el lunfardo)”. Y creo que, tal vez, haya sido lo que hizo que Buenos Aires, a diferencia de otras grandes ciudades inmigratorias, no tuviera esos guetos, tan comunes en ellas.

Tras la “etapa de inquilinato”, en la generalidad de los casos, esas ansias de progreso jamás borró de su mente la idea de la casa propia. La ciudad crecía y esa expansión que en 1880 incorporó los partidos de San José de Flores y Belgrano a su territorio, se vio acompañada por un factor que posibilitaría semejante desarrollo: la implantación y extensión de la red de tranvías. Establecidos como sistema urbano de transporte a finales de febrero de 1870, en poquísimos años, alcanzó una dimensión tal, que aunque parezca mentira, puso a Buenos Aires a la cabeza de las ciudades del mundo en cuanto a transporte tranviario se refiere. Reconozco que suena a exagerado lo dicho, pero teniendo en cuenta el kilometraje de rieles con el número de habitantes, ninguna podía comparársele. Sólo digamos que: en 1887, a apenas siete años de establecidos, servían a la ciudad siete empresas con once estaciones; 146 Km. de vía instalada; una caballada de 2.115 animales para una flota de 260 coches, que eran atendidos por 707 empleados, que ese año transportaron 13.056.939 viajeros. Las cifras puede que no digan nada, pero si comparamos a Buenos Aires, que por ese entonces contaba con 200.000 habitantes, con Nueva York que tenía 1.000.000 y 121 Km. de vías; Philadelphia con 700.000 y 96 Km., Viena con 600.000 y 93 Km. y (¡oh sorpresa!) Londres con 4.000.000 y solamente 91 Km.; bien se justificaba que a nuestra capital comenzaran a apodarla “La ciudad de los tranvías…”

LOS LOTEOS

Así fue como, tierras de neto corte rural, se revalorizaron e integraron al ambiente urbano, sobre todo a partir de 1897 con la incorporación del eléctrico”. Es entonces cuando el tranvía “sale al campo”, sembrando a la vera de sus rieles infinidad nuevos núcleos habitacionales, que terminaron convirtiéndose en los populosos barrios actuales de clase media. Es que, con transporte barato (sobre todo a partir de 1910 en que el Anglo estableció la tarifa única a 10 centavos, además del “boleto obrero” hasta las 7:00 de la mañana a sólo 5 centavos o 10 ida y vuelta); ya no era necesario apiñarse en los conventillos centrales para ir al trabajo a pie.

Los loteos se sucedieron sin cesar, con aquellos infaltables latiguillos de: “¡Deje de deambular de conventillo en conventillo!”…  “¡Sobre las vías del tramway!”… “¡Cómodas cuotas mensuales y 5000 ladrillos de regalo!”,.. y hasta: “Tranvías gratis al remate”,…incentivos alentadores de la  deseada meta de esta gente.

Adecuadamente ha tratado el Arq.. Borthagaray el tema de los loteos, con la subdivisión de nuestra clásica manzana en parcelas de distintos fondos pero… de invariable frente de diez varas. Basta observar la plancheta de una cualquiera, para notar el imbricado “puzzle” que forman los terrenos resultantes, acomodándose de modo de componer el cuadrilátero de la manzana. En él, comenta la diferencia sustancial con el sistema de urbanización de los países aglosajones, en los que se optó por el cruce de calles por un lado y avenidas por otro, configurando  amanzanamientos rectangulares de  una proporción 1:4 aproximadamente, que una vez  divididas en dos a lo largo, dan por resultado  parcelas todas iguales.

Como prolijo, no hay nada que objetar; sin embargo en cuanto a tamaño se refiere, queda poco para elegir, restando únicamente la posibilidad de comprar más de una unidad en caso de necesitarse mayor superficie. En esto es en lo que rescato nuestro sistema, puesto que la variación ofertada,  hizo factible el acceso a la tierra a cuanto candidato la deseara;  pues quien podía, compraba los lotes largos a mitad de cuadra, mientras que a los más modestos les quedaba la posibilidad de hacerlo con los más cortos, vecinos a la esquina. En cuanto al frente, esas “benditas” (o malditas) diez varas (8,66 metros), que tantos dolores de cabeza dan aún a los proyectistas, condicionaron y a la vez favorecieron, el desarrollo de la casa chorizo pues, si lo vemos desde el punto de vista matemático se la resolvía perfectamente: cuatro metros de habitación, 30 centímetros de medianera, otros tantos de pared de carga y lo restante (otros cuatro) para patio… y listo.

LA CASA

Ahora bien. A pesar de tanta conjetura, aclaremos una vez más que ello no significa que éstas hayan sido las condicionantes que dieron origen a este tipo de vivienda, puesto que, como se dijo, desde muy antaño ya existía. Y deseo al llegar a esto, aclarar una cosa. Es muy corriente, oír aquello de que nuestra protagonista “deriva de la casa pompeyana de patio central que al partirse por el medio, quedó convertida en dos del tipo de la que nos incumbe, etc .etc.  Sin embargo, como bien decía el Arq. Mario José Buschiazzo, (de quien, confieso, aprendí a apreciar la Historia y cuyas clases jamás olvidaré), por tiempo, nuestros primeros albañiles (o alarifes como gustaba decir), no fueron los italianos que vinieron más tarde imponiendo sus gustos, sino españoles y sobre todo andaluces, cuya tipología trajeron consigo y que, con los pobres materiales que encontraron en estas tierras, trataron de seguir o al menos imitar; esa casa andaluza de raigambre árabe, en la que se cortan las visuales longitudinales de modo de compartimentar los espacios y distinguir la intimidad de uno de la del otro. Existen muchos ejemplos de lo dicho en antiguos planos de casas virreinales, pero la mejor pauta puede tenerse en los planos  del Censo Poblacional del Catastro de Beade. En esa obra, reeditada recientemente por el Instituto Histórico del G.C.B.A., se muestran las siluetas de las casas manzana por manzana, alrededor de los añios 1860-70, y si comparamos cualquiera de ellas con una del plano 1:1000 editado en 1      veremos claramente que el diseño adoptado fue siempre el mismo y no fruto de partición alguna.

