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Ciudad de Buenos Aires

Quinquela y “La peña” del Café Tortoni – El sótano más célebre de Buenos Aires

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Un destino de grandeza:
El Café Tortoni es fundado en Buenos Aires por el francés Jean Touan, que lo bautiza así en homenaje al famoso café homónimo de París. Comienza su actividad en el año 1858, en la esquina de Rivadavia y Esmeralda. En 1879 Touan vende el negocio a sus familiares, el matrimonio vasco-francés Célestin Curutchet y su esposa Ana Artcanthurry. En el decir de Ulises Petit de Murat en La noche de mi ciudad, Célestin era “un pequeño caballero de barbita a la Poincaré (cosa poco frecuente en el Buenos Aires de capilaridad restringida para los varones a patilla y bigotes)” y que “conocía la sed desaforada de la bohemia finisecular y de principios de este siglo XX”. Hacia mediados de 1880 mudan unos metros el local sobre la misma Rivadavia. Cuando en julio de 1894 se inaugura la Avenida de Mayo, el café terminaría por delinear su perfil definitivo, ya que sus propietarios tres meses más tarde deciden cambiar el ingreso principal del local a la nueva y elegante arteria (tarea a cargo del destacado arquitecto español Alejandro Christophersen) siendo el primer café porteño en colocar mesas y sillas en la vereda. Una costumbre bien parisina, con una variante: En la bella “Ciudad Luz” se ubicaban alineadas con el frente del negocio, en cambio en el caso del Tortoni se colocaron pegadas al cordón de la vereda. Los Curutchet tienen dos hijos varones, Pedro y Mauricio, quienes se hacen cargo del Café al fallecer en 1925 monsieur Célestin. Inesperadamente a fines de 1926 fallece Mauricio, lo que derivó al poco tiempo en la decisión de su hermano Pedro de vender el negocio a la firma Rey Hnos. y Pego, quienes en 1943 dejan de manejar el Café, coincidiendo con el año que cesa su actividad La Peña. Hoy día el Tortoni es el café más antiguo de todos los que aún existen en nuestra ciudad.
El nacimiento de un emblema cultural:
El lunes 24 de mayo de 1926, a las 22 horas, se funda oficialmente la Agrupación de Gente de Arte y Letras La Peña, cuya sede está ubicada en el amplio y reacondicionado sótano del Café Tortoni, en la Avenida de Mayo 829, Buenos Aires.
La parte más relevante de su Acta de Declaración expresa lo siguiente:
“Para ser socio de la agrupación se requerirá -previo acuerdo de la Junta Directiva- contraer el compromiso de abonar, durante un período mínimo de dos años, una cotización trimestral de cinco pesos m/n. Las normas de incorporación y cesación para los socios estarán estipuladas en su Programa de acción, y serán las de práctica en instituciones análogas, jurídicamente constituidas. Serán Socios Fundadores de La Peña los que hayan contraído el correspondiente compromiso de adhesión antes del 25 de mayo de 1926, y Socios Benefactores los que contribuyan con donaciones o subsidios al desarrollo de la Sociedad.
La Junta Directiva: Jorge Bunge, Germán de Elizalde, Benito Quinquela Martín, Arturo Romay, Edmundo J. Rosas, Alejandro Savelieff, Gastón O. Talamón”.
Tiempo más tarde, el 17 de diciembre de 1928, a las 21.30 horas en el local de La Peña, sus integrantes reunidos en Asamblea Extraordinaria, discuten y aprueban los estatutos en cuyo Preámbulo se puede leer el siguiente párrafo: “El éxito inmediato de La Peña, su creciente, ininterrumpido desarrollo (debido en gran parte a los señores Curutchet, primero, y a los señores Rey, actuales propietarios del Café Tortoni, luego) que han hecho de La Peña una institución cultural sin precedentes, han dado a ella el derecho de cimentar definitivamente sus bases, y a sus iniciadores el deber de proclamarlo”.
En su autobiografía, recogida por Andrés Muñoz, el propio Benito Quinquela Martín narra cómo se originó la señera agrupación:
“Mi adhesión al puerto de la Boca no me impedía frecuentar las tertulias de los cafés de la Avenida de Mayo, sobre todo aquella de “La Cosechera”, que el maestro Viñes bautizó con el madrileñísimo nombre de “La Peña”, que se trasladó durante una noche de verano a la vereda de enfrente. De “La Cosechera” pasamos al Café Tortoni, donde nos recibieron con sonrisas esperanzadas, que desde hacía tiempo no veíamos en nuestra sede anterior, pues las habíamos ido perdiendo progresivamente a causa de la desproporción entre lo poco que gastábamos y lo mucho que discutíamos. Un modesto café por cada dos horas de chala resultaba evidentemente un negocio ruinoso para los accionistas de “La Cosechera (…) que quedaba en Perú y Avenida de Mayo. Allí tuvo su origen “La Peña”, nombre con que bautizó nuestra tertulia el gran pianista Ricardo Viñes, que era uno de los más asiduos contertulios. Asistentes más o menos frecuentes eran también Francisco Isernia, Tomás Allende Iragorri, Antonio González Castro, Pedro Herreros, Pascual de Rogatis, Alfredo Schiuma, Juan José de Soiza Reilly, Héctor Pedro Blomberg, José María Samperio, Celestino Fernández, Manuel López Palmero, Atilio García Mellid, Germán de Elizalde, Luis Perlotti, Alejandro S. Tomatis, Juan de Dios Filiberto, Carlos de Jovellanos y Passeyro, Daniel Marcos Agrelo, Rafael de Diego, Miguel A. Camino, Pedro V. Blake, Enrique Loudet, Celestino Piaggio, Manuel López de Mingorance, Gregorio Passianoff y otros, a los que se agregaban los invitados o visitantes.
Tuvimos la suerte de que el dueño del Café Tortoni sustentara otras ideas con respecto al negocio cafeteril. Los artistas podrán gastar poco, pero pueden dar lustre y fama a un establecimiento público. Así debía pensar don Pedro Curutchet, el propietario del Tortoni, que, como buen francés, sabía ser práctico y romántico a la vez. En nuestro caso, quizá fue más lo segundo que lo primero, lo que impulsó a nuestro mecenas a brindarnos desde el primer momento su generosa protección, no exenta de paternal tolerancia. El viejo Tortoni tenía su clientela segura y abundante, pero nuestra “Peña” bohemia siempre encontraba la manera de instalarse en las mejores mesas de la vereda o del salón, según lo requiriera la temperatura. Como entre los peñistas o peñófilos abundaban los desocupados, nunca faltaba alguno de la rueda que acudía temprano al café para tomar posiciones. Y la rueda iba creciendo a medida que la noche iba avanzando. Tanto llegó a crecer, al cabo de algún tiempo, que uno de los nuestros, Germán de Elizalde, resolvió abordar a don Pedro Curuchet. Y para convencerlo mejor, se dirigió en francés a “Monsieur Pierre”. Necesitábamos espacio vital para nuestra “Peña”. ¿No podría proporcionárnoslo “monsieur” Curutchet? Y el viejo francés, que usaba perilla francesa y gorro turco, nos ofreció entonces su cueva de vinos, previo traslado de las empolvadas botellas, naturalmente. Además de brindarnos el espacio vital que necesitábamos-vital y subterráneo, “monsieur” Pierre Curutchet nos obsequió con unos preceptos que habrían de quedar como lema de nuestra flamante agrupación. Decían así, en su idioma original: “Ici on peut causer, dire, boire, avec mesure, et donner de son savoir faire la mesure. Mais seuls l’art et l’esprit, ont le droit de sans mesure se manifester ici”. (“Aquí se puede conversar, decir, beber con mesura y dar de su “savoir faire” la medida. Pero sólo el arte y el espíritu tienen el derecho de sin medida manifestarse aquí”)
Otras cosas había que tenían también derecho a manifestarse allí sin medida, además del arte y el esprit. Eran nuestro entusiasmo y nuestra impaciencia por instalarnos cuanto antes en aquel subsuelo con que nos obsequiaba la munificencia de un comerciante artista y altruista -rara avis- que, atentando contra sus propios intereses, empezaba por recomendarnos mesura en el comer y en el beber. Nos pusimos a trabajar febrilmente, sans mesure, en pocas semanas la acreditada bodega del Tortoni quedó convertida en un local apto todo servicio artístico, literario y gastronómico. Nosotros mismos nos encargamos personalmente de las obras de refacción y embellecimiento. Empezamos por limpiar y arreglar el piso, el techo y las paredes. Nos agenciamos mesas y bancos de madera ordinaria, entonados en un gris oscuro. En base a clavos, tablas y arpillera dorada todo quedó listo, como mandado hacer a medida. Construimos un tablado bajo, que oficiaba de pequeño escenario, engalanado con un gran cortinaje de terciopelo rojo, que era como una llamarada que, al abrirse, dejaba ver un soberbio piano de cola, piano y cortinaje que obtuvimos no sé cómo, creo que por arte de encantamiento” (…)
