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Saavedra / Núñez

Sobre infiernos, malevos y Trifulcas en los barrios de Saavedra y Núñez*

Alberto Gabriel Piñeiro

Fragmento de la ilustración de tapa de "La ciudad de un hombre" de Leonidas Barletta, 1943.

No hay nada real en la vida que no lo sea
por el hecho de que ha sido bien descripto…
No creo que la historia sea, en su gran despliegue mortecino,
otra cosa que un flujo de interpretaciones,
consenso confuso de testimonios distraídos.

 Fernando Pessoa (2001: 66).

Aunque haya quienes los consideren como una ficción, una fábula, una leyenda en ocasiones inverosímil o como aquello que no puede ocurrir en la realidad, los mitos, como precisa Mircea Eliade, constituyen ciertamente una historia verdadera y, lo que es aun más importante, «una historia de inapreciable valor porque es sagrada, ejemplar y significativa» (Eliade M. 1973: 13). Agrega Eliade que, en las sociedades modernas, la prosa narrativa, especialmente la novela, ha ocupado el lugar que tenía la recitación de los mitos y de los cuentos en las sociedades tradicionales y populares (Eliade M. 1973: 209).

 

En este sentido, varias novelas han tomado al barrio de Saavedra como una geografía vital con un profundo valor mítico y simbólico. Ellas nos permiten tener una perspectiva aparentemente ficcional pero, como veremos, con un anclaje profundo en hechos y personajes de cuya realidad podemos tener más que indicios.

 

La primera es La ciudad de un hombre, novela publicada en 1943 y cuyo autor es Leónidas Barletta, el fundador del Teatro del Pueblo. En ella, en los años de la Primera Guerra Mundial, Mario, el personaje principal, es llevado por su padre a un Saavedra de aspecto rural: «Bajaron en una estación pobre, de doble andén. Cruzaron las vías y tomaron por unas calles de tierra. En algunas partes se veían vereditas de ladrillo protegidas por dos hilos de alambres y molinetes de palo. En los cruces había pasos de piedra. El campo, el campo con todos sus colores estaba allí; el campo con sus colores, con su aire ancho: la tierra, el pasto. Había pocas casas y llevaban nombres escritos en el frente: Las Violetas, Villa Enriqueta. La casa de tío Braulio no quedaba muy lejos. Estaba situada en las márgenes del arroyo Saavedra, en una de sus curvas, a pocos pasos de la linde del bosque» (Barletta L. 1943: 45). El arroyo Saavedra no es otro que el Medrano; el bosque, un sector del parque Saavedra. El parque es paseo obligado de Mario y su tío Braulio, un resero que vivía a lo criollo y que ocultaba una vida paralela: «Ensillaban y salían a dar una vuelta. Unas veces, cruzando el puente iban hasta el portón principal del bosque Saavedra, que simulaba la entrada de un castillo medieval con sus leones de bronce, sus almenares, su puente levadizo con cadenas, y otras, iban camino de los hornos de ladrillos que levantaban sus pequeñas pirámides rojas alrededor del rancherío» (Barletta L. 1943: 52). Saavedra y su paisaje será el territorio de aprendizaje de las virtudes y de las miserias criollas.

 

Para Emilio Gauna, el personaje principal de la novela El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares, publicada en 1954 y cuya trama se desarrolla entre 1927 y 1930, «la palabra Saavedra no evocaba (…) un parque rodeado por un foso y exaltado en trémulos eucaliptos; evocaba una callecita vacía, casi ancha, flanqueada de casas bajas y desiguales abarcada por la claridad minuciosa de la hora de la siesta» (Bioy Casares A. 1969: 92). Barrio de casitas desamparadas que le parecían francas y alegres, Emilio Gauna destaca, al igual que Mario en La ciudad de un hombre, los habituales «colores de su barrio, el verde de los árboles, claro en el eucalipto que se estremecía en el fondo de los baldíos y más oscuro en los paraísos de la vereda, el pardo y el gris de las puertas y de las ventanas, el blanco de las casas, el ocre de la mercería de la esquina, el rojo de los cartelones que todavía anunciaban el fracasado loteo de los terrenos, el azul del vidrio en la insignia de enfrente» (Bioy Casares A. 1969: 121). Los colores que menciona Bioy (coincidentes con los que observa Barletta y, como veremos adelante, con los que recuerda Edmundo Rivero), ocultan un ámbito de misterio protagonizado por personajes (brujos, malevos y cuchilleros) que no consiguen evadirse de fuerzas que se encuentran más allá de lo meramente perceptible.