Pero retornemos a nuestro hombre. El solo hecho de volver en aquel tranvía gratuito con la boleta de seña en el bolsillo, ya cambiaba el modus vivendi de su familia. Seguramente habían sido varios los vecinos del conventillo que acudieron a esa cita, por lo que luego serían protagonistas de excursiones semanales a sus tierras en las que, en cooperativa de hecho, habrían de comenzar a cimentar la primera habitación propia con aquellos ladrillos recibidos de regalo con la compra. Así fue como aquella integración lograda por el conventillo que mencionamos al principio se trasladará a los barrios con los mismos usos y costumbres.

Esa primitiva pieza de cuatro por cuatro más un cuarto para cocina y un retrete al fondo,  será el embrión de lo que, con el tiempo y cuando las condiciones se den, habrá de írsele sumando habitaciones, una a continuación de otra, alargando el chorizo y mejorando el “status”, por llamarlo de algún modo. A esto agregaremos dos elementos prácticamente infaltables: un limonero al frente y una higuera o un níspero al fondo. ¿Por qué?… y…no se.

VARIACIONES SOBRE EL MISMO TEMA

Al principio casi iguales, o al menos parecidas, se le fueron agregando elementos complementarios que las irían asemejando más a las de la clase media a la que aspiraban pertenecer y que poco a poco iban logrando. Algunos netamente prácticos como la galería a lo largo de las piezas frente al patio, en un principio simplemente adosada a la pared pero posteriormente prevista como voladizo de la techumbre. Descansaba sobre columnas de metal cuyo valor iba desde un simple caño de 3” a bonitas columnillas de fundición, lisas o estriadas con capitelitos de los más variados estilos conforme a lo establecido por las estrictas reglas de Vitrubio.

Otros en cambio respondieron a reales deseos de mejoras. Tal vez lo primero haya sido el baño, ese elemento del que carecía en su tierra y que, al llegar a esta, hubo de compartir con decenas de otras familias en el conventillo. Con cloacas o pozo ciego a espera de aquellas, al fin pudo darse el indescriptible “lujo” de tener lo que dio en llamarse: “baño instalado” aunque, por su ubicación atrás junto a la cocina, debiera recorrerse la casa para llegar a él. Pero….¡ era propio !

Sin modificar para nada su diseño original (una hilera de habitaciones una a continuación de otra, dando frente al patio). pueden encontrarse algunas diversidades entre ellas, pero que nunca serán sustanciales. En otras palabras: como ser, son la misma milonga, pero hay también milongas con variaciones.. Tal vez la más común sea la del “comedor”, nombre y destino dado a la habitación (generalmente la última, antes del baño y la cocina) que se ensancha hacia el patio, para dividirlo en dos, aunque sin llegar a la medianera lindera, dejando entre ambos un paso de algo más de un metro de ancho para llegar al fondo.Como decíamos en un principio: hemos compartimentando el espacio en un patio delantero (más paquetón, cuidado y fino) y otro trasero de entrecasa al que, parafraseando la nomenclatura actual, llamaríamos “PUM” : (Patio de Uso Múltiple), pues en él , sobre todo en verano, se come, se cose, se juega, se recibe a los veecinos … se vive, siempre lejos de la vista de los demás, ya estén en la calle, en el jardín o en el patio delantero.

También las encontraremos edificadas hasta la línea municipal, presentando dos variantes: con sala o con local negocio. En el primero de los casos esa habitación, similar al comedor descrito anteriormente, se la utilizaba con los mismos fines que ahora se da al living, vale decir recibidor de visitas, cuando no como comedor también, pero con el inconveniente que la distancia a la cocina hacía que los platos llegaran fríos a la mesa. Muchas veces su “inutilidad” terminaba en un cartelito pegado en la puerta de calle rezando: “SALA SE ALQUILA”, ideales para sastres y profesores de piano. Distinto cuando era local negocio, puesto que generalmente era el mismo ocupante de la casa quien lo explotaba.

La ocupación del frente en lugar del jardín dio, lugar al zaguán, necesario paso de comunicación entre la casa y la calle. Su ubicación en los casos anteriores es lógicamente a un lado, ya sea de la sala o del negocio; lógico si, pero que si vamos al caso iba del cielo abierto de la calle al cielo abierto del patio, por lo que, en días de lluvia por ejemplo, nos brindaba el refugio acogedor de “haber llegado” por un lado para volcarnos nuevamente al aguacero por el otro. …

Pero… a cada problema le llega una solución, y ésta, salvo en el caso del local de comercio, se materializó con el corrimiento del zaguán hacia el centro de la casa, ubicándolo en coincidencia con la galería del patio y ofreciendo una circulación cubierta (o semicubierta al menos) por el interior de la  casa. . En estos casos la sala es una habitación más, cuando mucho un poco más larga en el sentido de la hilera, como para darle más importancia.

Ahora bien. Si volvemos al análisis matemático sobre el uso de las diez varas del principio, vemos que lo que nos queda hacia el otro lado de la sala sólo el ancho del patio, (4,00 m.) de los cuales 1.20 m. los ocupa el zaguán, por lo que, descontando paredes, no habrá más que alrededor de 2,60 m- para otra habitación. Esto es lo que hizo que nuestras casas resultaran en su gran mayoría asimétricas, con la puerta descentrada entre una ventana grande y otra más pequeña. Este nuevo ambiente, tal vez en otro intento de escalada hacia la clase media, recibió muchas veces el pomposo nombre de “escritorio…” (¡!) aunque de tal no tuviese nada.

