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Flores

Molinos de Viento en Flores

Arnaldo J. Cunietti-Ferrando

Ave­ni­da Ave­lla­ne­da (Cir­cun­va­la­ción Nor­te) en su in­ter­sec­ción con Bo­li­via., C. 1930.

Roberto Arlt. Autor de “El juguete rabioso”; “Los lanzallamas”; “Los siete locos”, Roberto Arlt (1900-1942), escritor y periodista, transcurrió su infancia en Flores. En el desaparecido diario “El Mundo” tuvo a su cargo la sección “Aguafuertes porteñas”. Una de sus crónicas es la que reeditamos a continuación.

Hoy, ca­lle­jean­do por Flo­res, en­tre dos cha­lets de es­ti­lo co­lo­nial, tras de una ta­pia, en un te­rre­no pro­fun­do, eri­za­do de ci­na­ci­nas, he vis­to un mo­li­no de vien­to des­mo­cha­do. Uno de esos mo­li­nos de vien­to an­ti­guos, de re­cia ar­ma­zón de hie­rro oxi­da­da pro­fun­da­men­te. Al­gu­nas pa­le­tas tor­ci­das col­ga­ban del en­gra­na­je ne­gro, allá arri­ba, co­mo la ca­be­za de un de­ca­pi­ta­do; y me que­dé pen­san­do tris­te­men­te en qué bo­ni­to de­bía de ha­ber si­do to­do eso ha­ce al­gu­nos años, cuan­do el agua de uso se re­co­gía del po­zo. ¡Cuán­tos han pa­sa­do des­de en­ton­ces!
Flo­res, el Flo­res de las quin­tas, de las enor­mes quin­tas so­la­rie­gas, va de­sa­pa­re­cien­do día tras día. Los úni­cos al­ji­bes que se ven son de “ca­mou­fla­ge”, y se les ad­vier­te en el pa­tio de cha­le­ci­tos que ocu­pan el es­pa­cio de un pa­ñue­lo. Así vi­ve la gen­te hoy día.
¡Qué lin­do, qué es­pa­cio­so que era Flo­res an­tes! Por to­das par­tes se er­guían los mo­li­nos de vien­to. Las ca­sas no eran ca­sas, si­no ca­so­nas. Aún que­dan al­gu­nas por ­la ca­lle Bel­trán o por Ba­ca­cay o por Ra­món Fal­cón. Po­cas, muy po­cas, pe­ro to­da­vía que­dan. En las fin­cas ha­bía co­che­ras y en los pa­tios, enor­mes pa­tios cu­bier­tos de gli­ci­na, chi­rria­ba la ca­de­na del bal­de al ba­jar al po­zo. Las re­jas eran de hie­rro ma­ci­zo, y los pos­tes de que­bra­cho. Me acuer­do de la quin­ta de los Naón. Me acuer­do del úl­ti­mo Naón, un mo­ci­to com­pa­dre y muy bue­no, que siem­pre iba a ca­ba­llo.
¿Qué se ha he­cho del hom­bre y del ca­ba­llo? ¿Y de la quin­ta? Sí; de la quin­ta me acuer­do per­fec­ta­men­te. Era enor­me, lle­na de pa­raí­sos, y por un cos­ta­do to­ca­ba a la ca­lle Ave­lla­ne­da y por el otro a Mén­dez de An­des. Ac­tual­men­te allí son to­das ca­sas de de­par­ta­men­tos, o “ca­si­tas idea­les pa­ra no­vios”.
¿Y la man­za­na si­tua­da en­tre Yer­bal, Ba­ca­cay, Bo­go­tá y Bel­trán?
Aque­llo era un bos­que de eu­ca­lip­tos. Co­mo cier­tos pa­ra­jes de Ra­mos Me­jía; aun­que tam­bién Ra­mos Me­jía se es­tá in­fec­tan­do de mo­der­nis­mo.
La tie­rra en­ton­ces no va­lía na­da. Y si va­lía, el di­ne­ro ca­re­cía de im­por­tan­cia. La gen­te dis­po­nía pa­ra sus ca­ba­llos del es­pa­cio que hoy com­pra una com­pa­ñía pa­ra fa­bri­car un ba­rrio de ca­sas ba­ra­tas. La prue­ba es­tá en Ri­va­da­via en­tre Ca­ba­lli­to y Do­na­to Ál­va­rez. Aún se ven enor­mes res­tos de quin­tas. Ca­sas que es­tán co­mo im­plo­ran­do en su be­lla ve­jez que no las ti­ren aba­jo.
En Ri­va­da­via y Do­na­to Ál­va­rez, a unos vein­te me­tros an­tes de lle­gar a es­ta úl­ti­ma, exis­te aún un cei­bo gi­gan­tes­co. Con­tra su tron­co se apo­yan las puer­tas y con­tra­mar­cos de un co­rra­lón de ma­te­ria­les usa­dos. En la mis­ma es­qui­na, y en­fren­te, pue­de ver­se un gru­po de ca­sas an­ti­quí­si­mas en ado­be, que cor­tan irre­gu­lar­men­te la ve­re­da. Fren­te a es­tas hay edi­fi­cios de tres pi­sos,y des­de uno de esos ca­se­ro­nes sa­len los gri­tos jo­via­les de va­rios vas­cos le­che­ros que jue­gan a la pe­lo­ta en una can­cha.