 

Lugares imaginarios con direcciones precisas: en Freyre 3721 se encontraba la mercería El Líbano Argentino, de A. Nadín; la confitería Los Argonautas; el bar Platense, de Avenida del Tejar e Iberá, y el inolvidable y, en este caso real, cine Estrella. Recordamos aquí que el primer cine que abrió sus puertas en nuestro barrio fue el Saavedra, que se encontraba entre el 3908 y el 3924 de la avenida Cabildo, en el mismo edificio donde tuvo su sede la Casa Ferrando de artículos para el hogar y en cuyo interior aún se observaba el techo original y el espacio de la pantalla. Fue su propietario Daniel Rubio, hombre del comercio de Belgrano, que fue dueño también del Cine Mignon, de Juramento 2433 – aunque originariamente estuvo ubicado en la vereda de enfrente– y de la tradicional librería Rubio, de Juramento 2427. El Saavedra abrió hacia 1930 y tal fue su éxito que el turco Saliva decidió cerrar el almacén que poseía para habilitar en Cabildo 3946 el Cine Estrella, cuya aparición traerá aparejada la desaparición del primero. La demanda no daba para tanta oferta, según relata Enrique Rubio, hijo de Daniel. El Estrella perdurará hasta 1963 aproximadamente. También abrieron sus puertas en nuestro barrio el cine teatro Aesca, propiedad de Antonio Folcia, quien con la inicial de su nombre y los de su esposa Elvira y sus hijos Sofía, César y Alicia, conforma la enigmática denominación de la sala de Ricardo Balbín 3899; desde 1948 el Cumbre en avenida del Tejar 4127 y finalmente el cine Elite, luego Lido, de Cabildo 3241, cuya edificio, aunque modificado, es el único que aún subsiste.

 

Es de destacar que el barrio de Saavedra de Bioy Casares trasciende las arbitrarias fronteras legales que le asignaron las Ordenanzas Municipales de 1968 y 1972 y que cercenan importantes porciones de su geografía en favor tanto de Núñez como de Coghlan. Saavedra trasciende esos límites. Basta contemplar viejos planos o leer las novelas que citamos para confirmar lo dicho. Lo atestiguan también los testimonios de dos de sus vecinos más famosos, Roberto Goyeneche y Edmundo Rivero. No obstante, y a pesar de estos conflictos geográficos, es ingrato tener que desmentir que Norah Lange haya vivido alguna vez en Saavedra, cosa que erróneamente se viene repitiendo desde hace mucho. Su casa, la de Cuadernos de infancia, se encontraba en Tronador y La Pampa, lejos de Saavedra, pero el recurso literario de Leopoldo Marechal en Adán Buenosayres de ubicar la casa de los Amundsen en Saavedra sin duda llevó al error de cronistas no avisados: los Amundsen no son más que una adaptación literaria –o hipóstasis, como define Pedro Luis Barcia– de la familia Lange (Barcia P. L. 1994: 40).

 