Otro ambiente adicional fue el vestíbulo. Interpuesto entre el patio y el zaguán, oficiando de recibidor de la casa y a la vez de barrera selectora de visitas.  Allí quedaban las de compromiso, por llamarlas de algún modo, vale decir aquellas en las que el grado de confianza no daba para otra cosa que una atención de cortesía… y nada más. Algo parecido ocurría con el mismo zaguán, lugar en el que eran atendidos los cobradores, por ejemplo, o una vecina al paso. Y en cuanto a los noviazgos….. estos dos verdaderos “puestos de frontera” tenían funciones muy limitativamente específicas, pues antes de ser admitido el pretendiente en el vestíbulo, debía pasar por varias temporaditas de tamizado en el zaguán, cuya llave de luz, estaba justamente junto a la puerta del vestíbulo pero… del lado de adentro. No se si la casa chorizo habrá sido funcional en el sentido que hoy damos a las cosas, pero en el que estamos narrando….parece que lo era.

ESTRUCTURA:

Estructuralmente la casa no varió mucho. Desde sus comienzos hasta los años ’30, fueron siempre de paredes de mampostería de carga: 0,45, especialmente en la medianera, o de 0,30 las exteriores y los tabiques de 0,15. La diferencia consistía únicamente en la mezcla de asiento, que bien podía ser de barro o de cal, elección que, como lo venimos repitiendo (y con seguridad lo seguiremos haciendo), dependía de las posibilidades económicas del propietario. En cuanto a la cobertura, en la generalidad de los casos eran de chapa ondulada de zinc (o mejor dicho de hierro galvanizado), presentando para la tirantería de apoyo, al igual que en el caso de la mampostería, dos únicas variantes: la de madera  o la de hierro dobleté. En el primero de los casos las chapas eran asentadas en el clásico entramado de listones y ladrillos recubiertos de una capa de barro que oficiaba de aislante, a la vez de evitar que “sudaran” las chapas por condensación en invierno. Pero la tirantería de hierro se completaba con bovedillas de ladrillos, ofreciendo otras posibilidades. Por un lado permitían reemplazar algún día las chapas por azotea y por otro, dieron lugar al nacimiento de una variante constructiva que, sin modificarlas en absoluto en un principio, permitían hacerlo en el futuro. Nacieron así las que dieron en llamarse casas preparadas para altos, dando lugar a otra de las aspiraciones del inmigrante, preparar para ampliarse y crecer. Y se preveía todo, no sólo la estructura, sino también partes de la futura construcción como los balcones y hasta el hueco cegado de la puerta de acceso a la nueva unidad, que ya entraban a formar parte del decorado del frente. Buenos Aires está saturada de estos ejemplos que, aunque parezca mentira, hay a quienes llama la atención, pues ignoran el porqué de esos “balcones a la nada” o “puertas de postín” que sin embargo, en muchos casos fueron aprovechados por las generaciones posteriores.

LOS DEPARTAMENTOS:

Especialmente en los lotes de mitad de cuadra, (aquellos que se tocaban por el fondo con los del otro lado de la manzana), dieron lugar a otra configuración edilicia también fruto de la previsión en asegurarse el futuro: los departamentos. Todo seguía siendo prácticamente igual. Descontando a todo lo largo del terreno 1,20 m. para dar lugar a un pasillo (el corredor), callecita interior que permita el acceso a las distintas unidades. Desde la calle sobre la que daba la “casa”, ocupada generalmente por el propietario, quedaba éste habilitado a medida que sus ahorros lo permitían, para continuar edificando departamentos, uno a continuación de otro, hasta llegar al fondo. Eran casi siempre iguales. Desde el corredor se pasa directamente a un patio al que dan las piezas (casi siempre dos y de 4 X 4) y, haciendo martillo, el baño y la cocina, sobre los que, aprovechando su inferior altura, generalmente se agregaba la “piecita de arriba”.. En otras palabras, al chorizo original, se le agregaron otros formando una ristra. Nuestros barrios se llenaron de ellas, permitiendo a los trabajadores de entonces, cambiar de casa para acercarse al lugar de trabajo sin necesidad de viajar y hasta volver a almorzar al mediodía, costumbre que se perdió al imponerse el horario corrido, acabándose aquellas mesas con “la famiglia unita” . Testimonio de esa abundancia, son esas dos grapas (de las que muchas quedan y nadie ya sabe para qué) amuradas junto al marco de las puertas del pasillo en las que se colocaba (y con frecuencia) el cartel “SE ALQUILA DEPARTAMENTO (Tratar aquí)”!. “jubilación propia” para una vejez tranquila que el General Ramírez echó por tierra con la “Ley de Alquileres”, inaugurando para siempre, la escasez de la vivienda.

¡Oh!… ironía del destino. Hoy día esos departamentos son buscados y hasta se han vuelto a cotizar bien, claro que… ya no son “tipo chorizo” ahora les llaman PH”, queda más fino.