A su vez Juan de Dios Filiberto recuerda en el libro de Lesly Dinah: “Durante casi dos años buscamos un lugar para reunirnos que fuera solamente nuestro. Después de haber pasado del café La Cosechera al Madrid (N. del A.: Av. de Mayo 701), Germán de Elizalde consiguió que nos alquilaran el subsuelo del Café Tortoni. Este año regresó Quinquela de Europa y junto con Miguel Camino, Gastón Talamón, Francisco Balbi, Celestino Piaggio, el músico Vicente Forte, Pascual de Rogatis, yo y otros, inauguramos nuestra Peña”.
Otros fundadores de la agrupación son: Fortunato Lacámera, Francisco Isernia, Roberto Capurro, Miguel C. Victorica, Tuñín de la Boca, Vicente Vento, José Imazio, Carlos A. Tarelli, Antonio González, Augusto González Castro, J. Molinari, Tomás Allende Yragorri, Rafael González y el Ingeniero Longino Vitale. Cinco días más tarde de la fundación, el sábado 29, a las 22 horas, organizada por una comisión de festejos, se inauguran “Los sábados de La Peña” con una fiesta superior a la realizada el lunes 24 cuando se crea la agrupación. Ofrece, entre otros, una charla el prestigioso escritor español Federico García Sanchiz, “charlista” (como él mismo gustaba denominarse) que acababa de llegar a nuestro país, titulada “Charla Lírica”. Completan el programa Juan de Dios Filiberto y la cantante Patrocinio Díaz. Se sirve una tasa de café gratuitamente a la concurrencia.
El escritor Enrique Abal, secretario de la gaceta que se editaba en La Peña, recuerda las actividades que allí se efectúan: “Se dividían en dos fases: una era la de los contertulios, la de los verdaderos peñistas, que se reunían de domingo a viernes y otra la de los sábados a la noche en que se desarrollaban las veladas músico-literarias. Abría sus puertas a las cinco de la tarde y se cerraban a las doce de la noche” (…)
“Los 24 de mayo conmemorando el aniversario de su fundación y la fiesta patria, tenía lugar una comida de camaradería que se hacía en el salón y a la que concurrían prestigiosas personalidades de la vida artística del país” (…)
En su sede del sótano del Tortoni desfilaron famosas personalidades de la época y se efectuaron gran cantidad de exposiciones individuales: como las de los pintores españoles José Gutiérrez Solana, Daniel Vázquez Díaz y Darío de Regoyos, el pintor francés Lucien Simon; el uruguayo Norberto Berdía y entre la larga lista de artistas argentinos, los pintores Fray Guillermo Butler, Pablo Molinari, Francisco Ramoneda, César Pugliese, Roberto Rossi, Marcos Viberti, Adolfo Ollavaca, Camilo Lorenzo, José Arato, Juan Carlos Miraglia, Carlos Heim, Antonio Parodi, Arturo De Luca, Francis de Laperuta, Guillermo Teruelo, Roberto Pallas, Antonio Bermúdez Franco, María Bochatón y los escultores Luis Perlotti, Pablo Tosto, Antonio Gargiulo; exposiciones colectivas de artistas italianos, españoles, brasileños, chilenos y uruguayos; Muestra histórica del Aguafuerte en el país; muestras póstumas: las de Santiago Stagnaro, Santiago Palazzo, Martín Malharro, Walter de Navazio, Gonzalo del Villar y Nicolás Lamanna. Concurrían habitualmente para realizar sus notas críticas de arte José León Pagano, del diario La Nación, y Fernán Félix de Amador del diario La Prensa. Sesiones diarias de dibujo libre con modelo vivo durante los meses de junio a noviembre; audiciones poéticas: como las de Alfonsina Storni con sus “Poemas inéditos de Emilia Bertolé”; Juana de Ibarbourou y Baldomero Fernández Moreno; audiciones musicales: del genial polaco-estadounidense Arthur Rubinstein, el ruso-estadounidense Alexander Borovsky, Ricardo Viñes, Juan de Dios Filiberto, Héctor Panizza, etc., con el auténtico piano de cola Steinway que posee la agrupación (cada tanto había que pagar los servicios al Sr. Richart, el afinador); disertaciones y lecturas: la del controvertido Filippo Marinetti, titulada “El futurismo”, y José León Pagano titulada “Pío Collivadino y Carlos Ripamonte”, entre otras; espectáculos y festivales. Se patrocinan estrenos cuyos autores son de la talla de García Lorca, con sus “Bodas de sangre” por la Compañía de Lola Membrives; y de Miguel de Unamuno con “Todo un hombre”.