Es precisamente Leopoldo Marechal el autor de las dos novelas más significativas. En Adán Buenosayres, editada en 1948, Marechal nos ofrece la más sugestiva visión de Saavedra en los años veinte. Pareciera que en esta soberbia novela se concreta aquella definición de José Ferrater Mora, para quien el mito es el «relato de lo que podría haber ocurrido si la realidad coincidiera con el paradigma de la realidad» (Ferrater Mora J. 1975: 210): «En la ciudad de la Trinidad y puerto de Santa María de los Buenos Aires existe una región fronteriza donde la urbe y el desierto se juntan en un abrazo combativo, tal dos gigantes empeñados en singular batalla. Saavedra es el nombre que los cartógrafos asignan a esa región misteriosa, tal vez para eludir su nombre verdadero, que no debe ser proferido: ‘El mundo se conserva por el secreto’ afirma el Zohar. Y no a todos es útil conocer el verdadero nombre de las cosas… El turista que volviendo sus espaldas a la ciudad aventura los ojos en aquel paisaje, no tarda en sentir un vago sobrecogimiento de pavor: allí, sobre un terreno desgarrado y caótico, se alzan las últimas estribaciones de Buenos Aires, rancheríos de tierra sin cocer y antros de lata en cuyo interior pululan tribus de frontera que oscilan entre la ciudad y el campo; allí, prometida del horizonte, asoma ya su rostro la pampa inmensa que luego desplegará sus anchuras hacia el Oeste bajo un cielo empeñado en demostrar su propia infinitud. En las horas del día, la luz del sol y el zumbido alegre de la metrópoli disimulan el verdadero semblante de aquel suburbio. Pero al caer la noche, cuando Saavedra no es más que una vasta desolación, el paraje desnuda sus perfiles bravíos; y el turista que se aventura en su ámbito puede hallarse, de súbito, frente a la misma cara del misterio. Entonces, a flor de tierra, se oye la palpitación de una vida oscura: cortan el aire silbidos estridentes y voces que se llaman desde la lejanía, el silencio se turba de pronto, como el agua de un charco roto por una piedra, y se reconstruye al instante, más hondo que nunca; desparramadas en aquella extensión las hogueras arden, se reconocen entre sí, conversan a través del espacio según el idioma del fuego; y hay rostros humanos que soplan los tizones, perfiles que llegan y se saludan, manos que revuelven un cucharón en la olla rebosante. Dicen los viejos de Saavedra que, cuando hay luna y el cielo se pone del color de ceniza, no es raro ver llamas errantes que se detienen, ya entre las ruinas de una tapera, ya en el brocal de algún pozo sin agua, ya en la raíz tortuosa de tal o cual ombú: son almas de difuntos, atadas aún a la tierra por algún lazo maldito, que oscilan descabelladamente como si un viento implacable las agitara, y que se extinguen en el aire no bien se les reza una corta oración. Pero en las noches de novilunio lo sobrenatural irrumpe allí con otro signo: el pobre ciruja desvelado, que se revuelve sobre un montón de bolsas en su triste refugio de latas viejas, oye de pronto un rumor lejano que se acerca velozmente, que se agiganta y se hace trueno; sus oídos no tardan en distinguir un fragor de caballos que redoblan sobre la tierra dura, un coro de relinchos, un entrechocarse de lanzas, una gritería feroz, todo revuelto y enarbolado, como si un escuadrón salvaje galopara en la noche. Y no ha tenido tiempo de sacar su cuchillo y de ponerlo en cruz sobre la vaina, cuando el malón invisible pasa volando sobre su techo con el ímpetu del huracán»  (Marechal L. 1973: 157-158).

 

Recrea Marechal a continuación la noche del jueves 28 de abril de mil novecientos veinte y tantos, cuando: «a las diez horas de la noche, siete aventureros detenían su marcha frente a la región temible que acabamos de nombrar. El que los capitaneaba, guía juicioso pero decidido, avanzó unos pasos todavía y pareció buscar alguna huella en el cerco de tunas que limitaba la calle y el páramo (…) Por aquí arranca la huella -dijo–. No hay más que seguirla derecho hasta dar con el zanjón y la tabla oscilante. Desde allí se ven las luces de la casa (…). Y ciertamente, aquellos varones, porteños de origen o de vocación, se habían despedido largamente de la ciudad maravillosa: todos los boliches rústicos de la calle Colodrero, desde la de Triunvirato hasta la de Republiquetas, todos los almacenes rumorosos y las cantinas hospitalarias que ofrecen un mostrador de estaño a la sed del caminante, habían recibido el adiós de aquellos héroes magnánimos cuya religiosidad no habría consentido nunca en emprender negocio aventurero alguno sin hacerse antes propicios a los dioses que habitan las alturas mediante una libación entusiasta de aguardiente catamarqueño, guindado montevidense, caña del Paraguay, Zingani de Bolivia, grapa de Cuyo, pisco chileno y otros licores favorables a tan piadosa liturgia. Ya no les quedaba sino partir, y lo harían al instante, cierto es que con las piernas no del todo firmes y las lenguas un tanto estropajosas, mas con un valor sereno que nada ni nadie podría detener» (Marechal L. 1973: 158-160).

 

Son ellos Adán Buenosayres (Leopoldo Marechal); el astrólogo Schultze (Xul Solar); Samuel Tesler (Jacobo Fijman), insigne filósofo villacrespense; Luis Pereda (Jorge Luis Borges), criollista teórico; Arturo del Solar, criollista práctico; Franky Amundsen, speaker y animador; y el petiso Bernini (Raúl Scalabrini Ortiz), sociólogo.