LAS ESQUINAS:

Hasta aquí hemos estado viendo cómo se ha ido armando esta vivienda en terrenos ubicados en algo más del tercio central de la cuadra; pero a medida que nos vamos acercando a las esquinas, las parcelas se acortan y la casa, sin perder para nada su configuración general, se va cerrando un poco sobre sí misma. Es más corta, de un solo patio, sin fondo, en otras palabras: casi como uno de los departamentos de las de mitad de cuadra pero más holgada y “a la calle”. Es que en ese retazo de tierra que son las esquinas, ocurrió lo mismo, pero al revés. No, no es una incongruencia. Son parcelas en las que los 8,66 no limitan nada, porqué es difícil que existan. Siempre hay alguna vara de más y sobre todo: en ellas todo es frente. Luego, al chorizo original se le hizo un tajo al medio y se lo dobló en ángulo recto como si se lo acomodara en un costado del parrillar cuando queda poco sitio..Al igual que sus linderas se la acurrucó alrededor del patio , centro circulatorio de la unidad y del que sólo el baño y la cocina dependerán para ventilar e iluminar porqué el resto, aunque también den a él, tendrán sus buenas ventanas al frente. Lo más común es que tengan la entrada por la ochava, bien al medio de la casa, con el zaguán en diagonal entre la calle y el patio, separando la vivienda en dos partes bien definidas: a un lado los dormitorios y al otro la sala y cuando no, el famoso “escritorio”, todos a la calle y, cerrando el cuadrilátero: el baño y la cocina en el ángulo interior del terreno.

Pero las esquinas, tanto antes como ahora,  fueron muy apetecidas por el comercio, por lo que en esos casos y dado lo reducido del tamaño de los solares, era el local el principal elemento del edificio, pasando el sector de vivienda a ser un complemento de éste, como quien dice…”la casa del almacenero” que bien podía tener entrada propia por un costado o compartir esta función con la del mismo negocio.

INTERIORES:

Este es un tema que, si nos diera por desmenuzarlo, llenaríamos páginas hasta nunca acabar. Es que en ellos, se refleja todo el gusto, modo de vida, poder económico, en fin… el status de su dueño. Pero atención, que nos estamos refiriendo únicamente a detalles, porqué por mucho que se hurgue, por dentro prácticamente todas las casas eran casi iguales, lo que no es ninguna novedad, pues si hoy vemos la diferencia que hay entre los departamentos que nos ofrece el mercado, la única variación está en las medidas y en lo que se “cuelgue de las paredes”

En aquellos tiempos, lo único que podía hacernos notar que no habíamos entrado en la casa del vecino en lugar de la nuestra, era la distribución de las macetas y las plantas, pues lo demás…. Patios de baldosas calcáreas, en lo que la única variante era el dibujo y colorido; y piezas de listones de pinotea machihembrada sobre tirantes montados en pilares de ladrillos formando un entrepiso que habría de estar debidamente ventilado. Esto se lograba por medio  de un tubo que, a modo de chimenea, se iba dejando formado en cada ambiente al levantar la mampostería, para rematarlos con esos clásicos sombreretes de terracota que aún “decoran” la mayoría de los parapetos y cargas porteñas; si bien casi nadie sabe para qué están esos “nidos de pajaritos de barro”, como. tampoco entienden (si es que llegara a llamarles la atención), qué demonios hacen esas rejillas debajo de las ventanas de los frentes, que no son otra cosa que la toma de aire de la mentada ventilación.

En las habitaciones, Un listón moldeado con un clasiquísimo pechito de paloma, enlaza perimetralmente los dinteles de las puestas, oficiando de disimulador tapajunta entre el  revoque de cal fina que hasta él llega para dar lugar al de yeso, que se continúa hasta confundirse con el cielorraso que, cuando mucho, es enmarcado con un sencillo cornisín, pero al que raramente le faltaba un glamoroso y variado florón central del que pendían las arañas.

Una docena de hiladas de azulejos de 20 X 20, invariablemente blancos y de colocación trabada, daban a baños y cocinas suficiente aspecto de pulcritud e higiene.

Pero las diferencias, sutiles muchas veces, pero diferencias al fin, las encontraremos en los locales de “recepción”: vestíbulo y zaguán. Por ser los ambientes más ligados con la calle, les cabía la responsabilidad de dar la primera impresión, de modo que, cuanto más rumbosos…mejor. Comencemos por el embaldosado, generalmente granítico o de gres, igual para ambos ambientes, que además de ser de superior calidad que el del patio, requería un mantenimiento más prolijo y meticuloso. Sin embargo, el verdadero lujo, en algunos casos rayano con la ostentación, eran: en el zaguán, el revestimiento de los muros y en el vestíbulo, la mampara.

En el primer caso, la decoración se basaba en la manera de proteger sus muros que, en definitiva no eran más que dos, pues los otros lados del largo cuadrilátero, los ocupaban la puerta de calle y la cancel. Lugar de paso, estacionamiento, apoyo, en fin, roce, se hacía merecedor de un revestimiento cuya variabilidad podía ir desde el sencillo pero fuerte alisado de cemento pintado, hasta un elaborado friso de mármol de Carrara, pasando por una abundante oferta de azulejos y mayólicas inglesas o belgas.

El vestíbulo, como se ha dicho, basaba su calidad en la mampara, ventanal de herrería que lo cerraba por el lado del patio a modo de pared vidriada. Justamente es en el acristalado donde encontraremos la diversidad, que podrá ir desde los simples vidrios martelè, hasta el más artístico vitreaux con un intermedio de vidrios de colores. Y podemos agregar algo más.. Situada justamente entre ellos, la puerta cancel a pesar de no tener nada extraordinario con respecto a las demás, en algunos casos era poseedora de un detalle que, desde cierto punto de vista, daba a la casa un innegable hálito de distinción: “el esmerilado” de sus vidrios,. simple detalle, que podía ir desde una sencilla guarda a un artístico y refinado monograma con las iniciales de la familia..