Tienen de huéspedes a celebridades como: el italiano Luigi Pirandello, dramaturgo y futuro Premio Nobel de Literatura (de quien el 15 de junio de 1927 el Teatro Intimo, que dirigían Milagros de la Vega y Carlos Perelli, pone en escena en el Teatro Odeón una de sus piezas breves “Diana e la Tuda” ofrecida por la propia Compañía de Pirandello y días más tarde, en la madrugada del 26 de ese mes, recibe el agasajo de La Peña con la presencia de Quinquela Martín, siendo presentado por el escritor Roberto Mariani y, entre otras expresiones artísticas, la actuación como broche final de Carlos Gardel, acompañado de sus guitarristas Guillermo D. Barbieri y José Ricardo, interpretando los tangos “Mi noche triste”, “Rosas de otoño” y “Senda florida”); la bailarina y cantante Josephine Baker y la soprano Lily Pons. Se efectúan homenajes al mencionado Luigi Pirandello, a los pintores, Miguel C. Victorica, Pío Collivadino, Carlos Ripamonte, Tito Cittadini, al ruso Borís Grigóriev, al escultor Agustín Riganelli, a los pianistas Arthur Rubinstein y Héctor Ruiz Díaz, al Dr. Ricardo Rojas, etc. Entre sus más notorios habitués se encuentra el presidente de la Nación, Dr. Marcelo T. de Alvear y su esposa Regina Pacini.
A decir del escritor, poeta y pintor Joaquín Gómez Bas “El ambiente recogía en su atmósfera opaca de humo, alegre de esperanzas, entristecida de sueños irrealizables, la palpitación de la bohemia ciudadana”.
El fin de un ícono porteño:
El martes 19 de octubre de 1943 la ya por ese entonces alicaída vida de “La Peña” recibe el golpe final al llegar una intimación, de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, para desalojar su sede en el Tortoni, por ser el sótano un lugar cerrado que no reúne las condiciones necesarias de seguridad.
Enrique Abal recuerda las palabras de Quinquela, quien sostenía que la agrupación ya había cumplido con creces su cometido y dejarla en manos de otros corría el peligro, a corto plazo, de llegar a una disgregación absurda. Se prefirió que muriera con honor. Y así sucedió.
Años más tarde rememora Quinquela en la revista Siete Días del día 11 de diciembre de 1972: “Éramos como una treintena de artistas, entre ellos Filiberto, Atilio García y Soiza Reilly. Nos reuníamos semanalmente (…) Era bárbaro…pero como todas las cosas “La Peña” tuvo que morir. Al final, ya se iba por obligación, desapareció la espontaneidad y se fue al carajo”.
En 1944 se liquidan sus bienes, entre los que figura el valioso piano Steinway, la marca más prestigiosa de su época y con lo obtenido de la venta del piano se compra la piedra necesaria para realizar en la ciudad de Mar del Plata el monumento en homenaje a Alfonsina Storni, obra de Luis Perlotti, que será inaugurado en 1948, a diez años de la muerte de la poetisa. También les alcanza el dinero para erigir un monolito donde el escritor Leopoldo Lugones se había suicidado en una habitación de la hostería del recreo El Tropezón, en el Delta de San Fernando, y otro monumento en memoria de Fernando Fader en la entrada de su casa en Loza Corral, provincia de Córdoba que se inaugura en 1944, asistiendo a la inauguración Quinquela y varios de los que fueran miembros de La Peña.
Cerramos esta breve evocación de la inolvidable “Agrupación de Gente de Arte y Letras La Peña”, con unas emotivas palabras pronunciadas en el mítico sótano del Café Tortoni por el escritor y poeta Alberto Mosquera Montaña, el 24 de mayo de 1976, con la presencia del gran artista boquense:
“Quinquela respetuoso del misterio sin indagar, aceptó este tránsito terreno y su misión en esta vida, la cumplió sin rencores, sin envidias, callado siempre, con pocas palabras, para hechos duraderos. Por eso hoy le decimos ciertas y permanentes gracias, por haber fundado “La Peña” hace cincuenta años, y habernos alegrado el vivir. Por suerte querido Quinquela, lo que usted nos legó, hoy continúa.”
. Las fotografías que ilustran este artículo pertenecen al Archivo documental del Museo de Bellas Artes de La Boca “Benito Quinquela Martín” y a Colección MOSE

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PERSONALIDADES, VIDA SOCIAL, Arte, Bares, Café, Cosas que ya no están, Historia /
2021 /

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Quinquela Martín con el presidente Marcelo T. de Alvear, Juan de Dios Filiberto, etc., en La Peña - 1926

Primer aniversario de La Peña - Mayo de 1927

Alfonsina Storni junto al escultor Pedro Blake, en una reunión de La Peña - 1930

Agasajo a Quinquela con motivo de su partida a Estados Unidos - Entre otros, Miguel C. Victorica, José Víctor Molina, Pedro Tenti - 21-12-1927

La columna de Walter Caporicci Miraglia

 

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