 

Luego de un tiempo de andar por el páramo, los viajeros se encontraron «en el borde mismo del zanjón y a sus narices ascendía un terrible olor de aguas estancadas» (Marechal L. 1973: 193). Ese zanjón, que para ser transpuesto, necesitaba del auxilio de una tabla que obrara como puente no es ni más ni menos que el arroyo Medrano y merece otra reflexión: «Estos lugares –dijo al fin Samuel Tesler con voz reconcentrada– evocan la ribera maldita: un río negro como el asfalto, la muerte del espíritu» (Marechal L. 1973: 196). El lugar descripto por Marechal corresponde a las tierras de la chacra de Luis María Saavedra y en la actualidad están ocupadas por el campo deportivo del Club Atlético Platense y el Parque Sarmiento. A poco de andar por la huella que arrancaba de Colodrero y Republiquetas, los viajeros interpelan al espíritu de un gliptodonte y al propio Juan Sin Ropa. Luego de cruzar el zanjón gracias a la tablita oscilante se encaminan a su destino: la Casa del Muerto, donde era velado Juan Robles, muerto a los cincuenta y nueve años, tras haber pisado barro con sus famosas yeguas oscuras en los hornos de ladrillo (hornos a los que alude Leónidas Barletta en La ciudad de un hombre). En el velorio se congregan Juan José Robles, hijo de Juan, el Taita Flores (el último ejemplar del malevo clásico), el pesado Rivera y el malevo Di Pasquo (el ítalo malevo).

 

Dos días después, el 30 de abril, guiado por el astrólogo Schultze, desde el bajo de Saavedra, Adán Buenosayres inicia el descenso a Cacodelphia, la ciudad atormentada, y un ascenso a Calidelphia, la ciudad gloriosa, un singular infierno porteño cuyas puertas se abrían en la hendidura de un añoso ombú. «Cacodelphia y Calidelphia –me dijo– no son ciudades mitológicas. Existen realmente. Es más, las dos ciudades se unen para formar una sola. O mejor dicho, son dos aspectos de una misma ciudad. Y esa Urbe, sólo visible para los ojos del intelecto, es una contrafigura de la Buenos Aires visible» (Marechal L. 1973: 405-407).

 

Leopoldo Marechal completa este panorama de un barrio con particularidades turísticas formidables cuando escribe en Megafón, o la guerra, su última novela: «Yo soy ¡mea culpa! quien ha embarcado esta noche al Oscuro de Flores en una segunda excursión a Saavedra la misteriosa, treinta y cinco años después de la primera, en que una generación de folkloristas alborotó a los ángeles y a los demonios de la ciudad (…) Tras algunas contramarchas y rodeos en un barrio que ha cedido a la urbe sus fragmentos de pampa, busco la ubicación del ombú a cuyo pie abría su jeta el infierno de Buenos Aires» (Marechal L. 1970: 58-59). Y si bien la geografía ha cambiado, «en este lugar la boca del infierno sigue abierta, y ha de seguirlo hasta el milenio futuro en que Buenos Aires tenga su juicio final» (Marechal L. 1970: 61).

 

Por todo esto, en Saavedra hay que ser precavidos ya que en este barrio y junto a cualquier ombú podría encontrarse la entrada a ese particular infierno. Allí, en su última espira, reina el Paleogogo, quien reúne todas las maldades y es, a decir de Marechal, «más feo que un susto a medianoche. Con más agallas que un dorado. Serio como bragueta de fraile. Más entrador que perro de rico. De punta, como cuchillo de viejo. Más fruncido que tabaquera de inmigrante. Mierdoso, como alpargata de vasco tambero. Con más vueltas que caballo de noria. Más fiero que costalada de chancho. Más duro que garrón de vizcacha. Mañero como petiso de lavandera. Solemne como pedo de inglés » (Marechal L. 1973: 644).

 

En Megafón, o la guerra, Marechal retoma también la perspectiva de un barrio que fue centro de reunión del malevaje urbano, ya que Saavedra fue «el mismo riñón de la bravura porteña» (Marechal L. 1970: 63).

 

Qué es ficción y qué es histórico en estos textos. Jorge Luis Borges, que en la novela de Marechal aparece retratado bajo el nombre de Luis Pereda, recuerda: «Con Francisco Luis Bernárdez salíamos a explorar Buenos Aires, siempre en sábados o domingos. Llegábamos en la madrugada a Puente Alsina o al fondo de la Chacarita o al barrio de Saavedra, donde vivía Xul Solar. Allí nos palparon de armas dos veces porque entre Cabildo y la estación, que ahora se llama Rivadavia, se extendía una zona muy brava. Había un gran monte de ombúes, una ranchería, el arroyo Medrano y, atrás, una chacra (…)  Éramos muy jóvenes y con Bernárdez, no sé si esto debo confesarlo, estuvimos -yo mucho más que él- a punto de convertirnos en borrachos, porque nos parecía que así éramos más criollos y porteños» (Zito C.A. 1998: 25-26).