En aque­llos tiem­pos to­do el mun­do se co­no­cía. Las li­bre­rías. ¡Es de reír­se! En to­das las vi­drie­ras se veían los cua­der­ni­llos de ver­sos del gau­cho Hor­mi­ga Ne­gra y de los her­ma­nos Ba­rrien­tos. Las tres li­bre­rías im­por­tan­tes de esa épo­ca eran las de los her­ma­nos Pe­lle­ra­no, “La Lin­ter­na”, y la de don Án­gel Pa­rien­te. El res­to eran bo­li­ches ig­no­mi­nio­sos, mez­cla de ju­gue­te­ría, sa­lón de lus­tra­do, za­pa­te­ría, tien­da y qué sé yo cuán­tas co­sas más.
El pri­mer ci­ne­ma­tó­gra­fo se lla­ma­ba “El Pa­la­cio de la Ale­gría”. Allí me ena­mo­ré por vez pri­me­ra, a los nue­ve años de edad, y co­mo un lo­co, de Li­dia Bo­re­lli. En el te­rre­no de las ca­ba­lle­ri­zas de Ba­sual­do, se ins­ta­ló en­ton­ces el pri­mer cir­co que fue a Flo­res.
El úni­co ca­fé con­cu­rri­do era “Las Vio­le­tas”, de don Jor­ge Du­fau. Fé­lix Vi­si­llac y Ju­lio Díaz Usan­di­va­ras eran los ge­nios de la pa­rro­quia, pa­ra en­ton­ces. La gen­te era tan sen­ci­lla que se creía que los so­cia­lis­tas se co­mían cru­dos a los ni­ños, y ser poe­ta -”pue­ta” se de­cía- era co­mo ser hoy gran cham­be­lán de Al­fon­so XIII o al­go por el es­ti­lo.
Las ca­lles te­nían otros nom­bres. Ra­món Fal­cón se lla­ma­ba en­ton­ces Unión. Do­na­to Ál­va­rez, Be­lla Vis­ta.
A diez cua­dras de Ri­va­da­via co­men­za­ba la pam­pa.
La gen­te vi­vía otra vi­da más in­te­re­san­te que la ac­tual. Quie­ro de­cir con ello que eran me­nos egoís­tas, me­nos cí­ni­cos, me­nos im­pla­ca­bles. Jus­to o equi­vo­ca­do, se te­nía de la vi­da y de sus des­do­bla­mien­tos un cri­te­rio más ilu­so­rio, más ro­mán­ti­co.
Se creía en el amor. Las mu­cha­chas llo­ra­ban can­tan­do La lo­ca del Be­que­ló. La tu­ber­cu­lo­sis era una en­fer­me­dad es­pan­to­sa y ca­si des­co­no­ci­da. Re­cuer­do que cuan­do yo te­nía sie­te años, en mi ca­sa so­lía ha­blar­se de una tu­ber­cu­lo­sa que vi­vía a sie­te cua­dras de allí, con el mis­mo mis­te­rio y la mis­ma com­pa­sión con que hoy se co­men­ta­ría un ex­traor­di­na­rio ca­so de en­fer­me­dad in­ter­pla­ne­ta­ria.
Se creía en la exis­ten­cia del amor. Las mu­cha­chas usa­ban mag­ní­fi­cas tren­zas, y ni por sue­ño se hu­bie­ran pin­ta­do los la­bios. Y to­do en­ton­ces te­nía un sa­bor más agres­te, y más no­ble, más ino­cen­te. Se creía que los sui­ci­das iban al in­fier­no.
Que­dan po­cas ca­sas an­ti­guas por Ri­va­da­via, en Flo­res. En­tre Lau­ta­ro y Mem­bri­llar se pue­den con­tar cin­co edi­fi­cios. Pin­ta­dos de ro­jo, de ce­les­te o ama­ri­llo. En Lau­ta­ro se dis­tin­guía, has­ta ha­ce un año, un mi­ra­dor de vi­drios mul­ti­co­lo­res com­ple­ta­men­te ro­tos. Al la­do es­ta­ba un mo­li­no ro­jo, un sen­ti­men­tal mo­li­no ro­jo ta­pi­za­do de hie­dra. Un pi­no de­ja­ba me­cer su cú­pu­la en los ai­res los días de vien­to.
Ya no es­tán más ni el mo­li­no ni el mi­ra­dor ni el pi­no. To­do se lo lle­vó el tiem­po. En el lu­gar de la al­tu­ra esa, se dis­tin­gue la puer­ta del cu­chi­tril de una sir­vien­ta. El edi­fi­cio tie­ne tres pi­sos al­tos.
¡Tam­bién la gen­te es­tá co­mo pa­ra ro­man­ti­cis­mo! Allí, la va­ra de tie­rra cues­ta cien pe­sos. An­tes cos­ta­ba cin­co y se vi­vía más fe­liz. Pe­ro nos que­da el or­gu­llo de ha­ber pro­gre­sa­do, eso sí, pe­ro la fe­li­ci­dad no exis­te. Se la lle­vó el dia­blo.