FRENTES Y ESTILOS:

Real escaparate demostrativo del valor de la casa, servía a su vez de atril para la demostración de las habilidades de aquellos anónimos artistas que fueron nuestros frentistas.. Pero sobre este tema hay tanto para hablar que, de explayarnos en él, terminaríamos por redactar un pequeño tratado de Arquitectura Popular (aunque no faltará quién la  llame: “Arquitectura Barata”). Y no lo decimos con intenciones de menospreciar nada ni a nadie. Es muy probable que esto de ver “arquitectura” en nuestra humilde casa chorizo, sea para muchos bastardear el término. Personalmente creo que no, pues como bien dice el refrán: “todo depende del color del cristal con que se mira” Por ejemplo:  ¿Qué es más ordinario?: ¿el gato negro de porcelana china del tejado de un palacete de Los Troncos en Mar del Plata o el enanito de cemento llevando una carretilla con flores del patio de Doña Asunta en Villa Luro? ¿No podríamos decir que ambos son simpáticos? Yo, creo que si, pues representan expresiones de imaginería popular, cada uno adaptado a su respectivo nivel, como lo era el poner el año de construcción en el revoque del arquitrabe o un candoroso “VILLA CARMELA” en homenaje a “la patrona”.

Algo similar ocurrió con los frentes de las casas. Todos los “estilos” que estuvieron de moda se aplicaron, o mejor dicho, se adaptaron a nuestra casa, al punto que no se hace necesaria enumeración alguna, pues las encontraremos de todo tipo. Sin embargo siempre tendrán algún detalle que, por hache o por be, denotará la época en que fue construida y, como lo hemos venido repitiendo (y no desearíamos caer en el hartazgo), la capacidad económica de su dueño y en algunos casos…hasta su nacionalidad, cuando no su profesión. En vez de que hablar de frentes, creo que resulta mejor aplicar su sinónimo fachada que es más directo y real. La fachada es la cara (faz) de la casa y por ende la de los que la habitan, y su estado de conservación, arreglo, adornos, en otras palabras: el maquillaje exterior, hablará de lo que contiene dentro de sí.

Comencemos por el más sencilla: la tapia, una simple y común tapia. Es sin lugar a dudas, el sumum de la sencillez; no más que una pared ciega y el vano de la puerta de entrada. Pero aún en este sobrio frontispicio, podrá encontrarse algún detalle que amengüe su austeridad monacal, pues al menos no habrá de faltarle una muy prolija cornisa que, hasta a veces, se comba barrocamente a la altura del dintel de la puerta como remarcando el único elemento que posee. En otras, el largo paño del muro, llega al piso descansando sobre un zócalo acabado en una mínima pero bien terminada moldura, cuando no dividido en paños por leves pilastras que marcan un ritmo que remata en un “finale con fuoco” en derredor de la puerta. La gente de esta casa, adora la privacidad, y la tapia se la brinda. Bien puede Doña Dolores baldear el patio descalza y en enaguas, pues ese espacio interior es suyo.

Muy distinto es el caso en que la tapia es un simple parapeto coronado por una verja. Aquí todo está a la vista: jardín, patio y hasta la vida casera. Por supuesto que los habitantes del caso anterior, no se sentirían muy cómodos en ella donde, en cambio estará a sus anchas una familia exhibicionista, luciendo “el juego de sillones” del patio, la azalea más florida de la cuadra, el limonero más cargado que el de “la d’ enfrente” o, (en máximo maximorum), la colección completa de los siete enanitos con “ la Blancanieve y todo ¿vió?.

Y bien, fíjense todo lo que dio que hablar el simple echo de si la casa tiene tapia o no; de modo que podrán hacerse idea de cuanto queda por delante hasta llegar a hoy día. Pero, como dijimos, no vamos a meternos a “tratadistas” ni mucho menos, limitándonos a mencionar algunas particularidades, tanto interiores como exteriores que, a la larga, son muy parecidas o, para decirlo de otro modo, iguales pero con diferentes molduras .Veamos

El frentista recibía un paño de 8,66m. por más o menos 5,00m de alto, cuyas únicas variantes eran la ubicación de los vanos, vale decir: puerta a un lado o puerta al medio; ventanas o puerta-vidriera del local, planta baja o preparada para altos y con eso… “arreglate como puedas, pero… que quede lindo…”Bueno…esto es una manera simple y si queremos hasta chistosa, de decir las cosas. Había varios elementos que influirían en el resultado final En primer lugar habría de hacerse un trabajo en conjunto con el constructor; cumplimentar el gusto del propietario y, sobre todo la opinión de la señora con aquello de: “– Mire…como esa de la otra cuadra, ¿vió? Pero póngale más firuletes”-

El frentista, la mayoría de las veces italiano, empezaba su tarea desde el vamos, esto es desde la ejecución de la pared, ya que a pilastras, almohadillados, cortes de piedra, cornisas, arcos y enmarcados, debía irles dando volumen con la misma mampostería  insinuando el resultado final. Como testimonio de esto, quedan infinidad de casas “preparadas” para revocarlas algún día, sobre todo en los pueblos de provincia, generalmente vecinas a la estación.

CARPINTERÍA Y HERRERÍA:

Antes de continuar con el relleno decorativo, vamos a dedicar unas palabras a los elementos de carpintería utilizados. Para las piezas, las puertas exteriores (al patio) cubrían el casi invariable vano de 1,20m por 3,,00m ó 3,20m, según los casos: con dos hojas de 0,55m por 2,50 rematadas, por sobre el montante que les oficiaba de dintel, por esa clásica hoja volcable para ventilación que fue la banderola Salvo su parte inferior, de bastidor y tablero a la francesa, el resto de las hojas era totalmente vidriado, dividido en paños o en “palitos”. ¿Y para oscurecer?… Pues podían ser postigos interiores de madera o, en el mejor de los casos:, persianas, ya de madera, ya de hierro o, si el “presupuesto” no daba para tanto, la clasiquísima cortina de juncos arrollable con vuelta y media de “piolín chanchero”, atado a un clavo puesto en el marco para regular su altura De una hoja, pero similares y algo más bajas, eran las del baño y la cocina, con vidrios “Ingleses” (martelè).las primeras y transparentes las segundas.