 

También cuenta Borges acerca de otra excursión en la que, a fines de los años treinta, asistió a una riña de gallos en las inmediaciones de lo que hoy es el Museo Saavedra (Zito C.A. 1998: 192). Estos recuerdos de Borges confirman la historicidad de muchos aspectos de lo que Marechal noveliza. Destaca Borges que sus incursiones en Saavedra eran para visitar a Xul Solar. Sin duda, también Marechal fue protagonista de esas visitas, aunque la selectiva memoria de Borges no lo recuerde. Xul vivió desde el 12 de agosto de 1925 en el primer piso de Cabildo 4710, esquina Deheza, y desde el 3 de noviembre de 1926 hasta el 26 de abril de 1928 en el primer piso de Cabildo 4414, esquina Correa, como pudo precisar Marta Caprotti, curadora del Museo Xul Solar. Nacido con el nombre de Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari (1887-1963), se establece en Saavedra cuando retorna a Buenos Aires luego de vivir varios años en Europa. Es por entonces cuando toma contacto con los martinfierristas, el grupo reunido en torno a la revista Martín Fierro, que agrupa a Bernárdez, Borges y Marechal, entre otros.

 

Cabría preguntarse entonces qué relación existe entre esta Casa del Muerto que visitan los personajes de Adán Buenosayres y el edificio emblemático de Saavedra que se conoce desde siempre con el nombre de El Cajón –al que nos referiremos a continuación– y que se encontraba a escasos cien metros del primer domicilio de Xul Solar.

 

En su libro de memorias, Edmundo Lionel Rivero (1911-1986) proporciona otra perspectiva de Saavedra. Rivero llega a Saavedra a los cuatro años de edad. La casa de sus abuelos, que se encontraba en la Avenida del Tejar (Ricardo Balbín) y Manuela Pedraza, «es el hogar que más dulcemente recuerdo: una casa como todavía quedan algunas por la zona, con sala generosa de ventanas enrejadas y una galería dando sombra y reparo a las piezas, más el patio con parral, más la huerta del fondo. Allí disfruté la bendición de las siete higueras, cada una de ellas con sus higos de diferente color y sabor (…). Las higueras eran además la sombra placentera en esas horas en que el aire hervía y, cuando lo que ardía era nuestra imaginación de chiquilines, también podían ser para mi hermano Aníbal y para mí palmeras tropicales, torres de un castillo, puentes de un buque pirata. Por aquellos años Saavedra era, de todos modos, una orilla verde» (Rivero E. 1982: 25).

 

Esa orilla verde, definición que nos retrotrae a las coloridas miradas de Barletta y Bioy Casares, tiene también un parque rodeado de un foso y con un puente levadizo: «Al caer la tarde, el puente se izaba, dejando al parque aislado del barrio. Por si fuese poco había también una especie de castillo con su torre, falsamente medieval. Era la escenografía perfecta para revivir historias leídas en Dumas o Salgari, lecturas disponibles allí mismito, en el propio parque. Porque nuestra ciudad fue, alguna vez, capaz de pensar sus parques más alejados con lugares para la música y para la lectura. En ese de Saavedra había una muy buena biblioteca municipal, donde yo, como la mayor parte de mis compañeros, pude conocer a D’Artagnan y a Sandokan, asombrarme ante las anticipaciones de Verne, que nos parecían imposibles y, en caso de audacia mayor –como yo llegué a tener–, aventurarme en otras magias superiores como la Divina Comedia» (Rivero E. 1982: 27).

 

Alumno de la Molinari, en Núñez y Roque Pérez, Rivero no olvida a sus otros maestros, entre ellos un: «tío (en verdad un tío abuelo) al que llamábamos don Duarte y que también puso lo suyo en mi formación o, cuando menos, supo ser apoyo para encontrar la certeza de mi vocación. Vivía en un lugar casi mágico, una quinta por Cabildo y García del Río en la que, como en muchas otras de las más antiguas de la zona, se ‘tiraba’ esgrima y se practicaba el boxeo, se jugaba al ajedrez y, sobre todo, se hacía buena música» (Rivero E. 1982: 31).