Información adicional

HISTORIAS DE LA CIUDAD. Una revista de Buenos Aires
Declarada de “Interés de la Ciudad de Buenos Aires” por la Legislatura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Año V N° 23 – Reedición – septiembre 2009
I.S.S.N.: 1514-8793
Registro de la Propiedad Intelectual N° 100.991
Declarada de “Interés de la Ciudad de Buenos Aires” por la Legislatura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Categorías: Avenidas, calles y pasajes, Escritores y periodistas, Biografías
Palabras claves: Barrio, Arlt,

Año de referencia del artículo: 1930

Historias de la Ciudad. Año 5 Nro23

Ar­ti­gas (en­ton­ces con di­rec­ción al sur) en­tre Yer­bal y Ri­va­da­via. Allí era la ter­mi­nal del tran­vía 43.

Fe­ria se­ma­nal so­bre la ve­re­da de la pla­za de Flo­res en Fray Ca­ye­ta­no Ro­drí­guez, en­tre Yer­bal y Ri­va­da­via, en oc­tu­bre de 1957.

Pla­za de Flo­res en 1903; en el cen­tro la glo­rie­ta pa­ra la ban­da de mú­si­ca; a la de­re­cha, la fuen­te or­na­men­tal. Fotografía de Harry Grant Olds.

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