Las puertas interiores, de habitación a habitación eran de bastidor y tableros macizos de 0,70m de ancho por la altura de las exteriores pero, a diferencia de aquellas, que los tenían macizos y generalmente de incienso, iban montadas en marcos de tipo cajón, terminados con trabajados contramarcos de 4 pulgadas que en todas las casas tenían la misma moldura.

Y esto es todo. Tablero más, tablero menos, en cuanta casa de barrio de este tipo entremos, encontraremos las mismas cosas. Aunque… por el surtido que hay ahora…, no es para escandalizarse. En suma, que lo estandar, lleva rato de inventado…

¿Y para los frentes? Aquí la cosa ya era distinta. La puerta de calle por ejemplo,  si bien tenía las mismas dimensiones y respondía a idéntico diseño general que las de los patios (dos hojas y banderola); en lo que podríamos llamar decorado,” ofrecía un surtido mucho más amplio. Las había de bastidor y tableros lisos pero también moldurados, y hasta en algunos casos tallados. Podían ser ciegas o con postigos vidriados que oficiaban de mirilla, protegidos por rejitas de los más diversos modelos. Otro detalle importante era la quincallería, con sus diferentes modelos de manijas, bocallaves, pomos, buzones y mil otros perendengues que intentaban hacerlas más o menos pomposas, porque al fin de cuentas, ya lo dijimos, era la encargada de dar la primera impresión de la casa y como sentencia el refrán, “la primera es la que vale”….Sin embargo, debemos hacer una aclaración: todo esto lucía por el lado de afuera, porque por dentro (pueden comprobarlo fácilmente), todas son completamente iguales y de insípida simpleza.

Pero a estas puertas de calle de cedro y alguna vez de roble, le surgió una competidora que, esa sí, ofreció una inimaginable variedad de modelos: las “de fierro”; fruto de la labor e imaginación de aquellos maestros artesanos que fueron nuestros herreros de obra, cuyos talleres, no por nada y con justicia, lucían en sus carteles  el nombre de ·Herrería Artística.

Si como dice otro refrán: “En la variedad está el gusto”, pues aquí lo había y a carradas. Desde los rizos, contrarrizos y volutas del rococó; a los estilizados y airosos lazos del art–nouveau, o los deliciosos juegos de ondas y figuras geométricas del art-decò; se complementaban en gracioso contrapunto, con las barandas de los balcones que a su vez se sumaban a la composición de la fachada. Me atrevo a aconsejar algo a los lectores. echen a andar por cualquier calle de barrio y deténganse a mirar estos trabajos.. Creo que me darán la razón.

Hubo algo más que estuvo en manos de estos herreros: las verjas de los jardines; desde las más simples, de barrotes de hierro redondo, cuando mucho rematados con una punta de lanza; hasta las de complicados lazos, entrecruzados entre si y los de la puerta, conformando un armonioso conjunto.

Si bien todo esto surgía de la imaginación y creatividad de las manos de aquellos magos de la fragua y el martillo, hubo algunos tipos que, por su destino específico, llegaron a una estandardización tal, que dos o tres modelos bastaron para satisfacer la casi totalidad de las demandas de plaza. Nos estamos refiriendo a las carpinterías exteriores para locales de comercio. Uno de ellos (puerta al medio con vidrieras a los lados), fue tan lógico y sencillo, que llegó a la vulgaridad; al punto que por los barrios, aún resulta raro no toparse con alguno de ellos a cada rato. Tal popularidad, se justifica, por lo acertado del diseño de una cosa tan común pero sumamente práctica como funcional. Veamos: de cinco metros de ancho, cabía perfectamente tanto en las ochavas como en un frente de 10 varas, descontándole el zaguán. Podían tener, si el local era de suficiente altura, una banderola corrida de punta a punta por encima del chapón tras del cual se ubicaba la clásica cortina de enrollar de chapa ondulada, ofreciéndose de esta manera, ventilación e iluminación adicional. De haber sótano (y generalmente lo había) el alfeizar de las vidrieras se hacía de paños vidriados y enrejados, sirviéndole de aventanamiento tipo claraboya, que quedaba conformada por el piso de la vidriera a modo  de techo. En suma: útil, estandar y práctico.

LA FACHADA

Y volvamos ahora al “Artista Mayor” el frentista. A todos estos elementos que hemos venido detallando, habrá de sumar los brindados por el corralón de molduras decorativas y, tras el recubrimiento del premoldeado frontispicio de ladrillos crudos, comenzará a desarrollar su arte distribuyendo modillones, instalando bajo los futuros balcones “fortísimas” ménsulas de postín, (más falsas que un abrazo de comité) y colocando aquí y allá delicadísimas guirnaldas florales o medallones con la misma cara moldeada que las del resto del barrio, por no decir de la ciudad. La cabeza de un caballo, indicará el portal de un corralón así como la de una vaca, hará las veces de clave del dintel de una carnicería. Mago en el uso del fratacho (frataz, para ser más correctos) llega a ser un verdadero rey de los espigos. Viendo los trabajos de estos artesanos (por sencillos que sean), da vergüenza observar las terminaciones de hoy día, por muy pretenciosa que jacte ser la obra. Perfectos cortes en ese revoque de “Piedra París”, que magistralmente manejaba y con la que, con cucharín y dedo gordo, era capaz de hacer un violín con una corona de laureles en derredor para indicar que allí habrá un conservatorio, así como una guirnalda de flores a cada lado de la clave del arco de una ventana, todo ello con la gracia y prolijidad propia de un escultor. Cultivaron, como dijimos, todos los estilos. Allí están nuestras calles, llenas de neoclásicos; barrocos a “la bartola” o afrancesados frentes que se mezclan con los prolijamente martelinados, con cantos vivos en los dibujos, de los tiempos del art-decó. Ellos ya no están, pero sus frentes sí. Creo que esta nueva “moda” de pintarlos en tonos y sobretonos, está rescatando y de alguna manera poniendo en valor, el trabajo de aquellos maestros, en una especie de tácito homenaje. Sé que para muchos serán palabras sacrílegas, ¡¡ pintar la imitación piedra !! Si, puede que tengan razón….pero me gusta.