 

Aparece luego otra perspectiva menos bucólica de esta orilla verde en la que no son los colores sino su fisonomía orillera o arrabalera, su carácter de límite, de frontera o de extemo exterior de la ciudad. Rememora Rivero que él era apenas un pibe cuando muere Gabino Ezeiza, el 12 de octubre de 1916, «pero por el barrio de Saavedra, lo mismo que por las otras orillas de la pampa, por los corrales del Oeste o del Sur, donde los reseros se juntaban, supo perdurar la presencia de los payadores. Alcancé a oír a algunos de larga fama y, ya adolescente, a acompañar a otros que, como alguna vez sucedía, eran hábiles improvisadores pero negados para la guitarra» (Rivero E. 1982:34).

 

Ese aprendizaje de la payada y del canto tuvo un lugar definitivo: El Cajón. Cuenta Rivero: «Al final de Cabildo no estaba todavía el puente de la General Paz. Pero sí el del ferrocarril. Allí es donde se alzaba el famoso boliche al que llegaban, ya atardecido, carreros y malandras, guitarreros y cantores. Entre los servicios gratuitos de la casa estaba el de un ‘campana’ en la vereda que, a su debido tiempo, avisaba a los parroquianos interesados en el dato la posible llegada de la autoridad. Entonces, como en el atletismo, pero sin otra señal salían uno, dos, o diez tipos batiendo el récord de los cien metros. Esa más o menos debía ser la distancia con el límite provincial. Aunque parezca raro los perseguidos podían en aquellos años pararse del otro lado y estar a salvo de la patrulla. Incluso, algunas veces, hasta tomarla para la cachada (…) Se dice que el dueño de la propiedad fue dado por muerto con certificado médico y todo. Hubo velorio normal, salió el cortejo y, al llegar a Chacarita, parece que el féretro empezó a moverse con gran escándalo general. El cura pidió destape y allí salió, hablando pavadas, un finado que sólo había estado cataléptico. O distraído, vaya a saber. El caso es que, en agradecimiento, el hombre que era pudiente, mandó a construir esa extraña casa que reemplazó a la del antiguo boliche (…) Pero lo que importa contar es que, desde  ́El Cajón ́ hasta mi casa y desde allí hasta Palermo solía andar yo, bastante antes de mis dieciocho, probándome como guitarrista y cantor»  (Rivero E. 1982: 45- 46).

 

El edificio de El Cajón data de 1910, como se podría observar en la inscripción que presenta en su cara norte, oculta por los carteles adosados a sus paredes. En 1964 el diario La Razón mostraba una fotografía donde otro cartel, en el mismo sitio, decía Gran Parrilla Criolla, Restaurant, Bar El Cajón Salón Familias. Y agregaba el cronista: «Su nombre, por tratarse de una parrilla, no parece estimulante, pero este edificio, que preside el cruce de las avenidas Cabildo y San Isidro, está incorporado a la más pura tradición del barrio de Saavedra y su forma sugirió el feroz apelativo» (La Razón, 1964: 6). Con seguridad, la razón del nombre de El Cajón no tiene su origen en esa presunta muerte de la que habla Rivero sino en la inevitable forma que da a su construcción el perímetro del terreno, como sugiere el periodista de La Razón. La mítica esquina, que debería ser valorizada no solo por su valor emblemático barrial sino como monumento histórico del tango, fue más tarde una cervecería Munich y volvió a ser restaurante, parrilla y bar. Hoy alberga a una casa de venta de llantas y neumáticos, que mutiló algunos sectores pero que conserva prácticamente íntegra su particular arquitectura.

 

Cuenta la tradición que desde las proximidades de El Cajón, en los tranvías que salían de su terminal del puente Saavedra partían por las madrugadas los inevitables patos luego de haber sido desplumados en los garitos regenteados por los renombrados hermanos Trifulca, en Vicente López, en los alrededores de la Avenida Maipú. En la novela Los lanzallamas, Roberto Arlt los desvaloriza en el universo del hampa cuando en las meditaciones de «la agonía del Rufián Melancólico (…) como fantasmas pasan ante sus ojos los contertulios de la ladronera de los hermanos Trifulca, reducidores y batidores» (Arlt R. 1976: 119).

