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San Telmo

Nuestras Sibilas conservan su misterio

María Teresa Spinetto

Sibila Cumana -, 2017. Óleo sobre tela - Siglo XVIII

Durante la antigüedad clásica el mito y la historia estaban entrelazados y eran inseparables. El mundo estaba regido por los dioses y, el nexo de unión entre ellos y los hombres eran las pitonisas, los vates y las sibilas.

Sus profecías estaban impregnadas de misterio, acontecían en lugares y circunstancias secretas, sólo descifrables por un selecto grupo.

La Sibila era el nombre de una sacerdotisa, conectada con el culto de Apolo, que proporcionaba oráculos. Se le atribuía una larga vida y sobre ella se han tejido muchas y variadas leyendas.

De acuerdo con la tradición, fue el mismo Apolo quien le regaló el don del vaticinio -que es un carisma o sello divino y no un arte adquirido por el estudio- y, le confirió, a su ruego, la inmortalidad, pero la Sibila, por un descuido, habría olvidado pedirle al mismo tiempo una juventud eterna.

Como consecuencia de ello fue envejeciendo de tal modo que, arrugada y extremadamente diminuta fue confundida con una cigarra y encerrada en una jaula. Según la leyenda, al pasar 1000 años la Sibila habría muerto, pero su voz continuaría profiriendo oráculos…

El mito de la Sibila, que provenía del ámbito griego, emigró a la península itálica. En el siglo VIII a.C. unos colonos procedentes de Eritrea (Asia Menor), fundaron Cumas, a 16 km. de Nápoles, la colonia griega más antigua en Italia, la que se convirtió en residencia legendaria de la Sibila.

El imaginario de los romanos forjó una leyenda -que conocemos gracias a Varrón, un enciclopedista latino del siglo I a.C. y a Plinio, un escritor romano del siglo I- que enlazaba la figura de esta sacerdotisa con uno de los primitivos reyes de Roma.

Según este relato, una anciana había ofrecido en venta al rey Tarquino el Antiguo, nueve libros en los que estaba contenida la historia de Roma. El monarca rechazó la propuesta por la elevada suma que le pidiera y la Sibila, en presencia del rey, quemó tres de ellos, y le ofreció en venta los restantes por un precio mayor. Tras un nuevo rechazo a su pretensión, quemó otros tres y aumentó nuevamente el precio por los tres últimos. Ante ello Tarquino, sorprendido por lo insólito de ese acontecimiento, decidió adquirirlos. Tal es el legendario origen de esos libros que el poder político de Roma custodió “sacramente” e interpretó a su arbitrio y beneficio destinando un cuerpo sacerdotal -escogido entre los miembros de esa aristocracia reinante- para que se encargara de su cuidado y exégesis, con lo que esa clase fortalecía su perpetuación en el poder. Estos sacerdotes sólo podían leer los Libros Sibilinos en circunstancias graves y por expreso mandato del Senado.

Los  Libros  fueron  celosamente  custodiados  en  el  templo  de  Júpiter Capitolino hasta que en el año 83 a.C. fueron destruídos por un incendio. El Senado logró recuperar algunas profecías dispersas y aceptó solamente unos 1000 versos como auténticos. Luego, el celo revisionista del emperador Augusto hizo que desaparecieran numerosos volúmenes oraculares por considerarlos espurios. Los pocos que sobrevivieron  fueron custodiados en el templo de Apolo. Tiempo más tarde, Teodosio I “el Grande”, emperador entre 379 y 395, convertido al cristianismo, en su ataque contra el paganismo, no sólo ordenó cerrar templos y prohibió sacrificios, sino que también mandó quemar los oráculos supérstites.

A pesar de todo, muchos de estos oráculos lograron sobrevivir pero, se aprecia en ellos una suerte de contaminación de profecías paganas con otras del antiguo testamento. Lactancio – autor cristiano de los siglos III y IV- otorgó a las Sibilas el mismo valor que a los Profetas bíblicos porque, según refiriera, estas profetisas vaticinaron al mundo la llegada de Cristo, sus milagros, pasión, muerte, resurrección y su última venida con el juicio universal.