UN NUEVO “HABITANTE”

A la familia, el perro, el gato, los canarios y las gallinas, hacia los años ’20, habrá de sumarse un nuevo “habitante”. No es animado, sino mecánico: “el automóvil”.

Llegado en un principio como elemento de lujo y sólo al alcance de la clase alta que comenzó a adaptarlo en reemplazo de las berlinas o el landó, la producción en cadena inundó el mercado mundial y no fuimos la excepción. Poco a poco la clase media se fue haciendo de él y, como era de esperar, hubo que haberle lugar en la casa. Sin embargo, la cosa no fue complicada, al contrario, bastante sencilla. En las de jardín, se tomó un sector de éste, (generalmente el que enfrentaba el patio, del otro lado de la sala),  para el nuevo ambiente: el garaje.

En el caso de la casa al frente, la solución también fue simple, pues sacrificándose el bendito escritorio se tenía el lugar casi justo para el auto. Es más. Dada la altura de las habitaciones (4,00 m casi siempre) y la poca necesaria para el garaje (2,00m  a lo sumo) se logró recuperar ese ambiente, haciéndolo por encima del garaje con el espacio restante, a los que se sumaban los uno o dos escalones del zaguán. Se llegaba a él desde el vestíbulo por una escalera generalmente de madera y “pintona” que se sumaba a la decoración de éste. Con ventana al frente, esa habitación petiza pero larga, era la ideal para los hijos varones o el infaltable tío soltero que en todas las familias  había…

Como vemos, la incorporación del guardacoche, no modificó para nada ni la planta ni el modo de vivir de nuestra casa que, con todas sus variantes, siguió siendo la misma. El que sí sintió la modificación fue lógicamente el frente, que de puerta “tirando” al medio con ventana grande y ventana chica a cada lado, quedó conformado del siguiente modo: el portón del garaje con ventanita de barandilla arriba; la puerta de calle y, rematando el otro lado ventana grande de la sala, Nació así otro clásico, repetido hasta el cansancio y en todos los estilos, pero de idéntico partido.

LA GUERRA Y EL MODERNISMO

Hacia finales de los ’30 y sobre todo desde los ’40 en adelante, las cosas cambiaron radicalmente (no por la UCR…sino por el nuevo concepto del proyecto).y aunque parezca mentira, fue “MI RANCHITO” una más que revista…revistita, publicada por “Editorial Construcciones”, la encargada de la difusión y expansión de esta nueva vivienda. Todos los meses ofrecía “10 – Proyectos 10” del más puro y moderno estilo “americano”, alternadas con coquetísimos chalets (pronúnciese shalés) “californianos”.. Pero, por mucha creatividad que intentaran aparentar aquellos proyectos, a la larga eran cortados todos por la misma tijera y, como en el caso de la tradicional casa chorizo, la variación se fundaba únicamente en el frente.

Sin embargo, esta nueva concepción tuvo un éxito tal que todo empezó a hacerse sobre ella, no pudiendo negarse que su auge haya sido merecido, puesto que, además de sencilla, resultó lo suficientemente funcional como correctora de los defectos de la anterior.

Como atando aquel “chorizo” por los puntas, se la cerró sobre si misma, inaugurando el reino de los dos dormitorios con baño al medio contra una medianera comunicados, por un “paso” al comedor y cocina, pudiéndose circular por toda ella sin salir al patio o tener que andar de habitación en habitación. Fue el nuevo clásico de la construcción y a tal punto, que hasta se la adoptó para desarrollar planes de vivienda como aquel tan renombrado “Plan Eva Perón”.

Así nació la casa “moderna”, que recibió, lo adelantamos; el apodo de americana” (más snob ¿saben?…), cursilería que se prolongó hasta en la nomenclatura de los ambientes. La galería de la puerta de calle pasó a ser el “porch” (con “p” explosiva y “o” alargada y gutural): El cómodo y señorial vestíbulo, quedó reducido a un cubículo tras la puerta de poco más de un metro cuadrado,  rebautizado “hall”  (aunque con jota española y “o” de gol) y, como vemos, con total desconocimiento de lo que ese término define en inglés (salón de reuniones de amplias dimensiones). Un favorecido, fue el viejo comedor, que pasó a ser el “living”-comedor (¡qué pituquería!) aunque más amontonado por supuesto, continuaba acomodando  el mismo mobiliario  de la casa vieja, sumando la mesa, sillas, trinchante y aparador a el juego del vestíbulo, pero… con cortinados de voilè con bandós de cretona bien floreada, como para conservar la costumbre… Los que salieron ganando fueron los dormitorios, a los que se les introdujo el “placard” , práctico y cómodo elemento que abolió definitivamente el ropero. En cuanto a la cocina, continuó siendo el lugar de reunión y vida de la casa, nunca se le dio dimensiones reducidas y es más, en muchos casos, adosada y separada a la vez, por una arcada con el comedor diario que, resistió su nominación española, a pesar del vano intento de llamarlo “breakfast” (pronúnciese bresfac…).