 

Dice Gustavo Germán González que, entre 1930 y 1940 «si bien en menor escala, pero no excesivamente inferior a la de Avellaneda, el juego impuso su dominio en Vicente López a través de los hermanos Trifulca (…) Esta múltiple actividad de la quiniela, las carreras, naipes, los dados, la taba y otras variedades apropiadas para desplumar a los incautos, sólo (puede) explicarse en razón de las circunstancias políticas, muy características, de ese tiempo en el que el fraude electoral creó en el país una grave alteración institucional (…) En la ciudad de Buenos Aires imperaba otro estilo en cuanto al juego (…) por ese motivo no se llegó aquí a los extremos que fueron usuales detrás del Riachuelo, del puente Saavedra… » (Luna F. 1979: 79).

 

Una colorida referencia sobre el tema nos proporciona Adrián Dorado, artista plástico y vecino del lugar, ya que en la calle Martín A. Malharro 2674 se encontraba el Museo de Arte Abstracto del Sur, inaugurado el 5 de agosto de 2000 por su iniciativa. El museo, anexo a su casa y taller, abría sus puertas en lo que había sido la vieja fábrica de ataúdes de los hermanos Montenero, a escasos metros de la esquina de El Cajón. Cuenta Adrián Dorado que para algunos viejos vecinos la frase se armó la Trifulca había tenido su origen en Saavedra. Cuentan esas versiones que un día la policía rodeó la casa de los temidos malandrines, sin prever que en defensa de ellos iba a salir su propia madre armada hasta los dientes. El desorden que se generó obligó a los policías a tener que retroceder, permitiendo la fuga de los chicos.

 

Como consecuencia de este accionar habría surgido la frase se armó la Trifulca, de la que derivaría se armó la trifulca, pero donde el uso de las mayúsculas recuerda a una madre de una familia muy popular por sus camorras permanentes y donde las minúsculas son una metáfora que describe conflictos similares. Trifulca (del latín trifurca, según el diccionario de la Real Academia en su edición de 1925 (RAE 1925: 1200) es, en su primera acepción, un aparato con tres palancas ahorquilladas en sus extremos para dar movimiento a los fuelles de los hornos metalúrgicos y, en sentido coloquial, un desorden o camorra entre varias personas. Trifulca no es más que el seudónimo de unos malandrines muy populares y no a la inversa, es decir un apellido que se transformó en sinónimo de conflicto. La palabra trifulca, en su acepción de desorden y camorra entre varias personas, es más vieja que nuestros históricos malandras.

 

¿Quiénes fueron entonces los hermanos Trifulca? En la edición del diario Crítica del 25 de julio de 1932, en página 5, leemos un gran titular que dice “Con ametralladoras y bombas lacrimógenas la policía allanó el café de los Hermanos Trifulca. Secuestraron armas de todo alcance y calibre a los malhechores de Florida. Como en el cine se resistieron a tiros los maleantes, ayer”. El operativo, realizado por la Policía de la Capital con apoyo de la de Vicente López y de la de investigaciones de Avellaneda, bajo el mando del temible comisario Víctor Fernández Bazán tuvo lugar a las ocho y media de la noche y debió pedirse el refuerzo de las ametralladoras de la Guardia de Infantería, ante la resistencia de los marginales. Se detuvo a treinta y tres individuos, de los que diecisiete tenían prontuarios en la sección Robos y Hurtos y ocho tenían pedido de captura por homicidio, robo y lesiones.

 

En la revista Caras y Caretas, en la sección Notas de Policía, aparecen las fotografías de Antonio Cosentino, alias Trifulca, y de Juan Carlos Cosentino, alias Carlitos Chaplin, detenidos junto a otras treinta personas, catorce de las cuales también aparecen fotografiadas y calificadas como maleantes. La nota señalaba que en el «espectacular allanamiento en un café de Vicente López (…) la policía se vio obligada a desplegar un gran aparato bélico tal como ametralladoras y gases lacrimógenos» (Caras y Caretas 1932).

 

Nombrados en otra fuente como Carlos y Francisco Antonio Cosentino, alias Trifulca Grande y Trifulca Chico, eran dueños del Café de la Puñalada, con domicilio en la avenida Maipú 272, es decir a escasos trescientos metros de Puente Saavedra. El lugar de los hechos, un café de sainete, según el cronista, era punto de reunión de gente del hampa. «Se jugaba allí al monte criollo, inglés y guitarrita, se levantan quinielas y redoblonas y, presume el periodista, se habrá tramado más de un atraco y asesinato» (Revista de Policía 1932: 684). Además de los hermanos Cosentino, se encuentra León Aznar (alias Batuta) y Emilio Di Gregorio (alias Camina Siempre). El edificio, que aún existe pero modificado en su planta baja donde alberga a tres comercios, abarca la numeración 268-270-272 de la citada Maipú, entre Aristóbulo del Valle y Laprida.