A partir de Lactancio se acentúa un sincretismo de la tradición greco-latina con las profecías del pueblo de Israel: Sibilas y Profetas se enlazaron para proclamar las verdades supremas del dogma cristiano.

Esta simbiosis teológica se debió a la exégesis errónea de la Bucólica IV de Virgilio, de los años 40 antes de nuestra era. En ella el poeta transmitió la predicción de la Sibila Cumana respecto del retorno de una edad de oro, gracias al arribo de un niño divino.  Carcopino, un estudioso del tema, explicó que este retorno a una edad áurea no aludía específicamente al cristianismo sino más bien a la renovación planteada en Roma por los círculos neopitagóricos. También el poeta añadió una noción de esperanza que se haría carne en cada nacimiento. Pero, merced a esas circunstancias misteriosas que el poeta puso en boca de la Sibila Cumana, el cristianismo del Medioevo tomó a Virgilio como a uno de sus profetas y no titubeó en ubicar a las Sibilas entre patriarcas, profetas y apóstoles.

Para intensificar más la confusión, en el verso 6° de la citada Bucólica IV, Virgilio evocó el regreso de Virgo, en alusión a la constelación del mismo nombre, y este término fue interpretado erróneamente y, por ende, traducido como “Virgen”, lo que sumado a la referencia a un niño divino, llevó a la asimilación de este niño con Cristo y, a la conclusión que la Sibila había profetizado su nacimiento.

Los padres de la Iglesia utilizaron los oráculos sibilinos para atraer a los paganos. San Agustín fue quien reconoció definitivamente a las Sibilas dentro de la Iglesia en su obra La Ciudad de Dios (413-427), donde afirmó que la venida de Cristo fue anunciada tanto a los profetas de Israel como a los profetas paganos, sobre todo a las Sibilas.

La mayor parte de los oráculos conservados reapareció en el siglo XVI gracias a la edición hecha en Basilea en 1545, luego profusamente reproducida.

Su difusión produjo un resurgimiento de su mito, evidenciado de manera elocuente en su representación artística no sólo en los grabados sino también en las pinturas y esculturas.

En cuanto al número de las Sibilas, el canon más antiguo es el que nos transmitió Varrón que enumeró diez, siete procedentes de Grecia y de Oriente y tres que corresponderían al territorio itálico. Esta tradición fue retomada luego por Lactancio pero, habría sido el dominico Filippo Barbieri quien aumentó este número a doce, con lo que estableció una simetría perfecta con los doce apóstoles del cristianismo.

Los doce nombres de las Sibilas:  Elespóntica, Cumea, Cumana, Pérsica, Líbica, Tiburtina, Frigia, Délfica, Rhodia, Erithrea, Sanbethea y Samia, serían todos toponímicos que designaban los diferentes lugares en que la profetisa “divina” se habría manifestado y donde después se le habría rendido culto.

En el siglo XVII se produjo una casi total desaparición del tema de las Sibilas como consecuencia de la estricta regulación de los temas iconográficos impuesta por el Concilio de Trento. Pero, en el siglo XVIII se lo recuperó en algunas iglesias españolas, manteniéndose las series pintadas sobre lienzo y apareciendo nuevamente los grandes ciclos, que decoraban algunos interiores religiosos.

Finalmente, a partir del siglo XIX el tema de las Sibilas en el arte se diluyó y llegó a desaparecer casi totalmente.

 

En cuanto a NUESTRAS SIBILAS, las de SAN TELMO, son una serie formada por  doce lienzos pintados al óleo, todos de igual tamaño -1,17 x 0,91 mts.- en los que se representa una Sibila en cada uno. Son diez pinturas del siglo XVIII y dos del XIX (copias de los originales efectuadas en 1864).

Son  obras  pintadas  con  corrección pero no pertenecen a un solo artista sino que son piezas de taller en el que trabajaban conjuntamente artistas y aprendices, por lo que se aprecia una diversidad de estilos. También podemos observar que no es la misma mano la que pintó la figura y la orla, que la que pintó el friso inferior. Es una de las razones por la que no están firmadas.