A pesar de todo, amén de la nomenclatura, hubo cosas que no murieron. El jardincito al frente (con el perenne limonero y si es posible de los de “4 estaciones”, el metro veinte de pasillo sobre la otra medianera, con su doble misión de permitir entrar por la cocina, (para no ensuciar el parquet), y dejar acceso atrás para hacer departamentos cuando el bolsillo lo permitiese. Como antaño, el fondo continuó albergando al gallinero, el níspero o la higuera y, cuando no, algunos almácigos de verdura. . Esta entrada secundaria era en realidad la más usada, no sólo por los habitantes, sino por proveedores, vecinos, y visitas de confianza, cuyo destino era el ambiente más casero y acogedor de la casa: la cocina. Es que el chorizo se arrolló, pero las costumbres se mantuvieron, especialmente por la segunda inmigración, la de posguerra.

NUEVOS MATERIALES:

Si bien la renovación del diseño fue un acontecimiento evolutivo, la utilización de nuevos materiales, por el contrario, fue obligatorio. La IIª Guerra Mundial, cortó los abastecimientos y aquí quedamos aislados en este rincón del mundo (por no decir otra cosa…). Fue entonces cuando hubo que apelar a la industria y al ingenio nacional. Se acabaron los azulejos y se los reemplazó por las “chapitas graníticas” , baldositas finas de 15 X 15 , que ya venían pulidas a plomo, colocadas al hilo y con junta abierta para disimular lo desparejo. Poco después En Hurlingham una cristalería lanzó al mercado los azulejos de opalina: el vicri, y fueron un suceso que duró bastantes años, con variedad de colores y hasta de un nuevo tamaño, el de 15 X 30, “¡¡que hacía taaan fiiino!!; hasta que apareció “San Lorenzo” y arreó con todo, casi hasta hoy día.

Con los pisos ocurrió otro tanto. El enlistonado de pinotea  desapareció y hubo que recurrir al caldén, la retorcida pero dura madera pampeana que se adaptó perfectamente como parquet; a pesar de las maldiciones de las amas de casa, a las que se les venía negro. Más tarde, el eucaliptos lo reemplazó y allí está hoy de rey y señor.  Vigente como siempre, continuó el mosaico granítico: Verde Alpe para el baño, Chiampo o Napoleón, para el patio y Champurreado para la cocina (se nota menos la mugre….). También le llegó su hora, hoy reina la cerámica de mil modelos y colores. Por su parte, la puerta placa enchapada reemplazó a las macizas y los marcos unificados de hierro a los de madera.

Pero el frente, al igual que antaño, continuó siendo el destinatario de las novedades en cuanto a materiales de revestimiento se refiere. La “Piedra París”, cedió el paso al “Iggam”, nuestro material de frente: que, a diferencia de aquella, ofrecía una interesante gama de los más diversos colores. El “modernismo”, abolió prácticamente las molduras, pero los nuevos materiales dieron a los frentistas, la posibilidad de continuar demostrando sus dotes artísticas. Uno de ellos, y de los que más auge tuvieron desde su aparición, fue el granito lavado, popularizado por el nombre de  la marca que lo producía: el “Fulget”.. La diversidad de colores de catálogo y hasta la posibilidad de disponer mezclas a pedido, permitiendo dar rienda suelta a la imaginación, especialmente la del propio dueño, deseoso de sobresalir sobre sus vecinos. Lo que antaño fueron moldurass, ahora serán dibujos; y allí están por los barrios todas esas casas de los ‘50 y comienzos de los ’60, con sus rombos, diagonales, guardas, pero lo que más notable (por no decir cómico), palmeras tropicales, montañas, gaviotas volando y … no sé, ¡¡hasta espejitos!!, en suma:  lo que se les ocurra, el asunto es buscarlas, pero haber,  las hay y muy surtidas. Otro material que ayudó a esta moda, fue la “venecita”, cuadritos de cerámica brillante, de diverso tamaño y todos los colores, que hasta pueden pedirse en combinación por porcentaje de los componentes, Mucho más limpio que el anterior, aún está en uso, al punto que en las nuevas estaciones del subterráneo se lo está utilizando.

A estos sumaremos las cerámicas, de todo tipo; lisas, estriadas, en punta de diamante, etc., etc., que, sumadas a las anteriores, ofrecen una gama tal de revestimientos que, en algunos casos dieron origen a un nuevo etilo, (esta vez “creado” por el comitente), al que podríamos llamar “estilo zafarrancho”, en el que la casa se transforma en un verdadero muestrario de cuanta cosa se ofrece en Juan Bautista Alberdi entre Mariano Acosta y Lacarra.. Pero… que le vamos a hacer, lo cursi y lo “mersa”, como las cucarachas, sin indestructibles.

Pero esto ya es parte de la historia de hoy día. Lo que se intentó fue relatar cómo esa casa, nuestra humilde casa chorizo se fue adaptando, sin perder su espíritu esencial, a los tiempos, necesidades y economía, de aquel esperanzado habitante que vino en busca de progreso y bienestar y lo fue logrando con su esfuerzo y mentalidad siempre puesta en el futuro. Sin duda, otros tiempos y una cultura distinta a la de hoy, para la que lo primordial es el auto y los electrodomésticos. ¡Ah! y el celular, por supuesto……

 

 

Información adicional

Categorías: Palacios, Quintas, Casas, Vivienda, Historia
Palabras claves: casa chorizo, ciudad, vivienda

Año de referencia del artículo: 2020

10mo Congreso

Plano de casa chorizo. Casa de los Ezeiza.

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