 

Gracias al testimonio que el vecino Miguel García nos brindara hace ya varios años, podemos precisar que los hermanos Aznar vivieron en Jaramillo entre Melián y Roque Pérez, donde luego funcionó la fábrica FATE, uno de los cuales (León) como acabamos de ver, fue detenido en el espectacular procedimiento policial.

 

Pareciera imposible creer en la realidad de los infiernos. No obstante, las inverosímiles tinieblas de nuestro pasado se le asemejan bastante. Un siniestro episodio de ese odio inaudito, de perversidad incomprensible, fue ambientado en Saavedra por Tomás Eloy Martínez en su novela Santa Evita.

 

El lugar que Martínez le asigna en la novela es ficcional, los hechos no. Tuvieron lugar en el barrio de Núñez. Se inician en la madrugada del 24 de abril de 1956, cuando llega a la buhardilla de un chalet, propiedad de un mayor del Ejército, un ataúd de nogal con un cadáver que debía ser ocultado y que había deambulado previamente por distintos lugares de la ciudad. Permanece allí hasta el viernes 6 de julio, cuando el mayor que lo ocultaba, en un absurdo episodio, mata de un tiro a su mujer embarazada. Alegó haberla confundido con un ladrón, aunque se piensa que en realidad le disparó al ser víctima de una alucinación, ya que creía que el cadáver tenía vida. Se relatan además perversiones necrofílicas de las que este militar no habría el único protagonista. El cadáver en cuestión es el de Evita. Tiempo después Eva Perón, bajo un nombre falso, será sepultada en Italia, donde permanecerá desaparecida por largos años. En la novela el chalet se encuentra en el barrio Cornelio de Saavedra; en la realidad el chalet se encontraba sobre la avenida General Paz a pocos metros de la avenida del Libertador.

 

Estos tenebrosos acontecimientos, que solamente podrían ser creíbles en un suburbio del infierno, eximen de mayores comentarios. Por el contrario, la realidad de los malevos y Trifulcas de Saavedra podrá ser verificada o no mediante los mecanismos habituales de la investigación histórica. Finalmente, esto no es más que una tarea secundaria que poco podrá agregar a estos relatos de personajes y acontecimientos que han tenido lugar en el tiempo primordial, en el tiempo fabuloso de los comienzos, en el tiempo en que se conformaba la peculiar identidad de un barrio de Buenos Aires. La historia, como cualquier disciplina que aspire al conocimiento, jamás concluye su tarea, nunca llega a verdades definitivas. Su única virtud es abrir nuevos interrogantes e incertidumbres.

 

En estas páginas hemos confundido con absoluta intencionalidad la ficción con la historia. Concluiremos provisoriamente con una reflexión de Hayden White, quien escribe: «La verdad del significado no es lo mismo que la verdad del hecho. Se puede imaginar, como dice Nietzsche, un relato perfectamente verdadero de una serie de acontecimientos pasados que, sin embargo, no contenga ni un solo hecho específicamente histórico» (White H. 2003: 48).

 

*Este artículo fue publicado en una primera versión con el título Mitos y leyendas en el barrio de Saavedra. Sobre infiernos, malevos y Trifulcas. En Banchik Mario Sergio (ed.), Mitos y leyendas, Buenos Aires, Ediciones Turísticas, 2005. Con modificaciones, fue publicado con el título «Sobre infiernos, castillos y malevos», en El Barrio, Periódico de Noticias, a. 7 n. 79, 2005 y en Cuadernos del Hipogrifo. Revista de Literatura Hispanoamericana y Comparada. ISSN 2420-918X (Roma) 5. 2016.

 

 

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Información adicional

Categorías: Comercios, Vecinos y personajes, Cines, Cosas que ya no están, Historia, Tango
Palabras claves: Bioy Casares, Marechal, Barletta, Rivero

Año de referencia del artículo: 2020

 

Barletta, Leónidas, La ciudad de un hombre, Bs. As. Santiago Rueda Editor, 1943.

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Fachada del cine Saavedra. Cabildo 3908-24. Circa 1930. Tarjeta postal. Gentileza del señor Daniel Rubio.

Demolición del cine Estrella. Fotografía del autor, año 2019

Fachada del cine Saavedra cuando funcionaba la casa de electrodomésticos Ferrando.
El edificio fue demolido en julio de 2005. Fotografía del autor, 2003

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