La serie está formada por las figuras de medio cuerpo de las Sibilas, vestidas y tocadas todas de distinta manera, paradas detrás de petriles  ornamentados con grutescos sobre los que se leen inscripciones alusivas a las profecías atribuídas a cada una de ellas,  las cuales están representadas en pequeñas escenas de los episodios anunciados de la vida de Jesús, enmarcadas por guirnaldas ovales de flores.

En el año 2005 los doce óleos de la serie fueron tratados en el Taller de Restauro de Arte (TAREA), que desde mayo de 2004, como resultado de un concurso internacional, fue entregado en comodato al Centro de Producción e Investigación en Restauración y Conservación Artística y Bibliográfica Patrimonial, dependiente de la Escuela de Humanidades de la Universidad de San Martín.

Esta restauración fue clave para corroborar su datación, para redescubrir su esplendor cromático, la destreza del pincel en los grutescos inferiores, la magnífica resolución espacial en los pequeños óvalos de las representaciones evangélicas y el jaspeado de los marcos que estaban ocultos bajo una capa de pintura negra desde la restauración de 1864.

Pero más importante fue por el giro que sufrió su procedencia: hasta ese momento, la tesis más valorada era la del profesor Héctor Schenone quien las consideraba producto de los talleres andinos (del Cuzco y del Alto Perú). Al efectuarse la restauración, gracias a la cantidad de hallazgos y de estudios realizados en las obras resurge la hipótesis del origen español, ya afirmada por el Padre Sanguinetti en su historia sobre la parroquia pero sin haber aportado ninguna documentación que la avalara.

Gracias a la difusión de esta restauración, por medio de artículos en Internet en el sitio de la Universidad de San Martín (www.unsam.edu.ar), y la posterior publicación del libro sobre las Sibilas de San Telmo (ver bibliografía), el historiador español José Miguel Morales Figueroa, comparó los lienzos de Buenos Aires con algunas series pintadas en España, entre ellas: las de la Catedral de Sigüenza, las de la Parroquia de San Eufrasio de Jaén y las del Convento de las Carmelitas Descalzas en Antequera, encontrando grandes similitudes entre ellos, sobre todo con las últimas. El las sitúa dentro del grupo de “Sibilas arcaizantes españolas”.

 

Como podemos observar, todo lo mencionado son teorías, deducciones, pero ninguna certeza, ninguna documentación….

Ellas están allí, en la intimidad de la Sacristía de la Parroquia San Pedro Telmo, en una semipenumbra, y al verlas, constatamos que siguen conservando su misterio: ¿Quiénes las pintaron? ¿Quiénes y cuándo las trajeron?: ¿Ignacio de Bustillo y Cevallos al donar el predio y la imagen de Nuestra Señora de Belén? ¿Los jesuitas al encarar la construcción y el equipamiento del templo? ¿Los Bethlemitas al hacerse cargo de la iglesia? ¿Cómo llegaron a San Telmo? ¿Cómo es posible que ésta sea la única serie completa en toda América?…

Todos son interrogantes a los que todavía no hemos podido dar una respuesta certera, sólo conjeturas…

 

BIBLIOGRAFÍA

BAUZÁ, Hugo Francisco. La tradición sibilina y las sibilas de San Telmo. Fondo Nacional de las Artes y Hugo Francisco Bauzá. Buenos Aires, 1999.

BURUCÚA, José Emilio en Las 12 Sibilas de la parroquia San Pedro G. Telmo, Buenos Aires, UNSAM, 2005.

MORALES FOLGUERA, José Miguel, Las Sibilas en el arte de la Edad Moderna, Europa mediterránea y Nueva España, Universidad de Málaga, 2007.

SANGUINETTI, M. J., San Telmo y su pasado histórico. Buenos Aires, Ediciones República de San Telmo, 1965.

SCHENONE, H., “Pintura” en Historia general del arte en Argentina, vol. II. Buenos Aires, Academia Nacional de Bellas Artes, 1983.

 

María Teresa Spinetto – Licenciada en Artes (U.B.A.).-

Información adicional

CULTURA Y EDUCACION, Museos, / Museo, pinturas, Sibilas
2017 /
Cuadernos de San Telmo – Junta de Estudios Históricos de San Telmo – Nueva Época nº 3 – Año 2017

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Óleos sobre tela - Siglo XVIII

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